Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 16

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XV - De la conversación que caballero y escudero iban sosteniendo mientras caminaban de Juan Montalvo



Puestos en camino, sintió Sancho que se le refrescaba el pecho y que toda su parte moral se le bañaba en un fluido vivificador, con esos movimientos súbitos de felicidad que de tarde en tarde suelen favorecer misteriosamente hasta al hombre más infortunado: tanto como esto puede la naturaleza cuando ejerce su amable prestigio por medio de un cielo límpido, nubes purpurinas y doradas puestas sobre el horizonte como decoración del mundo; atmósfera benigna, aire tibio, sierras obscuras que asombran los valles, colinas alegres, prados floridos, todos los toques de hermosura con que esa grande seductora cautiva sin pensarlo aun a los que no la comprenden.

-Si saliere fallida la esperanza del condado que vuesa merced me tiene prometido -dijo Sancho en tono de buen humor-, ¿no pudiera yo venir a ser cardenal, o por lo menos obispo?

-Por nuestra carrera no llegamos al capelo -respondió don Quijote-, ni aun a la tiara. Tanto como eso no presumas, ni levantes la ambición más arriba de lo verosímil. Halagüeñas son las esperanzas que infunden las cosas posibles: tan alto picas a las veces, que das en visionario. Si estás lejos de la púrpura cardenalicia, te hallas a un paso de otra fortuna.

-¿Habrá por si acaso vuesa merced resuelto hacerme duque? -preguntó Sancho.

-De Sabioneta o de Alburquerque no te sentaría mal; y de adehala marqués de Rivadeo. Por marqués de Rivadeo, tendrías el privilegio de comer con Su Majestad el día de pascua de Reyes. Pero no es mi ánimo parar en eso. Tú sabes que Tirante el Blanco fue proclamado emperador de Constantinopla; mas lo que tal vez no sabe vueseñoría es que a la muerte de ese famoso andante; su escudero Hipólito casó con la emperatriz viuda y ocupó el trono. Reinaldos, Esplandián, Palmerín de Oliva, don Rocerín, don Olivante de Laura fueron reyes o emperadores, obrando la invicta espada. ¿Pues qué diremos de Florisán, que llegó a ser preste Juan de las Indias y señor de los Montes Claros? Esto de ganar un imperio, Sancho hermano, es cosa muy factible para los buenos caballeros. Figúrate lo que habrán sido los escuderos de esos grandes paladines, y mira los honores y las rentas que te esperan en cualquier encrucijada de las que tengamos que pasar.

-A buen viento va la parva -dijo Sancho-. ¿Pedro por qué atiza? Por gozar de la ceniza. ¿Por qué piensa vuesa merced que pongo en las aventuras mi parte de hambres y de costillas? Medrados estaríamos si después de tantos palos no hubiese imperio que regir. Cuando siembres, siembra trigo, que chícharos hacen ruido. Por falta de hombres buenos a mi padre hicieron alcalde, y ruin es quien por ruin se tiene. Esos tales escuderos se empuñaron en sus cetros; pues ya verá el mundo si el hijo de los Panzas es menos que Gandalín y si hay cabello que no haga su sombra en el suelo. ¿Procurará, señor don Quijote, que mi imperio no produzca menos que el de vuesa merced?

-La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía -respondió don Quijote-. Tengan tus dominios rentas como tú echas refranes, y ahí sería el diablo si no superases a Salomón en las riquezas. Mucho hubiera sido que no te dijeses tu media docena en esta oportunidad. Ven acá, demonio, ¿no se agotará jamás esa mina de disparates que con nombre de refranes vienes derramando por todo el mundo? Emperadores tontos, emperadores brujos, emperadores llorones, de todo hemos visto; ¿mas qué emperador ha de ser un judío que en refranes hubiera puesto su parte en la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo?

-Palabras de santo y uñas de gato -dijo Sancho-. Vuesa merced no me hace emperador sino para aruñarme. La cruz en los pechos y el diablo en los hechos. Recíbame vuesa merced a perdón, y caminemos; pues como dicen, dame pega sin mancha, darte he mozo sin tacha.

