Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 51

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo L - Que muestra hasta dónde podían llegar y llegaron el atrevimiento y la locura de don Quijote de Juan Montalvo



A cierta distancia vio don Quijote una como iglesia que se venía acercando lentamente, en medio de una nube de polvo. Despaviló la vista y aguzó el oído, inquiriendo hacia dónde podía sonar la música de Anfión que así descuajaba los edificios y los obligaba a venir tras ella. Tuvo el caballero por bien averiguado que era cosa de aventura, o principio y elementos de una de las más famosas que pudieran sucederle; y así, montó sobre su caballo, tomó su buena lanza, salió al camino, y se estuvo a esperar que llegase aquella máquina, con ánimo de embestirla, si fuese una legión de diablos salida del infierno con casa y todo.

-Muda el lobo los dientes y no las mientes -dijo Sancho al ver a su amo a punto de batalla-. ¿No sea cosa que otros batanes?... Y no digo más, sino paz duradera y suceda lo que Dios quiera.

Habíase acercado el promontorio movible: la gente de juicio no vio en él ni todo el grupo, sino un lento pacífico elefante que venía cubierto con una caparazón enorme, siguiéndole sus dueños, los cuales traían además dos osos tan católicos que se dejaran matar primero que hacer perjuicio ni a una mariposa. Es una compañía de ganapanes, medio artistas, que se van por esos mundos haciendo ver en aldeas y ventas su buen elefante, a cuyo espectáculo añaden las habilidades de los osos, maestros en el pésamedello, el colorín colorado y las gambetas, que los bailan como unos gerifaltes. No traen mono, por parecerles personaje de mala representación para unos como ellos, que pasándose de titiriteros habían venido a rayar en cómicos o histriones. Los osos y el elefante no son todo; sus dueños tienen también su papel: armando un tablado sobre la marcha, representan por su parte sainetes y entremeses que ellos califican de comedias y aun de tragedias. El tuáutem y primer accionista se llama tío Peluca, o maestro Peluca, indistintamente: hombre de buen parecer por el un lado, si bien por el otro no le falta sino el ojo; razón por la que, quizá con algún fundamento, sus amigos le llaman por cariño y antonomasia el Tuerto, sin que él dé muestras de sentirse. Viene entre ellos un hombre de nueve pies de altura, con el espesor y el ancho correspondientes, cuyo objeto es hacer juego con el elefante; asturiano que pone en la sociedad su corpulencia, y tiene derecho a los gananciales por un igual con los demás socios, sino es el tío Peluca, quien, como director de la empresa, toma para sí el tercio del producto libre. Después de ese hombrón, el tercero en la jerarquía es un homúnculo, de una vara de estatura, a quien se le podía clavar en la pared con un alfiler de a cuarto. Estos dos marchantes compiten y rivalizan, cuándo en lances amatorios, cuándo en hechos de armas, cuándo en cantares de gesta, con sacudimiento y bizarría tales el braguillas, que no hay otra cosa para el villanaje que les suele servir de espectadores. Este exiguo personaje se llama Pepe Cuajo, frisa con los cincuenta años, y tiene unas barbejas que comunican suma ridiculez a su persona. Por el genio, Pepe Cuajo es el mismo diablo: gestudo, fruncido, gritón. Sus aparceros le aguantan por las utilidades que dejan su figura y su buen desempeño en el teatro, donde es cosa de morir de risa verle hacer papeles de enamorado y valiente. A este negocio concurre a las mil maravillas una moza fehuela, pero vivaracha, quien, huida de sus padres desde niña, se había criado en poder de esa gente truhanesca y vagabunda. Llámase Munchira la gentil pieza, y por refinamiento de cariño, sus compañeros le dicen Munchirita, mientras que el grandazo de más allá es conocido con el nombre de Pedro Topo. Hombre éste de buena pasta y mejor índole, a quien se puede perjudicar, pero no ofender, porque en ello va mucho peligro. La compañía es bien surtida y hace buenos cuartos en haz y paz de nuestra santa madre Iglesia.

No se le ocultó a don Quijote qué era lo que allí venía; mas no por eso desistió de su empeño; antes tuvo a fortuna el encontrar con enemigo tan digno de él, habiendo resuelto llamarse el Caballero del Elefante cuando le hubiese vencido, a semejanza de otros que ya tomaron los de Caballero del Cisne, del Unicornio, de la Serpiente, del Basilisco, y otros no menos famosos.

