Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: 60

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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo LIX - Que trata de la última aventura que le sucedió a nuestro buen caballero don Quijote de Juan Montalvo



Aquí se le ocurrió de nuevo a Sancho Panza tentar el vado para su eterna pretensión de irse a su casa de buenas con su amo; y como hallase no tan mal templada la guitarra, salió del medio rebozo y dijo:

-¿Si diésemos por concluidas nuestras aventuras, señor, y tornásemos a nuestro pueblo a vivir como hombres de bien y buenos cristianos? Harto hemos hecho por la fama; convendría ya que mirásemos un tanto por la felicidad doméstica.

-¿Por no dar la última mano a la obra -respondió don Quijote- serías capaz de quedarte sin tu reino? ¿Ahora que todo está hecho quieres que nos volvamos a vivir como unos guardamateriales, o como poetas compungidos que pasan la vida mirando a las estrellas?

-¿Es cosa mala ser poeta? -preguntó Sancho.

-No digo eso; lo que digo es que es malo ser de los insignificantes e inútiles; de esos majaderos que no sirven ni a Dios ni al diablo. Mas ojalá que la poesía no faltara de ninguna de las profesiones, como no falta de la caballería andante. Tristán de Leonís, no solamente se regalaba con hacer trovas muy puestas en orden, sino también era gran tañedor de arpa. Tañendo y cantando infundió en el corazón de la reina Iseo el amor al cual sucumbieron uno y otro. Don Duardos, don Belianís de Grecia, don Olivante de Laura, el príncipe Rosicler eran unos gerifaltes para esto de recuestar en verso a las damas. ¿Y Florambel de Lucea no puso a la princesita Griselinda a deshacerse por él, sin más que tocar su laúd «con tanta gracia y dolor», que las señoras que le estaban oyendo se pusieron a llorar de enternecidas y apasionadas? Gofre Ricel, trovador provenzal, se dejó morir de amor por la condesa de Trípoli, y se murió cantando su cuita. ¿Pues Nuño Vero?


«Nuño Vero, Nuño Vero,
Buen caballero probado,
Hinquedes la lanza en tierra
Y arrendedes el caballo».


Este caballero tan probado hincaba la lanza en tierra, arrendaba el caballo, y eran cosa de oír las entonaciones amorosas de su laúd y las trovas con que gemía al pie de las ventanas de su dulce amiga. Una amable necesidad nos pone muchas veces en el artículo de sacrificar a las Musas, como cuando en un castillo alguna enamorada princesa nos canta por la noche en el jardín sus gratos dolores. ¿Qué harías tú en semejante caso?

-Si me sé acordar -respondió el escudero-, en un cumpleaños de mi hija Marisancha hice unos versos de poner con pórlogo en libro.

-Con pórlogo, biografía del autor y muchas laudatorias, amigo Sancho Panza, según el estilo del día. Por desdichado que seas, admiradores no te han de faltar. Aún puedes hacer otra cosa, y es un cambio de biografías con un compadre tuyo, como ya lo hemos visto: el hace la tuya, tú haces la de él, y nada se quedan vuesas mercedes a deber en las cucamonas. Insinuaste poco ha que en cierta ocasión habías hecho versos; ¿no me has confesado que no sabías ni leer ni escribir?

-No los escribí con pluma, señor; no hice sino afilarlos en la memoria, de modo que cuando llegase la oportunidad saliesen sin pisarse entre ellos y en buena formación.

-¿Y qué tales? -preguntó don Quijote.

-Como si los hubiera hecho adrede -respondió Sancho-; silbaditos y melosos. ¿No es el modo de hacerlos ir contando en los dedos y dándose de calabazadas?

-Así trabajan los tontos -respondió don Quijote-; y sudan, y pierden el sueño, y amanecen con unas ojeras que da lástima.

-Con ojeras yo no amanezco -replicó Sancho-; pero así los compuse.

-Mal año para ti y para todos los que poetizan como tú. Apolo viene por sus pasos, y no se le arrastra como al degolladero. Aun cuando algunos tengan facilidad para metrificar, y aun cuando el vulgo necio los llame poetas, no lo son. La poesía no está fuera del hombre; está dentro de él mismo: inteligencia y sensibilidad, excitadas divinamente por los genios de la belleza y el amor, esto es poesía. El ingenio, cosa muy diferente del genio, puede llegar a mucho, es verdad: los aritméticos tienen ingenio; ingenio árido, sin jugo bienhechor, que no paladeamos sino con trabajo y disgusto. La poesía es húmeda, olorosa; está manando de una fuente viva; en sus ondas se rejuvenecen y embellecen los hijos de las Musas. Poesía es la perfección del alma: elevación de pensamientos, profundidad de sensaciones, delicadeza de palabras; luz, fuego, música interior, esto es poesía. Hay quienes a esfuerzos de su mediana inteligencia, pujando toda la noche, metrifican mal que bien; ésos serán máquinas de hacer versos.

