Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 47

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XLVI - Qué fue lo que don Quijote y su escudero hallaron al salir de un bosque de Juan Montalvo



No a mucho andar cerró la noche. Vívidas las estrellas estaban guiñándose amorosamente, repartidas por el firmamento en espléndido desorden. Estas amables solitarias gustan de vivir lejos unas de otras; pero se comunican entre ellas por medio de esa mirada inocente con que se insinúan con el poeta, cuando él las contempla en sus gratos y a un mismo tiempo melancólicos devaneos. Recién nacida la luna, apenas si hacía figura en el cielo con sus cuernecillos untados de luz, visible como un recorte de uña, descendiendo al horizonte. Habíase don Quijote engarabatado más de una vez en las ramas de los árboles; Sancho Panza traía por su parte el un ojo no tan católico, de un pasagonzalo con que una de ellas le saludó muy atentamente. El miedo tan sólo podía contrarrestar la impaciencia del escudero; y su impaciencia era, en cierto modo, oposición a su miedo. La obscuridad, la soledad se lo comían vivo; y de la cuita de su alma no le sacaban instantáneamente sino los tropezones del rucio, los papirotazos de las ramas, los golpes que iba recibiendo en los troncos de aquel bosque o selva feroz, que allá para sí él calificaba de infame.

-No hay forma de pasar adelante -dijo don Quijote, aun cuando estaba lejos de reconocerse mortal-: de nada nos sirven esos altos luminares en medio de esta espesura endemoniada. Apéate, Sancho, y veamos cómo nos abarracamos por aquí hasta el reír del alba.

-Al puerco y al yermo mostrarles la soga -respondió Sancho-. No digo nada, señor, sino que me estoy muriendo de miedo, y que voy a encomendarme de todo corazón a nuestro Señor Jesucristo.

-Te acuerdas de Santa Bárbara mientras dura la tronada -volvió a decir don Quijote-. No hace una hora que te encomendaste a todos los diablos del infierno, y ahora te vas a encomendar a Jesucristo. Cuando de veras te pones en manos de Dios, ten por cierto que Él te las alarga; pero si te acoges a su misericordia tan solamente urgido por el miedo, tus plegarias caen en vacío: su voluntad no se rinde a una dedada de miel, ni a Él se le enquillotra con marrullerías fingidas. Él ve en medio de la obscuridad, oye el silencio, te escudriña las entrañas y te saca viva la intención. Si haces la seráfica en tanto que dura el peligro, y vuelves a las andadas, serás el portugués que le hacía ofrenda de su burro hasta cuando pasaba el río.

Habíanse ya desmontado los andantes. Puesto el freno del caballo al arzón, libre de sus aparejos el rucio, dejáronlos que ramoneasen por el bosque, mientras ellos ganaban la sombra de una encina y se sentaban muy de propósito.

-Si no estás en estado de gracia -continuó diciendo don Quijote- toda oración es por demás: irás un año con la cruz a cuestas sin que el Señor dé señales de haberte oído. No podrás pensar hoy en cosa de más provecho que en hacerte un poco allá, y como quien no dice nada, darte una buena mano a buena cuenta...

-Durillo soy para ese negocio -tornó Sancho a decir-; pero fuera peor que no tuviera en donde recibirlos; y vuesa merced sabe el acioma de «más da el duro que el desnudo».

-A trueque de no dejarte pasar el axioma, dejaré pasar esta falta a nuestro contrato. El que acabas de proferir no es acioma ni axioma, sino refrán mondo y lirondo. Ahora ven acá, don Jácaro; ¿de cuando acá se te ocurre salir poniendo dificultades en el asunto de los tres mil? ¿No es materia admitida y consentida, y aun pasada en autoridad de cosa juzgada? Pero tú eres de los que no ocultan en la noche sus proezas, y llaman al sol para testigo de sus obras, También yo soy de ese gremio, amigo Sancho; y así no te constriño por ahora, como te ratifiques en la promesa de solventarte lo más pronto que pudieres.

-Cuando he menester el brazo para cosas de más importancia -repuso el escudero- no me azoto ni de día ni de noche.

