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Caminos de la sierra. El Escorial-Robledondo-Santa María de la Alameda

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Caminos de la sierra. El Escorial-Robledondo-Santa María de la Alameda (21 jul 1930)
de Javier Bueno
ilustración de Francisco Sancha
Nota: Javier Bueno «Caminos de la sierra. El Escorial-Robledondo-Santa María de la Alameda» (21 de julio de 1930) La Voz, n.º 2983, p. 5
CAMINOS DE LA SIERRA
El Escorial-Robledondo-Santa María de la Alameda

Disquisiciones y tropiezos que pueden servir para cualquier otro itinerario

POR JAVIER BUENO
ILUSTRACIONES DE SANCHA

Parece, andando por estas sierras, que los pueblos toman el nombre de lo que les falta, de un anhelo. Tantos Robledos han nacido de cuatro robles carrasqueños que han acertado a caer juntos; tantas Navas, de un poco de aluvión reunido en una excoriación del gneis. ¿Quién será capaz de perderse entre los álamos de Santa María de la Alameda? Una tradición y un árbol (un árbol que en estos parajes se individualiza, como la liebre de Tarascón) bastan para denominar un pueblo.
"¡Atraso, incultura!", dice el hombre, sentado en la céntrica cervecería de la capital, con seis fieltros delante, lo que indica su aptitud para la intensa vida moderna. "Santa María de la Alameda debía llamarse, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, Don Evaristo San Miguel. Nuestro campesino odia el progreso." y luego dice lo del arado romano, que maldito si tiene idea de cómo es, y pide al camarero "otra". (Mundana antonomasia de la cerveza.)

Lo que tal vez no se haya parado nunca a mirar es la condición que hace falta para ser campesino de sierras de granito o de páramos. No está desierta del todo media España gracias a que existe una especie capaz de echar raíces en la roca viva: el hombre. Es trágico el destino de árbol que hay en los hombres; pero gracias a él son posibles los innumerables pueblos de la Tierra cuando, a lo sumo, cuatro o cinco tienen ciertas condiciones de habitabilidad.
Queremos que se estén pegados los hombres a un suelo ingrato, temiendo alternativamente una maldad de aquel sol o de aquel arroyo despeñado o de aquel llano sin agua, que tanto los alaban los turistas y que, sin embargo, se muevan al compás de un discurso de Alcalá Zamora.
Otros ritmos ignorados debe de haber en estos seres graves que viven arraigados en parajes imposibles de reducir a la medida del hombre. Otros ritmos. Los presentimos, en nuestro desconocimiento, como algo fundamental. Quien tuerce el gesto escéptico ante furibundas declamaciones y tortuosas conjuras y hallazgos de explosivos, suspende el aliento si manos renegridas levantan hoces, horcas y palos en el aire. Hay algo de fenómeno sísmico entonces. Se mueven los hombres de raíz y parece que la tierra se mueve con ellos.


Al encontrarse dos "autos" en una revuelta de la carretera, el dibujante se pregunta inquieto: ¿Cabe?

Un camino vecinal, candidato a carretera, estrecho y bordeando cortaduras. Lo bastante para que el turista regrese con la petulancia de ser capaz de todo. Pero no está hecho con miras a explotar vanidades, sino con la inocencia de quien sabe sentar resueltamente el pie cuando, llegado junio, trisca monte arriba con las ovejas en busca de los pastos veranizos; y si la grava para el firme que va haciéndose está amontonada al lado protegido del camino es porque, si bien de este modo puede caerse el turista, del otro puede caerse la grava.
No suele entender mucho de panoramas el turista que anda en automóvil; de nuestras sierras, por ejemplo, sabe qué puertos se suben "en directa" y cuáles no. Pero al más aficionado le falta serenidad para mirar desde aquel camino que trepa entre cambroños la estampa que se despliega a cada revuelta: los montes carpetanos, Sierra Cebollera, Altorrey hacia el Nordeste, y al otro lado Cebreros y Gredos, ya casi adivinada, más que vista, en el confín azul de los cielos.
Y si no son ésas serán otras; pero lo indudable es que sierras se ven.

