Cañas y Barro: 90

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Y el vagabundo, orgulloso de la confianza que ponía en él, rompió la marcha con la anguila en los brazos, seguido de la dulzaina y el tambor y rodeado de las cabriolas y gritos de la chiquillería. Corrían las mujeres para verde cerca la enorme bestia, para tocarla con religiosa admiración, como si fuese una misteriosa divinidad del lago, y Sangonera las repelía con gravedad. «Fora, fora...!» ¡La iban a corromper con tantos tocamientos!

Pero al llegar frente a casa de Cañamel creyó que había gozado bastante de la admiración popular. Le dolían los brazos, debilitados por la pereza; pensó que la anguila no era para él, y entregándola a la chiquillería, se metió en la taberna, dejando que siguiera adelante la rifa, llevando al frente, como trofeo de victoria, el vistoso animal.

La taberna tenía poco público. Tras el mostrador estaba Neleta, con su marido y el Cubano, hablando de la fiesta del día siguiente. Los clavarios eran, según costumbre, los agraciados con los mejores puestos en el sorteo de los redolins, y a Tonet y su consocio les correspondía el lugar de preferencia. Se habían hecho en la ciudad trajes negros para asistir a la gran misa en el primer banco, y estaban .ocupados en discutir los preparativos de la fiesta.

En la barca-correo llegarían al día siguiente los músicos y cantores y un cura célebre por su elocuencia, que diría el sermón del Niño Jesús, ensalzando de paso la sencillez y virtudes de los pescadores de la Albufera.

Una barcaza estaba en la playa de la Dehesa. cargando mirto y arrayán para esparcirlo en la plaza, y en un rincón de la taberna guardaba el polvorista varios capazos de masclets, petardos de hierro que se disparaban como cañonazos.

En la madrugada siguiente, el lago se conmovió con el estrépito de los masclets, como si en el Palmar se librase una batalla. Después se aglomeró en el canal la gente, mordiendo sus almuerzos metidos entre el pan.

Esperaba a los músicos que venían de Valencia, y se hacia lenguas de la esplendidez de los clavarios. ¡Bien arreglaba las cosas el nieto del tío Paloma! ¡Por algo tenía a su alcance el dinero de Cañamel!

Al llegar la barca-correo, bajó a tierra primeramente el predicador, un cura gordo, de entrecejo imponente, con una gran bolsa de damasco rojo que contenía sus vestiduras para el púlpito. Sangonera, impulsado por sus antiguas afabilidades de sacristán, se apresuró a encargarse del equipaje oratorio, echándoselo a la espalda. Después fueron saltando a tierra los individuos de la capilla musical: los cantores, con cara de gula y rizadas melenillas; los músicos, llevando bajo el brazo los violines y flautas enfundados de verde, y los tiples, adolescentes amarillos y ojerosos, con gesto de precoz malicia. Todos hablaban del famoso all i pebre que se hacia en el Palmar, como si hubiesen hecho el viaje sólo para comer.


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