Camila O'Gorman

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Camila O'Gorman


Era un día de primavera en las orillas del Plata.

El sol descendía, envolviendo en una zona de oro y grana la inmensidad de la Pampa.

Habíamos abandonado el tramway a la entrada del Parque de Saavedra; y dejando atrás este delicioso paraje, nos dirigíamos al través de los campos, por un sendero flanqueado de jardines al pueblo de San Martín, cuyas casas blanqueaban a lo lejos entre un océano de vegetación.

-¿Por qué no tomamos un coche, que nos llevará allí en media hora? -dijo un joven perezoso que iba sentándose en las raíces de todos los ombúes encontrados al paso.

-No, repuse yo -dejadme, por favor, caminar en íntimo contacto con esta amada tierra argentina que no me canso de contemplar.

Y paseando la mirada en torno al encantado panorama de cuyo seno surgían las cúpulas de los pintorescos pueblecitos que como una guirnalda circuyen la metrópoli:

-¡Belgrano! ¡Saavedra! ¡Rivadavia! ¡San Martín! -exclamaba-. ¡Qué sublime epopeya encerrada en esos nombres!... Y si añado el de aquel cuyos parientes venimos a visitar... ¡Pueyrredon!

-¿Sabe usted cómo se llamaba ese pueblo antes que Monte-Caseros cambiara su nombre? -dijo el coronel G., señalando el que teníamos al frente.

-No en verdad -respondí.

-Más allá de una casa de blancas arcadas donde nos dirigimos ¿qué divisa usted?

-Un paredón negro y derruido que contrasta notablemente con los rojos tejados y las blancas azoteas del pueblo.

-Es el último resto de los muros de un edificio que en tiempo del terror se denominaba: la Crujía. A su pie se perpetró el horrendo crimen que dio a Santos-Lugares su siniestra celebridad.

Al escuchar ese nombre, el blanco fantasma de una mártir cruzó mi mente.

-¡Camila O’Gorman! -exclamé.

Y la linda aldea que se alzaba entre la fronda de los vergeles tornose a mis ojos el campamento de terrible memoria; y las rojas anémonas de la campiña, gotas de sangre; y las ondulaciones del terreno, sepulturas.

Caminábamos en silencio, sin que se oyera otro ruido que el de nuestros pasos y los rumores de la ciudad, que llegaban a nosotros en tardías bocanadas, como el lejano oleaje del océano.

-¡Henos aquí taciturnos y sombríos cual si fuéramos siguiendo un convoy fúnebre! -dijo, rompiendo el silencio M. P. el espiritual escritor-. ¡En mala hora evocara el coronel la lúgubre crónica del paredón!

-¡Cierto! -repuso este-, y pésame de ello; pero hay momentos en que por un extraño fenómeno, una frase; el pensamiento que la produjo; el aire, la luz; una ráfaga de perfume o de melodía, se combinan en torno nuestro formando una cadena interminable de reminiscencias, de identidades misteriosas que resucitan el pasado y reconstruyen lo desvanecido: juventud, ilusiones, esperanzas, dolores.

Así, el aura embalsamada de este día primaveral hame traído a la memoria y al corazón otro en que, de regreso del colegio, niño todavía, o más bien en esa edad, dintel de la infancia y de la juventud, llevando bajo el brazo a Balmes, Gil de Zárate, Ganot y Delaunay, caminaba extasiado en la contemplación de un grupo de jóvenes vestidas de blancos cendales y coronadas de rosas...

¡Cuán largo tiempo ha pasado desde entonces!... ¡Sin embargo, paréceme verlas todavía!...

-¿Y?

-¿Y?

-¿Y? -prorrumpimos, rodeando al coronel, que había callado, y caminaba silencioso.

Mas como nos viera siguiéndolo en la actitud del que escucha:

-Era esta hora -prosiguió-. El sol brillaba así próximo al ocaso; y la brisa de la tarde, pasando sobre aquellas juveniles cabezas, traíame los perfumados efluvios de sus guirnaldas.

Yo las aspiraba con el lánguido deleite que derrama en la juventud esta florida época del año.

