Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 26

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XXV - De cómo entró en conversación nuestro caballero con los señores del castillo de Juan Montalvo



Desarmado el caballero, se presentó garbosamente en la sala, supliendo con el desparpajo lo que faltaba de adorno a su persona, e hizo de nuevo su mesura con la rodilla ante la señora, a la cual convino ofrecer la mano para pasar al comedor. Puestos a la mesa, dijo don Quijote:

-Perdonad por indiscreto, y decidme, señores, vuestros nombres si gustáis.

-El mío es don Prudencio Santiváñez, señor caballero; mi mujer se llama doña Engracia de Borja.

-Criada del señor don Quijote -añadió doña Engracia.

-¿Todos estos jóvenes de uno y otro sexo pertenecen a la familia de vuesa merced? La mesa de Príamo no fue más concurrida, ni más feliz la venerable Hécuba con sus cincuenta hijos.

-No todos lo son de mis entrañas -respondió la señora-; aunque sí mis parientes. Por el afecto, cuantos ve aquí vuesa merced son hijos míos.

-Cuando el amor y la concordia gobiernan a una familia -dijo don Quijote-, por el número de sus miembros se ha de medir su felicidad. Los antiguos patriarcas eran de suyo respetables, más por su numerosa descendencia, pues había casa de cien personas, o poco menos, como las de los jueces de Israel, Abdón, Jair.

-¿Cuál es el estilo, señor don Quijote -preguntó don Alejo-, entre los caballeros andantes respecto del tener hijos? ¿Tiénenlos en gran número, o hay tasa y medida para ellos?

-Nuestros estatutos y ordenanzas -respondió don Quijote- no hablan de propósito en esta materia; mas como lo que abunda no daña, soy del sentir que los andantes se perpetúen para gloria de su raza en el mayor número posible de descendientes, a imitación de Perión de Gaula, cepa y origen de los mejores caballeros del mundo. Aunque, la verdad sea dicha, no sabría yo en qué emplearlos si pasasen de cuatro los que Dios fuese servido de darme.

-¿En qué? -replicó don Alejo-: los armaba caballeros vuesa merced y los enviaba en todas direcciones a desfacer agravios, enderezar tuertos y purgar la tierra de malandrines y follones. Y cuando no, puesto al frente de ellos, cerraba vuesa merced con el imperio del Catay y venía a coronarse emperador por obra de su brazo.

-¡Dígamelo a mí! -respondió don Quijote-: yo se cómo hace uno eso, y cuándo y en qué manera gana un imperio. Ganarlo entre cuarenta o cincuenta caballeros no es gracia: mi, negocio estará en ganarlo yo solo, matando con mi mano al emperador y sus capitanes, y sojuzgando a los que yo tuviere a bien el otorgar la vida.

-¿Piensa vuesa merced matar así tanta gente, solo como anda? -preguntó don Alejo.

-El rey Artús -respondió don Quijote- mató en una batalla cuatrocientos sesenta enemigos. Bradamante cortó la cabeza a trescientos moros en el campo de Marsilio. Obras son estas inhacederas para vuesas mercedes que viven entre flores, sabe Dios si bajo el prestigio de las Musas: todo corre por otro término en la órbita de la caballería, y las armas de los andantes encierran secretos que son milagros para los que no profesan el seguirlas.

-La historia trae -dijo don Prudencio- que Aristómenes quitó la vida con su mano a trescientos enemigos, ni más ni menos que Bradamante, sin otra diferencia sino que ése los mató en tres combates y éste en uno solo.

-No hay cosa inverosímil en las alusiones del honrado don Quijote -dijo a su vez un religioso de manso continente que estaba al lado de doña Engracia-: vemos en las sagradas letras que cuando el rey David volvía de escarmentar a los filisteos, las hijas de Israel, coronadas de rosas, danzaban a su alrededor cantando a contrapunto:


«¡Saúl ha matado mil guerreros!
¡David diez mil!»


-Por donde se puede ver -repuso don Quijote- de cuánto es capaz un caballero bien armado. Morgante no hizo menos que David, pues justamente fueron diez mil los enemigos que puso fuera de combate en una batalla, con un badajo que pesaba dos mil arrobas.

-¿Morgante mayor? -preguntó don Alejo-: ¿no habla vuesa merced de il Morgante Maggiore? Morgante se comía un elefante en un almuerzo, sin sobrar sino las patas, y bien pudo matar cuarenta, no que diez mil.

