Cañas y Barro: 89

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Gritaban sin saber por qué, daban vivas al Niño Jesús, corrían en grupos vociferantes delante de los músicos, y hasta los viejos se mostraban vivarachos y juguetones como los pequeñuelos que, con sables y caballitos de cartón, formaban la escolta del músico mayor, admirando sus galones de oro.

La banda pasó y repasó varias veces la única calle del Palmar, prolongando la carrera para que el público quedase satisfecho, metiéndose en los callejones que quedaban entre las barracas y saliendo al canal para retroceder otra vez a la calle, y el pueblo entero la seguía en estas evoluciones tarareando a gritos los pasajes más vivos del pasodoble.

Hubo por fin que dar término a este delirio musical, y la banda se detuvo en la plaza, frente a la iglesia. El alcalde procedió al alojamiento de los músicos. Se los disputaban las comadres según la importancia de los instrumentos, y el encargado del bombo, precedido por su enorme caja, tomaba el camino de la mejor vivienda. Los músicos, satisfechos de haber lucido sus uniformes, se arrebujaban en mantas de labriego, echando pestes contra la húmeda frialdad del Palmar.

Con la dispersión de la banda no se aclaró el gentío de la plaza. En un extremo de ella comenzó a sonar el redoble de un tamboril, y al poco rato se anunció una dulzaina con prolongadas escalas que parecían cabriolas musicales. La muchedumbre aplaudió. Era Dimoni, el famoso dulzainero de todos los años: un alegre compadre, tan célebre por sus borracheras como por la habilidad en la dulzaina. Sangonera era su mejor amigo, y cuando el dulzainero venía a las fiestas, el vagabundo no se separaba de él un momento, sabiendo que al final se beberían fraternalmente el dinero de los clavarios.

Iba a rifarse la anguila más gorda del año para ayuda de la fiesta. Era una costumbre antigua, que respetaban todos los pescadores. El que de ellos cogía una anguila enorme, la guardaba en su vivero, sin atreverse a venderla. Si alguien pescaba otra más grande, se guardaba ésta, y el dueño de la anterior podía disponer de ella. De este modo los clavarios poseían siempre la más enorme que se había cogido en la Albufera.

Este año, el honor de la anguila gorda correspondía al tío Paloma: por algo pescaba en el primer puesto. El viejo experimentaba una de las mayores satisfacciones de su vida enseñando el hermoso animal a la muchedumbre de la plaza. ¡Aquello lo había pescado él...! Y sobre sus brazos temblones mostraba el serpentón de lomo verde y vientre blanco, grueso como un muslo y con una piel grasienta en la que se quebraba la luz. Había que pasear la apetitosa pieza por todo el pueblo al son de la dulzaina, mientras los individuos más respetables de la Comunidad vendían los números de la rifa de puerta en puerta.

-Tin: treballa una vegà -dijo el barquero soltando el animal en brazos de Sangonera.


Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez

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