Caramurú: 11

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Capítulo X
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Caramurú Alejandro Magariños Cervantes


Vértigo


El rey del día brillaba en medio del zenit, lanzando a plomo sus ardientes rayos; no se movían las hojas de los árboles, ni murmuraba el césped, ni gorjeaban los pajarillos, ni el zéfiro más leve rizaba las tranquilas aguas de los dormidos arroyuelos.

Los rebaños tendidos sobre la yerba parecían aguardar a que pasasen aquellas horas de abrumante calor; solo interrumpía el majestuoso silencio de vez en cuando el áspero zumbido del mangangá, el rechinante y monótono canto de las chicharras, el vuelo de una perdiz, el mugido de un toro acosado por las picaduras de los tábanos, el silbido de una serpiente, el grito de las viscachas, o el relincho de alguna yegua salvaje que cruzaba a escape por las empinadas lomas, perseguida por ocho o diez potros, tendida al viento la crin, encendidos los ojos, las narices humeantes, bañada en sudor, cubierta la boca de blanquísima espuma, despidiendo coces y dentelladas a los que osaban acercarse a ella y detenerla, clavándole los dientes en las ancas o en el cuello ensangrentadlo...

Las incultas florecillas se inclinaban lánguidamente sobre su tallo o se adherían a la seca tierra; los arbustos encogían sus hojas, mustias y cubiertas por una capa do finísimo polvo, y los cardales, doblando sus floridos penachos, los escondían entre el follaje, cual si temieran que el sol marchitara sus brillantes colores.

Anchas nubes de peregrina forma, esmaltadas de oro y plata, ora agrupadas e inmóviles en el confín del horizonte, ora dispersas y resbalando perezosamente por la azulada esfera, se detenían ondeando como lágrimas de metal en la cumbre de los montes. Diríase que eran monstruos aéreos, cuyas ardientes bocas, al arrojar su aliento de fuego, producían la atmósfera tibia y recargada de electricidad que se respiraba a la sazón.

Y aunque la brisa no agitaba sus alas, aunque no se movía ni una hoja siquiera, venían por momentos ráfagas impregnadas de los más suaves perfumes. Emanación purísima de las selvas vírgenes del Nuevo Mundo, en la que se confundía el aroma de las rosas, violetas y claveles, con la esencia de los nardos, jazmines y diamelas, mezcladas con la del ambiente de mil gomas y resinas olorosas, de mil plantas aromáticas, de mil arbustos y vegetales, cuya exquisita fragancia embriagaba los sentidos y extasiaba el alma...

Muelle abandono, lánguido y dulcísimo desmayo se infiltra en las venas del viajero que recorre en tal estación y a tales horas aquellas risueñas campiñas, donde Dios estampó su planta para volar al cielo después de formado el mundo.

Sujeto, pues, a la fatal influencia de tantas causas, que conspiraban de consuno a evocar los recuerdos más gratos de su vida, Amaro volvía a entrar en los bosques del Uruguay, después de una semana de ausencia, pensando en Lia, pensando en el tesoro de gracias y de amor que encerraba aquel ángel en sus catorce primaveras.

Engolfado en tan agradables pensamientos, se internó en la selva: la algarabía de una bandada de papagayos, oculta entre el frondoso ramaje de un naranjo, le despertó de su meditación.

Al fijar la vista en el árbol, notó, por casualidad, una doble cruz hecha recientemente en su tronco, señal infalible de que allí se escondía algún secreto que le convenía aclarar...

Acercó su caballo, separó las ramas, y en efecto, halló entre ellas una carta clavada en una de las púas de que están cubiertos dichos árboles.

La carta no tenía sobre, pero iba dirigida a él, y en términos misteriosos, que no comprendería nadie a menos de estar iniciado en las costumbres y usos de los gauchos, se le citaba para ese mismo día y en el mismo paraje a las cuatro de la tarde.

Acostumbrado a recibir frecuentemente tales misivas, ninguna sorpresa causó a nuestro protagonista la presente, aunque no dejó de inquietarle en las actuales circunstancias, pues sospechó con razón que sería algún mensaje de los parientes de Lia.

