Caramurú: 08

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Capítulo VII
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Caramurú Alejandro Magariños Cervantes


La guarida de Amaro


El brillante lucero precursor de la mañana, como la primera centella de un volcán que ilumina la cúspide de la montaña que le sirve de base, trepaba de cuchilla en cuchilla, dejando en pos de sí un rastro luminoso, cuando Lia y su raptor penetraban en el bosque.

El fresco ambiente de la noche y el rápido movimiento del caballo despertaron a la hermosa de su letargo. Los latidos de su corazón se confundían con los de su amante, y más de una vez los cabellos de este, flotando a merced del viento, rozaban sus mejillas y garganta.

Amaro la llamaba por su nombre, la estrechaba contra su pecho, y prodigándole las más tiernas expresiones de cariño, procuraba hacerla volver en sí. ¡Empeño inútil! Lia, aunque despierta, permanecía con los ojos cerrados sin responder a sus apasionadas palabras.

Encontrábase en una de esas mil situaciones en que la razón es impotente para hacernos superiores al sentimiento que nos domina, por más que pretendamos vencerlo, conociendo el perjuicio y los males que va a ocasionarnos. Lia, arrancada violentamente de su hogar, obligada contra su voluntad a sellar con el baldón de la infamia las venerables canas de su padre, hubiera deseado tener la entereza suficiente para echar en cara a Amaro su desleal proceder, y rogarle que la dejase libre o la matase, pues prefería la muerte a envenenar la existencia del autor de sus días, y exponerle además a la venganza de D. Álvaro, y acaso, acaso verse luego abandonada por el mismo que deshojaría la flor de su honestidad en cuanto quisiera, porque ella, inexperta y candorosa niña, que le amaba con todas las fuerzas de su alma, ni sabría ni podría resistirle; pero una voz más fuerte se levantaba de su pecho en favor del proscripto.

-Él te ama, le decía; él te adora; su conducta es hija de su violenta pasión, de los celos y de la certidumbre de perderte. Confía en su palabra: no será tan vil que abuse de tu debilidad y de tus pocos años. Serás su esposa, no su concubina, y cuando luzcan días mejores, tu padre que tanto te quiere, te perdonará el haberte unido sin su consentimiento al primero de los libertadores de su patria.

Así raciocinaba Lia, sujeta ya a la fascinadora influencia de su raptor, cuyas dulces protestas escuchaba en tanto con el mismo embeleso que Eva las palabras de la serpiente. ¡Ay! ¡Es tan difícil a una mujer amante y amada no perdonar los arrebatos que su beldad inspira! ¡Es tan difícil en los primeros albores de la vida, cuando la felicidad nos ha sonreído desde la cuna, no verlo todo al través de un prisma encantador!

¿Cómo comprenderá un alma virgen, que no ha bebido aun en la amarga copa de la experiencia, que tras ese cielo de purísimo azul, que admiran sus ojos, se oculta la tempestad y el rayo? ¿Cómo querrá creer que las aves de rapiña, o aleves cazadores, acechan a esos hermosos e inofensivos pajarillos, que, saltando de rama en rama, la encantan con sus gorjeos? ¿Cómo le asaltará la idea de que bajo ese manto de verdura que cubre el suelo bordado de mil flores, a cual más bella y fragante, se arrastran ponzoñosos reptiles o inmundos insectos, que se nutren y forman su veneno de ellas? ¿Cómo se imaginará, en fin, que el caudaloso río, que corre impetuoso a confundirse con el mar, agotado por los ardores del estío, se convertirá en fétido pantano?

Los fugaces temores de Lia se desvanecieron, y si no la alegría, la confianza volvió a su pecho. Si algún triste recuerdo involuntario, si alguna idea fatigosa, si algún fatal presentimiento venían a intervalos a preocupar su espíritu, ante la radiante llama de su amor, recuerdos tristes, ideas penosas, fatales presentimientos, depurábanse variando de forma y de color, como varían de forma y de color en el laboratorio de un alquimista varios fragmentos de metal, reducidos al estado de fusión, y trocados en una sola masa compacta y brillante.

La marcha más lenta del caballo, que en breve caminó al paso, y el ruido de las ramas, indicaron a Lia que entraban en el bosque.