-Si no te encastillas en el perdón que me has pedido -respondió don Quijote-, con lágrimas de tus ojos pagaras aquí tus impertinencias. Ahora dime, follón, desvanecido y malandrín, ¿piensas que esa corona te viene por tus obras y no por las mías? Metes tu media pala en el negocio de las aventuras, y te das a entender que serás emperador por tu propia virtud; ¿y aún quieres que tus estados no produzcan menos que los míos? Eso es meter aguja y sacar raja, logrero sin conciencia.

-Y todavía hay otra cosa mejor -replicó Sancho-; es a saber, que me hallo en potencia propincua de elevarme a la mano de mi señora Dulcinea del Toboso y reinar junto con ella.

-¿De qué modo? -preguntó don Quijote.

-A semejanza del escudero de Tirante el Blanco, que casó con la emperatriz viuda -respondió Sancho.

-Eso se entiende si yo vengo a morir primero que ella -replicó don Quijote-; y aún será cosa de averiguar si yo consiento en unión tan deslayada.

-Como los muertos no tienen voz ni voto, señor, me bastará el beneplácito de la emperatriz heredera.

-Lo das por hecho -dijo don Quijote-; mas yo tengo para mí que Dulcinea no me habría de sobrevivir sino para verter lágrimas tales y tantas, que fueran excusadas las ajenas; y como el Cid Rui Díaz, pondría yo esta cláusula en mi testamento:


«Ítem: Mando que no alquilen
Plañideras que me lloren:
Bastan las de mi Jimena,
Sin que otras lágrimas compre».


-De suerte que -dijo Sancho- mi señora Dulcinea ya no es Dulcinea, sino Jimena.

-¡Eso no! -respondió don Quijote-. Dulcinea no puede dejar de llevar su nombre; ni hay otro más suave, melifluo, almibarado que el suyo. La que se llama Dulcinea ¿puede aspirar a otra cosa? Carmesina, Briolanja, Florisbell; Doralice, ni la linda Magalona, ¿cuál se atreve a pronunciar su nombre al lado de Dulcinea? ¿No sientes que este divino vocablo se te pega en los labios como una hebra del panal hibleo? Di Dulcinea sin que la lengua se te quede olorosa, blancos los dientes, rojos los labios, cual si por ellos pasase el amor en forma de celeste llama. Música, pintura, poesía, ¿qué no hay en Dulcinea? Si el amor perteneciera al sexo femenino, se llamara Dulcinea; si las flores supieran su negocio, fueran dulcineas. ¿Y quieres trocármelo por Jimena a estas horas, hereje?

-Yo no quiero eso, señor don Quijote: vuesa merced dice que le va a poner ese epitafio con Jimena, y mi deber es respetar sus voluntades.

-No es epitafio, ¡zopenco! -dijo don Quijote-, sino cláusula testamentaria; porque no es ella quien se muere, sino yo. Si el Rui Díaz de otro tiempo dijo:


«Ítem: mando que no alquilen
Plañideras que me lloren:
Bastan las de mi Jimena,
Sin que otras lágrimas compre»;


¿qué habría sino que el otro dijese?:


«Ítem: Mando que no alquilen
Que me lloren plañideras:
Al llanto ajeno renuncio,
Si me llora Dulcinea».


-Vuesa merced será dueño de pergeñar su testamento según la conciencia le dictare -dijo Sancho-, como no ponga ningún paragarfio encaminado a entrabar la voluntad de la viuda.

-No solamente paragarfio, sino también parágrafo -respondió don Quijote-; y aun he de hacer codicilo prohibiendo expresa e irrevocablemente que la emperatriz contraiga segundas nupcias ni con el soldán del Cairo, menos con un simple escudero. ¿Piensas que es lo mismo ser viuda de Tirante el Blanco que de don Quijote de la Mancha? Poco haría Dulcinea con abdicar la corona después de mi fallecimiento y acogerse a un monasterio; lo más puesto en razón y verosímil es que se había de dejar morir de pesadumbre; pues no es desgracia de las de por ahí el perder marido como yo. Sabes, por otra parte, que señora como ella, de tan elevados pensamientos, no había de ir a ponerlos en un villano como tú, aun cuando yo muriese más de una vez.

