Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 11

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo X - Del encuentro que tuvo don Quijote con un poderoso enemigo, y de los trabajos que a esta aventura sucedieron de Juan Montalvo



Como en la casa parroquial no hubiese el ámbito necesario para tan gran señor, le invitó el cura a pasar a la vecindad, donde le había preparado alojamiento digno de su persona. Aceptolo don Quijote, y seguido de su escudero, se fue adonde le dirigían, pues la cama le hacía muy al caso. Los monacillos con quienes don Quijote había dado en el suelo cuando encontró la procesión, antes se hubieran dejado ahorcar que perdonarle; y así anduvieron con tiempo dándose sus trazas para que su venganza fuese cumplida. Llegados a la casa, le designaron su aposento, advirtiéndole que en él hallaría lo necesario, y se fueron sin hacer ni decir otra cosa. Abrió la puerta don Quijote, y se dio de hocicos con una figura desemejable, puesta allí lanza en ristre, capaz de infundir pavor en el corazón más denodado como no fuera en el de don Quijote. Hubo de retroceder a pesar de su valentía el poderoso manchego; mas vuelto en sí al instante, arremetió al fantasma, y de una lanzada le echó por tierra.

-Está muerto -gritó Sancho-: mire vuesa merced cómo tiene el cadáver esta pierna fuera del cuerpo, y lo mismo este brazo.

-La cabeza no está más en su lugar -respondió don Quijote, dando un puntillón en la del difunto, la que rodó por el pavimento-. El gigante ha sido de piezas, o mi lanza ha adquirido la virtud de reducir a polvo a mis enemigos.

Sacando por el ruido que la cabeza podía muy bien no ser de carne y hueso, se acercó a ella Sancho poco a poco, y asiéndola con cauta timidez, rompió en una carcajada.

-¿Qué ocasión de risa es esta, Sancho impudente? -preguntó don Quijote-: reír en presencia de un muerto, es o suma necedad o suma impiedad; y en cualquiera de estos casos, incurres en mi enojo.

-No hay muerto, señor, ni vivo ni muerto -respondió Sancho.

-¡Cómo! -repuso el caballero-, ¿hay por ventura un término medio entre la vida y la muerte? Si este descompasado animal no está vivo, en ley de justicia ha de estar muerto; si no está muerto, ha de estar vivo.

-La cabecita es de palo -dijo Sancho-; y los miembros son de paja. Si no, ¿dónde están la sangre que ha corrido por el suelo y los ayes que ha echado el moribundo?

-Esta es otra de las del sabio que me persigue -respondió don Quijote-: ¿cómo puede suceder que no haya sido gigante real y verdadero éste que ahora parece obra hecha a mano? Piensa, di, haz las cosas con un granito de sal, buen Sancho. Desencapotemos el negocio, ven acá: ¿te parece razonable que este hombre, gigante o demonio a quien a cabo de quitar la vida, hubiese podido ir y venir, ponerse a caballo, manejar la lanza y entrar en combate con esta cabeza de palo? Aquí hay una entruchada de Fristón; y no te podría yo decir si esta aventura no es presagio de nuevas desventuras.

-Haya sido o no de carne y hueso este demonio -dijo Sancho-, ¿de los despojos bien nos podemos aprovechar?

-Eso te cumple -respondió don Quijote-; dispón de ellos sin darme cuenta. Ahora tomemos algunas horas de reposo: esta armazón dentro de la cual traemos el alma, así como requiere movimiento requiere inmovilidad. La noche es nodriza de toda criatura viviente: nos llama a su regazo y nos arrulla con el silencio blandamente. Quítame el arnés, buen Sancho; que yo extienda a mi sabor estos fuertes y trabajados miembros.

Sancho se puso a repetir con socarronería lo que más de una vez le había oído:


«Mis arreos son las armas,
Mi descanso el pelear,
Mi cama las duras peñas,
Mi dormir siempre velar».


-Una cosa es dormir noche por noche -respondió don Quijote- y otra dar consigo en la cama, allá, cuando después de muchas aventuras bien concluidas no tenemos los caballeros andantes otras que acometer. Si te acuerdas, los héroes más famosos se entregaron al sueño, y esto, en trances apuradísimos, como Alejandro Magno, que se llevó de un tirón veinte horas hasta cuando Parmenión le vino a despertar diciendo en voz alta: «¡Alejandro, Alejandro, cargan los persas!». Y Mario, dime, Mario, aquel buen muchacho que hizo frente a Sila, vencedor de su padre, ¿no se echó muy de propósito a dormir debajo de un árbol, cuando las dos huestes contrarias se venían a las manos? Déjate de escrúpulos y ayúdame a deponer estas pesadas armas.

No poco satisfecho de verle pensar así, el bueno de Sancho le quitó coraza, brazales, escarcela, grebas y más piezas con que don Quijote andaba aherrojado; y como éste mantuviese la celada, era de ver la figura del noble manchego con sus calzas adheridas a los huesos, largo y desmirriado, el yelmo en la cabeza y baja la visera. En este pelaje se llegó a la mesa, y puesto delante de un enorme jarro, habló como sigue:

-Agua, licor celestial, ¿no eres tú el que circulaba en el Olimpo con nombre de néctar de los Dioses? ¿No eres tú el que la hacendosa y delicada Hebe llevaba sobre el hombro en tazones de sonrosada perla, y vertía a chorros cristalinos en las copas de los inmortales? Agua, primor del universo, esencia pura y saludable que la tierra elabora en sus entrañas, tú eres la leche sin la que el hombre se criaría raquítico y deforme. ¿Hay cosa más inocente, pura, suave, necesaria en el mundo? Eres lo más precioso y nada cuestas; lo más fino, y sobreabundas. La árida roca, como un seno de la naturaleza, te echa de sí alegre y murmullante, y corres a lo largo de la peña o te recoges en silvestre receptáculo rebulléndote en mil sonoras burbujitas. El vino es artificio del hombre; el agua, invención del Todopoderoso: el vino ha traído la embriaguez al mundo; el agua limpia las entrañas y aclara el entendimiento; el vino desmejora y enloquece; el agua no ocasiona mal ninguno, porque de suyo es inofensiva; y porque nadie abusa de ella. Manjar no hay en la tierra que más delicadamente saboree el hombre de buenas costumbres y templados apetitos, ni que más regenere y conforte. Quiero decir que tengo sed -añadió variando el tono y alzándose la visera-. Es gran fortuna del hombre que su deseo más ardiente y su satisfacción más intensa no le hayan de costar trabajo ni dinero.

Diciendo estas palabras, tomó el jarro y lo empinó con la misma gana con que se había echado al coleto el bálsamo de Fierabrás. Pero si algo le cayó dentro, la mayor parte le fue al pecho, y corriéndole por el estómago en gruesos hilos, bajó a arrecirle más y más las piernas, que de suyo eran heladas.

-¡Maldito sea -dijo -el encantador que me persigue! -y frunciéndose de cólera, dio con el jarro en el suelo. Sancho intentó repetir la carcajada; pero un turbio vistazo de don Quijote se la convirtió en tos fementida.

-Lo que más hiciera al caso fuera que nos acostáramos -dijo- y aún podría ser que los encantadores nos respetasen el sueño.

No le pareció mal a don Quijote el dictamen de su escudero; y ganando resueltamente la tarima que se le había prevenido, se tiró de largo a largo.



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