Don Quijote mostró hacer poco caudal de esta excepción y prosiguió:

-Si aquel buen rey hebreo, con toda su índole benigna y la santidad de su carácter, mató diez mil personas, ¿qué maravilla que otro menos sufrido mate quince o veinte mil, sean o no filisteos, y entre por fuerza de armas en el Cairo y Babilonia? Ahora vamos a ver, ¿qué le ha movido al honorable eclesiástico a llamarme el honrado don Quijote? El que mata o puede matar en una batalla quince mil judíos, o sean moros, ¿es bueno para que se le llame a secas el honrado don Quijote? Nunca hasta ahora habíamos oído decir el honrado don Grimaltos, el honrado don Brianges, el honrado don Tablante. La cortesía manda y el uso requiere se nombre a uno el caballero de la Muerte, a otro el de la Hoja Blanca, a éste el de la Sierpe, a ése el del Basilisco, sin honrado, jabonado ni alforja.

-Excuse y perdone vuesa merced a mi capellán -dijo don Prudencio-: no ha leído sin duda la historia de vuesa merced, y no sabe que el señor don Quijote se llama el caballero de los Leones.

-Y ¿quién no ha leído esa historia? -repuso el capellán-. Sepan vuesas mercedes que la tengo de ocho vueltas y soy más familiar con ella que con mi breviario. Llámese honrado el señor don Quijote, séalo en efecto, y no tenga cuidado de lo demás.

-Lo soy por naturaleza y costumbre -replicó el caballero-: en cuanto a que se me llame así, es otra cosa. Apuesto a que cuando vuesa paternidad se oye llamar con cierto retintín el honrado capellán piensa que le han echado el agraz en el ojo.

-Eso dependerá del retintín -dijo doña Engracia-; mas creo yo que el reverendo padre habló sin trastienda ni punteo de ninguna clase.

-No hubo sino tintín en lo que dijo -añadió el calaverón de don Alejo-. Pero ésta no es cosa esencial, y sin reñir por tan poco, llamaremos al señor don Quijote como le guste. ¿Prefiere vuesa merced la significativa denominación de Quijotín el Nebuloso? La Providencia, que encadena los acontecimientos pasados con los que están por venir, ha sugerido este modo de llamarse al caballero a quien tiene destinado para la más singular aventura que andante acometió ni acometerá jamás. Si las estrellas no me engañan, leo claramente en ellas que, con el transcurso del tiempo, don Quijote de la Mancha ha de sacar a la luz del mundo aquel vasto país de Ansén, que por efecto de un poderoso encanto yace desconocido en medio de una niebla espesa que le circunciñe cual muralla impenetrable.

-Esto es -dijo el capellán- en el continente asiático, en la Georgia. Y dicen que de esa niebla salen voces de gente, cantos de gallo, relinchos y otros ruidos, por donde los que los oyen vienen en conocimiento de que una nación ignorada habita esa tierra misteriosa. Nunca y nadie ha podido llegar a esa comarca con salir, como sale, de aquella densidad un caudaloso río, por el cual un denodado marino pudiera aventurarse a contracorriente.

-No por otra cosa se llama nebuloso el señor don Quijote -repuso don Alejo-, sino porque de esa nube ha de sacar esa nación y la ha de reducir a la fe de Jesucristo, bautizándola después de vencerla.

-Esto ha sucedido muchas veces -dijo don Quijote- y es muy común en la caballería volver católicos a los paganos vencidos, cuando no se les corta la cabeza. Roldán hizo armas con los tres gigantes Morgante, Pasamonte y Alabastro: mató a los dos, y al primero, como al más comedido, le otorgó la vida y le convirtió al cristianismo. Cuadragante, señor de Sansueña, venció a su enemigo Argamante, le volvió cristiano, y aun camandulero; de suerte que el desaforado neófito se vino a Constantinopla con su mujer Almatrafa y su hijo Ardidel Canileo, donde peleó contra los gentiles mandados por el rey Armato.

-¡Lo que pueden y lo que hacen los caballeros andantes, señor don Quijote! -dijo don Alejo en tono de profunda admiración, que halagó sobre manera la vanidad del infatuado hidalgo.

-Veníos conmigo, noble mancebo -respondió éste-; y aun cuando sea yo quien gane los despojos opimos en la guerra de Arsén, matando a su rey, emperador, soldán o como se llame, os otorgo desde ahora licencia para escoger entre esas damas la que fuere más de vuestro gusto, sin exclusión de la emperatriz viuda ni las infantas reales.

