Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 57

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo LVI - De la nunca vista ni oída batalla que de poder a poder se dieron el genuino y el falso don Quijote de Juan Montalvo



Tío Peluca y sus aparceros no veían la hora de alejarse de loco tan peligroso; diéronse, por lo mismo, un madrugón, que cuando quería amanecer, ya ellos andaban a buen trecho de la venta. Ni era posible aguantar a la larga las cosas de don Quijote, hombre que de las piedras sacaba agua de caballería. Los togados y el escribano, por su parte, hubieran perdido una oreja por no verse cara a cara con tan formidable enderezador de tuertos, y en confuso montón con los histriones y los osos se fueron de pie quebrado. Avínoles bien el haber cogido la alborada, porque don Quijote amaneció ese día más loco que nunca, y Dios solamente sabe en qué laberintos y pendencias los hubiera metido. Vistiose el caballero, salió armado de punta en blanco, undique munitus, y llamó a la liza a su atrevido homónimo; pero éste se cerró en que no pelearía ni con el arcángel San Miguel, antes de haberse fortalecido con una buena refección; para lo cual mandó venir al alcaide del castillo, y le ordenó dispusiese un almuerzo como para Lúculo.

-Desde luego, señor alcaide, vuesa merced será servido de abrir la comida con unos melones tajados en forma de media luna, encendidos como un ascua.

-Los melones, señor -respondió el ventero- son también agestados en estos territorios, que tienen color de azafrán. La venta es una como capellanía, entre los artículos de cuya fundación consta el de que se han de dar a los pasajeros los mejores melones del mundo.

-Soy contento de ese artículo de la capellanía -dijo el bachiller-. No me parecerían mal unos melocotones que estuviesen echando gotas de almíbar, de puro maduros, y unas ciruelas negras y cristalinas como una hija de la Etiopía. Cuanto a las peras, me contentaré con las mejores bergamotas de sus huertos, señor alcaide.

-¿Crudas o cocidas? -preguntó el alcaide.

-De uno y otro modo -respondió el bachiller-, si es verdad que en la variedad está el deleite. Ahora, pues, hablando de los guisos, dispondrá vuesa merced se nos sirvan currucas migadas a una por barba. Gusto yo de comer aves, no solamente sabrosas cuando muertas, sino también bonitas cuando vivas. Mire vuesa merced cómo acuden a nuestras comarcas esos lindos pajarillos al rayar la primavera, y retozones y alegres se aposentan en jardines, alamedas y cañaverales, animándolo todo con su inquietud ruidosa e inocente. Currucas, pues, señor alcaide, curruquitas.

-Las cojo en tal abundancia -respondió el alcaide- que tengo hasta para los arrieros.

-¿Eso hay? -replicó el bachiller-: guárdese mucho vuesa merced de infestar mis manteles con semejante pájaro, y ponga en su lugar papafigo o ficédula. Esta avecita se alimenta de uvas e higos maduros, de suerte que su cuerpo es una grasa de admirable suavidad y ligereza; la poesía, digamos así, de los convites, por no decir la poesía del estómago. Cuide vuesa merced asimismo de que no nos falten la alondra ni el hortelano, y mucho menos el pitirrojo. Tan enamorado como bello, este pajarito es por su desgracia la cosa más agradable del mundo, y paga con la vida la pena de sus buenas cualidades. Tiene la virtud de ser madrugador más que todas las avecitas menores; y así vuesa merced le oye en el jaral antes que rompa la aurora, y le está oyendo todavía al cerrar la noche.

-A falta de pitirrojo -respondió el ventero-, vuesas mercedes serán servidos de contentarse con un jabato, que mis empleados lo aliñan como para la casa real; y donde no, ahí está el carnero, que en siendo gordo, no hay para con él currucas ni curruquitas.

-No venga vuesa merced a embastecernos con esas carnes ordinarias -replicó el bachiller-; pitirrojo ha de ser, o prendo fuego al castillo.

-Eso será -dijo el ventero-; ni somos aquí tan para poco que no tengamos una varilla de virtudes.