-¡Arre! Buen hombre -gritó el maestro Peluca-, deje pasar la bestezuela, que es moro de paz.

Don Quijote hizo su primer embestida, sin más fruto que verse apartar suavemente por el bondadoso o desdeñoso animal.

-¡Qué diablo de ladrón es éste! -dijo el maestro Peluca, al ver que don Quijote volvía a la carga- ¡Quieto, Chilintomo, quieto!.

Volvió a separarlo con mansedumbre el generoso bruto, y seguía su acompasado, lento paso, poniendo en tierra cada minuto cuatro arrobas de pies, sin dársele un comino de las arremetidas de don Quijote. Redobló su furia el caballero, juntó sus fuerzas, se encomendó a su señora Dulcinea del Toboso, y a espuela batida Rocinante se vino a estrellar, baja la lanza, contra la impasible mole. A las voces de su dueño: «¡Dale, Chilintomo!», borneó la trompa Chilintomo en forma de parábola, y dio tal chincharrazo, que caballo y caballero fueron a dar sin sentido a doce pasos. Siguió adelante la comitiva mientras Sancho Panza se tiraba, dando gritos desesperados, sobre su amo. Mas vio que don Quijote se meneaba, y aun le oyó decir en voz balbuciente:


«No me pesa la mi muerte,
Porque yo morir tenía;
Pésame de vos, señora,
Que perdéis mi compañía».


-Vuesa merced no está muerto -le gritó Sancho al oído-; si a mí no me cree, aquí está Rocinante que no me dejará mentir.

Habíase, en efecto, enarmonado el pobre rocín, y se dejaba estar dolorido, pensativo, caídas las orejas, con señales de haberle llegado al alma el golpe. Don Quijote no quería estar ileso por nada de este mundo; con tal de verse malferido en buena guerra, se hubiera dejado morir sin argumento. Figurándose que la batalla había sido terrible y que estaba cosido a lanzazos, iba recorriendo en su memoria las aventuras de los mejores caballeros, según cuadraban con su situación, y decía:


«Desque allí hubieron llegado
Van el cuerpo a desarmare:
Quince lanzadas tenía;
Cada cual era mortale».


Pensaba don Quijote que el suyo era caso de muerte, y bien por real enfervorizamiento, bien porque el delirio le pareciese convenir a su situación, mirando suavemente a su escudero, siguió diciendo:

«Ya se parte el pajecico, Ya se parte, ya se va».

-No me parto ni me voy, señor don Quijote: amigo viejo, tocino y vino añejo. El que me busca en la prosperidad y me niega en el infortunio o el peligro, abrenuncio: firmado lo doy que ése tiene un depósito de estiércol en el pecho. Aquí estoy yo, señor: fíese de este corazón, empuñe esta mano que sabe alargarse al afligido más prontamente que al dichoso.

-Como pudieras, Sancho -respondió don Quijote-, proporcionarme un bocado del bálsamo que sabes, vieras a tu señor alzarse cuan alto es, con todos sus huesos en sus coyunturas.

Sancho corrió hacia los criados con un graciosísimo portante, y como los hallase entendiendo en alforjas y maletas, les pidió un jarro de vino para salvar la vida a un cristiano. Habíanse partido los señores, sin hacer caso del caballero andante caído y molido, propasándose el doctor Mostaza hasta el extremo de gritarle:

-¡Así te quise ver, infame!.

Los criados, que sin duda valían más que los amos, le dieron de buena voluntad a Sancho lo que pedía, y éste, provisto de su elixir, volvió para su señor. Don Quijote, tomando a dos manos el jarro, se lo echó al coleto, de tan buena gana, que a los cuatro sorbos no dejó gota en el recipiente. Por cierto que no pudo montar a cuatro tirones, ni a ocho montara si su criado no hubiera acudido a darle impulso y vuelo. Cuando se vio a horcajadas, pensó que de un salto se había puesto sobre su buen caballo, y bizarreándose en él, apretó las espuelas, con ánimo de hacerle dar algunos escarceos. Al verle de tan de buen año, le dijo su escudero:

-Coscorrón de cañaheja duele poco y mucho suena, señor don Quijote. Desigual fue la batalla, pero no tan recia como la que nos dieron los yangüeses.

