Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 17

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XVI - De la casi aventura que casi tuvo don Quijote ocasionada por un viejo de los ramplones de su tiempo de Juan Montalvo



Cuando esto decía don Quijote, echó de ver a un lado del camino un hombre entrado en edad que estaba haciendo hachar dos hermosos cipreses de un grupo que daba obscura y fresca sombra a un gran circuito. Parose y le preguntó por qué hacía derribar tan bellos árboles, destruyendo en un instante obra para la que la naturaleza requería tantos años.

-Los derribo -respondió el viejo- porque nada producen y ocupan ociosamente la heredad. Estos y los demás, todos los echo abajo, y no son menos de catorce.

-¿Hubiera modo -replicó don Quijote- de evitar este degüello? Si os incita el valor de estos cipreses, yo os los pago, y permanezcan ellos en pie.

-Eso allá se iría con vender la tierra, y no es lo que me propongo -dijo el dueño-; antes la estoy desmontando, no tanto por aprovecharme de estos árboles que no valen gran cosa, cuanto por dar a la labranza el suelo mismo.

-Cortados no valen nada -replicó el caballero-; vivos y hermosos como están, valen más que las pirámides de Egipto. Y así os ruego y encarezco miréis si os está mejor variar de resolución y hacer un obsequio a la madre naturaleza, la cual gusta de la sombra de sus hijos.

-Toda sombra es nociva -arguyó el viejo sanguinario-. La sombra nada me da; antes me quita lo que pudiera rendir esta heredad. Hoy la pongo como la palma de la mano, la aro en seguida, siembro lechugas y coles, y desde ahora queda vuesa merced convidado a festejarlas a su regreso.

-Dejaos de chanzas, que no estoy para ellas -dijo don Quijote-. Por última vez represento y pido lo ya representado y pedido, y andad por vuestras lechugas a otra parte.

-Donosa representación -respondió el hombre, quien a despecho de los años había sido algo maleante, o ya la figura de don Quijote junto con sus pretensiones le movió a echar por lo ridículo-: donosa notificación... Y caso de no venir yo en ello, ¿piensa vuesa merced apercibirme con su lanza?

-¡Vos lo habéis dicho! -replicó don Quijote, y arremetió con el viejo, el cual, en vía de defensa, se dejó caer patas arriba de la piedra en que estaba sentado.

-Convenid -gritó el caballero, teniéndole en jaque con su lanza- en que estos árboles queden ilesos; ofreced, prometed y aun jurad no tocarles ni a un pelo de la barba.

-Me allano a cuanto vuesa merced mandare -respondió el burlón, viendo resplandecer esa punta amenazante-. ¡Ea, amigos!, dejadme en pie esos árboles, y no se les ofenda con un hachazo más, supuesto que tal es la voluntad de este buen caballero.

No había cosa más urgente que salvar la vida, y después sería el averiguarse con el desagravio. Pero el andante dio de espuelas a su corcel, y tomó el largo sin añadir palabra, al tiempo que el vencido se levantaba con harta flema, echando pestes contra el loco que así le había puesto. Volvió luego don Quijote y dijo:

-Esas muescas o heridas de los cipreses pueden serles fatales: llenadlas de cera al punto, y echad sobre ella una capa de tierra húmeda, que así no habrá riesgo de que se marchiten y perezcan.

En esta sazón llegaban dos jinetes a los lados de un coche tirado por cuatro soberbias mulas ricamente enjaezadas y con altísimo plumaje. No era para uno como don Quijote dejar seguir adelante a nadie sin averiguación ninguna, y menos a comitiva que tanto olía a cosa de aventura. Echose a medio camino y dijo al postillón:

-Buen hombre, parad y responded punto por punto: ¿quiénes vienen aquí?, ¿de dónde vienen?, ¿adónde y a qué van?

-Es el ilustrísimo obispo de Jaén -respondió el postillón-: viene de Madrid y va a su diócesis.

-Norabuena -respondió el caballero-. Ahora advertid al ilustrísimo obispo de Jaén que don Quijote de la Mancha desea llevar consigo algunas de sus episcopales bendiciones.

-¿Quién es? -preguntaron de adentro del coche.

-El señor don Quijote de la Mancha, quien desea saludar al señor obispo -respondió uno de lo hombres de a caballo.

