Caramurú: 16

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Capítulo XV
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Caramurú Alejandro Magariños Cervantes


¡Todo por ella!


Mientras los realistas huían dispersos, acuchillados por los patriotas, Lia bajó de la montaña acompañada solamente de cuatro de sus guardianes; los demás, fieles a su palabra, habían muerto heroicamente con el sargento a su cabeza.

Cerca de las puertas de Paysandú encontraron al vaqueano, y se dirigieron juntos, según las instrucciones de Amaro, a la comandancia general.

Casi al mismo tiempo entraba aquel por la parte opuesta con el conde y Floridan, que desarmados y silenciosos marchaban a retaguardia, seguidos de otros jefes y oficiales prisioneros.

Tanto el conde como su amigo estaban persuadidos que el gaucho, al salvarlos de los puñales de sus montoneros, había querido únicamente dilatar su muerte para gozarse luego en su suplicio, y dar a sus plebeyos secuaces el dulce espectáculo de ver morir en el cadalso a la primera autoridad de la provincia y a uno de los primeros títulos del imperio.

Delirio era imaginar que les perdonase, atendida su índole feroz y el espíritu sanguinario de que hacía alarde, según la voz general y los hechos que se le atribuían con razón o sin ella.

Sin embargo, existía un eslabón misterioso entre el caudillo patriota y el aristócrata realista, un secreto, secreto terrible, ignorado de Amaro, que, descubierto por el conde, desarmaría su brazo, a menos de ser un monstruo o una fiera.

Empero mediaban tales circunstancias, era tan vergonzosa la revelación para el segundo, que sin duda preferiría la muerte a desplegar los labios. Su orgullo y su aleve conducta con el gaucho, aunque desconocida de este, le prohibían hablar. Estaba resuelto a morir con la arrogancia y serenidad propias de un hombre de su ilustre linaje: lo contrario le parecía rebajarse demasiado, descender acaso inútilmente hasta el último escalón del envilecimiento.

En cuanto a Floridan, su situación era aun peor; por ningún concepto podía esperar piedad de Amaro: su calidad de apóstata le ponía fuera de la ley. El montonero era inflexible con los que, traicionando a su patria, en vez de romper las cadenas que la oprimían, ayudaban a sus opresores a forjarlas. No había ejemplo de que hubiese perdonado a un solo traidor. Los odiaba más que a los brasileros, si cabe.

¡Oh! Si el desgraciado comandante hubiese sabido que su sobrina era amada con delirio por aquel hombre terrible, cuya voluntad de bronce se quebrantaba ente una mirada suya, cuyos deseos eran leyes para él antes que los expresase, la esperanza habría vertido sobre un corazón despedazado, sobre su frente devorada por la fiebre, el bálsamo adormeciente de sus ilusiones; un rayo de salvación hubiera disipado la negra noche que le circundaba, y su alma, sacudiendo su mortal congoja, habría confiado en la bondad divina.

Amaro entró en Paysandú a las once de la noche, en medio de los vivas y aclamaciones de toda la población, que se regocijaba, como era natural, por el triunfo de sus compatriotas. Los brasileros trataban al país como país conquistado, y eran odiados en todas partes.

El vencedor se encaminó a la casa donde le esperaba Lia; mandó llamar a su padre, y al propio tiempo dio orden para que trajesen a su presencia al comandante general y al conde.

Cuando estos llegaron, Lia se retiró a una pieza inmediata, no sin exigir antes a Amaro que los perdonaría.

El gaucho nada respondió: había resuelto ser implacable.

Los dos prisioneros se presentaron: Floridan, abatido y trémulo como un reo en la presencia de su juez; el conde, con aire arrogante, erguida la cabeza, despreciativo y hasta insolente.

-Señores, les dijo Amaro: si tenéis algo que encomendarme para vuestras familias, podéis hacerlo, porque, mañana a las doce vais a ser fusilados con todos los individuos del ejército Brasilero, de teniente para arriba, que hayan caído prisioneros.

Floridan se estremeció, quiso hablar, y no pudo; la voz se le anudó en la garganta, y pálido, azorado, con el frío del miedo, tiritando, fijó sus espantados ojos en su inexorable enemigo, demandándole piedad.

El conde, por el contrario, se sonrió con desdén, y lanzó al gaucho una mirada que acabó de exasperarle.

-Sí; es preciso hacer un escarmiento, continuó Amaro: vosotros nos habéis puesto fuera de la ley; fusiláis hasta a los soldados: yo, más noble, más generoso, me contento con la cabeza de los jefes. Vamos, ¿no tenéis nada que decirme?

-Nada, contestó D. Álvaro con arrogancia; nada, sino que eres un asesino infame, un cobarde, que libras a tus enemigos de morir en el campo de batalla para gozarte luego en su agonía.

