Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 34

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XXXIII - De la notable contienda del bravo don Quijote con el caballero del águila, y de otras cosas no menos interesantes que divertidas de Juan Montalvo



No a mucho de haber andado, oyó don Quijote el son de una bocina y tuvo por cierto que el atalaya le había visto desde las almenas y daba la señal de llegar caballero a los señores del castillo. Requirió sus armas, y puesto el yelmo, baja la visera, a buen paso se fue acercando a la fortaleza. Un barranco altísimo de piedra blanca, que entre la verdura del monte se le ofreció a la vista, fue para él la dicha fortaleza.

-Si la del mago Atlante en los Pirineos era de acero rebruñido -iba diciendo-, ¿por qué ésta no ha de ser de plata maciza, como ya las hubo en otras partes?.

De allí para abajo se venía un caballero cubierto de todas armas, cuyo peto resplandeciente y morrión negro le conciliaban aspecto gentil y marcial. Montaba este caballero un soberbio morcillo con ricos jaeces; un cobertor amplísimo adorna al noble bruto desde el nacimiento de la crin hasta la raíz de la cola. El jaquimón es de cuero oloroso de Marruecos, con rollos y chapetas de la más pura y reluciente plata. El jinete trae caída la babera, y sobre su yelmo se levanta un pendón de plumas rojas. La empresa del escudo es un león rendido a una águila; el mote: Aut Dulcinea aut nihil.

-Pelearé con vos -le dijo don Quijote cuando se vieron a tiro de pistola- no como quien pelea de igual a igual, sino como quien castiga y escarmienta a un raptor y ladrón.

-Moderaos, caballero -respondió su adversario-, y sabed que el caballero del Águila no sufre agravio chico ni grande mientras empuña la cuchilla. ¿Rapto llamáis la obra de la voluntad y el mutuo consentimiento? ¿Rapto llamáis un hecho consumado a la luz del sol? Si vos sois don Quijote de la Mancha, sabed que la princesa a quien servíais ha pasado a ser mi dama por el libre querer de esa señora quien ha sometido a la mía su voluntad y su hermosura juntamente.

-Mentís -replicó don Quijote-, y mentiréis cuantas veces afirméis una cosa tan contraria a la verdad y hasta al buen discurso.

-Remítase a las manos este asunto -dijo el caballero del Águila-; que no es de bien nacidos la soez contumelia, ni de valientes el reñir a injurias. Que la sin par Dulcinea del Toboso tiene puestos en mí sus cinco sentidos, es tan evidente como os lo va a probar Cortacabezas. Así se llama mi espada, a semejanza de las tan famosas que se llamaron Durindana, Fusberta y Balisarda.

-Si la mía tuviese nombre especial -repuso don Quijote- se llamaría quizá Joyosa del bel cortar; pero si no lo tiene sabe su deber, como lo vais a ver acto continuo.

El encuentro de los dos caballeros había sido en una meseta o grada del monte, escogida con este propósito por el truhán que había ideado esta aventura. Pudieron por consiguiente los dos paladines tomar distancia, y como volviesen a encontrarse lanza en ristre, tirado el cuerpo hacia adelante, un puente que cubría un zanjón ancho y profundo se alzó como por ensalmo, dejando interpuesto entre los combatientes un obstáculo insuperable.

-Alevoso caballero -dijo don Quijote-, ¿son éstos los hechos de armas de que blasonáis? ¿Qué tramoya es ésta, Maudén Fulurtín traidor?

-Yo estoy por creer -respondió con mucho sosiego el del Águila- que el famoso don Quijote de la Mancha es un cobarde y astuto caballero que se vale del arte mágica para evitar la espada de sus enemigos. Ahora se me acuerda haber oído que el dicho don Quijote hacía la corte a una cierta piruja llamada Leocasta, con la condición y el pontazgo de que ella había de estorbar por cualquier medio la batalla donde él pudiera correr peligro inminente de la vida. Fada aquella de segunda clase, pero a quien no se le ocultan los medios de librar de la muerte a su protegido. Esta vorágine, este puente levadizo no son de mi fortaleza, ni jamás los han visto mis ojos; el espejo de la caballería me hace un reto, y no me reta sino con un estorbo sobrenatural por delante. Si él me ha llamado Maudén Fulurtín, yo, con más fundamento, le he de llamar Fraudador de los Ardides, y por tal le he de tener; no por el verdadero y genuino don Quijote de la Mancha, caballero realmente valeroso y sin reproche.

