Caramurú: 03

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Capítulo II
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Caramurú Alejandro Magariños Cervantes


Puñaladas


Al anochecer del siguiente día en que acaecieron los sucesos narrados en el capítulo anterior, se encaminaba el personaje, que por ahora conocemos con el nombre de Amaro, al vecino pueblo de Paysandú.

A una bala de cañón del pueblo, había, allá por los años de 1823, una pulpería, o lo que es lo mismo, un ventorrillo o taberna sui generis, donde se expendía detestable vino, aguardiente, miel, tortas, flores de maíz, tasajo ahumado y otros comestibles.

A pesar de la mala calidad de sus artículos de consumo, ninguna pulpería en todo el departamento gozaba de una popularidad tan envidiable. Allí se reunían por la mañana y al caer la tarde, a echar un trago, todos los gauchos de diez leguas a la redonda. Hablaban de las próximas carreras, hacían apuestas, se concertaban para una batida de tigres o de guanacos (venados), improvisaban los palladores (cantores) tocando la guitarra, y si había en la reunión algún forastero, se le obligaba a contar sus trabajos, fatigas y peregrinaciones por media América enterita, errante de pago en pago y de tapera (cala derribada en medio del campo) en galpón, perseguido por la tierra y por el cielo, pensando solo en sus aparceros y en su china (querida).

Con las indicaciones que hemos hecho sobre el carácter de los gauchos, fácil es suponer cuán frecuentes serían las disputas, y el resultado que tendrían. A la menor palabra indiscreta, a la menor alusión que lastimara su nimia susceptibilidad, los puñales salían a relucir y no volvían a la vaina sino teñidos con la sangre de uno de los contendientes. Los espectadores, tranquilos o impasibles, se levantaban de los cráneos de caballo que les servían de asiento, y formando un ancho círculo en torno de los dos combatientes, les dejaban acuchillarse a su sabor hasta que corría la sangre. Entonces se interponían y les obligaban a darse las manos, a menos que alguno hubiese muerto, lo que rara vez acontecía, porque existen ciertas reglas de nobleza entre aquella gente desalmada, que les veda matar a su contrario por causas triviales. Les basta únicamente con señalarlo, marcarlo en la jeta, como ellos dicen, para que aprenda en adelante, a que pingo echa el pial.

Amaro, que se dirigía al pueblo, tenía forzosamente que pasar por delante de la pulpería, en cuya tranquera se veían atados más de cuarenta caballos; tal vez estaba muy lejos a su pensamiento el detenerse, pero oyó al acercarse ciertas palabras de una conversación muy interesante para él; contuvo el galope de su alazán, escuchó un momento, y confirmándose en sus dudas, apeose, se caló el sombrero hasta las cejas, y entró en la pulpería.

La discusión versaba sobre el rapto verificado la noche antes. Un hombre de faz torva, cejijunto, de mirar oblicuo y voz áspera e imperativa, apoyado negligentemente sobre el mostrador, con un vaso de aguardiente en la mano y un enorme cigarro en la boca, se dirigía, medio ebrio y con aire de perdonavidas a un grupo que le rodeaba y parecía escucharle con marcadas muestras de deferencia.

-¡Ay juna! decía el valentón, a quien en vez de su nombre patronímico daban el de Enchalecador, aludiendo sin duda al oficio que desempeñaba en el ejército del célebre Artigas, caudillo americano, que acostumbraba a hacer coser a sus prisioneros españoles dentro de la piel de un novillo recién muerto, dejándoles solamente fuera la cabeza y exponiéndolos encima de una cuchilla a los ardientes rayos del sol, hasta que morían de hambre y de sed: suplicio atroz que el implacable guerrillero llamaba enchalecar, y a los que, lo practicaban enchalecadores:-¡Ay juna! decía el valentón: han de saber ustedes que anoche, ¡vive el diablo!... han robado de la Estancia de la Cruz alta, ¡vaya un lance! a aquella niña, ¡hide p!... que vino de Montevideo... ¡ja, ja, ja! hace tres meses, enferma... ¡crach!... a tomar las aguas del Uruguay...