-No había en él senda alguna: el corcel, guiado por el instinto, se abría camino por entre los arbustos, enredaderas y plantas parásitas que ligan unos árboles con otros, y forman un muro de verdura bastante espeso para que no se distingan dos personas a una vara de distancia.

A medida que adelantaban, la selva se hacía más impenetrable, el caballo retrocedía frecuentemente; tomaba a la derecha, luego a la izquierda, metía la cabeza entre los matorrales, husmeaba la yerba, y así, variando a cada momento de dirección, anduvo como dos leguas, hasta que llegó a una especie de pradera en medio del bosque, formada recientemente por el incendio de los árboles y de la maleza, cuyas cenizas cubrían todavía el suelo como una capa de menuda arena.

El caballo tomó el trote lleno de alegría, y Amaro respiró tranquilo. Hasta entonces el sobresalto de tropezar con alguna de las muchas fieras que también tenían allí su guarida, le habían hecho temblar más de una vez, no por él, sino por su compañera, que ignorante del riesgo que corría, continuaba con los ojos cerrados, como si estuviese desmayada.

Un prolongado y confuso alarido, tan lúgubre como espantoso, resonó a lo lejos, semejante al estruendo de una gigantesca mole que se desploma de una montaña, rodando de roca en roca, y rompiéndose en pedazos al chocar contra ellas. Diríase, enmedio de la soledad y pavoroso silencio que allí reinaba, que se había abierto la tierra, y los demonios, presididos por Satanás, acudían en tropel a celebrar algún diabólico festín.

Mil voces, o más bien aullidos distintos, formaban una algarabía verdaderamente infernal. Lia, trémula y azorada, se abrazó fuertemente al cuello de su amante, encomendándose a todos los santos del cielo.

Amaro se sonrió, y tomando el galope, la dijo:

-No te asustes, ángel mío; son los mastines de mis montoneros que me han sentido... ya están aquí; míralos.

Un centenar de perros, la mayor parte barcinos, y algunos casi tan grandes como los de Terranova, aunque más flacos y desnudos del abundante vellón que adorna a aquellos, salían a su encuentro aullando y ladrando a la vez.

Silbó el gaucho tres veces, llamó a algunos por su nombre, y reconociéndole ellos, cesó al punto su atronador clamoreo, y se le acercaron en tumulto meneando la cola y dando saltos de alegría.

-¡Míralos, alma mía, añadió Amaro riendo del pueril temor de Lia, que temblaba como una hoja; míralos qué bonitos son!

-Serán muy bonitos, pero me dan miedo, contestó ella sin volver la cabeza y siempre abrazada a su cuello.

En efecto, aquellos animales, aunque domesticados, además de ser muy feos, tienen algo de selvático y feroz que impone, debido sin duda al oficio que desempeñan cerca de sus amos. Son sus guardadores, sus centinelas de noche y de día: sin su auxilio sería imposible vivir en nuestros bosques. Al menor descuido, los salvajes, un tigre u otro animal cualquiera sorprenderían al que osase internarse en ellos. No así cuando una buena traílla defiende la localidad que ocupan los que por su oficio, como los leñadores, o por necesidad, como los que andan ocultos, escogen para fijar su residencia a veces por largos años.

A los ladridos de los perros salieron de sus ranchos unos cuatrocientos gauchos blancos, negros, indios y mestizos acompañados de algunas mujeres.

Eran los montoneros de Amaro, los emigrados de Tacuarembó y Salto.

La mayor parte estaban casi desnudos: apenas un claripá de jerga o un raído vichará cubría sus miembros ennegrecidos por el sol y por la pólvora; pero en su porte altivo, en su arrogante mirada, en la satisfacción que demostraban al inclinarse delante de su jefe, se conocía que eran voluntarios y que soportaban con gusto las penalidades y la miseria a trueque de alcanzar con su constancia más tarde o más temprano el premio de sus afanes, el triunfo de la noble causa que defendían con tanto arrojo como tenacidad.

