Cañas y Barro: 84

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 84 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Sus enemigas murmuraban; la Samaruca la espiaba; ella y Tonet, para verse a solas, sin excitar sospechas, tenían que inventar viajes a las poblaciones inmediatas al lago. Neleta era la que aguzaba para esto el ingenio, con una facundia que hacia sospechar al Cubano si serian ciertas las murmuraciones sobre amores anteriores a los suyos, que acostumbraron a la tabernera a tales astucias. Pero ésta se mostraba tranquila ante la maledicencia. Lo que ahora hablaban sus enemigas era lo mismo que decían cuando entre ella y Tonet no se cambiaban más que palabras indiferentes. Y con la certeza de que nadie podía probar su falta, despreciaba las murmuraciones, y en plena taberna bromeaba con Tonet de un modo que escandalizaba al tío Paloma. Neleta se daba por ofendida. ¿No se hablan criado juntos? ¿No podía querer a Tonet como a un hermano, recordando lo mucho que su madre habla hecho por ella?

Cañamel asentía, alabando los buenos sentimientos de su mujer. En lo que no mostraba tanta conformidad el tabernero era en la conducta de Tonet como asociado. Aquel mozo había cogido su buena suerte lo mismo que si fuera un premio de la Lotería, y como el que no hace daño a nadie y se come lo suyo, divertíase, sin preocuparse de la pesca.

El puesto de la Sequiota daba buen rendimiento. No eran las pescas fabulosas de otra época, pero había noches en que se llegaba muy cerca del centenar de arrobas de anguilas, y Cañamel gozaba las satisfacciones del buen negocio, regateando el precio con los proveedores de la ciudad, vigilando el peso y presenciando el embarque de las banastas.

Por este lado no iba mal la compañía; pero a él le gustaba la igualdad: que cada cual cumpliese su deber, sin abusar de los demás.

Había prometido su dinero y lo había dado: suyas eran todas las redes, aparejos y bolsas de malla, que podían formar un montón tan grande como la taberna. Pero Tonet prometió ayudarle con su trabajo, y podía decirse que aún no había cogido una anguila con sus pecadoras manos.

Las primeras noches fue al redolí, y sentado en la barca, con el cigarro en la boca, veta cómo su abuelo y los pescadores a sueldo vaciaban en la oscuridad las grandes bolsas, llenando de anguilas y tencas el fondo de la embarcación. Después, ni esto. Le molestaban las noches oscuras y tempestuosas, en las que el agua está movida y se realizan las grandes pescas; no gustaba del esfuerzo que había que hacer para tirar de las redes pesadas y repletas; le causaba cierta repugnancia la viscosidad de las anguilas escurriéndose entre las manos, y prefería quedarse en la taberna o dormir en su barraca. Cañamel, para animarlo con el ejemplo, echándole en cara su pereza, se decidía algunas noches a ir al redolí tosiendo y quejándose de sus dolores; pero el maldito, bastaba que hiciese él este sacrificio, para que mostrase mayor empeño en quedarse, llegando en su desvergüenza a manifestar que Neleta tendría miedo si se veta sola en la taberna.


<<<
>>>