-¿Y no se sabe quien ha sido el robador? preguntó una de los circunstantes.

-¡Ca! respondió otro, reforzando su exclamación con una doble interjección que la pluma se resiste a trazar.

-¡Pues sepa usted, so bruto, continuó el orador, que a mí nada se me escapa, ¡mal rayo! y ando a la pista de ese tunante morao, y ruin!

-¿Le conocéis acaso?...

-Sí, contestó el enchalecador; ¡buena alhaja! Y sé... ¡voto va! donde se oculta.

Al oír estas palabras, Amaro, que hacía dos minutos que había entrado y colocádose a su espalda en un grasiento banquillo con honores de mesa, se estremeció y perdió el color, no sabemos si de ira o de temor de verse descubierto.

-Vamos, aparcero, exclamaron algunos de los interlocutores; eso lo decís por alabaros. ¿Cómo en tan poco tiempo habéis podido averiguarlo?

-¿Cómo? ¡Bah! ¿Os habéis olvidado, sonsos, que yo tengo quien me lo cuente todo?

Los gauchos se miraron unos a otros con ojos espantados: el enchalecador tenía en la comarca fama de brujo, y más de una vieja aseguraba haberle visto en las altas horas de la noche hablando con el diablo en la puerta del cementerio.

Demás está decir que él, como todos los embaucadores de profesión, sabía explotar hábilmente esta creencia popular, a la que prestaba todos los visos de la realidad la manera cómo se manejaba para saber los sucesos antes que nadie; lo cual, a fuerza de repetir una y otra vez, había impresionado de tal modo la imaginación crédula y supersticiosa de sus iguales, que no había uno solo que no le tuviese por adivino y hechicero.

-Sí, debe saberlo, murmuró uno de ellos al oído de su compañero; tiene pacto con el diablo.

-Pues harías bien en contárnoslo, dijo este último en voz alta; así nos proporcionaréis ocasión de ganar la magnífica recompensa que ha ofrecido el comandante de Paysandú, que según parece es pariente de la pueblera, al que descubra su paradero, porque en cuanto al raptor, se ignora todavía quién es.

-¡Oigalé! Eso es lo que tú quisieras, ñandú, para engordar a mis costillas, ¡ay mi cielo! tienes todavía la leche sobre los labios para engañar, ¡tararira rira rira! a un reyuno tan maestrazo como yo...

-Pero, en fin, repuso otro, decinos al menos el nombre del robador.

-Así como así, continuó el interpelado, presentando el vaso al pulpero para que se lo de aguardiente llenase por la décima o duodécima vez, poco importa, ¡Satanás! que os lo diga, porque ninguno de vosotros, ¡quia! es capaz de atravesar el caballo para cortarle el paso si le encontrase en su camino... ¡Pafs!

-¿Pues quién es? preguntaron todos llenos de admiración.

-¿No recordáis aquel alarife, ¡buen mandria! que vino, ¡puñalaa!... de... de... ¿qué sé yo?... ¡de los infiernos!... Naide sabe qué burro lo ha pario, diantre, ni qué viento lo trajo por acá!...

-¿Calibar?... exclamaron todos con vivísimo interés, que al punto se trocó e. manifiesta incredulidad: ¡eh! no puede ser, hace más de quince días que partió para la Rioja.

Calibar no era otro que Amaro; ya explicaremos en lugar oportuno su verdadero nombre y el origen de la creencia de que no se hallaba entonces en Paysandú.

-¡Ira de Dios! gritó el perdonavidas, descargando un fiero puñetazo sobre el mostrador, echando mano al puñal y sacudiendo su cerdosa y encrespada cabellera: ¡repito que ha sido él, Calibar, ¡traidorazo!... el robador de esa hembra! ¡Yo, yo le he visto, mal rayo!... yo le he visto con estos ojos que se han de comer la tierra..., ¡ach! ¿Y quién es el quiebra que se atreve a dudar de la veracidad de mis palabras?...