-¿Don Quijote de la Mancha?..., le conozco; el famoso caballero cuya historia anda por esos mundos. Pues yo me holgaría en verle. Decidle que, si es servido, se llegue a la portezuela.

Se apeó entonces don Quijote e hizo lo que el prelado deseaba, saludándole con una reverencia.

-¿Es vuesa merced, señor caballero, el mismo don Quijote de la Mancha cuyos hechos ha puesto en las nubes el historiador Cide Hamete Benengeli?

-No pienso que haya dos caballeros de ese nombre -respondió don Quijote gallardeándose-. Al que se atrevió a sustentarme que había vencido en singular batalla a un cierto don Quijote, ya le probé que se engañaba, por no decir mentía.

-Ese atrevido fue el caballero del Bosque -dijo el obispo-. ¿Qué hace vuesa merced por estos mundos? Nosotros le juzgábamos en Trapisonda, y aun hemos oído decir que había pasado a la isla de Lipadusa a combatirse con quienquiera que poseyese la espada Durindana.

-Tenga yo noticia de aquella famosa espada -respondió don Quijote- y pasaré, no digo a Lipadusa, sino a Estotilán o a Norumbeca; y para ganarla haré armas con el rey Gradaso, y aun con ese endiablado de don Roldán.

-Una vez sometido a vuesa merced ese endiablado de don Roldán -volvió a decir el obispo-, ¿qué obstará para que le quite, no solamente su espada, sino también su dama? De este modo, Angélica la bella vendrá como a suplantar a la señora Dulcinea.

-No, señor -respondió don Quijote-; Durindana y no otra cosa le he de quitar. ¿Ni qué habría yo de hacer de aquella damisela repulgada y veleidosa, que se va cuando se le antoja con un morillo mequetrefe, tan bisoño en guerra como en amores? Y diga vuestra ilustrísima, en desdoro de paladines como Roldán el encantado y Reinaldos de Montalbán.

-Si no lo ha vuesa merced a enojo -volvió a decir el obispo-, reitero mi pregunta: ¿qué negocio le trae a vuesa merced por estos mundos?

-Ando en busca de las aventuras -respondió don Quijote-. Si la casualidad no me encamina por acá, se consumaba ahora mismo un hecho de los que no sufre un caballero andante. Salga de su carrocín vuestra señoría ilustrísima, y vea con sus ojos si mi profesión importa al mundo, y si los que la seguimos perdemos el tiempo y ganamos la fama a poca costa.

Echose afuera el obispo, juzgando que realmente se hubiera intentado allí algún delito, y si aún era posible impedir una desgracia.

-¿Ve aquí vuestra ilustrísima esta pequeña selva cuyos árboles verde-obscuros se encumbran en forma de pirámides y derraman sobre el suelo esta densa y provocativa sombra? En verdad le digo que no iba a quedar rama sobre rama, porque este desalmado los echaba a tierra, si no llego yo aquí para librarlos de su hacha destructora.

La forma bíblica usada por don Quijote le pareció bien al obispo, y dando en el hito, y por llevarle el genio, manifestó que le desplacía mucho aquel desaguisado, y se unió a él para encarecer el desalmamiento de quien así había querido matar esos hermosos gigantes de la creación. Hablaba quizás de buena fe el prelado, ya que todo pecho donde anidan los afectos nobles tiene con la naturaleza conexiones ocultas.

Un árbol que ha recibido lentamente la virtud misteriosa de los siglos, junto con la recóndita substancia de la tierra, es objeto que infunde respeto y amor casi religioso. Hay quienes destruyen en un instante la obra de doscientos años por aprovecharse de la mezquina circunferencia que un árbol inutiliza con su sombra: para la codicia nada es sagrado: si el ave Fénix cayera en sus manos, se la comiera o la vendiera. Cosa que no produzca, no quiere el especulador: para el alma ruin, la belleza es una quimera. Un menguado sin luz en el cerebro ni música en el corazón, no alcanza el poder de gozarla, ni su alma tiene los requisitos que se han menester para que den golpe en ella los portentos del universo. No se arrodilla ante el Parnaso sino el hombre delicado cuyo numen le tiene despierto de continuo, maravillándole con las obras del Omnipotente, apasionándole a las gracias de la naturaleza.