Entre aquella pléyade de bellezas, una había cautivado mi atención.

Más alta y esbelta que sus compañeras llevaba en crenchas una larga cabellera negra como sus rasgados ojos de rizadas pestañas y voluptuosa mirada.

Tenía en una mano una pieza de música y en la otra un abanico de marfil, con el que de vez en cuando echaba hacia atrás los pliegues de su velo.

La encantadora falange se detuvo a la puerta del templo del Socorro, cuyas campanas repicaban llamando a las solemnidades del mes consagrado a la Virgen María.

La joven de la negra cabellera paseó en torno una mirada rápida, cual si buscara algo, y penetró con sus compañeras en la nave sembrada de flores y suntuosamente iluminada.

Vila, seguida de ellas, abrirse paso entre la multitud, subir a lo alto del santuario, de donde muy luego, acompañada de los acordes melodiosos del piano, elevose una voz celestial entonando el Ave maris Stella.

Aquella voz era la suya: decíamelo el corazón, porque se combinaba con toda su persona el maravilloso contralto que llenó los ámbitos del templo, alternado por las majestuosas armonías del órgano.

Las notas de aquel sagrado cántico se exhalaban impregnadas de amor; pero de un amor humano que palpitaba en cada una de sus modulaciones, y hacía vibrar todas las fibras de mi alma.

El canto había cesado, y yo lo escuchaba todavía en mi corazón; y la imagen de la bella cantora parecíame con su larga cabellera y sus grandes ojos negros de dulcísima mirada.

Y la luz de los cirios me parecía el fulgor de su aureola, y el humo del incienso un místico nimbo, que iba a arrebatarla de la tierra a las celestes regiones.

El tumulto de la gente que se retiraba, concluida la fiesta desvaneció mi estático arrobamiento; pero aquella que lo produjera había desaparecido, sin que me fuera dado divisarle, a pesar de que, apostado en el atrio del templo, mis miradas abarcaban, en toda su prolongada extensión, las tres calles que desde allí se descubren.

Al siguiente día, aguardando con ansia febril la hora de salir del colegio, y estremecido de gozo al oírla sonar, corrí hacia ese lugar donde hacía veinticuatro horas moraba mi espíritu.

Las puertas del templo estaban cerradas: sus campanas mudas.

El mes sagrado había llegado a su fin, y con él las fiestas en que yo esperaba encontrar a la criatura encantadora cuyos negros ojos fulguraban en mi mente como dos radiosas estrellas.

Desde entonces, rondador incansable, desertaba la casa paterna para ir a pasar las noches recorriendo las calles anexas a la parroquia del Socorro, asomando a las puertas, escuchando, pegado el oído a las celosías de las ventanas, en busca de un eco de la voz, de una sombra de la imagen de aquella que se había apoderado de mi corazón.

Pero vanas fueron mis investigaciones; pasó el tiempo, sin que jamás volviera a encontrar vestigio suyo, ni en el templo, ni en la calle ni en parte alguna.

La profunda preocupación de mi ánimo, y mis prolongadas ausencias dieron al fin el alarma en mi familia. Creyóseme entregado a los peligros de un amor indigno; y comenzaron a vigilar mis pasos.

Aunque nada que confirmase aquellos temores pudo descubrirse, mi padre creyó necesario alejarme de Buenos Aires; y hallándose próximo a marchar a Europa en una misión del gobierno, resolvió llevarme consigo.

El sentimiento que palpitaba en mi corazón tenía tanto de ideal, que más bien que amor era un culto. Su objeto entrevisto y desaparecido para siempre, habíase tornado para mí un ser impalpable, una divinidad tutelar presente a toda hora en mi espíritu.

-Me seguirá más allá del océano -díjeme, y acepté resignado el proyecto de mi padre, quien aguardaba de mi parte una viva resistencia.

La noche anterior a mi partida, atravesaba yo la plaza del retiro. Era un martes de carnaval.

No obstante la luctuosa época que pesaba como un sudario sobre la hermosa metrópoli del Plata, sus habitantes se entregaban a una recrudescencia de alegría que abría sus teatros y llenaba sus calles de bulliciosas mascaradas.

