Caramurú: 04

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Capítulo III
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Caramurú Alejandro Magariños Cervantes


¡¡¡Cien mil patacones!!!


En un espacioso gabinete, alhajado con exquisita elegancia, tendido muellemente en una cómoda butaca el Sr. de Abreu, y a poca distancia Amaro, sentado con las piernas cruzadas, como los turcos, sobre una magnífica piel de jaguar prepáranse a interrogarse mutuamente, previos los cumplimientos y frases de costumbre entre antiguos amigos que no se han visto en algunos años.

La postura del opulento brasileño revelaba la indolencia habitual de los ricos, y característica de los que habitan en aquel hermoso pedazo del Edén americano, que riega el Amazonas y fecundiza el sol de los trópicos; y la del gaucho, la insolente arrogancia del bárbaro que desprecia las comodidades y el lujo de la civilización, y que no sacrifica sus hábitos ni aun en el seno de otra sociedad diversa de la suya.

Y sin embargo, a pesar de esta circunstancia, que parecía marcar el origen de cada uno y establecer entre ellosdiferencias radicales, la persona menos fisonomista, a poco que se fijase, habría notado en su semblante rasgos marcadísimos que estaban indicando ocultas y misteriosas afinidades.

Diferenciábanse únicamente en la estatura, en la edad, en la manera de expresarse; el brasilero era más joven y delicado: los áridos vientos del Norte no habían calcinado su rostro ni desarrollado su enfermiza complexión largos viajes a caballo, luengos días y menguadas noches pasadas en vela y a la intemperie, y a veces los rudos aunque cortos trabajos de una Estancia; pero su fisonomía, fuese efecto de la casualidad o de otro motivo que todavía ignorarnos, sin tener la misma expresión altiva y amenazadora que la de Amaro, vista aisladamente, y salvo las modificaciones producidas en la de aquel por las causas mencionadas, ofrecía tantas semejanzas con la del gaucho, que cualquiera los hubiera creído hermanos, o cuando menos parientes.

El comerciante sacó una petaca de esa finísima paja llamada jipi-japa que con tan singular destreza tejen los peruanos y chilenos, y ofreció un habano a su compañeros.

Amaro cogió tres; encendió uno, y puso los restantes a su lado, para irlos tomando a medida que se le concluyese el que tenía en la boca.

-Ante todas cosas, Amaro, dijo D. Nereo dando principio a la conversación, quiero que me expliques qué diablos has hecho en Minas para andar oculto y con otro nombre, y porque no has venido a verme cuando hace más de un mes que estoy aquí, y cuando te necesitaba y podías prestarme un señalado servicio.

-Señor, contestó Amaro: la razón de haber salido de Minas es muy sencilla: vuestros compatriotas, como no ignoráis, hace tiempo que se han apoderado de nuestro territorio, y como tengo enemigos muy poderosos desde aquel desgraciado asunto del que me salvó vuestro tío, el Sr. de Niser, el nuevo comandante me ha perseguido a instigación suya, y...

-Te ha parecido conveniente tomar las de villadiego y con un nombre supuesto buscar refugio en otra provincia donde no te conociesen?...

-No me quedaba otro recurso, estoy calificado de montonero, y ya sabéis cuán inexorables son vuestros paisanos con los que no se pliegan a su dominación.

-¿Acaso formarías tu parte de la gavilla de ese demonio a quien llaman Caramurú, de ese gaucho, mestizo, mulato o indio, que tan implacable odio nos ha jurado, y que según dicen ha sido últimamente muerto en una celada con todos los suyos en el departamento de Tacuarembó, teatro de sus crímenes?

-Caramurú no ha muerto, Sr. D. Nereo, respondió el gaucho con aspecto sombrío: la traición ha podido arrojarle de aquel Departamento; pero a Dios gracias vive todavía, y mientras él viva siempre tendrán vuestros compatriotas quien les dispute su presa: ¡está resuelto a hacerles una guerra de exterminio hasta morir.

-Veo que eres su amigo, repuso el comerciante, disgustado de semejante respuesta, y en verdad, lo siento, Amaro, porque si te echan el guante, nadie en la tierra podrá salvarte del anatema que pesa sobre todos los que siguen sus banderas...

-Sea en buen hora, añadió el gaucho con arrogancia; ¡moriremos si Dios así lo quiere; pero moriremos libres! ¡No hemos arrojado a los godos, para dejar que los portugueses ni nadie venga a esclavizarnos otra vez!

