Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 07

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo VI - Donde se da cuenta del ágape que honró con su presencia don Quijote de la Mancha de Juan Montalvo



Llegados al pueblo, hizo el vicario una breve plática alabando la piedad de sus feligreses y exhortándolos para que concurriesen todos con el mismo objeto la semana venidera. Dispersose la gente, fuera de los curas vecinos y más eclesiásticos que tenían ese día mantel largo en casa de su huésped. De apacible genio y nada rencoroso debía de ser el señor vicario, cuando lejos de toda inquina, convidó con suaves razones a su vencedor; si no era que, conociendo su locura, le movía antes la compasión que el deseo de vengarse. Era regular hubiera entre las personas del concurso algunas más o menos instruidas en materias de caballería, puesto que, echando leña al fuego, le sacaban de juicio al aventurero con una furia de dudas y argumentos.

-¿Cree vuesa merced en esas cosas como en artículos de fe? -le preguntó un religioso cuya respetable gordura se le escurría un tanto por la jovialidad de su genio-: trabajo le mando de que me nombre algún autor católico que hubiese escrito esas historias como ciertas; ni podría citarme un solo caballero andante, sino de imaginación.


«Lanzarote y D. Tristán,
Y el rey Artús y Galbán
Y otros muchos son presentes
De los que dicen las gentes
Que a sus aventuras van»,


respondió don Quijote. Y no se me dirá que Alvar Gómez de Cibdad Real hubiese sido pagano, ni historiador de poca fama. Duden vuesas mercedes de Esferamundi o del obispo Turpín; pero habrán de dar asenso a testigos como Santa Teresa, quien gustaba de la caballería, en términos que a su parecer eran cortos los días y las noches para saborearse con sus aventuras; y aun sucedió que muy de propósito compusiese un libro, cuyo argumento son las de un caballero famosísimo.

-Si nuestra madre Santa Teresa ha escrito jamás ese menguado libro -replicó el fraile-, él fue, sin duda, una de las causas de sus inquietudes y pesadumbres posteriores; mas nadie sostendrá que en tales nonadas se hubiese ocupado durante la madurez de su juicio y virtud.

-El gran Carlos V -dijo don Quijote- era lector infatigable de libros andantescos, y pudo renunciar la corona imperial, mas no prescindir de esas historias.

-El emperador las había prohibido -arguyó el fraile-; si él, por lo que tocaba a él, no hizo caso de su prohibición, lo hemos de atribuir a flaqueza, y como hombre, no le podían faltar. ¿Pero cuáles son los caballeros andantes que realmente han existido y hecho lo que de ellos se cuenta?

-¿Cuáles? -respondió don Quijote-; el Caballero de la Fortuna, el del Ave Fénix, el del Unicornio; don Amadís de Gaula, don Amadís de Grecia; Tirante el Blanco, Tablante de Pricamonte, Félix Marte de Hircania; don Cirongilio de Tracia, don Siloís de la Selva, don Briances de Boecia; Reinaldo de Montalbán, Esplandián, Galaor, el príncipe Rosicler, y toda esa gloriosa falange que por sus altos hechos vive en la memoria de las gentes.

-Si vuesa merced da por inconcuso cuanto de esos fantásticos personajes se refiere -dijo uno de los coadjutores- habrá de convenir asimismo en la existencia de los mágicos, nigromantes y adivinos, los gigantes y las gigantas, los jayanes y las jayanas de que están rebosando esos libros del demonio.

-¿Quién duda de todo eso? -respondió don Quijote-. ¿Qué fue Merlín sino un sabio encantador? ¿Qué Artemidoro sino un famoso adivino? ¿Qué Morgaina sino una incomparable mágica?

-¡Dios nos asista! -exclamó el fraile-. ¿Ahora va a probarnos vuesa merced que hasta las mujeres se han metido en esas herejías?

-Ni lo podían por menos -respondió don Quijote-; Morgaina, Urganda la desconocida, Hipermea, la dueña Fondovalle, Alcina, Melisa, Logistila. ¿Piensa vuesa paternidad que Onoloria, la sin par Oriana, Polinarda, Florisbella, la linda Magalona, la princesa Cupidea, la reina Ginebra y otras muchas no han existido real y verdaderamente? ¿Pues a quiénes amaron, por quiénes vivieron muriendo esos que se llamaron Lismarte de Grecia, Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra, Esplandián, el valiente Pierres?

-Luego el fin de esa profesión no es tan católico -replicó el fraile en tono recalcado y zahiriente.

-Su fin es el desagravio de las doncellas ofendidas -dijo don Quijote-, el socorro de las viudas angustiadas, la humillación de los soberbios; su fin es acudir al menesteroso, levantar al caído, valer al indefenso. Si todo esto no es católico, ponga vuesa merced ahora mismo en entredicho el reino de la caballería, y príveles del agua y del fuego a sus campeones.

-Al contrario, señor caballero, si las aventuras son de las romanas, digo, de las apostólicas, no es imposible que yo abrace la carrera de las armas, en pudiendo haber frailes andantes.

-No sé -repuso don Quijote-; no me acuerdo haberlos hallado en mis viajes ni en mis libros.

-Ya le quisiera yo ver a fray Pancracio encambronado a lo barón de la Edad media -dijo un vejarro que comía a la esquina de la mesa-; si bien me temo que no hubiera peto ni ventrera para su persona. ¿Propónese llevar el coselete con todas sus piezas? Coraza, espaldar y brazales; escarcela y greba; capellina y yelmo con su respectiva visera; aindamáis la manopla de hierro: fuera en verdad cosa de ver.

-Y muy de ver, hermano Paco -respondió el flexible y avenidero religioso-. Pero ya el señor don Quijote me ha desviado de mi resolución: si no hay frailes andantes, me debo estar humildemente en mi abadía.

-Si ya no quisiere vuesa merced -dijo don Quijote- venirse conmigo a título de capellán, con cargo de ir absolviendo a los que yo fuere derribando. Pero ni esto se me acuerda haber visto en las historias; y lo mejor será siga adelante cada cual en su manera de vida y profesión.

-¿Luego vuesa merced no aprueba el modo de proceder de Carlos V, que deja a un lado el cetro del mundo, y se humilla y evangeliza hasta el extremo de pasar a un monasterio a llamarse fray Carlos simplemente?

-Si yo ganare un imperio, será para regirlo -dijo don Quijote-; y no por medio de privado ni valido, sino en persona.

-¿Se siente vuesa merced, señor don Quijote, con el numen y el tacto que se han menester para el mando de un gran pueblo? Cosa delicada es, señor: muchos reinan, pocos saben gobernar. El que se halla al frente de un imperio ha de saber gobernar; y en sabiéndolo, no ha menester palaciegos favorecidos que le desacrediten por una parte y le defrauden de su gloria por otra. La sabiduría en ninguna parte es más útil a los hombres que en el trono; y el cetro, o el poder, en ninguna mano está mejor que en la del sabio.