-El mismo soy -replicó don Quijote-; el genuino y verdadero, cosa sobre la que tendréis entera convicción, así como pueda obrar mi espada. Mintió por la gorja el que dijo que yo obsequiaba a esa doncella, y no ha oído campanas el que la tiene por mágica de segunda clase: es muy de las principales y de mucha pro y fama, aunque nunca ha dispensado su protección a éste que el mundo conoce con el nombre de don Quijote de la Mancha. Aparejaos a ver por el suelo vuestra cabeza si al punto no reconocéis y confesáis que la sin par Dulcinea no se halla por su libre albedrío en vuestras manos y que la sabia Leocasta no es ni puede ser piruja, ni que el susodicho don Quijote le hace la rueda, como dijisteis.

Pero como el puente levadizo no cayese, pidió el caballero de la Mancha que las cosas permaneciesen in statu gano ante bellum hasta cuando cesase el encanto que imposibilitaba la batalla; y acordes en el volver a buscarse los dos paladines, se partieron, el uno hacia la fortaleza, el otro hacia el que él tenía por castillo.

A fuero de leal, Sancho Panza había seguido a su amo y aun presenciado a medio rebozo la escena del ermitaño. Hallábase bajo un árbol cuando vino a pasar don Quijote mohíno y caviloso.

-El diablo me lleve, señor -dijo-, si el jayán del puente y el solitario de allá abajo no son una misma persona, y si no estamos sobre una red donde caeremos a pocas vueltas.

-¿Cómo puede ser eso? -respondió don Quijote-: ¿el solitario y el jayán una misma persona?

-¿Conoce vuesa merced un ermitaño que se descuaje las barbas -replicó Sancho- y quede igual a uno a quien he visto en el castillo de mi señora doña Engracia? Yo pienso que aquí hay gato encerrado.

-Pensar no es saber -dijo don Quijote-: el jayán es un desaforado ladrón, sin Dios ni ley: el ermitaño un pobre diablo a quien se le ha pasmado el caletre a fuerza de ayuno. Tú verás esto por tus ojos cuando yo hubiere cortado la cabeza al primero, y reducido al segundo a mejor vida, llevándole a entre cristianos, donde se le quite lo solitario y lo selvático.

-El hábito no hace al monje, señor -volvió Sancho a decir-. La confianza sin tasa, empobrece la casa; y donde el bobo ve dorado, tal vez no hay sino salvado.

-¿Qué va de las necedades que estás ensartando, a la aventura que traigo entre manos? -preguntó don Quijote, mirándole despacio.

-Las canas son vanas, señor -repuso Sancho-, y no siempre viene con ellas la experiencia: hay quienes viven cincuenta años y no saben la jota ni la ge. Pero dice el refrán: ni fía ni porfía ni entres en cofradía; primero son mis dientes que mis parientes; y primero mi pellejo que esa piruja Leocasta, por quien vuesa merced va a exponer la vida. Mas no dirán que por la boca me pierdo: yo sé que palabra y piedra suelta no tienen vuelta, y me callo.

Don Quijote anduvo torcido con Sancho más de una hora, hasta que al desembocar en el valle, casi a obscuras, oyó una voz meliflua, de persona que cantaba apasionadamente en una ventana, que para él fue finiestra de un alcázar, y aun vio las torres y los balcones de plata, de tan soberbio edificio, no siendo ello, en verdad, sino una lechería vieja, triste, de paredes negras y ventanillas tenebrosas. Parose don Quijote al tiempo que decían:

 «¿Dónde estás, mi caballero,
 Que no te duele mi cuita?
 Tú corriendo a los placeres,
 Yo gimiendo aquí cautiva.
 Non es manera aguisada,
 Nin nobleza que se diga,
 Olvidar los tus amores
 Por otros de mala guisa.
 No era esto lo que jurabas
 Cuando, echado de rodillas,
 «Juro por Dios y mi acero
 No olvidarte», me decías.
 Y agora que en esta torre
 Contemplo correr la vida,
 Sin sol ni luz, secuestrada
 Por obra de felonía,
 No precias mis desventuras,
 No te afligen mis desdichas,
 Y cuando a la fe te llamo
 Tus juramentos olvidas.
 No demanda compasione,
 Tu cariño solicita
 La triste que en esta cárcel
 Llorando vive cautiva.
 Si vienes, ven por tu gusto;
 Si por lástima, no sigas:
 Tu amor una vez negado,
 Muerte es mi sola valía.
 Por ti la existencia guardo,
 Mi seno por ti respira,
 Vivo yo mientras la fácil
 Esperanza en él anida.
 Mas no quiero libertade
 Si de tu afecto me privas:
 Deja que triste en la torre,
 Llorando muera cautiva».


-¿Ahora qué dices, Sancho? -preguntó don Quijote así como hubo callado la sirena-. ¿De quién pueden ser estas voces sino de mi cuitada señora, que me recuerda la fe que le debo y me llama a libertarla? Ésta es, sin duda, una sucursal del castillo roquero; una fortaleza más propia para el efecto de tener escondida a tal señora, pues hasta la crueldad amaina ante lo venusto de esa doncella incomparable. Lo que debemos suponer es que sus opresores, no queriendo exponerla a los fríos cierzos de las alturas, la han puesto aquí al resguardo de algunas dueñas y gentiles hombres. Sancho, hijo, ¿viste el rostro de la mujer divina? ¿No te deslumbró el fuego de esos ojos, no te admiró la blancura de ese cutis, no te inquietó la rubicundez de esos labios entreabiertos? ¿Viste cómo tenía el brazo puesto sobre el barandaje, brazo de Elena, brazo de Hermione, que cual un verso ropálico va subiendo desde la delgada muñeca hasta la más suculenta gordura? ¿Viste esa cabellera, derramada sobre ella a modo de negra capa? ¿Viste ese porte real cuán poético y elegante se mostraba en su donosa posición de estar apoyado sobre el travesaño de oro? Deja, amigo, déjala presentarse de nuevo: la solicitud en que anda no es para que se contente con una sola tentativa. El amor suele ser un adorable porfiado.

-Por la salvación de mi alma -dijo Sancho-, juro que nada he visto sino el trapo que está columpiando en esa ventanilla negra como boca de horno. Tras él me parece que se halla una persona, la cual no sé si tendrá las propiedades numeradas por vuesa merced.

-Como no estás habilitado para estos prodigios, buen Sancho, bien puede ser que a tus ojos no se presenten las cosas como son. Si tocaras la verdad desnuda, admiraras en lo que tienes a la vista lo hermoso, lo suntuoso, lo gracioso; y rendido a la evidencia, confesaras al fin lo que te empeñas en poner en duda. Si no ves, oye a lo menos; quizás el oído sea en ti más sincero que la vista.


 «¿Dónde estabas, caballero,
 En aquel infausto día?
 En vano mis tristes voces
 Asordaban la campiña.
 Los traidores me arrebatan;
 A toda rienda venían.
 Caballero, caballero,
 Me acorredes en mi cuita.
 El brazo por la cintura,
 Me levanta como a niña:
 Sobre el caballo me ha puesto:
 Al galope el moro se iba.
 El rogar nada me sirve;
 El gritar nada podía:
 Desmayéme, y recobrando
 La razón, me vi perdida.
 Mi esclavo el raptor se llama;
 El feroz humilde se hinca;
 Jura non se levantare
 Hasta que el perdón consiga.
 A malas solicitudes
 Mueve la lengua atrevida;
 A sus labios ha llevado
 De mi vestido la fimbria.
 «¡Villano, non me toquedes!
 ¡No apuredes la perfidia!
 Consiento en morir mil veces
 Antes que en mi honra mancilla».
 «A tu voluntad, señora,
 Tu amoroso esclavo aspira»,
 Dijo el moro, y se reviste
 De moderación ficticia.
 Y viendo que en mis desdenes
 Se estrellaban sus caricias,
 Me ha encerrado en esta torre
 Donde moriré cautiva».