Conviene advertir que por aquella época, en 1816, el gobierno portugués, al cual estaba el Brasil sujeto entonces a pretexto de sostener los derechos de Fernando VII, e impedir que la propaganda revolucionaria penetrase en sus colonias, pero en realidad, con el plausible objeto de apoderarse del territorio comprendido entre las cabeceras del Cuarehim, el Atlántico y la margen izquierda del Plata, que hoy forma la República Oriental del Uruguay, había invadido nuestras fronteras con un ejército que se apoderó en breve de todo el país. Divididos y extenuados los patriotas, es decir, los jefes americanos que habían arrojado a los españoles, encontráronse impotentes para resistirles en batallas campales, y se organizaron en guerrillas, haciendo cada uno por su cuenta y riesgo la guerra de montonera, llamada así, porque sus fuerzas se componían de pequeñas divisiones de caballería, sin disciplina, sin armas casi, sin sueldo ni retribución de ninguna clase, formadas en un día para disolverse al siguiente, y sin más ley que la voluntad del caudillo que las regía.

El gobierno portugués y más tarde el Brasilero emplearon inútilmente para exterminarlas cuantos medios estaban a su alcance: la persecución, el soborno, la intriga, la traición... los gauchos, cuyos instintos bélicos e ingénito amor a la independencia había despertado la lucha con la madre patria, seguían espontáneamente al primero que se levantaba contra los rabudos, como calificaban a los lusitanos victoriosos; y estos, en justa represalia, fusilaban en el acto y sin forma de proceso a cuantos montoneros caían en sus manos.

Se ve por esta ligera explicación cuán poderosas razones asistían a Amaro para haber emigrado del teatro, de sus hazañas, no a causa del desgraciado asunto de que nos ocuparemos a su debido tiempo, sino porque él, aparentando ser un simple partidario del célebre montonero, era nada menos que el mismo Caramurú, cuya biografía había hecho en pocas palabras el Sr. de Itapeby.

El motivo de no conocerle este por ese nombre, a pesar de ser antiguos amigos, consistía en que se lo habían dado posteriormente los invasores al comenzar la lucha, a consecuencia de muchas y horrorosas crueldades que le atribuyeron, y que él aceptó por suyas sin haberlas cometido, lo mismo que el odioso epíteto con que le calificaban, y que no podía simbolizar mejor la guerra de exterminio que se propuso hacerles desde un principio, pues Caramurú significa el hombre de la cara de fuego, o lo que es lo mismo, Satanás, y tuvo origen en uno de los caudillos lusitanos en los primeros tiempos de la conquista del Brasil, a quien por sus inauditos crímenes dieron los indígenas ese nombre.

Retirado en el departamento de Paysandú, donde nadie, a excepción de Abreu, le conocía personalmente, los bosques que se extienden a lo largo del Uruguay le ofrecieron un asilo impenetrable; estaba acostumbrado a vivir en las selvas, y únicamente salía de ellas para asistir a las carreras, a las trillas a las gerras, a las festividades religiosas de los pueblos, o par reunirse en las pulperías con sus iguales...

-Y ahora, ¿qué piensas hacer? le preguntó el comerciante, ya enterado de los graves motivos que le obligaran a alejarse de Minas, o mejor dicho de Tacuarembó.

-Ahora pienso irme a Catamarca pero necesito dinero, y por eso se me ha ocurrido haceros esta visita.

¡A Catamarca!... ¡Diablo!... exclamó apresuradamente el Sr. de Itapeby incorporándose en su muelle asiento; hombre, ¿estás loco? ¿No te he dicho que ahora te necesito?...

Señor, respondió Amaro con la gravedad de un hombre que no acostumbra repetir dos veces las cosas: ya os he manifestado que tengo que irme, y me iré...

-¿Pero por qué?

-Porque he muerto a un hombre.

El comerciante se levantó del sillón, y dio dos vueltas por el gabinete:-¡Amaro, Amaro! exclamó paseándose cada vez más agitado; ¡ya van dos con esta! Acuérdate de lo que tuvimos que trabajar mi tío y yo para salvarte la vez primera...

-¿Qué queréis? repuso el gaucho con la misma indiferencia que si se tratase de enlazar un potro salvaje, o de otra cosa insignificante. Ese hombre me espiaba hace días, y llegó a sorprender un secreto que nadie me arrancará sino con la vida; ¡era preciso que él o yo dejase de existir! Le he muerto lealmente y cara a cara... No tiene de qué quejarse.

-Lo mismo decías del otro: le he muerto cara a cara... ¡Insensato! ¿No temes que la espada de la justicia caiga al fin sobre ti?

-¡Tal día hizo un año! respondió Amaro con desdén, atusándose los bigotes y haciendo girar sobre la piel de jaguar la estrella de sus grandes espuelas de plata.

-¡Y ahora que tanta falta me hacía! continuó Abreu hablando para sí y juntando manos en señal de profunda tristeza.

Pues hablad, con mil... santos! contestó el gaucho.