Nuestra arrogancia nos hace más torpes que hombres rústicos; porque existe también un "paletismo" del ciudadano en el campo, y no nos damos cuenta de él. Si dos campesinos de visita en la corte se meten a la vez en el mismo gajo de una puerta giratoria, todo son risas; pero el señorito puede confundir en el campo sin la menor vergüenza el trigo con el centeno, el roble con el pino.


LA CASA AYUNTAMIENTO DE SANTA MARÍA DE LA ALAMEDA

Estuvimos en Santa María de la Alameda y le debemos el desagravio de tragarnos unas risitas impertinentes, que asomamos ante la complicación que supuso tomar cerveza en un establecimiento del pueblo. ¡Con lo bien que sale en Madrid todo con sólo pedir "otra"! Pisábamos fuerte como césares. Pero éramos auténticos paletos. Por no saber lo que se bebe en Santa María de la Alameda, por no saber qué montes son aquéllos, por no saber lo que dura la preñez de una oveja.
Salimos al campo, y en los gajos de esas puertas giratorias nos zampamos siempre de dos en dos. Me hablaba con mucha gracia un compañero de lo que es campo en el teatro: "Hogaño", la "besana", la "sementera"... Disparatamos a nuestras anchas. Tengo en este momento en la memoria una gran obra literaria en que se incuban patos en veintiún dias, y otra en que se tiace que un rayo de sol, al amanecer, dé antes en la base que en la torre de una iglesia, y otra en que se afirma que el "mentido robador de Europa" no es visible más que en la estación florida del año.
Quien llega a darse cuenta de esta verdad pasa mortales angustias cuando anda por dominios rurales. El campesino (en esto es más cortés que la corte) contesta veraz y gravemente a lo que se le pregunta; pero no puede uno por menos de atribuirle incomprensivo espíritu burlón al uso de la ciudad e imaginarse que no pasarán dos dias sin que se voceen por las calles del pueblo "Las aventuras de un señorito que se ha perdido en Santa María de la Alameda".

Pueblo pobre, como los demás de la comarca. Algo de cereal, arrancándoselo a la piedra quieras que no; y ovejas, incomparables compañeras de los campos y los hombrea que tienen sed. Sus caras resignadas son como la clave de un género de vida. Desnivel, tajo; la hurañía del matorral y de la carrasca. Una plaza que es como otra cualquiera, y ése es su valor. En el pórtico de la iglesia, uno de estos desventurados que en todo pueblo hay, y a que se llama por piedad "inocentes" en unos sitios, y en otros, "almas de Dios", porque parece que se complazca en hacerlas. El tonto del pueblo. Por la plaza, al sol, montan unas niñas en bicicleta, y el pobre tonto se acerca a nosotros, y con palabra difícil, riéndose y moviendo el bracito corto y torpón como ala de pingüino, nos dice enigmático: "¡Las mujeres! ¡Las mujeres!" Le ha dado el cielo, al menos, claridad para elegir temas de conversación en que no se diferencie gran cosa de los demás mortales.
La aldea de Robledondo, que vemos de paso, es, como tantas de la región, un grupo de casitas hechas de grandes piedras sin argamasa. Trabajo ciclópeo, hecho por hombres queda en miniatura. Las casitas son pequeñas, y, sobre todo, bajas. ¡Qué prisa por techar y dar descanso al hombro y al brazo! "No traigo más piedra; me achicaré yo", parece que ha dicho el hombre, agotado, dándose cuenta de que en estos parajes la medida es la piedra, no él. Algún asno y algún puerco se atreven a asomar la inconsciente insolencia de su verdadero tamaño por sobre la menguada corraliza.

Y a Madrid, a decir que es uno hombre que se preocupa de los asuntos vitales. Los árboles de la carretera se apartan desmelenados al paso amenazador del automóvil. Pero los términos lejanos del paisaje se han repuesto y vienen corriendo detrás de nosotros y gritando: "¡A ese! ¡A ése!"