-¡Miserable! gritó el gaucho temblando de cólera, tú no sabes el sacrificio que hago al entregarte a la muerte tanto a ti como a ese apóstata, a ese vil renegado, baldón del suelo que le vio nacer. Había pensado perdonarte para tener el gusto de arrancarte yo mismo la vida peleando frente a frente; motivos muy poderosos me obligaban a ello; ¡tu hermano, a quien debo algunos favores; el Sr. de Niser, a quien estimo como a su padre; una mujer por cuyos caprichos más insignificantes sacrificaría mi existencia, mi reputación, mi gloria!... ¡Todos me pedirán de rodillas que te perdone, y no te perdonaré, no! ¡Porque si te perdono a ti, tendré que perdonar a ese traidor, y con ese a los demás, y yo antes que todo soy justo; la voz de mi conciencia, el inquebrantable juramento que he hecho de vengar a mis compañeros de Tacuarembó inmolados atrozmente por vosotros, me obligan a arrastraros al cadalso contra mi voluntad, a labrar con vuestra muerte mi eterna desgracia!

-Pues entonces, ¿por qué, por qué no dejasteis que nos degollasen? replicó, el conde.

-¿Qué sé yo? Cedí a un impulso involuntario, a un sentimiento de hidalguía del que muchas veces he tenido que arrepentirme.

D. Álvaro tornó a sonreírse con menosprecio, mirándole de arriba abajo y volviéndose de espaldas desdeñosamente, como si tuviese a menos seguir la conversación con él.

El gaucho, lastimado en su amor propio, herido en lo más vivo por el desprecio de aquel hombre, a quién abominaba desde que sabía que era el esposo futuro, de Lia, levantó la mano para lavar su agravio con una bofetada; pero volviéndose de pronto D. Álvaro, esquivó el golpe, le cogió la muñeca, le devolvió en el rostro el golpe que le asestaba, y le rechazó con violencia.

Amaro perdió la cabeza, desnudó el puñal, y le hubiera muerto allí sin remedio, a no haberse abierto una de las puertas que comunicaba a las habitaciones interiores, y presentádose Lia, acompañada de su padre y de D. Nereo.

Los tres se interpusieron entre ellos.

Amaro, al verlos, pasando por una brusca transición de la más grande ira a una afectada tranquilidad, se contuvo: cualquiera diría que se avergonzaba de su arrebato con un hombre desarmado: dirigiose lentamente a la mesa, tomó una campanilla de plata, y la sacudió con mano convulsa e insegura.

No reflexionaba; estaba loco; la ira embargaba sus potencias. Era la primera vez que un hombre se atrevía a ponerle las manos en la cara. ¡A él! ¡A Caramurú!... ¡Al valiente ante quien temblaban los más valientes!

Al áspero son que despedía la campanilla, agitada con frenesí, un capitán y varios soldados que habían traído a los prisioneros acudieron presurosos.

-¡Llevad a esos dos hombres, y fusiladlos en el acto! gritó Amaro, lívido de coraje, y dando diente con diente.

D. Nereo se precipitó para implorar el perdón de su hermano descubriendo su secreto; pero éste, que adivinó su intención, le cogió por el cuello, le atrajo a sí, y le dijo al oído:

-Te ahogo entre mis manos si le revelas lo que debe siempre ignorar.

Tan acostumbrado estaba el comerciante a las menores insinuaciones de D. Álvaro, que se resignó llorando a verle morir, cuando estaba convencido que le bastaría pronunciar una palabra para salvarle. Con todo, prometiéndole no tocar aquel punto, procuró recibir el mismo resultado por otros medios.

Lia y D. Carlos se habían arrojado a los pies del ofendido, que los rechazaba sin querer oírlos. Don Nereo cayó también de rodillas, y uniendo sus súplicas a las de aquellos, añadió:

-¡Te daré un millón, dos, mi fortuna entera, si le perdonas!...

-Todo el oro del mundo no sería bastante para lavar la afrenta que me ha hecho, contestó Amaro, volviendo la cabeza, ya medio enternecido por los ruegos y las lágrimas de Lia.

-Perdónale, decía ella abrazando sus rodillas; perdónale en nombre de nuestro amor.

-¡Dios del cielo! exclamó D. Álvaro al escuchar las últimas palabras de la joven, y al notar el efecto que producían en el implacable y feroz gaucho; ¡conque ese miserable es tu amante! ¡Conque ese villano ha sido el que te ha robado de la Estancia!...

-¡Llevadlos! gritó Amaro segunda vez, enconada la herida de su ultraje por el rudo apóstrofe del despechado amante.

-¡Sí, menguado! Ahora, comprendo tu conducta, dijo el conde encaminándose a la puerta; en vez de buscarme lealmente como un hombre de honor, prefieres deshacerte de mí, confiando a tus viles sayones la venganza que debieras tomar por tu mano. ¡Ah, cobarde; te conozco! Me temes, y por eso me asesinas... Ahora siento morir, porque al odio que te profeso hace mucho tiempo se une la desesperación de saber que eres mi rival... ¡Ah! ¡El infierno te ha puesto en mi camino!...