-¡Yo! contestó a su espalda una voz varonil y resuelta.

Volviose rápidamente el enchalecador cual autómata tocado por un invisible resorte, y se encontró solo, frente a frente con el personaje que acababa de nombrar, porque sus demás compañeros retrocedieron a una prudente distancia apenas, le vieron apoyar la mano sobre el pomo de su montante.

Amaro se había echado atrás el sombrero, y sus negras pupilas, brillantes como dos brasas encendidas, chispeaban con el resplandor rojizo y fascinante de los ojos del surucucú; un ligero temblor nervioso hacía vacilar su mano y entreabría sus labios como para dejar salir el aliento de fuego que se escapaba de sus pulmones abrasados, y a una palidez mortal sucedíase alternativamente el carmín de la ira, que coloreaba su tez morena, y derramaba un barniz satánico sobre su imponente y avasalladora fisonomía...

Solo el enchalecador, entre todos los que allí estaban, le miró con rostro sereno, y acabando tranquilamente de apurar su vaso, le puso con mucha flema sobre el mostrador, añadiendo en seguida con la misma calma:

-Voy a matarte.

-Lo mismo iba a decirte, respondió Amaro con insultante menosprecio; veamos si eres tan valiente en obras como en palabras, defiéndete bien, porque es preciso que uno de los dos no salga de aquí sino para ir al campo santo.

Ambos contrarios se sacaron el poncho y se lo arrollaron en el brazo izquierdo; las dos puntas de sus pies se tocaron, y al mismo tiempo brillaron en el aire como dos relámpagos, describiendo círculos y espirales, dos largas hojas de acero tan afiladas como navajas de afeitar.

Diestros ambos, y animados por el mismo ardiente deseo de exterminarse, engendrado en el matón por la envidia y mengua que empezó a sufrir su fama de valiente desde la llegada de su rival, y en éste por la necesidad de enterrar en la tumba su secreto, puesto que por su desgracia aquel hombre había llegado a sorprenderlo, lucharon por espacio de media hora con igual maestría y fortuna. En vano era inclinarse, amagar al brazo y tirar al pecho, hacer falsos ataques a un punto reiteradas veces, y caer de repente sobre otro con la velocidad del rayo; en vano clavar una rodilla en tierra para herir al contrario por debajo, o retroceder intencionalmente, girar como una rueda, serpear como un buscapié, cambiar a cada momento de posición como una ardilla... ¡en vano!... En vano dejar correr el puñal a lo largo de la hoja buscando los dedos o la muñeca. En vano asestarse sin parar quince o veinte golpes seguidos para fatigar la vista del contrario, y deslumbrarlo en las rápidas evoluciones del acero más veloz que el pensamiento... ¡todo era inútil!... Siempre el hierro rechazaba al hierro, despidiendo azuladas chispas, siempre el poncho recibía el golpe mortal, y el tajo no llegaba a la piel, gracias a la celeridad y presencia de ánimo de los combatientes. Parecía que tenían una armadura oculta, o que una mano invisible, en el momento crítico, desviaba las certeras y al parecer inevitables puñaladas que uno y otro se dirigían...

Una circunstancia casual vino a decidir la lucha cuando menos se esperaba, ya por el igual valor y destreza de los gauchos, ya por la llegada de varios celadores que acudieron del pueblo, prevenidos sin duda por alguno: la hoja del puñal del enchalecador saltó en el mismo instante que Amaro le asestaba un golpe al corazón; el desgraciado arrojó el mango de su arma inutilizada, y se llevó las dos manos juntas al pecho como para resguardarse, pero el hierro de su enemigo iba dirigido con tal fuerza, que le atravesó ambas palmas y asomó por la espalda. -¡Me ha muerto! ¡Voto al!... fueron las únicas palabras que pronunció al caer sin vida, partido el corazón en dos pedazos.

Amaro, blandiendo el puñal ensangrentado, tendió la vista en torno suyo, y divisó a los celadores que, defendían la puerta con sus sables desenvainados.