Lia contemplaba con asombro aquellos rostros varoniles, tostados por el sol y por los cierzos, aquellas miradas fijas e imponentes, aquellas crinadas cabelleras, aquellas anchas espaldas y levantados pechos, señalados algunos por el sable y las balas de los iberos y lusitanos, o por las flechas y las lanzas de los infieles, y se admiraba interiormente del respeto y del gozo con que recibían a su amante. Mucho debía valer este, en muy alto concepto de esforzado debían tenerle, muy grande, muy legítima y digna debía ser su fama, para que tales hombres reconociesen su superioridad, le prestasen obediencia, abandonasen sus hogares por seguirle, y aceptasen la proscripción, el exterminio que pesaba sobre los que militaban bajo las banderas de los montoneros.

Amaro se apeó, entregó el caballo al que estaba más inmediato, atravesó en silencio por medio de ellos, y se dirigió con su amada a un rancho que quedaba en el centro y que sobresalía entre los cuarenta o cincuenta que formaban aquella errante colonia, como descuella el camalote entre las algas y plantas marinas que las corrientes y remolinos arrancan del fondo de un río.

Este rancho estaba adornado con todo el lujo que el desierto permitía, y sin embargo, no había allí nada que recordase a la elegante montevidiana la esplendidez de la casa paterna. Las paredes eran de barro y cañas; el techo de forma angular, de una paja larga y compacta, llamada lolora: la puerta se componía del cuero seco de un novillo. No cubrían el suelo ricos tapices de Persia, sino frescas hojas de laurel, yerba mora y salsafrás entremezcladas con el aromático trébol y la odorosa gramilla. En vez de cuadros, flores silvestres colocadas en toscos jarrones de tierra. Un grueso tronco, cubierto con la piel de un leopardo, servía de mesa; el de una palmera de sofá, y otros menores de butacas, todos resguardados por magníficas y variadas pieles. En fin, una preciosa hamaca, tejida con las plumas, de las aves más estimadas por su brillo y hermoso colorido, arrollada y pendiente a falta de clavos, de la cornamenta de un venado, ofrecía un cómodo lecho al que quisiera extenderla de una pared a otro para descansar en ella.

Lia inventarió de una ojeada el menaje de su nueva habitación, y fuese por la novedad, o bien por que su imaginación revistiese con un barniz de magnificencia la poética sencillez de aquella morada, no hizo gesto alguno por el cual se pudiese inferir que algo la desagradaba; pero cuando notó, encima de lo que llamaremos mesa, varios libros, un costurero pequeño, un escritorio, un estuche para la boca y otros utensilios de señora, comprados en Paysandú por Amaro, se sintió agradablemente conmovida por esta delicada previsión de su amante, y le dio las gracias con una de esas miradas que solo pueden lanzar los ojos de una mujer bella y enamorada.

-Lia, ahora que nadie puede separarnos, dijo su amante, aprovechando la favorable disposición de ánimo en que se encontraba ella, quiero no disculparme, sino pedirte perdón por mi brutal arrebato.

La joven no contestó.

-Sí, perdóname, mi encanto, porque solo el amor, el ardiente ¡ciego amor que te profeso, pudo prestarme fuerzas para amenazarte de ese modo. ¿Crees tú, por ventura, que si me hubieras dicho no, amándote, como te amo, ángel mío, crees tú que hubiera sido capaz de asesinarte?

-¡Quién sabe! murmuró Lia: antes me habías dicho que quisieras verme primero muerta que en brazos de otro.

-Pero... considera...

-No, Amaro; has sido injusto; has dudado de mí: no me has creído bastante fuerte para resistir a la voluntad de mis padres, y por eso...

-¡No! exclamó él interrumpiéndola: me habías empeñado solemnemente tu palabra y creí, acostumbrado como estoy a que nadie me falte nunca, a ella, creí que tenía ya sobre ti los derechos de un esposo.

-¿Qué dices? preguntó Lia palideciendo.

Amaro la vio apoyarse sobre la mesa, y notó la palidez que oscurecía el carmín de sus mejillas. Comprendió el alcance de la frase que acababa de soltar, y como la había dicho sin segunda intención, procuró enmendar su falta, añadiendo con veraz y rendido acento:

-Ahora y siempre liaré lo que tú quieras. Manda, dispone, ordena... pídeme hasta la vida, y me atravesaré el pecho a tus pies por oírte decir: -« ¡Estoy contenta!»

Tan apasionada protesta, pronunciada con la vehemencia de un amante que anhela justificarse, bastó para que la bella ofendida le absolviese generosamente de su anterior indiscreta alusión.