-Virgula divina -respondió el bachiller-. ¿Piensa vuesa merced regalarnos con un banquete de Escotillo? Sepa el señor alcaide que mi antojo y necesidad no son de viento, sino de substancias reales, y que no es mi ánimo comer hoy a lo fantástico, sino muy a lo verdadero.

-Se hará lo que se pueda -dijo el alcaide-. ¿Cuáles han de ser los postres?

-Gusto poco de lo dulce, y paso sin postres las más de las veces. Apadróneme vuesa merced los vinos de sus bodegas, que es lo que importa.

A Sancho Panza le crecía el ojo al oír este festín.

-Los postres -dijo- yo no los paso; si algo me gusta y me conviene a la salud, son los dulces.

Don Quijote entró aquí y dijo:

-Pide cosas raras y admirables, Sancho, bocadillos regios y pastitas de los dioses; el señor alcaide no desea otra cosa que servirte. Cuando hayas sacado la tripa de mal año, sal un poco a tomar el aire y mira cómo preparas las monturas; que una vez concluida la batalla, nos partimos. Señor caballero -añadió dirigiéndose al bachiller-, le cumple a vuesa merced vacar al empeño en que se ha puesto; y así le requiero y cito para la estacada, donde le serán servidas piezas no tan agradables como las que ha almorzado de memoria.

-A la eternidad -respondió el bachiller- le importa poco una hora más o menos de la vida de vuesa merced. Ponga vuesa merced que yo hubiese hecho mi desayuno, y téngase por muerto, siempre que se me presente su persona saneada, subsanada, lisa y pasadera en buen combate.

-¿Qué hay en mi persona que dificulte la batalla? -preguntó don Quijote.

-Hay que vuesa merced ha contravenido a las reglas de la caballería, haciéndose invulnerable con esa enjundia cabalística que llama ungüento de Hipermea. Los estatutos de las órdenes caballerescas dicen que el caballero no se ha de valer de sortilegios, amuletos, hechicerías, ni encantos que emboten las armas enemigas, y declaran caso de menos valer el presentarse con el prestigio de bálsamos, bebedizos, filtros, ungüentos y más porquerías de que se sirven los malos caballeros. Destruya vuesa merced la virtud del óleo mágico con que se ungió y pulimentó anoche, y en condiciones iguales, de persona a persona, a pie o a caballo, aquí estoy para que midamos nuestras armas.

Dio el bachiller en la cabeza del clavo. Hallándose don Quijote más que nadie al corriente de las leyes andantescas, vio que su adversario estaba en lo justo, y cuando se hubo lamentado media hora de su mala fortuna, le vino la marea de la cólera, y tronó y echó rayos, de modo de causar espanto. Don Quijote de la Mancha, propenso a las más nobles corazonadas e incapaz de bastardía, hubiera muerto primero que cometer un fraude.

-Desventurado andante -le dijo el bachiller-, la desesperación es afecto no menos doloroso que reprensible. Tal es el deseo que tengo de pelear con vuesa merced, que yo mismo voy a levantar el entredicho que tan fuera de sí le ha puesto. Si vuesa merced posee el ungüento de Hipermea, sepa que a mí me protege la sabia Linigobria, hija del soldán del Cairo, enemiga mortal de la dicha Hipermea; la cual Linigobria ha ideado una receta que desvirtúa y anula del todo el ungüento desotra hábil mágica.

-¿Cuál es esa receta? -preguntó don Quijote-. Más tardará vuesa merced en dármela que yo en ponerla en ejecución.

-Es muy sencilla -respondió el bachiller-: toma vuesa merced un baño frío en ayunas, al tiempo que su escudero, al lado de vuesa merced, está repitiendo la oración de Santa Apolonia. Cuando vuesa merced está tiritando, se cambian los frenos: su escudero es quien toma el baño, y vuesa merced quien repite la oración. Vuelto por este medio a su vulnerabilidad primitiva, no habrá inconveniente para que hagamos la batalla.

