Cañas y Barro: 92

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Los grupos felicitaban al Cubano, rígido dentro de su traje negro, y al tío Paloma, que se consideraba aquel día dueño del Palmar. Neleta se pavoneaba entre las mujeres, con la rica mantilla sobre los ojos, luciendo el rosario de nácar y el devocionario de marfil de su casamiento. De Cañamel nadie se acordaba, a pesar de su aspecto majestuoso y de la gran cadena de oro que aserraba su abdomen. Parecía que no era su dinero el que pagaba la fiesta: todos los plácemes iban a Tonet, en su calidad de dueño de la Sequiota. Para aquella gente, el que no era de la Comunidad dé Pescadores no merecía respeto. Y el tabernero sentía crecer en su interior el odio hacia el Cubano, que poco a poco se apoderaba de lo suyo.

Este mal humor le acompañó todo el día. Su mujer, adivinando el estado de su ánimo, tuvo que hacer esfuerzos de amabilidad durante la gran comida con que obsequiaron en el piso alto de la taberna al predicador y a los músicos. Hablaba de la enfermedad de su pobre Paco, que le ponía muchas veces de un humor endiablado, rogando a todos que le perdonasen.

A media tarde, cuando la barca-correo se llevó a la gente de Valencia, el irritado Cañamel, viéndose solo con su mujer, pudo soltar toda la bilis.

Ya no toleraba por más tiempo al Cubano. Con el abuelo se entendía bien, por ser hombre trabajador, que cumplía sus compromisos; pero aquel Tonet era un perezoso, que se burlaba de él, aprovechando su dinero para darse una vida de príncipe, sin más méritos que su fortuna en el sorteo de la Comunidad. Hasta le quitaba la poca satisfacción que podía proporcionarle gastar tanto dinero en la fiesta. Todo se lo agradecían al otro, como si Cañamel no fuese nadie, como si no saliese de su bolsillo el dinero para la explotación del redoll y todos los resultados de la pesca no se le debieran a él. Acabarla por echar de su casa a aquel vago, aunque perdiese con ello el negocio.

Neleta intervenía, asustada por la amenaza. Le recomendaba la calma; debía pensar que era él quien había buscado a Tonet. Además, a los Palomas los miraba ella como de la familia: la habían protegido en la mala época.

Pero Cañamel, con una testarudez de niño, repetía sus amenazas. Con el tío Paloma, bueno: estaba dispuesto a ir a todas partes. Pero o Tonet se enmendaba, o rompía con él. Cada cual en su puesto; no quería partir más sus ganancias con aquel majo que sólo sabia explotarle a él y al pobre abuelo. El dinero le costaba mucho de ganar, y no toleraba abusos.

La discusión entre los esposos fue tan acalorada, que Neleta lloró, y por la noche no quiso ir a la plaza, donde se celebraba el baile.

Grandes hachones de cera, que servían en la iglesia para los enrierros, iluminaban la plaza. Dimoni tocaba con su dulzaina las antiguas contradanzas valencianas, la chàquera vella o el baile al estilo de Torrente, y las muchachas del Palmar danzaban ceremoniosamente, dándose la mano, cruzándose las parejas, como damas de empolvada peluca que se hubieran disfrazado de pescadoras para bailar una pavana a la luz de las antorchas. Después venía l’u i el dos, baile más vivo, animado por coplas, y las parejas saltaban briosamente, promoviéndose una tempestad de gritos y relinchos cuando alguna muchacha, al girar como una peonza, mostraba sus medias bajo la ondeante rueda de los zagalejos.


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