-Te perdono, Amaro, y acepto con gusto el porvenir, bueno o adverso, que a tu lado me reserve el destino... Solo espero de tu lealtad que un sacerdote bendiga nuestra unión.

-Será mañana mismo si quieres...

-¿Dónde?

-Aquí.

-¡Ah, no! repuso Lia como recelosa y turbada por la precipitación de su amante; es preciso que sea en una ciudad, en un pueblo, en un paraje donde todos lo sepan y llegue a noticia de mi familia.

-Procuraré complacerte, respondió el gaucho vacilando.

-Empéñame tu palabra de honor, júrame que así lo harás, añadió Lia llena de angustia.

Amaro, haciendo un penoso esfuerzo, contestó con voz pausada y grave:

-¡Te lo juro!...

Y sin aguardar respuesta, cubriose el rostro con el poncho, y salió del rancho para devorar sin testigos su aguda pena.

Imaginábase el desgraciado que Lia no le amaba, o si le amaba era muy tibiamente, cuando desconfiaba de él y se empeñaba con sus pueriles temores en levantar una barrera que en largo tiempo no podría él salvar, y acaso moriría antes de conseguirlo.

Juzgando a Lia por sus propias ideas, con su despreocupación y soberano desprecio a la opinión ajena, no alcanzaba a comprender sus fundados escrúpulos.

-Si me amase, se decía, todo lo olvidaría por mí, me lo sacrificaría todo. Yo sería para ella cuanto existe en el mundo...

Dominado por este pensamiento, resolvió inquirir si eran ciertas o no sus dudas, y para ello, aprovechando la circunstancia de tener que ir a Paysandú con el objeto de solicitar de Abreu algunos fondos, se valió de un ardid, al que muchas veces apelan los amantes que desean experimentar la constancia de su adorada; fingiéndose indiferentes, y alejándose de ellas el tiempo necesario para poner a prueba su fidelidad. La ausencia es la piedra de toque de los enamorados.

Esa misma tarde pasó a su antigua morada, convertida ahora en retrete de Lia, y después de informarse si había descansado y si necesitaba algo, le insinuó que se veía obligado a ausentarse por algunos días.

-Así estarás más tranquila, añadió, observando con encubierta avidez la impresión que sus palabras producían en su amante; conviene, por ahora, que estemos juntos lo menos posible...

-¿Y a donde vas? preguntó ella con voz trémula y húmedos los ojos, por dos lágrimas, que, a pesar de sus esfuerzos para contenerlas, enturbiaban el claro resplandor de su mirada, pugnando por escaparse de sus párpados. ¿Adónde vas?

-¡Lejos, muy lejos! replicó Amaro.

-¡Por Dios, vuelve pronto, pronto! y sobre todo, amor mío, no expongas tu vida, no vayas a desafiar los peligros únicamente por el placer de aumentar tu fama...¡Ah! Si acaso soy yo la causa de esa resolución, perdóname el mal que involuntariamente he podido ocasionarte, y no me dejes, Amaro mío, no me dejes... quédate aquí... yo te exijo.

Iba a decir de tu juramento; pero la voz expiró en su garganta, y ardientes lágrimas empaparon su rostro.

Amaro empezaba a enternecerse, y como no quería variar de resolución, manifestola en pocas palabras que un asunto indispensable le llamaba a Paysandú; pero que volvería tan pronto como lo evacuase.

Había pensado, en efecto, ver al Sr. de Itapeby y pedirle prestado algún dinero para proveer de armas y vestuario a sus montoneros. Su mala estrella quiso que, al pasar por la pulpería, oyese las palabras del enchalecador, el cual, estando en relaciones con una mestiza de la Estancia, se hallaba oculto entre unos cardales la noche del rapto, y le había conocido cuando cruzó a escape con Lia dirigiéndose al bosque.

Sobre el resultado que esto produjo, y lo que después acaeció en casa del comerciante, excusamos insistir habiéndolo consignado detenidamente en los capítulos segundo y tercero.

A ellos remitiremos al lector olvidadizo, suplicándole recuerde el pacto y las condiciones del gaucho y la formal promesa de Abreu de darle los cien mil patacones de la apuesta siempre que le trajese un parejero capaz de vencer al renombrado Atahualpa.


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