Llegaba yo al centro de la plaza cuando una mujer encubierta bajo el capuchón de un dominó negro, y que venía seguida de varias máscaras empeñadas en reconocerla asiose con angustia a mi brazo; y volviendo en pos suyo una mirada de espanto:

-¡Caballero! -díjome al oído-, perdonad si dispongo de vuestra protección sin aguardar el permiso. Lo veis: me persiguen, impidiéndome ir a un sitio donde soy esperada con mortal impaciencia.

Y echó a andar esta vez también, sin aguardar una respuesta que yo no podía darle, profundamente impresionado por el acento de su voz que despertó en mi corazón, con toda su dulce melodía, el eco de aquella que cantó el Ave maris Stella en el templo del Socorro.

Ella conoció mi emoción.

-¡Os he contrariado! -exclamó-. ¡Perdón! otra vez. Pero considerad que en mi situación todo hombre me debía su amparo.


-¡Contrariarme! -prorrumpí con vehemencia-. ¡Ah! ¡si pudiera ir así hasta más allá de este mundo, escuchando esa voz que encantó un día mi oído, bajo las bóvedas del Socorro!

A esta palabra, la encubierta se estremeció; y apartando vivamente su brazo del mío:

-Os dejo en libertad -me dijo- pues corto es el trayecto que me resta. Aceptad mi gratitud y acabad de obligarme, impidiendo que las máscaras de quienes me habéis libertado, y que veo en lo alto de la calle, intenten perseguirme.

Y se puso a bajar con paso rápido la calle de Santa Fe, que desciende al río.

A la mitad de aquella tortuosa pendiente, vila detenerse encender un fósforo, cuya llama hizo oscilar sobre su cabeza.

En el mismo instante una luz idéntica brillo bajo la fronda de un grupo de sauces en la ribera.

La encubierta, al verla, apresuró el paso, y desapareció en las tinieblas.

Quedeme inmóvil, fijos los ojos en la sombra que me la ocultaba; en la mente la imagen de la virgen de blanco velo y perfumada guirnalda, y en el corazón un sentimiento de punzante amargura que hasta entonces érame desconocido: mezcla de dolor y de rabia que me impulsaba a los más horribles proyectos. Habría querido armar mi mano de un puñal para ir a sondear con él los misterios que se escondían bajo aquel grupo de sauces.

Por dicha, la razón, no obstante hallarme en la edad que la rechaza, vino a mostrarme lo que había de ridículo en mi cólera.

En efecto ¿qué derechos tenía yo en la existencia de esa mujer a quien un caso fortuito me acercara durante un espacio de pocos minutos? La fugitiva del dominó negro, o la celestial aparición de blanca guirnalda ¿no eran para mí igualmente desconocidas?

Sin embargo, desde aquella noche, ambas vivían en mi mente, y cuando evocaba la radiosa imagen de la una, aparecíame siempre bajo el negro capuz de la otra.

Preocupados así, el espíritu y el corazón, partí de Buenos Aires, atravesé el océano y fui a perderme como un átomo en el ruidoso tumulto de las grandes metrópolis europeas.

La vista de nuevos horizontes, la sucesión infinita de escenarios en que la vida se agita en todos sentidos; la contemplación de las grandes obras del arte; los estudios serios a que hube de consagrarme; y sobre todo, el carácter ideal que revisten los afectos del corazón en la temprana edad de la vida, quitaron a ese sentimiento su amargura dejándole solo aquello que en él hay suave y delicioso.

Así pasé un año entre París y Londres, trabajando con mi padre en el cumplimiento de la misión que allá lo llevara.

Llegó, en fin, el día anhelado del regreso.

¡Con qué gozo vi perderse en el horizonte las blancas costas de Inglaterra! ¡Qué impaciencia en esos días de expectativa encerrados en la abrumadora travesía del Atlántico!

Colón ante la amenazante actitud de sus compañeros, no sintió, sin duda, tan devoradora ansiedad por la suspirada aparición del continente divisado en el fondo de sus sueños; ni a su vista palpitaríale el corazón tan gozoso como a mí.

