Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 03

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo II - Del encuentro que don Quijote de la Mancha tuvo con Urganda la desconocida de Juan Montalvo



Una columna de humo que salía de un arbolado los guió a la mansión campestre que daba esa señal doméstica tan grata para rendidos caminantes. Apeose don Quijote, y como a nadie viese, dijo a Sancho:

-Mira si descubres por ahí algún ser viviente con quien podamos averiguarnos. El humo es claro indicio de la presencia humana, y el fuego el más fiel y consolador amigo del hombre.

-No veo animales ni aves caseras -respondió Sancho-; y no hay choza sin gallinas, ni gente honrada que no tenga su vaca, o por lo menos su cerdo en el patio. Esta es guarida de ladrones, o soy mal zahorí. De más buena gana ando yo por caminos reales, donde los peligros no son tan eminentes, y adonde la Santa Hermandad puede acudir a tiempo. Conviene, señor don Quijote, que nos vuélvamos sin tocar al avispero. Guárdate, dice el Señor.

-El miedo y la ignorancia -respondió el hidalgo- son los toques principales de tu carácter. Si algún peligro hubiese, podría él ser inminente. Eminentes son los príncipes de la Iglesia. Y quieres que nos vuélvamos: sé tú más buen cristiano, y querrás cuando más que nos volvamos. ¿Qué temes, apocada criatura? ¿Por qué lloras, niño septenario? ¿Qué es lo que te hace temblar, mujer sin resolución?

Niña sois, pulceta tierna;
Tu edad, de quince no pasa,


pero yo te haré pasar por las llamas infernales si fuere necesario. ¿No ves que con tu eterna pusilanimidad me pierdes el respeto, dando a entender que no tienes entera fe en la eficacia de mi protección? Si te asaltan bandoleros, si te aporrean venteros, no es nada: aquí está don Quijote para seguirlos, cogerlos y escarmentarlos.

-El cielo pague tan buenas intenciones -replicó Sancho-; mas cuando veo que ellas nada valen contra estacas de yangüeses, no puedo renunciar del todo a la prudencia. Can de buena raza, siempre ha mientes del pan y de la... manta.

-La prudencia suele servir de máscara a la cobardía -dijo Don Quijote- y las previsiones extremadas son diligencias del miedo las más veces. Ni espectros ves, ni oyes alaridos, ni hay cosa que justifique tu desmayo.

-Ni espectros vi, ni oí alaridos en el val de las estacas, señor, y con todo, no saqué muy sano el cuerpo.

-Cuando eso te quiere suceder -volvió a decir don Quijote-, ¿por qué no te defiendes como bueno? ¿Parécete mejor andar enfermándome los oídos con tus lamentaciones, que arrostrar al enemigo, y vencerle o sucumbir con gloria?.

En estas razones estaban caballero y escudero, cuando salió de por ahí una vejezuela, apoyada en un bordón que la sostenía a duras penas. Un siglo en piel y huesos, cien años comprimidos y reunidos en escaso volumen, tal era el objeto que se ofrecía a la vista de los aventureros, quienes no las tuvieron todas consigo en presencia de ese ente vaporoso. Ni se vio jamás cara más arrugada, amoratada y desfigurada; ojos más chiquitos, hundidos, amortiguados y nublados; cuerpo más seco, trémulo y enclenque; paso más inarmónico, débil e inseguro que los del espectro que allí se les venía acercando. Las manos eran flacas, los dedos nudosos, la cabeza sin pelo, sino tal cual mechón ceniciento por la nuca; los labios, negros, flojos y caídos; el cuello, cuatro cuerdas; el pecho, teatro de amor y voluptuosidades ahora ha ochenta años, causaba horror. Si persona humana, era esa la burla que el viejo hechicero llamado Tiempo hace del hombre transmutándole en un ser de naturaleza extraña, en el cual no caben hermosura ni felicidad. Esos ojos que hielan el corazón fueron ojos de ángel enamorado; la boca purpurina, nido de dulces sonrisas, es hoy puerta de la sepultura; la convexidad rubicunda de sus mejillas, los declivios suaves, primorosos de su seno, son cavernas; la mano, blanca, lisa, es un horrible garfio. Ese ente feo, horripilante, fue mujer hermosa, amó e infundió amor. El hombre que se extralimita en los términos comunes de la existencia humana sale del mundo, en cierto modo, sin dar en la eternidad, y se queda entre la vida y la muerte, causando en los demás un respeto que hasta se parece al miedo. El que llega a los cien años tiene ya sobradas conexiones con la tumba, es un aparecido, y no se le puede mirar sin el terror secreto con que contemplamos el Genio del sepulcro revestido de fuerzas humanas.