-No puede ser otra cosa, ¡voto a brios! se dijo después de un buen rato; en fin, allá lo veremos... y apresuró su marcha cuanto la densidad de la selva permitía, anheloso de llegar cuanto antes a la presencia de su amada.

Nada tenía de extraño que le asaltase semejante reflexión. Es una costumbre tradicional entre nuestros campesinos, cuando se quiere hablar a alguno que anda oculto llamar a un vaqueano, a un buscador, y encargarle que ponga en su conocimiento lo que se desea que legue a su noticia.

El vaqueano se ingenia de modo que al cabo de un plazo más o menos largo sabe con toda seguridad dónde se halla el fugitivo; pero como no es fácil encontrarle, ni prudente internarse en bosques que cuentan leguas de extensión, le deja una carta en un árbol con una señal que lo indique, y acude diariamente a saber el resultado.

El que anda oculto, toma sus medidas por si tratan de hacerle alguna mala partida, y se presenta o no, según le parece. Rara vez los buscadores van de mala fe; es decir, con ánimo de entregarle a sus enemigos sin salir del monte; pero si tal acontece y se descuida, ya puede contarse entre los difuntos.

Son tan diestros, emplean tales precauciones los gauchos, la naturaleza y sus conocimientos especiales les favorecen tanto, que es casi imposible sorprenderlos.

Cerca ya de su guarida, encontró Amaro, a algunos de sus montoneros, que salían a proveerse de víveres; esto es, a enlazar por lo pronto la primera vaca alzada o no que les presentase, llevarla al pie de una cuchilla y matarla, y después arrear al bosque las que se pudiera.

El gaucho se alegró de esta circunstancia. Así, dejando el caballo, y yéndose a pie hasta los ranchos, evitaba los ladridos de los perros, y podría sorprender agradablemente a Lia, como deseaba.

Sus cálculos le salieron exactos; llegó, y entró en su rancho sin ser sentido. Lia estaba acostada en la hamaca.

Dormía la encantadora joven con la calma de la virtud y el abandono de la inocencia. El deshabillé de muselina con que estaba vestida se le había desabrochado, y dejaba ver, sobre la graciosa tabla de su pecho de marfil, medio ocultas entre los encajes de su camisa de batista, dos ligeras ondulaciones, nacaradas y tersas como dos manzanas de bruñido jaspe: uno de sus pies, cruzado sobre el otro, asomaba por la revuelta falda hasta más arriba del tobillo; pie tan mono, tan bien hecho, tan bien ajustado en su elegante botín de seda, que era muy difícil, por no decir imposible, detener la imaginación donde el vestido detenía a los ojos, a la mitad de la media...

Favorecidas por aquella postura voluptuosa, sus acabadas formas que envidiarían una georgiana, destacábanse en la curva de su flotante lecho. La mente adivinaba sin trabajo la artística perfección de sus encantos.

-¡Oh! era imposible contemplarla y no sentir en el acto hervir la sangre en las hinchadas venas, agolparse con violencia al corazón: del corazón saltar a la cabeza, de la cabeza refluir otra vez al corazón, y derramarse en seguida por todo el cuerpo como gotas de bronce derretido.

Tal fue el sentimiento galvánico que sintió Amaro al acercarse a la hamaca; al verla con la cabeza inclinada a un lado, apoyada la mejilla en una mano, los negros bucles de su rizada cabellera esparcidos en desorden sobre sus blancas espaldas; sonriente, pudorosa, tímida, inundado el rostro de inefable gozo y bañado por ese ligero tinte de rosa con que los espíritus vitales del sueño colorean el semblante de los niños y de las hermosas.

Tal fue la impresión fulmínea que sintió, al ver que entreabría sus rosados labios, y llamándole por su nombre le tendía los brazos con amorosa inquietud.

Lia soñaba, y soñaba con Amaro, con el ídolo de su alma.

Inclinose éste para recoger los sonidos confusos e incoherentes que se escapaban de su boca, y pudo percibir entre otras frases sin conexión ni enlace, las siguientes:

-¡Ven!... ¡Ven!... ¡Te adoro, ingrato!... ¡Soy tuya... toda tuya!... ¡Ah, no... sí!... ¡No me olvidarás?... ¿Nunca, nunca?...