-Según esto -dijo Sancho-, ¿yo soy máquina de hacer versos?

-¿Haslos compuesto en gran número?

-Hasta unos seis.

-¿Pues qué diablo de máquina has de ser? Si te callas, Sancho, te concedo más numen poético que a Juan de Mena; ni es tiempo de oír sandeces tuyas, pues aventura tenemos.

Habiendo cruzado la aldea de Santi Ponce, oyeron en una casita el rasgar de una guitarra, junto con la voz más tuna que jácaro ha levantado en ningún tiempo. Era una jira o festín campestre en que unos buenos frailes de San Francisco se estaban holgando con media docena de muchachas alegres de Sevilla. Detuvo don Quijote su caballo a veinte pasos de la francachela, y después de contemplarlos en silencio y como admirado durante cinco minutos, sin decir palabra arremetió con ellos a todo el correr de Rocinante. Sorprendidos los frailes, no tuvieron tiempo de ponerse en guardia ni de ver lo que les pasaba, y echaron a huir por esos trigos arremangándose los hábitos al tiempo que se ponían en cobro. Aquel con quien topó la lanza de don Quijote, cayó en tierra, asustado más que herido; y como el caballero se aprestase a cortarle la cabeza, se puso en pie con indecible agilidad. Don Quijote le ofreció la vida como hiciese juramento de ir a presentarse a la sin par Dulcinea; mas como al buen religioso le pareció contra la conciencia jurar falso, pues no había él de ir a presentarse a Dulcinea chica ni grande, se negó a lo que su vencedor mandaba, declarando que antes de jurar tal cosa perdería mil veces la vida.

-Pues ahora os vendréis conmigo -dijo don Quijote-, y yo sabré para qué penitencia os guardo.

Mandole en seguida montarse a las ancas de Rocinante, cosa en la cual tampoco vino el fraile. Ciego de cólera nuestro caballero, le amenazó, lanza en ristre, con pasarle de parte a parte si no obedecía al punto. Cogido de un miedo cerval, se alzó el habitillo el padre, y buenamente se acomodó en las ancas con su gorro a la turca y el cogote al aire. Cuando Sancho Panza hubo caído en la cuenta de que no era batalla de peligro, había echado pie a tierra y dedicádose sin reparo a una canasta de bizcocho y un frasco de aguardiente, y los estuvo acariciando hasta cuando su señor le mandó montar a caballo; orden que fue obedecida sin el menor refrán, observación ni pregunta, cosa rara en uno como Sancho.

-¿Qué te parece -dijo don Quijote andando ya- que hagamos de este sarraceno?

-No veo -respondió Sancho- por dónde este buen francisco venga a ser sarraceno. Lo que debiéramos hacer fuera entregarlo a su comunidad, y allá su perlado le infrinja el castigo merecido por estas borracherías.

-Ya te dejaste decir infrinja; otro despropósito -replicó don Quijote-. Lo que quisiste decir fue imponga; pues el verbo infligir mismo ha caducado en nuestra lengua. Ha de haber mucha oportunidad y elegancia en un anacronismo para que pueda pasar; sírvate de regla esta observación, y no digas perlado, sino prelado.

-Yo no entiendo de arnaconismos -dijo Sancho-, ni sé de verbos sino que el Verbo divino se encarnó en las purísimas entrañas de María por obra, y gracia del Espíritu Santo.

-Eso no hay quien lo quite -respondió don Quijote-. En lo de llevar, como dices, a este religioso a su convento, no me parece mal; aunque su perlado le mandará, por castigo, de visitador a una provincia. Tú vas a ver lo que hago.

Como en esta sazón llegaban al monasterio que se levanta a poco trecho de Sevilla, ni por Dios ni por el diablo se hubiera mostrado allí el fraile en postura semejante. Echadas bien sus cuentas, saltó en un pronto del caballo, y entre los árboles y los laberintos de aquel vasto edificio desapareció como una visión, dejando pasmado a don Quijote.



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