Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 44

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XLIII - Donde se prosigue la materia del capítulo anterior de Juan Montalvo



Vueltas las damas cada una a su lugar, se vio a don Quijote ir discurriendo entre ellas por dar quizá con la apasionada Secundina. Una de sus interlocutoras le dijo ser Lindaraja Salahonda, princesa de Chanchirico, para servir a su merced. No demuestra ser muy honda la princesa, antes parece hallarse en camino de salvación, según lo flaco y amortiguado del rostro. Desentendida de sus años, ésta, que pudiera ser dos veces madre, se entromete con las jóvenes, escogiendo siempre las más frescas y bonitas. Gusta de traerse bien y dar la moda, sin perder ocasión de mostrarse a los caballeros para tener el gusto de desdeñarlos con mil dengues de buen tono. Los enamorados que han pasado por sus horcas caudinas son un juicio; sus novios, todos los elegantes y hombres de consideración; mas pedir su mano es poner una pica en Flandes. Pasó don Quijote sin deshacerse en cortesías, y llegó adonde estaba otra morena hirviendo en la movilidad de su temperamento. Esta es la bella Pecopina, cuyo influjo sobre sus amigas es igual, por lo menos, al dominio que ejerce sobre la gente masculina. Si el amor se encarnara en cuerpo de mujer, tomara el suyo de los pies a la cabeza. Chiquita, no hasta ser defectuosa; desparpajada, no hasta la desenvoltura; viva, parlera, no hasta la importunidad: ni bella ni bonita, sino de las que se llaman donosas, esto es, mujer en quien prevalece la gracia, aunque no puede jactarse de la perfección de sus facciones. Gracia, la tiene Pecopina para derramarla a chorros: junto con esto la exquisita sensibilidad de corazón y la delicadeza de los afectos la vuelven una de las mujeres más amadas del mundo. Su cuerpo, eso sí que es primoroso: pecho alomado, dividido en dos redondas prominencias, hombros tan atrevidos que están forzando el escote; brazo anticatólico, brazo de Venus, en el cual la blancura, la gordura, la redondez se dan la mano. Se ríe la bella Pecopina, mas no es feliz, ni es fácil que lo sea una de naturaleza como la suya, compuesta del fuego de la imaginación y el de la sangre, poesía en forma de lava hirviente, que está pasando y repasando sobre el alma. Le pareció bien la damisela a don Quijote, y llegándose a ella con muestras de suma cortesía, le preguntó si era de la que tenían a su devoción un caballero andante.

-Holgárame de haber conocido a cierto paladín ahora ha diez años, respondió la hermosa, y no me estuviera consumiendo en el desamor.

Exasperose don Quijote al verse en esta nueva ocasión con perjuicio de su dama, y como quien no cae en la cuenta pasó adelante, mientras la señora Chimbusa, gran amiga de la bella Pecopina, se vino para ella y le preguntó:

-¿Qué arrumacos te hizo? Desde allá oí sus chicoleos. Debes de estar muy satisfecha.

-Tanto como la que más -respondió la bella Pecopina-; pero con celos de una cierta Dulcinea, llamada Petra Padilla o señora Chimbusa.

-No tengas cuidado -repuso Chimbusa-: guárdate tú don Quijote, que aún no parece el mío.

Y risa que se morían.

Pidieron los mancebos la gallarda, al paso que las señoras se decidieron por los gelves, ofreciendo que después se bailaría la Madama Orleáns y aun la pavana. Onoloria del Catay, antes que todas, se echó a la arena; y por el dios Cupido que bailó como para embeleso de los inmortales. Presta, leve, aérea, iba y venía agitando el piececito en mudanzas varias, concorde todos los miembros en sus graciosos movimientos. La mariposa que está volando y revolando sobre las flores, iluminada por el sol matinal, no es más vivaz y alegre ni presenta a la luz con más ufanía los matices de sus alas. Baila Onoloria, la sangre se le encrespa al ejercicio, y el vaivén del corazón le anima el rostro, de tal manera que en el bermejor celestial de esas mejillas pueden arder los serafines. Encendidos sus labios, prenden fuego en el pecho de sus admiradores, fuego que corre al centro y hace dulces destrozos. Esta Onoloria del Catay es bella como una Gracia, honesta como una Musa, y en faltándole un punto al respeto debido, terrible como una Gorgona. Su nombre es Isolina Benjumea; cuando le tocó ponerse uno caballeresco para el sarao, tomó el de la dama de Lisuarte, añadiendo el del famoso imperio del Catay, por que le sonase mejor a don Quijote.

