Cardos y lirios (Julio Flórez) (Versión para imprimir)

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A mi madre[editar]





Todavía el Dolor ara en su frente;

se humedecen sus ojos todavía;

sus ojos, ¡ay! donde también el día

radió como en las cumbres del oriente.


Huyen las tempestades de mi mente

cuando los dedos de su mano fría,

se hunden, temblando, en la melena mía

y amorosos la erizan blandamente.


Ella es el astro de mi noche eterna:

su limpia luz, en mi interior, se expande

como el lampo del sol en la caverna.


Yo la adoro. La adoro sin medida,

con un amor como ninguno, grande:

grande a pesar de que me dio la vida.



Astro del alma[editar]





En la ojera profunda,

fría y amoratada,

que de mi muerta madre idolatrada

el ya rígido párpado circunda,

la postrimera lágrima estancada

vive y la yerta cavidad inunda.


Y esa lágrima quieta

allí, sola y brillante,

como un vivo diamante

entre un cáliz marchito de violeta,

copia, como un espejo,

los confusos contornos de la alcoba

de la muerta, que duerme ante el reflejo

de un cirio, sobre un lecho de caoba.


Estoy solo... con ella;

un deseo tenaz mi mente azota:

pongo mis labios en la gota aquélla

y me bebo la gota.

Hoy esa gota en mi alma es una estrella.



Ave gris[editar]





¿De la pared la escala suspendida?

¡y al pie de la pared... tú y yo, mi vida!


En la triste y desierta

soledad de los ámbitos azules,

como una novia muerta,

la blanca luna entre nevados tules.


¡Silencio, ni un ruido,

mudo el viento en los árboles, dormido!


Tú, mustia y temblorosa,

como el pétalo casi desprendido

del cáliz de una rosa.


¿Después? las explosiones

del amor, tanto tiempo comprimido,

¡en nuestros anhelantes corazones!


¡El vértigo!... ¡Los éxtasis profundos!...

debajo de la noche y de los mundos!

Luego... un ave cruza

el aire, que nos mira y lanza un grito:

una enorme lechuza,

que se pierde en el lóbrego infinito.


Tú, que huyes asustada;

yo, ¿qué subo la escala y luego? ¡nada!


Hoy ha cambiado todo,

¡oh niña, y de qué modo!


El espantoso olvido

como pájaro lúgubre e inquieto,

en la noche de tu alma se ha cernido.


¡Sabes que soy discreto

y que nunca hablaré de tu secreto!


Más, no sabes, ignoras,

¡cuán amargas y tristes son mis horas!


¡No sabes que me río

y que me estoy muriendo, á pesar mío!

Más no importa; que cante

de alegría tú nuevo y dulce amante.


De tu honor ostentando los tesoros

hoy por la senda de tu amado cruzas,

porque sabes muy bien... que hablan los

loros,

¡pero no las lechuzas!



De cabeza[editar]





Va cayendo, cayendo en el abismo

de la noche sin fin, el ángel reo;

del espacio profundo en el mutismo

se escucha su satánico aleteo.


Nada detiene al trágico querube

en su descenso del eterno día;

¡nada!... ¡nada!... ¡ni un astro, ni una nube!

¡Sola siempre la bóveda vacía!


Los siglos al pasar, y los milenios

secaron en su mente el fuego sacro;

mas, lleva de su cráneo entre los senos,

de su vil rebelión, el simulacro.


Por eso, al traspasar los universos,

como agotado por feroz instinto,

con el torvo mirar de los perversos,

torna los ojos al edén extinto.


Y amenaza los cielos y los mundos

su recia mano que la rabia crispa,

y salta de sus ojos furibundos

del odio insano, la incendiaria chispa.


¡Mas, nada altera su caída, nada!

Y en medio de la sombra, el gran proscrito,

con la cabeza formidable, horada

¡la silenciosa paz del infinito!



Dulce veneno[editar]





¿Luego me dijo:? Aun cuando mi alma

anhele

la virtud y odie la maldad y el vicio,

ya ves, mi triste corazón se duele,

al contemplar el hondo precipicio

á donde el hado sin cesar me impele.


