Cardos y lirios: 022

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Resonancias[editar]




¡Trueno!... Enorme alarido

de la negrura desgarrada, fiera

voz del gran nubarrón, que, suspendido

de azul, mancha la infinita esfera:

¡yo aplaudo tu estallido!


Hijo del rayo torvo, d´ese inicuo

devastador que ciegamente mata

con su visaje lúgubre y oblicuo

cuando el ciclón su cólera desata:

¡tu fragor me enajena y me arrebata!


¿De qué caverna del abismo sales?

De qué confín remoto

vienes y á que rincones siderales

¿llevas tu inmensa voz de terremoto?


Tu largo y poderoso tableteo,

que asorda el horizonte,

no me infunde pavor, sino deseo

de ver tu carro bronco y giganteo

¡despeñarse y rodar de monte en monte!


Atambor soberano

del gran combate negro

de los hondos azules:

de cielo y océano:

¡cuando te oigo, me alegro!


Cuando atraviesas los rugosos tules

de las nubes plomizas,

semejantes á lívidos montones

de apretadas cenizas,

rotos por los soberbios aquilones

del rayo entre las ráfagas rojizas,

gozo tanto al oírte,

como la ola que la espuma esmalta

y muge y corre y se encabrita y salta

¡sin que le importe la traidora sirte!


Al escucharte gozo,

porque tu voz es signo de bonanza;

nada importa el destrozo

¡mientras brille el fanal de la esperanza!


Tu voz, pasma y aterra,

¡pero á mi no!... ¿Pues sé que tras la lluvia,

como tras los estruendos de la guerra,

la dulce mies del pan? será más rubia

¿Y el hombre? ¡algo mejor sobre la tierra!