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Caminos de la sierra. Un paseo hasta Zarzalejo (a)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Caminos de la sierra. Un paseo hasta Zarzalejo (a) (29 jul 1930)
de Javier Bueno
ilustración de Francisco Sancha
Nota: Javier Bueno «Caminos de la sierra. Un paseo hasta Zarzalejo (a)» (29 de julio de 1930) La Voz, n.º 2990, p. 3
CAMINOS DE LA SIERRA
Un paseo hasta Zarzalejo (a)

"JO"

Las piedras se defienden heroicamente de la invasión modernista

Por Javier Bueno.
Dibujos de Francisco Sancha

Después de una disertación de carácter artistico que oigo a Sancha, me inclino a creer que las piedras mismas de la Sierra se han levantado espontáneamente y han dado contra el letrero de cerámica en que se leía "Zarzalejo", a la entrada del pueblo. (Todos los pueblos de la provincia esta, y de otras, nos presentan galantemente su tarjeta de cerámica tan pronto como nos acercamos a ellos.)
—Nada va peor con este paisaje bravo y adusto que la cerámica andaluza—me dice Sancha—. Han hecho bien en romper a pedradas el letrero.
Y encendido en artística indignación, coge un guijarro para derribar por su cuenta el "JO" que queda.
Hago por contenerle; le digo que D. Cecilio Rodríguez, en el Parque Zoológico, ha puesto cerámica a los leones; que los señores Alvarez Quintero tienen en El Escorial mismo, cara a las montañas, un patio andaluz, y hace muy mono. Nada vale. Entonces invoco la posibilidad de que aquel "JO" sea como expresivo eco final de una rotunda protesta.
Deja caer la piedra, por cierto en un pie ajeno.

Pero a estos pueblos los salva de todo contagio el Mediterráneo.
Quien dijo que África empezaba en los Pirineos quiso decir una cortesía histórica (que luego ha remachado Keyserling) y casi formuló una verdad geográfica.
En la lucha entre el Atlántico y el Mediterráneo, vence en España el Mediterráneo. Así, no es extraño que un inspirado poeta madrileño hiciera recientemente partir a Colón Mediterráneo adelante para descubrir América. Un poeta de la región en que vivimos está obligado a creer que el Atlántico no existe, y, caso de existir, que no se va por él a ninguna parte.
No tendremos el mar, propiamente dicho, en casa, aunque quiera el Sr. Sagasta; mas el Mediterráneo nos manda sus recuerdos hasta las máa insospechadas lejanías. Lucha con ventaja, claro; del Atlántico nos separan barreras infranqueables.
Pero el caso es que el Mediterráneo está presente, más aún que en nuestro temperamento, en nuestro suelo; casi hasta los bordes mismos del océano y hasta lo más alto de Peñalara, convierte en matorral típico las plantas más dispares, y en simpáticas reuniones manchegas los "cabarets".

FACHADA DE LA BARBERIA EN ZARZALEJO

El "Se ondula" que hay en la peluquería de Zarzalejo es todo un símbolo. Obligada cada una de las piedras a sufrir la ignominia de una letra capaz de integrar semejante ofrecimiento, se han puesto en dirección vertical, como dando a entender que allí se ondulará, pero que es cosa de un momento el volver a tener otra vez los pelos lacios y caídos.

Zarzalejo, que dista sólo seis kilómetros de El Escorial, era el pueblo más visitado por los veraneantes cuando los veraneantes no eran los mejores y maás famosos jugadores de tresillo que hayan pisado nunca El Escorial.
De aquellos tiempos le han quedado peligrosos vicios. Por ejemplo, estando nosotros allí llegó al pueblo un hombre de aire mundano, con un paquete envuelto en un hule negro.
Los arrapiezos lo recibieron con algazara.
—¡El sastre! ¡El sastre!—decían—. ¡Ya ha venido el sastre!
La vida ciudadana no se había infiltrado tan de veras como creímos en Zarzalejo, porque a aquel grito—grito de guerra en las capitales—acudían los vecinos curiosos y a pecho descubierto.

LA PLAZA MAYOR DE ZARZALEJO, CON UN ARBOL EN EL CENTRO, RODEADO DE UNA ESCALINATA, QUE CUANDO SE DAN CORRIDAS DE TOROS SIRVE DE TENDIDO

El viejo árbol que hay en el centro de la plaza es especie de árbol sagrado. En torno de él se celebra el rito anual de las capeas, y es cama que protege a quien se sube a una de sus altas ramas, no permitiendo que lo coja el toro; que todas las religiones populares y sencillas tienen sus milagros.
Ha visto muchos tiempos y muchos intentos de mudanzas y prohibiciones en las costumbres. El, con la comprensión que sus años le dan, sonríe por una grieta enorme que tiene, y dice:
—Ya habrá elecciones.

En la tienda de ultramarinos, taberna y carnicería donde comemos hay un parroquiano de edad indefinible para el hombre de la ciudad. Les falta a los montañeses precisamente la virtud de las montañas: ser más lisos de cara cuanto más viejos.
Charlamos con el buen hombre, jcuyo padre ha ayudado al Mediterráneo en la tarea. De muchacho, nuestro amigo quería aprender a leer, y cuando iba de camino con su padre echaba en la alforja la cartilla. En un alto que hicieran pedía al autor de sus días que le enseñara las letras (porque el autor de sus días sabía leer, en contra de lo que les pasa a otros autores); pero el sueño, el calor... ¿Quién estaba para lujos?
¿Han advertido ustedes qué palabra es la que pierde todo valor apenas nos alejamos unos kilómetros de las ciudades? La palabra "cursi". Cursi no dice nada en la vida seria; es el lujo fallido. Nada de lujos en Zarzalejo. Cuatro hijos tiene el dueño de la tienda en que estamos, todos varones. La madre les decía que había encargado otro...
(Lo habla encargado a Avila, según decía, y le parecía de seguro muy excesivo viaje. En este punto me habló Sancha de un campesino conocido suyo que decía con la superioridad de la experiencia: "He conocido muchas tierras, muchas, casi todo el mundo. He estado en Murcia, en Valladolid... Pero no quisiera morirme sin ver Irún.")
Conque estamos en que la tendera habla encargado otro, pero que había de ser chica. De lo más profundo del alma sencilla y enemiga de superfluidades de aquellos cuatro muchachos surgió la protesta: "¡Como venga una chica, la tiramos por el tajo!" Y el más reflexivo aun añadió: "Bastante tenemos con madre."
"Bastante" es una palabra que no dice nunca lo que parece. Tenemos "bastante" cuando andamos escasos; tenemos "bastante" cuando estamos hasta los pelos.

Simpático pueblo, bello, característico. Parece que ha existido siempre, que es consubstancial con la montaña. Nada ayuda a imaginarse por qué hay un pueblo allí si no. Ningún heroísmo, ningún ascetismo hubiera bastado para decidirse a la vida en medio de aquellas cordilleras secas. Es el extraño espectáculo de toda esta parte de la Sierra.

NO EMPUJES, HOMBRE, QUE ESTOY AQUI

De vuelta, en una enfilada, descubrimos las escotaduras de Siete Picos con que la Sierra misma parece querer presumir de joven, como con dientes postizos.

¡Sierra, Sierra! Tienes nombre de mujer, y quién sabe si acabarás ondulándote en Zarzalejo.