-¿Lo oyes, Lia? exclamó el gaucho entre irresoluto y furioso, ¡y tú quieres que perdone a ese hombre! ¡No, jamás! Llevadlos, repito.

-¿Y dónde se ha de hacer la ejecución?... preguntó el oficial.

-Fuera del pueblo, a espaldas del cementerio.

Entonces Floridan, que hasta aquel momento había permanecido apoyado contra la pared aterrado e inmóvil, al sentir que le empujaban para llevarle al suplicio, volvió de su enajenación, y con un grito desgarrador tendió los brazos a Lia, diciéndole:

-¡Al menos pídele por mí, que soy tu tío nada le he hecho!...

Los soldados le arrastraron junto con D. Álvaro, a pesar de sus esfuerzos, y D. Nereo salió también acompañando a su hermano. Lia se desmayó en brazos de su padre, que lloraba como una criatura.

Al contemplar tan doloroso cuadro, el gaucho cruzó los brazos, y dejó caer la cabeza sobre el pecho como un hombre desesperado: un pensamiento magnánimo, digno de él, reluchaba con sus agravios, y el deseo de obedecer a los nobles impulsos de su alma, hidalga y generosa. Tres veces se encaminó a la puerta, y tres veces retrocedió... por último, quedose clavado en el umbral, y después de algunos instantes de indecisión -y angustia, se dijo: ¡Todo por ella! y corrió en busca de los prisioneros.

Alcanzolos fuera ya de la ciudad: llamó aparte al conde, habló con él dos palabras, dio sus instrucciones al oficial que mandaba el piquete, y se volvió a la comandancia general.

Lia había vuelto de su desmayo, y lloraba amargamente: nunca se imaginó que su amante fuera tan cruel.

Por eso al verte entrar, pálido y demudado, impreso todavía en sus facciones el sello de la terrible lucha que acababa de sostener consigo mismo, apartó la vista de él con horror, y suplicó a D. Carlos que se la llevase de allí.

El buen anciano, sin poder dominar su profunda pena, le echó en cara su barbarie.

-¡Insensato! le dijo; has abierto un abismo insuperable entre ti y ella. Nunca consentiré que dé su mano al verdugo de su familia. D. Ricardo es su tío, y vínculos muy estrechos de parentesco nos unen con el conde.

Amaro le escuchaba resignado sin mover los labios. Diríase que reconociendo la gravedad de su culpa y arrepentido de ella, imploraba misericordia.

Y así se pasó media hora; Lia, y su padre Lamentándose y abrumándole con sus justas quejas, y él inmóvil parado delante de ellos, oyendo cuanto le decían, sin responder a nada.

Lejana descarga retumbó a lo lejos... la frente de Amaro se dilató con melancólica alegría cual si se viese libre del grave peso que le prensaba el corazón.

-¡Ay! exclamó Lia, arrojándose a los brazos de su padre bañada en llanto; ¡ya han muerto!

-¡Ya han muerto! repitió dolorosamente el anciano: gózate en tu obra, Amaro.

-¡Se han salvado! contestó pausadamente el gaucho.

-¿De veras? preguntaron a la vez el padre y la hija dominados por el tono solemne con que él se expresaba.

-Sí, continuó el generoso caudillo animándose por grados, y considera, Lia, cuánto te amo, cuánta es la ceguedad de mi pasión, cuando por ti quebranto mi juramento de ser inexorable con los traidores; me expongo a perder el prestigio que gozo entre mis parciales, perdono a ese hombre, que me ha inferido, no ya como enemigo, sino como rival, el ultraje más grande que se puede hacer a otro hombre; y por último, mañana dejaré ir en libertad a todos los prisioneros que estaban condenados a morir... ¿Estás contenta?...

Era imposible dudar de lo que Amaro decía; sus miradas, su ademán, su acento, llevaban la convicción al ánimo más incrédulo. Lia, en un arranque de ciego entusiasmo, le abrió sus brazos y le estrechó contra su pecho. Ella conocía a su amante, y valoraba el esfuerzo sobrehumano que debió haber hecho para sobreponerse a las sugestiones de su amor propio; tan cruelmente pisoteado.

-Pero esos tiros... dijo D. Carlos, ¿qué significan?

-Significan que Floridan y D. Álvaro, disfrazados de chasques, que llevan la noticia del gran triunfo obtenido por nuestras armas, han pasado ya por en medio de mis soldados que rodean el pueblo, y se encuentran libres y montados en dos de mis mejores caballos, galopando con dirección a Montevideo.

El anciano abrazó a su futuro yerno pidiéndole perdón por sus inmerecidas recriminaciones, y D. Nereo, que entró poco después, y se arrojó igualmente en sus brazos, prodigándole las más vivas expresiones de gratitud, les contó detenidamente el hecho, con otros pormenores que la rapidez de nuestra narración no nos permite explanar aquí. Séanos, pues, lícito aplazar los que lo merezcan para el siguiente capítulo, en el que explicaremos varias cosas que en este apenas hemos enunciado, en gracia del buen efecto.


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