Cañas y Barro: 99

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo VII
Pág. 99 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Al pasar Tonet dos días fuera de la taberna, se dio cuenta de lo mucho que amaba a Neleta.

Tal vez influía en su desesperación la pérdida del alegre bienestar que antes gozaba, de aquella abundancia en la que se sumía como en una ola de felicidad. Faltábale, a más de esto, el encanto de los ocultos amores adivinados por todo el pueblo, la malsana dicha de acariciar a su amante en pleno peligro, casi en presencia del esposo y de los parroquianos, expuesto a una sorpresa.

Arrojado de casa de Cañamel, no sabía dónde ir. Probó a contraer amistades en las otras tabernas del Palmar, míseras barracas sin más fortuna que un tonelillo, donde sólo de tarde en tarde entraban los que por deudas atrasadas no podían ir a casa de Cañamel. Tonet huyó de estos sitios, como un potentado que penetrase por error en un bodegón.

Pasó los días vagando por las afueras del pueblo. Cuando se cansaba, iba al Saler, al Perelló, al puerto de Catarroja, a cualquier sitio, para matar el tiempo. Él, tan perezoso, perchaba horas enteras en su barquito para ver a un amigo, sin otro propósito que fumar un cigarro con él.

La situación le obligaba a vivir en la barraca de su padre, examinando con cierta inquietud al tío Toni, que alguna vez, en la fijeza de su mirada, parecía revelarle su conocimiento de todo lo ocurrido. Tonet cambió de conducta, a impulsos del tedio. Para vagar de un lado a otro de la Albufera como un animal enjaulado, mejor era prestar su ayuda al pobre padre.

Y desde el día siguiente, con la pasajera furia de los perezosos cuando se deciden al trabajo, fue, como en otros tiempos, a arrancarbarro de las acequias.

El tío Toni demostró su gratitud por este arrepentimiento desarrugando el ceño y dirigiendo algunas palabras a su hijo.

Lo sabía todo. Las cosas ocurrían tal como él las anunciaba. Tonet no había procedido como un Paloma, y el padre sufrió mucho oyendo lo que se decía de él. Le hería dolorosamente ver a su hijo viviendo a costa del tabernero y robándole además la mujer.

-Mentira..., mentira! -contestaba el Cubano con la ansiedad del culpable-. Són calumnies...!


<<<
>>>