Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 30

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XXIX - Del ímpetu de coraje que tuvo don Quijote al saber lo que a su vez sabrá el que leyere este capítulo de Juan Montalvo



Como la noche estuviese muy entrada, se retiró don Quijote a su aposento, acompañándole don Alejo de Mayorga y un gran amigo suyo llamado Ambrosio Requesén, barón de Cocentaina, tan calavera y maleante el uno como el otro.

-Miren vuesas mercedes -dijo don Quijote llegándose a la ventana- cuán grande y silencioso el mundo se dilata entre dos inmensidades, el pasado y el porvenir, incomprensibles partes de la eternidad. Las estrellas que con su luz infantil están plateando la noche, contribuyen sin saberlo a embellecer el misterio de la creación.

-Lo que vuesa merced acaba de decir acerca de la noche y esos luminosos brotes del firmamento -respondió don Alejo de Mayorga- proviene de una cierta disposición de espíritu y de una fineza de sentidos que descubren primores en que no repara el vulgo.

-El pecho delicado -replicó don Quijote- abriga esa disposición; y cuando el amor está resplandeciendo dentro de él, lo fecundiza de manera extraña y hace brotar esas flores que se llaman poesía.

-Tenía yo creído -volvió a decir don Alejo- que las armas eran opuestas a las Musas, y que Marte y Apolo se miraban con ojeriza.

-Las letras humanas -repuso don Quijote- pueden muy bien hermanarse con las armas, según nos lo da a conocer el emblema del valor y la sabiduría, encarnado en esa gran divinidad que ora se llama Palas, ora Minerva. Las abejas del Hibla, dicen los antiguos, depositaban su miel en los labios de Jenofonte, uno de los mayores capitanes de los griegos. Y nuestro Garcilaso, ¿no fue tan buen poeta como guerrero?


-«Entre las armas del sangriento Marte
Hurté de tiempo aquesta breve suma,
Tomando ora la lanza, ora la pluma»,


dijo el barón de Cocentaina, quien picaba en poeta y gustaba de adornar la memoria con algunas medidas y sonoras cláusulas. Y el otro que se tenía


«Armado siempre y siempre en ordenanza,
La pluma ora en la mano, ora la lanza».


-Ese es don Alonso de Ercilla -respondió don Quijote-; Ercilla que, si no es épico, no por eso deja de ser poeta, como que ha hecho una muy hermosa relación donde el sentimiento, o digamos espíritu poético, se desenvuelve en verso, magnífico muchas veces. ¿Y qué dicen vuesas mercedes de Jorge Montemayor, que fue músico, soldado y poeta, y no de los de por ahí? Si sucede que yo me entregue de propósito algún día a componer obras poéticas, ya sean heroicas, ya pastorales, he de imitar a Montemayor en esa admirable malicia con que celebra a su dama tras el velo de la heroína del poema. Iba diciendo a vuesas mercedes que el ingenio y el valor, las armas y las letras, de ningún modo se excluyen. ¿No es esto lo que nos dan a entender los bardos cuando nos muestran a Aquiles pulsando la cítara y cantando amorosas endechas en las horas de sosiego? Los más renombrados caballeros andantes fueron tiernos músicos y amables trovadores: ya los ven vuesas mercedes mano a mano con un desemejado gigante, ya asidos a su arpa de marfil tañendo de manera de hacer perder el juicio a las señoras y las doncellas del castillo donde llegan a pasar la noche.

-Viene muy al caso -dijo don Alejo de Mayorga- el que los poetas sean a un mismo tiempo gente de guerra: pues yo sé poco, o ahora es cuando le conviene al señor don Quijote saber más de espada que de pluma.

-Dígame vuesa merced, ¿de qué se trata? -preguntó don Quijote.

-Nada menos, señor don Quijote, que de afrontarse con dos paganos que viven fortificados aquí, en el monte vecino. Ningún aventurero ha podido someterlos hasta ahora, porque no juegan limpio en la batalla y se valen de estratagemas por medio de las que, si no con la honra, se quedan siempre con la victoria. Llámanse Brandabrando el uno, Brandabrisio el otro; mas yo no sé por qué fusión, aligación o arte infernal, las dos personas vienen a ser una cuando les da la gana, logrando llamarse Brandabrandisio el bellaco del gigante.

-Bueno es el gigantillo -respondió don Quijote con una risita de desprecio entre natural y fingida-, y se acomoda a traer y llevar un nombre de una legua. Yo le quitaré la mitad del cómo se llama, y veremos si queda Brandabrán a secas o Brisio pelado. ¿Es éste su único delito?

-¡Cómo, señor! -repuso don Alejo-; cada día los comete mayores, y su profesión principal es el rapto a mano armada. Dicen que tiene la fortaleza llena de las más hermosas damas, porque así como otros son aficionados a hurtar bestias, éstos tiran por largo, y cargan con cuanta señora o doncella pueden haber a las manos en una vasta extensión de territorio. Ahora mismo está dando estampida en todo el reino una de sus proezas, y de las más atrevidas y difíciles; es a saber, el rapto de una princesa de la Mancha, que, según parece, se criaba para ceñir imperial diadema.