-Cosas de más importancia que ésa no hay -dijo don Quijote-: si la deja a un lado porque a él le parece baladí, yo le haré ver al señor disertador que primero es el azotarse que el hablar, primero el azotarse que el comer, primero el azotarse que el dormir. Si andas tan moroso en el cumplimiento de tu deber, me veré en la necesidad de añadir mil y quinientos al principal, a título de daños y perjuicios. Additum supra pacti pretium.

-El amo bravo hace al mozo malo, señor don Quijote. Podrá vuesa merced entrarme a sangre y fuego; pero si me se acordar, los azoticos de por fuerza no tienen virtud ninguna en el doy para que des, que vuesa merced sabe. Gota a gota el mar se agota, señor; y poco a poco hila la vieja el copo. Cinco me tengo dados, cinco me daré mañana, cinco cuando Dios quiera; y cuando vuesa merced menos acuerde, tenemos a nuestra señora Dulcinea haciendo pinicos delante de nosotros. Al año tuerto el huerto, señor; al tuerto tuerto, la cabra y el huerto; al tuerto retuerto, la cabra, el huerto y el puerco. El año es tuerto retuerto para vuesa merced, y vuesa merced no quiere acudir a la cabra, al huerto ni al puerco.

-¡El tuerto retuerto y el puerco repuerco eres tú! -gritó don Quijote con mucha cólera-. ¿Dónde están las estipulaciones que hemos firmado, mohatrero? ¿Esta es tu palabra nunca desmentida, farandulero? ¿Así cumples tus compromisos y contratos, embustero? Con estos refranes de Judas has de hacer al fin un mal público, obligando a Su Majestad a dar una pragmática por la cual se los prohíba en todo el reino. ¡Maldito seas tú, y lo sea toda tu descendencia, Sancho fariseo, y que yo te vea pidiendo limosna! Te has echado el alma a la espalda, y por detrás de tus feroces inextricables refranes te subes a mayores. ¿Por qué motivo se nos había de presentar Dulcinea haciendo pinicos en forma de una mamoncita que estuviera empezando a dar los primeros pasos? Eres un trasgo, Sancho; pero el día que quieras echarme una albarda, ha de ser el último de los tuyos. Duerme, bendito, duerme y no hables. Por huir de tus necedades y embustes me fuera a dar a las antípodas andando para atrás, a fin de que no pudieras seguirme por las pisadas.

Sancho creyó ver en estas expresiones algo más que un remusguillo de amenaza, y sin chistar ni mistar, duerme, Sancho, duerme, niño, cogió el sueño de tan buena gana, que se llevó la noche hasta cuando los pajaritos empezaban a llenar de música la frondosidad de los árboles, gorjeando a modo de saludar al Creador, que comparecía en el horizonte, ataviado con los colores de la aurora. Don Quijote de la Mancha había también dormido su poco, después de un largo velar en sus pensamientos: sintiéndose recuerdo, vió que por entre la espesura de las ramas se iban filtrando lentamente los rayos de la luz matinal, mientras la noche, medio desvanecida, se retiraba de la tierra. Aquí fue donde Sancho Panza abrió los ojos, por la primera vez sin que su amo le despertase, y en un largo, escandaloso desperezo, se puso a cantar unas como seguidillas picarescas que sabía de muy atrás.

-¿Villancicos tenemos? -dijo don Quijote-; ¿son éstas tus plegarias, Sancho?

-Al abrir los ojos, señor, digo lo que hallo de pronto en mi memoria, y hago cuenta que me encomiendo a Dios.

-¿Así pues, cuando amaneces dándote al demonio -replicó don Quijote-, haces cuenta que a Dios te encomiendas?

-Eso no, señor; al diablo no me doy sino bien entrado el día: de mañana tengo fresca el alma, claro el entendimiento, y la cólera no se atreve a salir de su caverna, porque la frescura y la inocencia de la madrugada se le oponen. ¿Quién ha de llamar al enemigo al reír la aurora por engangrenado que tenga el corazón?