D. Nereo, por toda repuesta, volvió a arrellenarse en su cómodo sillón, y permaneció algunos minutos abismado en sus reflexiones. Su huésped inclinó a un lado la cabeza, apoyó en el muslo el codo, y la sien en la palma de la mano; bostezó dos o tres veces, y para despertar de su meditación, que ya empezaba a fastidiarle, a su protector, amigo o lo que fuese, se puso a silbar, imitando el silbido suave y armonioso de los monos cuando llaman a sus hijuelos.

El comerciante, que sin duda estaba acostumbrado a sus extravagancias, comprendió lo que significaba aquel extraño modo de traerle a la cuestión.

-Ya es inútil todo, murmuró: ¿cuánto necesitas para tu viaje?

-Una letra de diez mil pesos, pagadera a la vista.

-¿Qué dices? preguntó D. Nereo creyendo no haber oído bien.

-Una letra de diez mil pesos, pagadera a la vista, repitió el demandante acentuando las palabras.

El comerciante le contempló fijamente, un buen rato juzgando que se burlaba; pero sus ojos tropezaron con la mirada fría y desdeñosa del gaucho, y conoció que hablaba de veras.

-Es mucho dinero, no puedo dártelo, contestó con timidez.

-Ved, señor, que os lo pagaré, dijo Amaro poniéndose de pie y con un metal de voz en el que iba envuelta una terrible amenaza.

Abreu vaciló.

-Vamos, ¿me los prestáis, o no? preguntó el amante de Lia acariciando el pomo de su puñal.

-Hombre, si... yo quisiera servirte... Ya ves... pero ¡qué diablo!... Tengo una apuesta de cien mil patacones, y aunque yo no pago sino la mitad, es indudable que la perderemos... Mas... está empeñada la palabra... y un hidalgo, el hijo del noble conde de Itapeby, no se desdice jamás... replicó D. Nereo con voz entrecortada, por el miedo, casi tartamudeando.

-Sí, he oído hablar de eso, y tenéis razón, murmuró Amaro: este año, como el pasado, perderéis vuestros vintenes tontamente.

-Detesto a ese orgulloso estanciero, por lo mismo que la suerte le favorece tanto. ¡Todas las carreras Me las gana!... Nadie ha podido sacar la oreja hasta ahora a su renombrado Atahualpa. No sé qué daría para humillar su orgullosa fatuidad. Mira, yo te aguardaba en esta ocasión con ansia, para que me hicieses un favor en cambio de los muchos que te he prodigado en otro tiempo...

Hablad, señor, repuso fríamente el gaucho previendo lo que iba a decirle.

-Si tú quieres, podemos ganar la carrera.

-¡Imposible! Vuestro parejero es muy inferior al contrario.

-Pero...

El hijo del noble conde se detuvo con cierto embarazo e indecisión, que hicieron asomar a los labios de Amaro su habitual irónica sonrisa.

-¿Pero qué?

-Pero si quieres, tú, que eres el primer jinete del Río de la Plata, tú que sabes todos los ardiles que en ocasiones semejantes deciden la victoria a favor no del mejor parejero, sino del mejor corredor, tú podrías fácilmente calzarle...

-¡Eh! exclamó Amaro interrumpiéndole entre ofendido e indignado; yo sé matar, ¡pero no sé robar!. Eso es una estafa infame, y me admira que siendo tan rico como sois, y conociéndome como me conocéis, me la propongáis.

No era fingido el enojo del gaucho: esta acción se mira entro ellos como una de esas raterías bajas y mezquinas que en la sociedad deshonran y llenan para siempre de ignominia al que las ejecuta. Explicaremos lo que significa.

Nuestros parejeros corren cuando van juntos, echándose el uno sobre el otro; el jinete que obra de mala fe, y tiene la destreza suficiente para hacerlo sin que lo noten, mete una de sus piernas en los encuentros del corcel de su contrario, y al llegar cerca de la meta, vuelve el pie y le golpea con el talón en el costado o en los encuentros, y mientras el animal, al sentir el golpe, se aparta a un lado, se encalabrina o retrocede, él pisa triunfante la raya, señalada por los jueces como término de la carrera.

La circunstancia de galopar juntos, la facilidad de esconder la pierna entre los pliegues del chiripá, y sobre todo, la habilidad del corredor en el momento decisivo, hacen poco menos que imposible el justificar luego si ha habido calzada o no.

Solo el amor propio humillado, el odio y la envidia; amor propio, odio o envidia que no se comprenderán sino recordando lo que sufren las personas dominadas por una manía cuando se ven imposibilitadas de satisfacerla, pueden explicar el proceder tan poco digno de un hombre como Abreu, heredero, aunque segundón, de un apellido ilustre y de una fortuna colosal.

-De todos modos, continuó éste, deseando dar otro giro a la conversación, vista la negativa terminante de su protegido; es una necedad que hablemos de eso.