Pernambuco, Bahía, Río-Janeiro, Montevideo, parecíanme escalones ascendentes que me llevaban a la suprema felicidad.

Al cruzar el Plata creí volverme loco de gozo; y pasé la noche inclinado sobre la borda, contemplando las olas; pidiendo a sus murmullos nuevas de aquella criatura celestial aparecida y desaparecida entre las sombras de un misterio.

Llegamos a Buenos Aires, con la primera luz del alba, que bañó sus lucientes cúpulas de azulados tintes.

Yo interrogaba con una mirada ansiosa su vasta extensión.

-¡Tú la guardas en tu seno! -exclamaba-. ¿Cuál de tus almenadas azoteas, cuál de tus blancas bóvedas, cual de tus sombrosos vergeles la cobija? ¿qué hace ahora? ¿duerme reclinada con molicie en su lecho virginal? ¿Se despierta apartando con mano soñolienta los rizos de su negra cabellera? ¿Se baila triscando alegre con la onda de una fuente?

Desvariando así, saltaba a tierra y me internaba en las calles.

Contemplábalas con amor; habría querido besar el mármol de sus veredas, que había recibido la impresión de sus pasos.

Mi padre disipó aquel éxtasis, anunciándome que antes de entrar en la ciudad; y aun antes de ver a la familia debía dar al dictador cuenta de la misión que le confiara.

Y me llevó consigo a Palermo.

Rosas no estaba allí, y según se nos dijo debía hallarse en el campamento de Santos lugares, cuyo cuartel general estaba en el pueblo.

Al atravesar sus calles noté algo extraño en la expresión de los semblantes. Habríase dicho: una gran consternación, aun más, el rumoroso silencio de una terrible expectativa.

Fuenos imposible llegar a la presencia de Rosas, que se negaba a recibir aun a sus amigos.

Y como mi padre insistiera, dijéronle que el dictador había pronunciado una sentencia de muerte y no quería escuchar ninguna apelación.

Yo ignoraba quién fuera la víctima, y ya aquel fallo inexorable me horrorizó. ¿Cuál sería al saber que era una mujer?

Aparteme de mi padre, que se quedó aguardando una audiencia; y quise alejarme de ese lugar donde la mano del hombre iba a alzarse para destruir la obra de Dios. ¿Y en que, aun? ¡En su más bella creación! ¡una mujer!

Y me alejaba aterrado; porque parecía sentir caer detrás de mí el fuego del cielo.

Mas las avenidas del pueblo estaban cerradas por dobles filas de soldados; y en todas, un imperioso ¡atrás! hízome retroceder.

Desesperado de poder sustraerme al horrible espectáculo, cuyos siniestros preparativos tenía a la vista, quise apurar contemplándolo todo su horror.

Y fui a situarme entre los grupos de curiosos que con estremecimientos de terror tenían fijos los ojos en un edificio aislado cuyo aspecto lúgubre denunciaba una prisión.

Un nombre, el nombre de Camila O’Gorman, mezclado a exclamaciones de conmiseración y a extraños relatos, corría de boca en boca entre la multitud.

Aquel nombre no me era desconocido: más de una vez habíalo oído pronunciar unido a homenajes de admiración tributados a una beldad.

-¡Tan joven y tan bella! -decía uno.

-¿La conoces? -replicaba otro.

-Entrevila solamente a la luz de una vela cuando bajaba del carro en que la traían presa. ¡Muchacha más linda!... ¡Y sin embargo, caer en tal aberración!

-¿Cuál es, pues, su delito?

-Amar.

-¡Amar! Delito universal.

-Pero el hombre a quien dio su amor estaba ligado al altar.

-Tú estás mal informado. Lo amó cuando era libre todavía. Ella lo ha declarado en el interrogatorio. Es una dolorosa historia.

El amante, inducido en error por la presencia de un rival favorecido con la influencia del padre de su amada, juzgola infiel a sus promesas y en un arrebato de desesperación, huyó de ella, y fue a pedir en un país extranjero las órdenes sagradas.