Amaro, sin advertirlo, se había aproximado tanto a ella, que la respiración de ambos se confundía: la bella somnámbula hizo un movimiento para variar de posición, y sus labios rozaron suavemente a los labios de su amante.

El caminante que, próximo a sucumbir en los arenales de la Arabia, devorado por la sed, encuentra una fuente donde aplacarla, no se precipita a ella con más ansia que el gaucho a la boca de la joven.

Lia despertó... y fuese efecto del suelo amoroso que todavía la dominaba, o de su inocencia que no la permitía sondear la profundidad del abismo que se abría a sus plantas, ora de su vehemente pasión, ya del gozo de volver a verle, o bien de la incontrarrestable fascinación que él ejercía en sus sentidos y en su alilla, o lo que parece más natural de todas estas causas reunidas, Lia, la pura y candorosa niña, en vez de rechazarle, se incorporó en la hamaca, lo atrajo cariñosamente a sí, y rodeó su cuello con sus desnudos brazos.

A la dulce presión de su cuerpo, al suave contacto de sus mejillas, Amaro cerró los ojos, próximo a desfallecer bajo el peso de su dicha. Zumbáronle los oídos, dilatáronse las arterias de su frente, latiendo aceleradas como las cuerdas del arpa en el momento que estallan, no pudiendo resistir las violentas pulsaciones del rápido tañedor: vacilaron sus rodillas, y poco faltó para que perdiese el conocimiento.

Pero aquella primera emoción, demasiado intensa para que durase mucho, pasó como un relámpago. Sus ojos se abrieron, y la luz volvió a iluminar su avara pupila; sus oídos tornaron a escuchar el tiernísimo acento de su amada; lúbricas y voluptuosas imágenes brotaron en su cerebro abrasado; sus músculos y sus nervios adquirieron doble rigidez, doble vigor del que tenían en su estado natural.

Un minuto más, y la aureola celeste de la virgen se convertía en el letrero infamante de la mujer, arrojada de su elevado pedestal, del trono de luz en que Dios la colocara, al fango del envilecimiento. ¡Centella divina apagada en el cieno; flor picada por un gusano antes de abrirse; pura gota de rocío que pudo ser perla y se trocó en asqueroso insecto, brillante caído del solio del Eterno, y recogido por los impíos para adornar la diadema de Satanás!

Ya el ángel custodio de Lia, se alejaba de la cabecera de su lecho, cubriéndose el rostro con sus áureas alas, y ya vertiendo raudales de llanto, finalizada su misión en la tierra, las abría para ir a implorar del Altísimo el perdón de la culpable.

Empero todavía ella no lo era, todavía estaban blancas todas las blancas páginas del libro de su vida...

Aviso, inspiración del cielo fue sin duda la que la impulsó a desasirse de los brazos de su amante en aquel momento solemne, y a rechazarle con súbita energía saltando velozmente de la hamaca, trémula y agitada, cual si hubiese tocado un áspid escondido entre sus traidoras plumas.

Tan rápido y simultáneo fue este hábil movimiento estratégico, que el burlado amante, aunque quiso, no pudo evitar que se pusiera de pie, si bien consiguió asegurarla de un brazo.

Pugnó Lia para que la soltase, y en esta corta lucha, estando desabrochado el deshabillé, dejó escapar un medallón de oro sujeto al cuello por una cadena de pelo.

La presteza con que la joven se apresuró a esconderlo excitó la curiosidad y los celos del gaucho.

-¿De quién es ese retrato? le preguntó con voz ahogada por la cólera, oprimiendo su delicado brazo entre sus dedos de acero, sin advertir, ¡tan ciego estaba! la dolorosa contracción que desfiguraba las facciones de Lia.

-Me haces daño, Amaro, respondió esta, queriendo en vano dar una expresión agradable a su fisonomía y una inflexión dulce a su angustiado acento.

-¿De quién es ese retrato? volvió a preguntar el gaucho soltando el brazo y asegurándola por la cintura.

Lia bajó los ojos, y no respondió.

-¡Dámelo!

-¿No me le das?

-¡No!