-¿Y cómo piensa vuesa merced hacer rey a un villano como yo? -preguntó Sancho.

-Porque todavía es menos ser rey que aspirar a la mano de esa princesa -respondió don Quijote-; y antes te haría yo soldán o gran califa, que admitir, ni en vía de pasatiempo, que tú llegares a sucederme al lado de mi esposa. ¿Sabes quién es Dulcinea para haber dado cabida en tu obscura imaginación a la especie de venir a ser marido suyo en ningún tiempo? Yo mismo, con todos mis hechos de armas y mis nunca vistas hazañas, apenas he llegado a merecerla. Hay cosas inhereditables, Sancho temerario. Muy bien puedes tú ser un honrado y valiente escudero, y ella más imposible para ti que el ave Fénix. Conténtate con que yo te case con la confidente de mis amores, como es de uso en la caballería. Tristán de Leonís premió a su escudero con la mano de la doncella Denamarca; y ese mismo Tirante cuyo ejemplo invocas en tu favor, dio por mujer a su escudero Deifobo la bella Estefanía, hija del duque de Macedonia. Y aún eso se entiende si te comportares como Gandalín, quien siguió, alcanzó, mató y cortó la cabeza a la giganta Andandona. Si no haces cosas grandes y dignas de la posteridad, mal puedo recompensarte con merced tan señalada como darte por esposa una doncella de alta guisa. Las grandes recompensas forman los grandes valores, dicen: ya sabes que lo menos que te espera es una real infanta con un condado de dote.

-¿Cuál sería -preguntó Sancho- la doncella que vuesa merced me destinase, caso de que yo me resolviese a hacer esas cosas dignas de la posteridad?

-Sería Brianjuana -respondió don Quijote-, Darioleta, Floreta o ¿qué sé yo?: todas han sido confidentes de sus señoras respectivas. A menos que te decidieses por la dueña Quintañona, quien lo fue de la reina Ginebra en sus amores con Lanzarote del Lago. ¿O prefieres a la viuda Reposada? No olvides que esta gentil pieza, lejos de favorecer leal y legalmente a sus amigos y señores, se llegó a enamorar hasta el meollo del amante de su reina, y todo se lo llevó el diablo.

-¿Cuál de estas dos tiene más garabato, señor don Quijote, la viuda Reposada o la dueña Quintañona?

-Eso va de gustos, amigo Sancho. La viuda Reposada fue mujer hermosísima, pero cuando menos acordó estuvo vieja. La dueña Quintañona, otra que tal, ni fue menos hermosa ni vino a ser menos vieja que la Reposada.

-Pues desde aquí renuncio esas canonjías -dijo Sancho-. Deme vuesa merced una de las muchachas, y andemos. Pero sí ruego a vuesa merced, y así tenga buena muerte, me cambie con obra más hacedera el pontazgo de cortar la cabeza a la tal Andandona.

-Por no dar la cabeza de una gigantita -respondió don Quijote- has de perder la mano de una princesa. Yo sabré cómo, cuándo y con quién te caso: déjate de cavilaciones y vente callado. Tú me espantas la caza con este hablar sin término ni medida. ¿Quién sabe cuántas aventuras hemos perdido por venir engolfados en estas futilezas, las que en realidad nada son para con las grandes cosas que se deciden por la espada?

-Yo supongo -dijo Sancho sin querer callarse- que todo esto es puro modo de decir; ¿pues dónde deja vuesa merced a mi mujer?, ¿hémosla enterrado por dicha? Quien bien quiere, nunca olvida, señor don Quijote: viva la pobre y vívame mil años.

-Buena salutación le envías, ¡oh Sancho! «¡Rey, vive para siempre!», era la que los egipcios dirigían a su soberano. Manera grandiosa de manifestar amor e interés a una persona; como que ningún obsequio vale tanto como el de desearle a uno vida feliz y prolongada.