La vejezuela tenía los ojos clavados en el niño, mientras Sancho Panza no podía ya con la angustia de su pecho, dando al demonio la adquisición de esa prenda.

-No habrá sino entregarlo como está, señor don Quijote -dijo-: sano le hallé, sano le traigo, y cuéntenle los pañales.

-He de ser muy hábil y mañero para que yo haga carrera contigo -respondió don Quijote-; y acomodando las circunstancias a su locura, le habló pasito de este modo:

-Esta es, hijo Sancho, una fada o encantadora que quiere probarme. La sabia Belonia miraba por don Belianís de Grecia; Hipermea protegió a don Olivante de Laura; la fada Morgaina y la dueña Fondovalle a Florambel de Lucea ...

Aquí estaba de sus divagaciones don Quijote, cuando llegó corriendo una mujer exasperada, se tiró sobre el parvulito, y arrancándolo de los brazos del escudero, se puso a devorarlo a besos.

-Hermosa señora -dijo don Quijote-, vos sois, sin duda, la madre de este niño: don Quijote de la Mancha ha tomado por suya la cuita de vuestra grandeza, y promete no envainar la espada sino después del más completo desagravio que a princesa hizo jamás ningún andante caballero.

La angustiada madre empezó a requerir con la vista los alrededores, cosa de malísimo agüero para Sancho, quien no perdió tiempo de alegar en su defensa:

-Mirad, hermana, que yo no quito hijos a nadie, pues los tengo propios; ni robo gente, porque no la he menester. Hallamos solo y abandonado a este mamoncito, y le he cogido en mis brazos como obra de caridad. En honradez yo sé quién soy, y mi señor don Quijote que no me dejará mentir.

Serenada la pobre mujer con este discurso, preguntó a los viajeros el motivo de encontrarse por lugar tan solitario.


«El caballo iba cansado
De por las breñas saltare:
El marqués muy enojado
Las riendas le fue a soltare.
Por do el caballo quería
Le dejaba caminare»,


respondió don Quijote, aludiendo a la costumbre de los aventureros de dejarse llevar por sus caballos.

-¡Deo gratias! -dijo uno como gigante, presentándose allí con una hacha al brazo-; ¿quiénes son estos hombres?

-¿Hombres decís? -respondió don Quijote-; ¿hombres y nada más?

-¡Arre allá, diablo! -repuso el gañán-; ¿qué buscarán éstos por aquí? Si esta choza acomoda, serán voacedes servidos con el queso de mis cabras y con una zalea para dormir. Hombres somos todos, y ojalá fuéramos hermanos.

Subyugado por tan buenas expresiones, mandó el caballero poner las bestias al pasto de la verde grama, teniendo en cuenta no quitar a Rocinante sino el freno, según es de uso y costumbre en las aventuras. Como el diligente escudero andaba en este afán, se le llegó su amo y le dijo con cierta cautela:

-¿Pueden rodar las cosas por su pendiente natural, cuando en ellas anda metida una mágica tan entruchona como Urganda? No dudes en tener por tal a esa viejecilla. Tú vas a verlo: envuelta en una nube se nos va por los aires cuando menos acordemos, o desaparece convertida en fiera sierpe. ¿Quién sabe si este no es un castillo encantado, y aquel jayán el mago Alquife, marido de la dicha Urganda? Diligencia no he de omitir para desentrañar la verdad; y cuando todo saliere fallido, mi espada no faltará. Aunque es cosa de ver despacio si no me estuviera mejor deshacer el encanto con arte y maña, valiéndome de un anillo prodigioso, el de Gigés, verbigracia, del cual se sirvió Bradamante en un caso tan peliagudo como éste. Bien es que para ello me habré de disfrazar de mujer, y me hará muy al caso llamarme Daraya o Garaya, a imitación del príncipe Agesilao.

-Tan castillo encantado es este como el de Juan Palomeque -respondió Sancho-. Venga ese queso aunque sea de cabra, que en año malo la paja es grano; y donde nada nos deben, buenos son cinco dineros. En lo de Urganda no me entremeto: vuesa merced puede tener razón, y yo mismo estoy en un tris de tener por bruja a esa vieja.

-¿Y donde hay bruja no habrá magia? -replicó don Quijote-; ¿y donde hay magia no habrá encanto?, ¿y dónde hay encanto no habrá príncipes y princesas? Ven acá, bobillo, ¿te juzgas más perito que tu señor en esto de las aventuras? Espera y verás lo que es bueno.