Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 35

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XXXIV - Del alborozo que nuestro enamorado caballero sintió al topar de manos a boca con su dama de Juan Montalvo



-Este es el caso de don Gaiferos y Melisendra -dijo don Quijote-. Melisendra, robada y encerrada en una torre, sale una noche a llorar su cuita en la ventana, cuando ve a dicha un caballero que va a pasar.


«Con voz triste y muy llorosa
Le empezare de llamare:
Por Dios ruego, caballero,
Queráis os a mí llegare.
Caballero, si a Francia ides,
Por Gaiferos preguntade:
Decidle que la su esposa
Se le envía a encomendare».


»Gaiferos responde al pie de la torre:


«Soy el infante Gaiferos,
Señor de París la grande,
Amores de Melisendra
Son los que hasta aquí me traen».


Dulcinea está allí, yo aquí; robada y encerrada ella, errante y desconsolado yo. Y para que todo sea uno, pienso no entrar la fortaleza por fuerza de armas, sino, como el otro sutil enamorado, hago que mi dama se descuelgue sobre mí, y puesta horcajadillas a las ancas de mi caballo, que me sigan Hipógrifo y Rabicán.

-¿Cómo quiere vuesa merced -respondió Sancho- llevarse a mi señora Dulcinea a las ancas y montada a horcajadillas?

-Así se llevó don Gaiferos a Melisendra, Sancho. Cargue yo con la mía, y eso me da que sea a horcajadas o a mujeriegas. Lances tan ejecutivos como éste no exigen que estemos parando en niñerías. Y aun sé decir que hay cierto sabor caballeresco en llevarse uno de ese modo a su amiga, sacándola de una fortaleza por astucia. Vuelve a cantar la prisionera: oye, oye Sancho.

 «Elevado firmamento,
 Astro que el mundo iluminas,
 Se acabó para esta triste
 El placer de quien os mira.
 Montes, cerros y florestas,
 Fuentes de agua cristalina,
 ¡Ay!, la triste prisionera
 Ya no alcanza vuestra vista.
 Ríos, árboles y flores
 Que la tierra poetizan;
 Verde puro de los prados
 Que esperanza simboliza,
 Son recuerdo las bellezas
 Del mundo para quien gima
 En el negro cautiverio
 Que muerta me tiene en vida.
 ¿Dónde estás, mi caballero,
 Que no me oyes? Tu rendida,
 Tu constante Dulcinea,
 ¿Nada sobre ti podría?
 Dueño mío, en mi socorro
 Mueve la tu espada invicta.
 ¿De miedo no llegas pronto?
 ¿Desamor te desanima?
 Derroca esta fiera torre,
 Sácame a la luz del día;
 Quebrántame estas cadenas,
 Que aquí no muera cautiva».


Para gran satisfacción de don Quijote y asombro de Sancho, mostró la cabeza una mujer y dijo:

-Señor mío, señor mío, ¿conoce por ventura vuesa merced al famoso caballero don Quijote de la Mancha? Debe de hallarse a la hora de esta en Trapisonda, en donde, según pregona la fama, se ha coronado emperador. Si allá fuere vuesa merced, será servido de decille que su esposa Dulcinea se le envía a encomendare, y que era ya tiempo de venir a sacarla de esta torre.

Como el aventurero se diese a conocer y le provocase a descolgarse sin miedo, la dama se ingenió de modo que en dos por tres estuvo sobre don Quijote, quien, tirado de rodillas, la esperaba con los brazos en alto, habiéndose desmontado para el efecto. El crepúsculo no se había aún rendido a la noche, y a su luz agonizante se distinguían los objetos en mirándolos de cerca. Vio don Quijote cara a cara a su señora: si la sorpresa y el asombro fueron grandes, no fue menor la indignación que en su pecho sobrevino. Habiéndose aproximado Sancho Panza, vio unas narices tales, que las del escudero del caballero del Bosque entraran en ellas como en vaina, y aun se zarandearan, por demasiado holgadas. Las trenzas de la hermosa eran dos colas de bueyes mulatos, que venían elegantemente caídas sobre los hombros. Una boca formidable apuntalada en sólo dos colmillos, como la de Asmodeo; y unos ojos que, por lo grandes, más parecían anteojos. Sancho se puso a temblar de la cabeza a los pies; ni don Quijote decía palabra, hasta cuando la suspensión hubo dado lugar a la cólera; y como no era hombre con quien pudiese el miedo,

-¡Fementido aborto! -dijo-: tú no eres ni puedes ser la señora a quien yo sirvo: huye de mi presencia, soez demonio, o aquí me has de pagar esta superchería.

Y como diciendo y haciendo tirase por la espada, la divina incógnita, al ver su amor tan mal correspondido, echó por esos mundos, de modo que no la alcanzaran cuatro don Quijotes. Sancho Panza que, viendo alejarse el peligro, se había repuesto medianamente, pudo ver que la fugitiva llevaba calzones debajo de las faldas, y como iba ella dando trancadas tales, que ni descuartizado él pudiera llegar a la mitad de una, sacó en limpio que la visión no era del género femenino, y preguntó:

-¿Estas son las Dulcineas de vuesa merced, señor don Quijote? Vuesa merced tiene el alma en su palma, y puede hacer lo que le guste; yo, ni aunque me dieran una reina encima, me casara con ese vestiglo. Pero dice el refrán: ir a la guerra y casar, nunca se ha de aconsejar. Si a vuesa merced le gustan esas narices, Dios le prospere.

