Cañas y Barro: 94

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Estos incidentes entraban en la diversión: todos los años ocurrían. A las tres horas de lento paseo por el pueblo, todos iban borrachos.

Dimoni con la cabeza pesada y los ojos cerrados, parecía estornudar en la dulzaina, y el instrumento gemía indeciso y vacilante como las piernas del tañedor. Sangonera, viendo el pellejo casi vacío, quería cantar, y coreado por un continuo «fora, fora!» entre silbidos y relinchos, improvisaba coplas incoherentes contra los «ricos» del pueblo.

No quedaba vino, pero todos confiaban en dar fondo a la mitad de su viaje frente a casa de Cañamel, donde renovarían la provisión.

Cerca de la taberna, oscura y cerrada, los de les albaes encontraron a Tonet envuelto en la manta hasta los ojos y enseñando por bajo de ella la boca del retaco. El Cubano temía la indiscreción de aquella gente; recordaba lo que él habla hecho en noches iguales, y creta contenerlos con su presencia.

La comitiva, abrumada por la embriaguez y el cansancio, pareció recobrar nueva vida frente a la casa de Cañamel, como si al través de las rendijas de la puerta llegase a todos el perfume de los toneles.

Uno cantó una canción respetuosa al siñor don Paco, halagándole para que abriese, apellidándolo «la flor de los amigos» y prometiendo las simpatías de todos si llenaba el pellejo. Pero la casa permaneció silenciosa: no se movió una ventana; no sonó el más leve ruido en su interior.

En la segunda copla ya le hablaban de tú al pobre Cañamel, y la voz de los cantores temblaba con cierta irritación que prometía una lluvia de insolencias.

Tonet mostrábase inquieto.

-Che...!, no feu el porc -decía a sus amigos con acento paternal.

¡Pero buena estaba la gente para oír consejos!

La tercera copla fue para Neleta, «la mujer más resalada del Palman», compadeciéndola por estar casada con el tacaño Cañamel, «que para nada servía...». Y a partir de esta copla, la serenata se convirtió en un venenoso chaparrón de escandalosas alusiones. La concurrencia se divertía. Encontraban las coplas más gustosas aún que el vino, y reían con esa preferencia que muestra la gente rural por divertirse a costa de los infortunios. Se enfurecían todos, haciendo causa común, si a un pescador le quitaban un mornell que valía unos reales, y reían como locos cuando a alguien le robaban la mujer.


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