Camila lloró la ausencia de su amante. A su vez creyose también, olvidada; y no pudiendo arrancar del corazón su amor volviolo a Dios: hízose devota.

Pasaba largas horas en el templo, ora entregada a fervorosas plegarias, ora elevando al cielo, en himnos de adoración, el tesoro de melodía que antes era el encanto de los salones.

Un día, en medio de los esplendores de una festividad religiosa, entre la augusta solemnidad de los sagrados cánticos, Camila oyó una voz que hizo descender su alma de las celestes esferas.

Era la voz de su amante, que apartándose del sacro ritmo, tornose un amoroso reclamo.

Y sus miradas se encontraron; y sus almas sedientas de amor uniéronse otra vez olvidándolo todo:

Ella, el honor, la sociedad, la familia.

Él a Dios.

¡Huyeron!

Huyeron, y fueron a extender su proscripta felicidad en un paraje ignorado, en donde no pudieron descubrirla ni las investigaciones de un padre irritado, ni los emisarios de Rosas, armados con las aterradoras órdenes de su dueño.

Pero ¿qué podrá ocultarse al ojo celoso de un rival vencido?

Desde la fuga de los amantes, el pretendiente desdeñado de Camila consagrose a buscarlos con todo el rencor aglomerado en su alma.

Oculto bajo diversos disfraces, recorrió el país, desde los arrabales de Buenos Aires hasta las más lejanas provincias. Visitó las ciudades, las aldeas, las aisladas cabañas de los campos; registró los más apartados rincones de los pagos. Todo inútilmente.

Rendido de fatiga, enfermo de despecho, llegó una noche a un pueblecito extraviado en las selvas correntinas.

La hora era avanzada, y el reducido vecindario dormía entre las tinieblas.

El siniestro peregrino sentose al abrigo de un árbol que crecía a la puerta de una casita blanca, extendiendo sobre ella su espesa fronda.

Tiempo hacía que se hallaba allí, con la frente entre las manos, hundido en acerbos pensamientos, que contrastaban con la calina apacible de la noche.

De repente, unida a los acordes del piano, una voz melodiosa elevose en medio del silencio, cantando la doliente romanza del Sauce.

Al escucharla, el caminante se alzó con un salto de tigre; y arrojándose sobre el lomo de su caballo, se alejó a toda brida.

Pocos días después, una partida penetró a mano armada en el tranquilo pueblecito; y cercando la casita blanca arrebató de ella a Camila y su amante, que fueron traídos a la presencia de Rosas, y pocas horas después condenados a muerte.

Un redoble de tambores interrumpió al narrador. Las campanas del pueblo tocaron a plegaria; la puerta de la prisión se abrió, y del fondo de su oscuro portal arrancó un grupo de soldados en cuyo centro venía una mujer vestida de blanco y cubierto el rostro con las ondas de una larga cabellera negra.

A su lado caminaba un hombre, vendados los ojos y arrastrando penosamente una barra de grillos.

Ambos se mostraban serenos, y escuchaban sin terror las tremendas exhortaciones de la última hora.

-¿Quién viene al lado mío? -dijo de pronto el sentenciado.

-Yo -respondió su compañera de suplicio-. ¡No temas! aguárdanos la dicha de morir juntos.

Un grito de espanto se exhaló de mi pecho.

Aquella voz del dominó negro: ¡era la voz del Maris Stella!

Fuera de mí, en un acceso de locura, arrojeme con ademán agresivo entre el grupo de esbirros.

Dos bayonetazos me echaron a tierra sin sentido; pero no antes de haber entrevisto bajo el fúnebre cendal de su negra cabellera el divino perfil de aquella que deslumbró mis ojos en el templo del Socorro.

El coronel se quedó solo, sentado al borde del camino, en tanto que nosotros, atravesando las lindas callecitas del pueblo penetrábamos, poco después, en el antiguo caserío de Perdriel, a donde nos dirigimos.

A la mañana siguiente visitamos el paredón de nuestra memoria.

A su pie una verde alfombra de vegetación alzaba floridos sus exuberantes vástagos; en sus grietas anidaban las tórtolas, y en su negra cima una alondra enviaba al aire alegres cantos.


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