-Sandio eres por demás -respondió don Quijote-: sólo en tu embrollada imaginación puede caber la extravagancia de pensar que ese engendro es la verdadera Dulcinea. ¿No estás viendo, menguado, menguadísimo, que ésta es obra del mago mi enemigo, y que solamente uno como Fristón es capaz de semejantes transmutaciones? No te atengas a lo que a ti te parece; atente a mi penetración en orden a las cábalas y manipulaciones de aquella estirpe de sabios y sabias que ora nos persiguen, ora nos favorecen, según que despertamos en ellos repulsión o simpatía. Y si no, ¿para qué piensas que son las Urgandas, las Morgainas, las Ipermeas, las Ardémulas, las Tarantas, las Linigobrias, las Almandrogas, las Melisas, las Zirfeas? ¿En qué piensas que vienen ocupados los Artidoros, los Artemidoros, los Merlines, los Alquifes, los Atlantes, los Silfenos y el nigromante sin rival que vive en la temerosa Selva de la Muerte, digo aquel Fristón que me persigue de su particular ojeriza? Allí tienes al encantador Arcalaús, mortal enemigo del famoso Amadís de Gaula. Otros magos y magas se ocupan, al contrario, en proteger a los caballeros andantes y en librarlos de las redes que les tienden sus envidiosos. Mira ese carro que viene por el aire, envuelto en esa nube: mira cómo la nube se abre de improviso y deja ver en medio de ella una señora: mira cómo la señora salta abajo, toma por el brazo al caballero que en gran peligro se halla combatiendo con doce gigantes, le mete en su fusta, se eleva y desaparece. Pues fue Belonia, señora de las Montañas Desiertas, que se llevó por los aires a don Belianís a curarle las heridas en un castillo conocido por ella solamente. De este modo los magos y las magas nos siguen los pasos a los caballeros andantes, cuándo con buenas, cuándo con malas intenciones.

-Cada uno quiere llevar el agua a su molino, dejando seco el del vecino -respondió Sancho-. El rey es mi gallo: yo sé quién se ha de salir con la suya, porque allá van leyes do quieren reyes. Si digo a vuesa merced que ese monstruo no es ni será jamás mi señora Dulcinea transmutada ni por transmutar, sino un perillán que se ha propuesto darnos soga, ¿qué dirá vuesa merced?

-En persona no fue ni podía ser Dulcinea -repuso don Quijote-: lo que digo, y torno a decir, y lo iré diciendo hasta el fin del mundo, si no me lo quieres abonar, es que en la caballería suceden cosas increíbles para quien no está iniciado en ella, pero lisas y de cada rato para los que se andan averiguando con esta gloriosa profesión. Y si no, dime, ¿cómo sucede que una espantable sierpe está riñendo con don Artidel de España, huye de repente, se tira a un lago, y vuelta una hermosa joven sale nadando a la orilla? ¿Qué significa convertirse en el viejo Torino la estatua de bronce con la que tiene batalla el príncipe Lepolemo? ¿Qué dices de la sabia Ipermea cuando la ves venir en forma de grifo, tomar en sus garras a los jayanes que llevan a mal andar a su protegido don Olivante de Laura, elevarse con ellos y soltarlos contra el suelo desde arriba? Por aquí puedes sacar lo que hay de real y verdadero en los sucesos que me atañen. Cree y calla, Sancho; economiza dudas importunas y vente tras mí.

Los señores del castillo estaban esperando a don Quijote en la puerta, y le recibieron haciéndose de nuevas de los sucesos que acababan de ocurrir. Dijo don Quijote lo que había en el asunto de la batalla, y les hizo saber que al día entrante, muy por la mañana, estaría de nuevo a caballo para concluirla.

-El enemigo ha levantado el campo, como vuesa merced puede verlo por sus ojos -respondió don Alejo de Mayorga. Y enseñando a don Quijote el cerro, le hizo notar una humareda rojinegra, en medio de la cual una llama angulosa echaba sus puntas a las nubes.

-Allí tiene vuesa merced la fortaleza del soberbio Brandabrando en cenizas: la ha prendido fuego con sus manos, para que no sea ocupada por su enemigo. En cuanto a la cautiva, yo me inclino a creer que todo ha sido jactancia de ese baladrón, y que no tuvo en su poder a Dulcinea chica ni grande. Su costumbre suele ser andar echando plantas y alabándose de que es dueño de las más renombradas princesas, cuando, bien averiguada la cosa, sus conquistas no pasan de una que otra pelandusca que se le entregan de propósito. Acalle la zozobra de ese pecho, señor, y véngase luego con nosotros a hacer algo por la vida, que el hambre sube ya de punto.

-En eso -repuso don Quijote- puede haber más verdad de lo que vuesas mercedes alcanzan a imaginar. Al Toboso he de ir o he de enviar a mi escudero, y tengan por cierto vuesas mercedes que me ha de dar buena cuenta de su embajada.

-Es mucho hombre éste -dijo don Alejo, mirando al citado escudero-: ¿conque vuesa merced le confía despachos y comisiones de tanta delicadeza?

-Es para más -replicó don Quijote-. Si su majestad el rey le hubiese mandado hacia el Gran Tamerlán, habría salido mejor que Rui González de Clavijo. Pero vamos a lo que vuesa merced propuso: si algo se de lo que pasa en mi persona, me haría muy al caso una ala de pollo.

Comieron luego, y pasaron a saludar a las damas, quienes, reunidas en la sala, estaban esperando a su gran huésped.