No sabe el historiador qué género de elocuencia sirvió a don Quijote para persuadir a Sancho, ni con qué ofertas nuevas le ganó la voluntad; el hecho es que, habiéndole tomado aparte, le puso blando y condescendiente de manera que mientras el bachiller almorzaba como Dios quería, ellos se retiraron a un abrevadero tras la casa, y la receta de Linigobria tuvo su cumplimiento. Cuando don Quijote de la Mancha dejó de estar impedido, el bachiller Sansón Carrasco salió como buen caballero, indagando por el señor del castillo, quien debería hacer de juez de la batalla. El alcaide respondió que el castellano andaba a caza de jabalíes por la sierra con sus monteros, y que, en su ausencia, el hacía de persona principal; que en orden al rey de armas y los farautes, no faltarían hidalgos de pro que se encargasen de esas figuras, pudiendo, en último caso, tocar él mismo a zafarrancho.

-Navis expeditio -repuso el bachiller-; praeparatio ad pugnam. Pues manos a la obra, y rogad por el alma de este buen caballero.

El corral de la venta fue señalado para la liza, donde a poco se vieron frente a frente los dos caballeros, a pie, sin testigos, a no ser el alcaide, don Pascual Osorio de la Castilla y Sancho Panza. ¡Y quién podrá decir buenamente los tajos, reveses, mandobles y pasadas con que esos dos paladines hicieron resonar los montes! Le faltan palabras al historiador para referir lance por lance la batalla; y dice sólo que don Quijote, el genuino don Quijote, se vio a pique de perderla; y que en tan terrible conflicto se encomendó a la señora de sus pensamientos, y con fuerzas redobladas dio golpes tales que hubiera hecho temblar a Sacripante. Mala estrella debía de ser la de Sansón Carrasco, pues resbalándose en lo mejor, dio un gentil batacazo, y allí su enemigo a cortarle la cabeza. Cubriósele el corazón a don Quijote al hallar otra vez en el caído al propio bachiller Sansón, a quien ya había vencido en vano, y llena el alma de amargura, dijo a su escudero:

-Tan desdichado soy que he de perder con buenas cartas. ¿Qué barba, ¡oh Sancho!, qué narices son esas caídas allí a un lado?.

El bachiller, que había visto las orejas del lobo, estaba haciendo de muerto con mucha gracia. En esta sazón acudió la ventera llamando de mal cristianos y desalmados a los que así consentían en que dos hombres se quitaran la vida, y amenazando con dar a la Santa Hermandad aviso de la muerte que se había hecho en la venta. Llegose al vencido, y tomándole un brazo, lo dejó caer, no sin que el difunto le hiciese del ojo. Siguió clamoreando la ventera y dijo al vencedor que se retrajese al vuelo en alguna montaña, si no quería ser aprehendido por los oficiales de la justicia.

-Le he muerto en buena guerra -respondió don Quijote, y salió al patio, lleno de majestad y poderío.

Alzose el bachiller con mucha flema, diciendo:

-Ahora puede el diablo cargar con este loco una y mil veces, que ya lo he sido yo demasiado en andarme tras él, por darle el juicio que a mí mismo me falta. Mal hayan el cura y el barbero que en semejante obra me han puesto, aprobando mi necedad e impulsándome por esta vía.

Luego se retrajo en el cuarto de la ventera, hasta cuando le fuese dable tomar su caballo y largarse a su casa, de donde era su ánimo no volver a salir un punto, aunque le comiesen los perros a don Quijote. Sancho Panza, que todo lo había estado viendo, tenía el alma parada. Salió en busca de su amo; pero se guardó muy bien de poner en su conocimiento lo que acababa de ver, porque don Quijote no volviese a las andadas. El juez de la batalla declaró buena la victoria, y dijo que la muerte había sido según todas las reglas andantescas. Mas cayendo sin advertirlo en su papel de ventero, pidió que a la cantidad justa se le añadiesen algunos cuartos para los alfileres de su mujer. Pagó don Quijote como rey, y seguido de su criado, salió de la venta, sin detenerse a averiguar con el ventero cómo éste había perdido de la noche a la mañana su condición de alcaide del castillo.