-Sancho admirable -repuso don Quijote-, tu árida inteligencia es a las veces florentísima y da frutos lujuriantes. La cólera no se atreve a salir de su caverna porque la frescura e inocencia de la mañana se le oponen: sin más que esto serías coronado en Roma, cual otro Francisco Petrarca. Echa el freno a Rocinante, apareja tu jumento, y vamos al encuentro del día, que debe ser cabal fuera del bosque.

Aderezó Sancho las caballerías, montaron amo y mozo, y a buen paso salieron al campo libre, dejando atrás el que de noche había parecido lóbrega desmesurada selva, cuando no era sino un manchón de árboles achaparrados. De buen humor venía Sancho; pero ¡oh instabilidad de las cosas del mundo!, toda su animación, su placer espontáneo se vinieron a tierra con el espectáculo que de súbito se les mostró a la vista: era un cuerpo humano colgado a toca no toca en un árbol y muchos cuervos sentados en las ramas vecinas. Sancho se quedó medio muerto, y hubiera dado al través consigo si la voz de su amo no le reanimara diciendo:

-Este, sin duda, fue un bandolero a quien la Santa Hermandad colgó y asaeteó donde le echó mano, sin que fuese necesario llevarlo a Peralvillo. No te mueras, Sancho, y mira lo que Dios y el rey hacen de los malvados. El varón ínclito tiene desnudo el brazo hasta el hombro: si no me engaño, son letras esas que están trazadas en el pellejo. «Ignacio Jarrín»: su nombre. Tal suele ser la costumbre de estos señores: unos se puntean en el cutis el nombre de su coima; otros, como éste, el suyo propio. Vente tras mí, Sancho; de estos objetos, los menos.

Echó a andar don Quijote, su escudero a las espaldas, desapareciendo este buen cristiano debajo del montón de cruces que iba haciéndose en el cuerpo unas sobre otras.

-El pobre del hombre -dijo don Quijote- muere como ha vivido. ¿Piensas, buen Sancho, que ese miserable habrá sido el espejo de las virtudes? Los vicios, los crímenes hicieron en su alma los mismos estragos que las gallinazas han hecho en su cuerpo. Asesinato, robo, traición, atentados contra el pudor son bestias feroces que devoran interiormente a los perversos. Ignacio Jarrín... O yo sé poco, o éste es aquel famoso ladrón que dio en llamarse Ignacio de Veintemilla. En el primer lugar adonde lleguemos nos darán noticia de este ajusticiado.


Comentario[editar]

Don Quijote encontró ya un bandido colgado en un árbol. En las varias ocasiones que he repasado estos Capítulos, he cambiado o suprimido todo lo que pudiera parecer imitación de otras escenas de Cervantes: ahora no me es posible; y sin ánimo de imitar, dejo en pie este pasaje, por fuerte necesidad de la justicia. Tenía yo que imponer a ese malandrín un castigo digno de su vida, y nada más puesto en razón que hacerlo ahorcar. La Santa Hermandad estaba facultada para la ejecución inmediata de los delincuentes excepcionales en donde los echara mano, sin llevarlos a Peralvillo, que era el ahorcadero general. «Le perseguiré más allá de la tumba, decía sir Philipp Francis, hablando de un ministro perverso, y le cubriré de infamia en la eternidad misma». Sir Philipp Francis tenía en la memoria la ferviente recomendación que Polibio hace a las generaciones venideras, de no dejar un instante en reposo la sombra de Marco Antonio e ir agarrochándola hasta el fin de los siglos. Vayan estos ejemplos para los que, probablemente, pensarán que me propaso en la aplicación de las leyes inmortales de la moral y la justicia. Como quiera que sea, el criminal se queda en su picota, y ésta no es imitación directa del Quijote, pues ahorcados en árboles se hallan muchos en las novelas clásicas españolas de los siglos decimosexto y decimoséptimo. En el Persiles, de Cervantes mismo, vuelve el lector a tropezar con un ahorcado en un árbol. Los autores, jueces terribles, a las veces, suelen castigar a los malvados con infamia perpetua: cosa justa y debida.



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