-¡Y tanto!...

-Necedad, y más que necedad, porque aunque tú quisieras, no podrías asistir a las carreras.

-¿Quién os ha dicho eso? preguntó el gaucho en tono de burla, inclinando a un lado la cabeza, y jugando con la botonadura de plata de su poncho.

-Sería una locura, añadió el comerciante con hipócrita recelo, venir tú mismo a ponerte en manos de tus enemigos.

-Vaya, hagamos un convenio, respondió Amaro sonriéndose; puesto que tenéis perdidos los cien mil patacones, ofrecedme, o más bien firmadme, ahora mismo un documento que importe el valor de esa suma, y me comprometo a haceros ganar la carrera legalmente, como Dios y nuestros estatutos mandan.

El comerciante se sonrió a su vez; creía que el gaucho trataba de burlarse de él.

-Eso es imposible, dijo, después de reflexionar un instante; no hay en todas estas provincias un caballo capaz de competir con el de mi adversario.

Amaro, con aquel acento irresistible, e imperativo ante al cual se humillaba todo, contestó con lacónica aspereza:

-Hay uno, Uno solamente.

Aquel hombre fascinaba, la incredulidad de Abreu, se desvaneció al punto.

-En efecto, murmuró golpeándose la frente y evocando confusamente sus recuerdos; he oído hablar de un parejero muy superior a Atahualpa... según dicen; -pero pertenece a los indios... no sé a qué tribu... ¡Ah! sí... ya recuerdo... a la de los Tapes.

-No; os es infiel la memoria, o estáis mal informado, Sr. de Itapeby, dijo el gaucho gravemente; pertenece a otra tribu aun más feroz que esa.

-Entonces, repuso D. Nereo con doble amargura que antes, tú te burlas. Por valiente que seas, sería más que insensatez ir tú solo a sacarlo de manos de esos caribes.

-¿Me daréis los cien mil patacones?

-¡Dios eterno, Dios eterno! exclamó el comerciante asombrado; ¡sería capaz de dejarse matar antes que recoger una palabra indiscreta!

-Vamos. ¿os decidís? Si o no, repitió Amaro impaciente.

-Pero...

-No hay pero.

-Te matarán...

-Eso no es cuenta vuestra.

-Hombre...

-Por última vez, Sr. de Itapeby: ¿sí o no?

-¡Sí!

-Bien: desde hoy podéis doblar la parada sin miedo: el triunfo es vuestro, a menos que yo... me quede por allá, lo que no será muy difícil, refunfuñó Amaro entre dientes.

El comerciante no cabía en sí de gozo:

-Te juro, bajo mi palabra de honor, exclamó, que si ganamos la carrera, son tuyos los cien mil patacones de mis contrarios.

-¿Y vuestro socio?

-Mi socio fiará lo que yo le diga.

-Firmadme, pues, el documento...

-¡Oh, eso no!...Te entregaré el valor de la apuesta en el mismo momento que los jueces declaren la derrota de Atahualpa.

-Basta: dentro de ocho días estaré de vuelta; voy a traeros el único parejero de estas provincias capaz de proporcionaros el triunfo que anheláis; pero si después de conseguirlo os olvidáis de vuestra promesa...

Los ojos del gaucho se animaron con un resplandor sombrío, y un relámpago de cólera desprendiéndose de sus negros párpados, cruzó por sus enarcadas cejas y dilató su espaciosa frente.

El brasileño retrocedió preguntándole con voz temblorosa:

-¿Qué me harías?

Nada, contestó Amaro sacando el puñal, y con un leve tajo haciéndose una cruz en la yema del dedo pulgar de la mano derecha, cruz sangrienta que besó, uniendo el índex con el dedo herido: nada, os mataré donde quiera que os encuentre, de noche o de día, dormido o despierto, en la ciudad o en el campo, solo o acompañado. Ahora vengan esos cinco.

Tendiole el comerciante su trémula mano más pálido que la vera, escapándosele un ¡ay! sofocado, al sentir crujir sus huesos entre los férreos dedos de su pacífico amigo.

-Hacedme ensillar vuestro mejor caballo, y por lo pronto facilitadme veinte gateadas, añadió Amaro preparándose a partir.

Abreu, pensativo y silencioso, salió, y a poco volvió con un cartucho de oro en la mano, y se lo entregó diciéndole:

-El caballo te espera en la puerta falsa del jardín.

-Gracias, contestó el futuro vencedor de Atahualpa echando el dinero en uno de los bolsillos de su tirador de piel de gamuza, y encendiendo el tercer habano.

-Adiós, dijo por despedida; cien mil patacones, ¿eh?

-¡Cien mil patacones! repitió maquinalmente el Sr. de Itapeby, todavía azorado por el extraño juramento y la aterradora amenaza del feroz gaucho.


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