Cañas y Barro: 87

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


-Neleta, una copa...

Bien se la había ganado pasando el día entre los carrizales, con las manos heladas sobre la escopeta para traer aquel montón de carne. ¡Y aún murmuraban que huía del trabajo...! En un arranque de impudor alegre, acariciaba las mejillas de Neleta por encima del mostrador, sin importarle la presencia de la gente ni temer al marido. ¿No eran como hermanos y habían jugado juntos de pequeños...?

El tío Toni nada sabía ni quería saber de la vida de su hijo. Se levantaba antes del alba y no volvía hasta la noche. Comía con la Borda, en la soledad de sus campos sumergidos, algunas sardinas y torta de maíz.

Su lucha por crear nueva tierra le tenia en la pobreza, no permitiéndole mejores alimentos. Al volver a la barraca, cerrada ya la noche, se tendía en su camastro con los huesos doloridos, sumiéndose en el sopor del cansancio; pero su pensamiento velaba calculando entre las nieblas del sueño las barcas de tierra que aún faltaban en sus campos y las cantidades que debía satisfacer a los acreedores antes de considerarse dueño de unos arrozales creados con su sudor palmo a palmo. El tío Paloma pasaba las más de las noches fuera de la barraca, pescando en la Sequiota, Tonet no comía con la familia, y sólo a altas horas, cuando se cerraba la taberna de Cañamel, llamaba a la puerta con impaciente pataleo, levantándose la pobre Borda soñolienta y fatigada, para abrirle.

Así transcurrió el tiempo, hasta que llegaron las fiestas del Palmar.

La víspera de la fiesta del Niño, por la tarde, casi todo el pueblo se agolpó entre la orilla del canal y la puerta trasera de la taberna de Cañamel.

Era esperada la música de Catarroja, el principal aliciente de las fiestas, y aquel pueblo que durante el año no oía otros instrumentos que la guitarra del barbero y el acordeón de Tonet estremecíase al pensar en el estrépito de los cobres y el zumbido del bombo por entre las filas de barracas.

Nadie sentía los rigores de la temperatura. Las mujeres, para lucir sus trajes flamantes, habían abandonado los mantones de lana y mostraban los brazos arremangados, violáceos por el frío. Lo hombres llevaban fajas nuevas y gorros rojos o negros que aún conservaban los pliegues de la tienda. Aprovechando la charla de sus compañeras, se escurrían hasta la taberna, donde la respiración de los bebedores y el humo de los cigarros formaban un ambiente denso que olía a lana burda y alpargatas sucias. Hablaban a gritos de la música de Catarroja, asegurando que era la mejor del mundo. Los pescadores de allá eran mala gente, pero había que reconocer que música como aquélla no la oía ni el rey. Algo bueno habían de tener los pobres del lago. Y al notar que en la ribera del canal se arremolinaba la gente, lanzando gritos anunciadores de la proximidad de los músicos, todos los parroquianos salieron en tropel y la taberna quedó vacía.


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