-¡Ah, pérfida, te comprendo! exclamó aquel rechazándola furioso; ese retrato es el de mi rival, de ese miserable a quién amas, a pesar de todas tus falaces protestas y mentidos juramentos. Anda, corre y entrégale tu corazón cobarde; para dármelo a mí sería preciso que rebosase de amor y nobleza. Y tú, nacida entre esa gente imbécil que cuando mira a su patria esclava, en vez de imitar nuestro ejemplo, se prosterna y presenta las espaldas al azote y el cuello a la cuchilla de sus verdugos con tal que la dejen vegetar vilmente en las ciudades; tú, educada entre el lujo y los placeres, acostumbrada a cifrar tu ventura en un vestido de moda o en una joya, no puedes, no, comprender mi sublime pasión. No puedes, no, valorar el sacrificio inmenso que te hago robando el tiempo a mi patria para consagrártelo a ti!... ¡Loco he sido en poner mi cariño en un ser tan... no sé cómo calificarte! ¡Loco he sido en presumir que abrigaba tu alma el candor y la pureza de tu semblante!...

-¡No más, no más! exclamó Lia sacando el retrato y dándoselo; mira, y desengáñate.

Cogió rápidamente el gaucho la imagen que le ofrecía, y la acercó a sus ojos, contemplándola con la avidez de un avaro, que encuentra el talego de oro que creía perdido.

-Mira esa venerable frente, esos blancos cabellos, continuaba entre tanto Lia, enjugándose las lágrimas que las injurias y sarcasmos del irritado galán la hicieran verter; obsérvalo bien, y dime si es así el retrato de un amante.

El gaucho no la escuchaba; fija la vista en la imagen, analizaba una a una sus facciones, y parecía reluchar con una espantosa pesadilla; sus manos temblaban, se contraían sus labios, y una palidez mortal borraba hasta las últimas huellas del encendido carmín con que no ha mucho la fiebre del amor animara su semblante.

Convencido que no se engañaba, miró a Lia de hito en hito, y sus sospechas se trasformaron en evidencia. Con todo, quiso persuadirse de que tal vez se engañaba, y la interrogó con la ansiedad del que desearía ignorar lo mismo que pregunta.

-¿De quién es este retrato?

-De mi padre.

-¿De tu padre?

-Sí.

-¡Dios eterno! lo había adivinado, exclamó el proscripto golpeándose la frente con su pesada mano. ¡Ah! ¿Por qué no me lo has dicho desde un principio?

-El temor... un capricho... ¿qué se yo? quería que ignorases el nombre de mi familia, contestó la joven.

Amaro, inquieto y agitado clavó la vista en el suelo, presa de dos sentimientos que con igual violencia, despedazaban su alma; pero era esta demasiado fuerte, demasiado para que durase mucho tiempo su incertidumbre.

-¡Sí, es necesario, murmuró; Lia, luz de mis ojos! perdóname, y abrázame: abrázame sin temor porque pronto debemos separamos, tal vez para siempre.

El dolor prestaba un colorido tan grave, el heroico sacrificio que voluntariamente se imponía sublimaba tanto al que pronunciaba aquellas palabras, que la joven se arrojó en sus brazos sin vacilar.

Frenético estrechola él contra su pecho, apoyó su rostro en su espalda alabastrina, dejándola húmeda con sus lágrimas; y como ella correspondiese a sus transportes con otros iguales, la apartó suavemente, y salió con paso acelerado en busca del incógnito de la carta, cual si temiese si permanecía allí un momento más, ofuscarse, perder el juicio y sucumbir de nuevo, ceder otra vez, sin advertirlo, al delirio, a la embriaguez, al vértigo de su mutua pasión volcánica, y, ¿cómo no temerlo, si él la fascinaba y ella le enloquecía?

Hay impresiones que son como la pólvora, que la menor chispa enciende: nacen y crecen contra nuestra voluntad, nos arrastran al borde de un abismo y nos precipitan en él, sin que la mayor parte de las veces nos sea dado conocerlo hasta que rodamos en sus profundidades insondables. ¡Ay! la llama del amor más puro esconde siempre un destello terrenal engendrado por la arcilla de que fuimos formados; y ese destello se convierte en devorante hoguera que lo absorbe todo, desde que el espíritu vencido en tenaz pelea y rechazado do quier por los sentidos, se oculta, huye, desaparece, se anonada por un instante, avergonzado acaso de su derrota.


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