-No digas eso -respondió don Quijote-, sino que ahora no me han roto en la boca la ampolla del bálsamo prodigioso. Si en la batalla a que aludes hubiera yo podido aprovecharme de la bebida encantada, me vieras entonces tan entero y animoso como ahora. Monta, Sancho, y sígueme; hoy es cuando nos va a suceder aquello de que ha de resultar, para mí el ganar la corona imperial, para ti el posesionarte de tu condado. Si lo tuvieres por mejor, serás terrateniente de mis más pingües comarcas, como te obligues a hacer pleito homenaje a mi corona, y pondremos a Sanchica de menina de la emperatriz. Si el imperio que yo gane está situado en el Asia, serás el primer nabab de todo el continente; a menos que no gustares más bien de tomar mis flotas a tu cargo en la laguna Meótide o mar de Zabache, con el título de almirante.

-Sea de mi colocación lo que fuere -repuso el escudero-; lo cierto es, señor don Quijote, que al enfermo que es de vida, el agua le es medicina. Quien viera a vuesa merced ahora ha poco tan caído de salud, y quien le ve sobre su alfaina repartiendo coronas y haciendo almirantes, no acabara de maravillarse del vaivén de la fortuna. Vengan esas flotas y sigamos, que temo no haya lugar para todos en la venta.

-Haces mal en temer eso, amigo Sancho: ora en venta, ora en castillo, a gloria tendrán todos, grandes y pequeños, el correrse, estrecharse, apretarse y exprimirse para hacernos plaza.

Cuando esto decían, iban ya de camino caballero y escudero, paso entre paso; ni don Quijote estaba para espolear tan a menudo a Rocinante, ni Rocinante para salir de su genio.

-¿De qué alfaina hablabas hace poco? -preguntó don Quijote a su criado.

-¡Pesia mí!, ¿de qué alfaina? De la que monta vuesa merced, este paño de lágrimas, nuestro buen Rocinante.

-¿Y por qué le llamaste alfaina?

-Porque así he oído a vuesa merced llamar a los caballos de primera clase.

-¡Quia! -dijo don Quijote-; ¿soy yo de los que hablan disparates? Habrasme quizás oído decir alfana.

-Vuesa merced -repuso el escudero- se detiene en una brizna y tropieza en una tilde; ¿qué va de lo uno a lo otro?

-Lo que va de macho a hembra -volvió a decir don Quijote-; lo que va de Sancho a Sancha: alfana es la yegua corpulenta, briosa, superior, y ésta nunca puede ser caballo. Si no me crees, ahí está la del moro Muzaraque, la cual era como una iglesia. ¿Y la del rey Gradaso no era un yeguón desmedido, sobre la cual tenía el moro que subir por escalera?


Gradasso havea l'alfana la piú bella
E la miglior che mai portasse sella,


como lo puedes ver en las historias caballerescas. Habla con atildadura, Sancho, o te doy carta desaforada y te levanto la facultad de usar de la palabra en mi presencia.

-Déjeme vuesa merced expresarme a mi sabor -replicó Sancho-, y oirá sentencias y cosas que se le graben para siempre en la memoria. Me tienen por asno; pues métanme el dedo en la boca. Aldeana es la gallina y cómela el de Sevilla.

-Si a tu sabor te dejara yo hablar, Sancho intrincado, Sancho escabroso, ¿qué fuera de la lengua castellana? Habla jerigonza, habla aljamía, habla germanía; pero confiesa a lo menos que eres gitano, morisco o galeote: católico viejo habla español rancio. Uno que se está educando para conde y va camino de la monarquía ha de medir la boca en el comer, la lengua en el hablar, y haberse con mucho tiento en sus maneras y discursos. ¿Piensas que la justedad de las ideas no requiere ternura en las expresiones, y que el pensar bien no ha de venir junto con el bien decir en los que aspiran a levantarse sobre el vulgo? Dime otra vez alfaina, y veremos si no revoco la determinación que tengo de elevarte a de donde veas como pollos a tus contemporáneos.

Cide Hamete no quiere acordarse de la réplica de Sancho, y dice tan sólo que los aventureros llegaron a la venta, henchida ya de gente por ser las seis de la tarde, hora en que todo el mundo acude a la posada. Traía don Quijote desencajado el juicio, revueltos los sesos más que de costumbre; y así la venta del Moro fue para él castillo, por castillo la tuvo, vio el atalaya sobre los adarves, y aun oyó el son de la trompeta con que anunciaban la llegada de un caballero de alta guisa.