Se le fue el color a don Quijote, el cual, confuso y balbuciente, dijo a su escudero:

-Sancho, Sancho, ahora es cuando vas a manifestar la agilidad de tu persona y la sutileza de tu ingenio. Monta en el rucio y vuela al castillo donde se me quedó de olvido la ampolla del bálsamo prodigioso, esa mano de santo que vamos a necesitar dentro de poco; pues, según se me trasluce, feridas tendremos. Y como ahora no haces otra cosa, despáchame esta comisión en dos por tres.

-Mientras descansas, machaca esas granzas -respondió Sancho-. Porque no me ocupo en otra cosa, quiere vuesa merced que haga lo que no haría para ganar la salud eterna. Al bobo múdale el juego. Bien está San Pedro en Roma; y quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga no se enoje. En justos y en creyentes, señor don Quijote, no pienso hacer ese viaje, porque no le tengo ningún amor a la manta.

-¡En justos y en verenjustos lo harás, don monedero falso de refranes! -gritó don Quijote saltando de cólera-. Si no los falsificases, no los tendrías para echarlos por la ventana. No es a vuesa merced, señor Panza, a quien toca decidir en mis cosas; y esto os lo probaré ahora mismo con una docena de palos que os ablanden la mollera y os infundan más buena voluntad de la que mostráis en mi servicio.

-Vuesa merced me ha cogido entre uñas -replicó Sancho-, y se anda a buscarle el pelo al huevo.

-¡Qué pelo ni qué huevo, largo de uñas! -dijo don Quijote más y más exasperado-: lo que sucede es que has dado en levantarme el gallo, contando con la impunidad.

-Cada gallo canta en su muladar, señor don Quijote; y el bueno, en el suyo y el ajeno. Aunque de mí no se dirá que me hago el gallo, pues sé muy bien que al gallo que canta le aprietan la garganta. El gallo y el gavilán no se afanan por la presa, señor. Yo voy a escucha gallo, por rehuir el enojo de vuesa merced, y esto de nada me sirve, pues a cada vuelta de hoja me está cantando: Metí gallo en mi gallinero, hízose mi hijo y mi heredero. Al primer gallo, señor mío, uno está más para dormir que para ir por enjundias milagrosas; y la orden de vuesa merced, me llega entre gallos y media noche. Si otro amo yo tuviera, otro gallo me cantara. Mas no apuremos la cosa, que como dice el refrán, daca el gallo, toma el gallo, se quedan las plumas en la mano.

-Hay también -replicó don Quijote, uno que dice-: escarbó el gallo, y descubrió el cuchillo.

-Viva la gallina, y viva con su pepita -dijo Sancho, temiendo haberse propasado.

-¿Ahora principias con la gallina, hijo de Belcebú? Sarraceno, ven acá; ¿tienes entendido que me has de moler, me has de jorobar, y no has de morir?

-El bálsamo a que aludió vuesa merced -dijo el barón de Cocentaina echando allí el montante- se le podrá traer mañana; ¿pero cómo quiere que el bueno de Sancho se ponga en camino a estas horas? Por valeroso que sea este escudero, si da con una banda de ladrones, ha de pagar con la vida la obediencia.

-Que no vaya Sancho por los motivos que vuesa merced expone -respondió don Quijote-, anda con Dios; mas por temor de que se le mantee de nuevo, es mala fe consumada. Él sabe si le basta nombrarse y anunciarse como criado mío, para que todo el mundo le respete y aun le de la mano en sus comisiones.

Salía don Quijote más y más de sus quicios, y echando de repente mano a la espada, se iba sobre los gigantes, sin esperar tiempo ni auxilios mágicos; y de hecho se hubiera ido, a no habérsele opuesto bien así don Alejo de Mayorga y el barón, como el escudero Sancho Panza.

-Las cosas se han de hacer en buena sazón, señor don Quijote -dijo don Alejo-, guardando el temperamento necesario para que nuestras obras no vengan a parecer efectos de locura, sino resoluciones del ánimo sereno que encomienda al brazo el desagravio. Repórtese vuesa merced hasta cuando a la faz del sol pueda libertar a la princesa. Mas le hago saber que esos belleguines obligan a los que suben a su roca a pagar todo género de contribuciones, impuestos, sisas, gabelas y alcabalas; pontazgo, almojarifazgo; trabajo subsidiario, renta de sacas; moneda forera, castillerías y hasta chapín de la reina.

-Yo les impondré todas esas y muchas más -respondió don Quijote. Y como le viesen rendido a las súplicas y al poder de su criado, se fueron a la cama don Alejo y el barón echando la llave a la puerta.