-¡Dese preso el asesino! dijo el sargento tendiendo su espada a la altura de su pecho, y haciendo seña a los que allí se encontraban para que lo sujetasen por detrás.

Los gauchos se alzaron de hombros, y ninguno se movió. Aun cuando hubiera sido su padre o su hermano el muerto, muerto lealmente, según sus reglas, no habrían prestado su apoyo a la justicia para prender al matador.

-¡Paso! gritó Amaro, atropellando audazmente al sargento, e hiriéndole en la cara, lo mismo a un soldado que tuvo la imprudencia o el arrojo de cogerle por el cuello del poncho; ¡paso, canalla imbécil!

Y mientras se rehacían los agentes de protección y seguridad pública a la voz del sargento, avergonzados de retroceder ante un hombre solo, cortaba él las riendas a su caballo, no teniendo tiempo para desatarlas, montaba y partía a escape con dirección al río.

A poco resonó en sus oídos el rumor de la tropa que galopaba tras él.

El fugitivo se encontraba en el declive de una cuchilla, y pasaba junto a unos espesos sarandíes y guayacanes que se extendían a lo largo del camino.

La luna no había asomado aun.

Picó espuelas a su cabalgadura, y al pasar junto a los árboles, sin pararse, se agarró con las manos y encaramose en las ramas de uno de ellos, descargando con los pies un golpe en las ancas de su potro, y gritándole con voz vibrante ¡jahá! ¡jahá! palabra guaraní, que significa ¡vamos! ¡vamos! y cuya importancia en la presente ocasión comprendió el inteligente animal a las mil maravillas, porqué redobló su carrera y se perdió muy pronto de vista.

Diez minutos después vio Amaro desde las ramas del guayacán, cruzar a los ocho soldados que iban en su persecución.

-Bien, se dijo, bajándose del árbol, y tomando una senda extraviada, que conducía a la villa; mientras ellos persiguen a mi caballo creyendo que yo voy encima tengo tiempo de sobra para llegar al pueblo y hablar con el Sr. de Abreu, ya que es indispensable que sea esta noche, porque mañana y en estos días estarán ya en acecho los esbirros y me atraparían sin remedio. En cuanto a mi caballo nada tengo que temer, está aquerenciado y es parejero, con lo que quería significar que en cualquier parte que soltase su cordel, aunque fuese a doscientas leguas de distancia, se volvería al paraje donde se había criado o cobrado afición con el trascurso de los años, lo que ejecutaría en menos tiempo que otro cualquiera, por ser parejero, es decir, adiestrado desde pequeño a la carrera y acostumbrado a salvar grandes distancias en pocos minutos.

Embebido en tales ideas, llegó al pueblo a las nueve de la noche, y entró por la parte opuesta al sitio de la catástrofe. Oyó por las calles hablar del suceso, y ni siquiera se le ocurrió la idea de retroceder. Detúvose en la plaza, y llamó a una soberbia casa cuya fachada indicaba la riqueza de su dueño.

Allí residía el acaudalado propietario y comerciante brasileño, D. Nereo Abreu de Itapeby, el cual no bien supo su venida, abandonó al punto su escogida tertulia compuesta de las primeras personas del pueblo por su posición política y fortuna, para encerrarse con él en su gabinete, con él, oscuro y humilde gaucho, cuya vida era un misterio y que en el corto espacio de veinticuatro horas había robado una mujer contra su voluntad y muerto a un hombre.

¿Qué vínculos podían unir a estos dos seres, colocados el uno en la primera y el otro en la última grada de la escala social?... Francamente, este capítulo es ya muy extenso, y solo podremos aclarar tus dudas, lector carísimo, en el siguiente, cuyo título estamos seguros te agradaría muchísimo ver en tu poder de otro modo que en letras de molde, como, por ejemplo convertido en buenas doblas mejicanas o en billetes del banco de San Fernando, magüer sufriesen estos un descuento de veinte por ciento, como sucedió en el año de gracia de 1848.


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