Doralice Blancaflor no es menos que su adlatere ni en hermosura de cuerpo ni en delicadeza de corazón: no hay sino que ésta no es como Onoloria, bondadosa y afable, casi humilde en el mirar y el hablar, con esa humildad empapada en amor, debajo de la cual dormita la fiereza de la virtud; Doralice pone la monta en dominar a los hombres por el señorío, cuando no tira a matarlos con el desdén. Alta, grave, la sonrisa no se le presenta en los labios sino en forma de menosprecio; y cuando habla es como dueña de vidas y haciendas. La Doralice del baile, en su casa y fuera de ella, se llama Dolores Fernán Núñez.

Ahora viene Olga, viene y baila, y el cadencioso movimiento de sus miembros cautiva hasta el oído, siendo así que el dulce error de la afición es creer que de esa persona embelesante brota una suave música. Olga baila y todo el mundo la contempla seducido, admirándola las mujeres, adorándola los hombres, sin que la aborrezca nadie. Privilegio es de la inocencia no despertar envidia ni en las que presumen de bellas y no sufren competidora en la hermosura.

Concluida esta danza, acometió don Quijote a felicitar a las señoras, y de una en otra se llegó a una muy bien puesta que estaba ahí en voluptuosa sofocación dejando evaporar el cansancio. Díjole ésta que era Doñalda, con lo cual prendió el fuego en la imaginación del caballero andante, pues ese nombre le reducía a la memoria las hazañas y las desdichas de uno de los mejores paladines.

-Si vuesa merced es Doñalda -dijo-, ¿será la mujer de Roldán el encantado, dueño de la insigne Joyosa del bel cortar?

-Soy la misma -respondió la dama-. Vuesa merced me ve aquí llena de indignación por hallarse entre nosotras esa pizpereta de Angélica la Bella, quien trae a mi marido, de algún tiempo a esta parte, fuera de sus casillas. ¿Pudiera vuesa merced hacer que mi esposo volviera a quererme? Aquí tiene vuesa merced a mi amiga la infanta Lindabrides, a quien un caballero andante ha enderezado el tuerto que le hacía Claridiana, su rival, con hacer que su amante vuelva a sus primeros amores.

-Éste es el caballero del Febo -repuso don Quijote-, quien tenía el mal gusto de desdeñar a la hermosa infanta Lindabrides por esa ojinegra de Claridiana. Lo que es hacer que el ingrato don Roldán vuelva a querer a vuesa merced, no está en las atribuciones de la caballería ni en la fuerza de mi brazo.

-¿Luego vuesa merced no tiene una maga protectora -dijo Doñalda-, de esas que poseen el secreto de prolongar y renovar el amor, mediante ciertos filtros, pociones o bebedizos de que sólo ellas tienen conocimiento? Urganda la Desconocida hace que Amadís de Gaula viva gimiendo a los pies de Oriana, y le prolonga la juventud, a fin de que la venturosa Oriana le tenga siempre en sus fuertes años.

-Urganda la Desconocida -respondió don Quijote-, la sabia Ardémula, Melisa, la reina Falabra, Dragosina, amiga de Esferamundi, Camidia, la maga Filtrorana, la dueña Fondovalle y otras muchas han poseído esos filtros, pociones o bebedizos que vuesa merced recuerda; pero de esto a que yo le reconquiste el corazón de su infiel caballero, no va poco. Lo que se podrá hacer será que yo le busque, desafíe, mate y corte la cabeza.

-¿La cabeza? ¡Oh, no señor! ¡Oh, no señor! -estaba diciendo Doñalda cuando ya don Quijote había pasado adelante, y un grupo de caballeros proponía que se bailara un Rey Alfonso. Rompió la música, tiráronse al centro señores y señoritas, bailaron hasta no más, se cansaron otra vez, y se acabó la fiesta.