-Puede vuesa merced adjuntar a su séquito a mi sobrino -dijo doña Engracia- y casarlo por allá, cierto de que no habrá hecho un menudo servicio a una ciudad entera con quitárnoslo de la vista.

-Mi tía será la que más me llore -respondió don Alejo-. Cuente vuesa merced conmigo, señor don Quijote, y ármeme caballero en la primera iglesia o capilla que topemos, a fin de que pueda yo acometer cualquier género de aventuras.

-Ese cuidado será mío -tornó a decir don Quijote-: en último caso bastará la pescozada, si sucediere que halláremos estorbo para las otras ceremonias. Cuando el armar un caballero ocurre en un palacio, con tiempo y comodidad se hace la armadura sin omitir requisito; pero tan armado queda uno con que una princesa le calce las espuelas, una reina le ciña la espada y el padrino le de el espaldarazo, como con el simple espaldarazo y la vela de las armas.

Se concluyó la comida, y levantándose todos, invitó la señora a don Quijote a volver a la sala, donde continuarían la conversación de sobremesa. Pasaron a ella en efecto; y bien acomodados, las señoras en el suelo sobre muelles cojines o alfombras, los hombres en anchas sillas de vaqueta, don Alejo la anudó de esta manera:

-¿Conque no será circunstancia indispensable que una princesa me calce las espuelas? Vuesa merced tiene presente que en el acto de armarse caballero Rui Díaz de Vivar, hubo reyes y reinas e infantas y espuela de oro, y espada con empuñadura de diamantes, y Evangelios con pasta de nácar, sobre los cuales el Cid Campeador jurase. Y si no, ¿por qué la infanta doña Urraca le hubiera gritado desde las murallas de Zamora:

 «Afuera, afuera, Rodrigo,
 El soberbio castellano;
 Acordársete debiera
 De aquel tiempo ya pasado,
 Cuando fuiste caballero
 En el altar de Santiago,
 Cuando el rey fue tu padrino,
 Y tú, Rodrigo, su ahijado.
 Mi padre te dio las armas,
 Mi madre te dio el caballo,
 Yo te calcé las espuelas
 Por que fueses más honrado?».


-Esto es así -respondió don Quijote- y yo no digo otra cosa; antes abundo en los recuerdos de vuesa merced, y encareciendo sus ideas, añado que lo propio sucedió con el doncel Pedrarias a quien esa misma infanta doña Urraca ciñó la espada, para que saliera a combatirse con don Diego Ordóñez de Lara, según reza la crónica:


 «El padrino le dio paz,
 Y el fuerte escudo le embraza,
 Y doña Urraca le ciñe
 Al lado izquierdo la espada».


»Cuando el rey de la Gran Bretaña hizo caballeros a los tres príncipes en la villa de Fenusa, Oriana, Brisena y otras de su misma clase todas reinas o emperatrices, les calzaron las espuelas y ciñeron las espadas. La princesa Cupidea hizo lo propio con Leandro el Bel, y la hermosa Polinarda con Palmerín de Inglaterra. Mas no se le oculte a vuesa merced que Suero de Quiñones, mantenedor del Paso Honroso, armó caballero a Vasco de Barrionuevo, sin más que darle con la espada en el capacete diciendo: «Dios te faga buen caballero y te deje cumplir las condiciones que todo buen caballero debe tener». Y al punto el novel se trabó en batalla con Pedro de los Ríos, uno de los mantenedores. Aquí no halla vuesa merced espuela ni espolín, emperatriz, reina ni princesa, y no por eso queda el señor Vasco en menos aptitud para las armas. Nuestro gran emperador Carlos V armó asimismo varios caballeros en Aquisgrán, cuando la ceremonia de su coronación, dándoles tres golpes con la espada de Carlomagno; y no hizo otra cosa el rey de Portugal don Juan I en el Procinto de la batalla de Aljubarrota, al armar caballeros a varios señores portugueses, entre ellos Vasco de Lobeira. Vuesa merced no se acuite, ni ande caviloso en esto de la princesa, pues no por falta de ella dejará de verificarse la armadura. Y cuando vuesa merced hiciere pie en esa formalidad, ¿qué habrá sino entrarnos por las puertas de un rey cualquiera y servirnos de sus hijas para esas menudencias que no hacen sino dar esplendor a la ceremonia? En caso que el rey ponga dificultades, peleo con él, le venzo, le mato, le corto la cabeza, y San Pedro se la bendiga.