Cañas y Barro: 85

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Era cierto que el tío Paloma se bastaba para llevar adelante el negocio: nunca había trabajado con tanto entusiasmo como al verse dueño de la Sequiota; pero ¡qué demonio! el trato era trato, y a Cañamel le parecía que el muchacho le robaba algo viéndolo tan satisfecho de la vida y despegado por completo de su negocio.

¡Qué suerte la de aquel bigardo! El miedo a perder la Sequiota era lo único que contenía al tío Paco. Mientras tanto, Tonet, viviendo en la taberna como si fuese suya, engordaba sumido en aquella felicidad de tener satisfechos todos sus deseos con sólo tender la mano. Se comía lo mejor de la casa, llenaba su vaso en todos los toneles, grandes y pequeños, y alguna vez, con loco y repentino impulso, como para afirmar más su posesión, se permitía la audacia de acariciar a Neleta por debajo del mostrador, en presencia de Cañamel y estando a cuatro pasos los parroquianos, entre los cuales había algunos que no les perdían de vista.

A veces experimentaba un loco deseo de salir del Palmar, de pasar un día fuera de la Albufera, en la ciudad o en los pueblos del lago, y se plantaba ante Neleta con expresión de amo.

-Dóna’m un duro.

¡Un duro! ¿Y para qué? Los ojos verdes de la tabernera se clavaban en él imperiosos y fieros; erguíase con la soberbia de la adúltera que no quiere ser engañada a su vez; pero al ver en la mirada del mocetón únicamente el deseo de vagar, de desentumecerse de su vida de macho bien cebado, Neleta sonreía satisfecha y le daba cuanto dinero pedía, recomendándole que volviese pronto.

Cañamel se indignaba. Podría tolerársele aquello si atendiera al negocio; pero no: ¡le defraudaba en sus intereses, y además se comía media taberna, pidiendo encima dinero! Su mujer era muy buena: la perdía el agradecimiento que profesaba a aquellos Palomas desde la niñez. Y con su minuciosidad de avaro, iba contando lo que Tonet consumía en el establecimiento y la prodigalidad con que convidaba a sus amigos, siempre a costas del dueño. Hasta Sangonera, aquel piojoso expulsado de la taberna porque llenaba de miseria los taburetes, volvía ahora al amparo del Cubano, que le hacía beber hasta la embriaguez, y usaba para ello licores de botella, los más costosos, todo por el gusto de oír los disparates que se había forjado en sus lecturas de sacristán.

«El mejor día va a apoderarse hasta de mi cama», decía el tabernero quejándose a su Neleta. Y el infeliz no sabía leer en aquellos ojos, no veía una sonrisa diabólica en la mirada de malicia con que acogía ella tal suposición.


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