Con mi carga de amor y desconsuelo

voy á un próximo fin, paso entre paso,

rueda mi llanto hasta mojar el suelo

y miro dulcemente hacía mi ocaso

al ver la muda impavidez del cielo.


¡Ah, sí acortar pudiera a jornada!

Es tan dura y tan grande mi fatiga,

mi senda tan oscura y desolada,

¡que quisiera morir!... Hoy nada, nada

fuera de ti, mi corazón mitiga!


¡Y yo te estoy matando!... ¡Oh, sí! mis besos

¿te envenenan? en largo paroxismo

quedas tras tus eróticos excesos;

cuando en mi boca están tus labios presos,

¡tu boca está en la boca de un abismo!»


¿Yo exclamé: «Morir quieres? En el seno

tú, mi cabeza, al espirar, coloca;

¿y después? si es verdad que es un veneno

de tu boca la miel, yo también peno,

¡mátame con la miel que hay en tu boca!»


Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,

transfigurada, y llena de ternura

puso en mi labio el suyo, hecho de rosa,

y en una tregua larga y silenciosa,

¡lloramos de dolor y de ventura!



En el salón[editar]





En tu melena, de la noche habita,

temblaba una opulenta margarita

como un astro fragante entre la sombra;

de pronto, con tristeza,

doblaste la cabeza

y rodó la alta flor sobre la alfombra.

Sin verla diste un paso

y la flor destrozaste blandamente

con tu escarpín de refulgente raso.

Yo, que aquello miraba, de repente,

con angustia infinita,

al ver que la tortura deliciosa

se alargaba de aquella flor hermosa,

con voz que estrangulaba mi garganta

dije á la flor ya exánime y marchita:

«¡¿Quién fuera tú? dichosa margarita,

¿Para morir así? bajo su planta!»



Fulminado[editar]





¡Vibras, rayo! La muerte va contigo;

tronchas el árbol y huye tu reflejo;

las aves lloran al frondoso amigo;

¿cómo no han de llorar al árbol viejo

que les dio sombra y bienestar abrigo?


¡Salta el rayo en la nube! Alfanje de oro,

raja el ámbito negro y atraviesa

el abismo; desciende á la dehesa

y hundese en el testuz del viejo toro.


Tras el brusco esplendor del meteoro,

del verde llano á la montaña espesa

el trueno pasa retumbando!... Y cesa

de la borrasca el fecundante lloro.


El huracán, terrible y altanero,

cierra sus fauces lúgubres; ya nada

se mueve. En el cenit brilla un lucero.


Y desde la llanura dilatada,

sube, como un reproche lastimero,

¡la gran lamentación de la vacada!



La gran tristeza[editar]





Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta,

sobre un lúgubre páramo tendida;

a trechos, de algas lívidas cubierta,

ni un árbol, ni una flor, todo sin vida,

todo sin alma en la extensión desierta.


Un punto blanco sobre el agua muda,

sobre aquella agua de esplendor desnuda

se ve brillar en el confín lejano:

es una garza inconsolable, viuda,

que emerge como un lirio del pantano.


¿Entre aquella agua, y en lo más distante,

esa ave taciturna en qué medita?

No ha sacudido el ala un solo instante,

y allí parece un vivo interrogante

que interroga a la bóveda infinita.


Ave triste, responde: ¿Alguna tarde

en que rasgabas el azul de Enero

con tu amante feliz, haciendo alarde

de tu blancura, el cazador cobarde

hirió de muerte al dulce compañero?


¿O fue que al pie del saucedal frondoso,

donde con él soñabas y dormías,

al recio empuje de huracán furioso,

rodó en las sombras el alado esposo

sobre las secas hojarascas frías?


¿O fue que huyó el ingrato, abandonando

nido y amor, por otras compañeras,

y tú, cansada de buscarlo, amando

como siempre, lo esperas sollozando,

o perdida la fe... ya no lo esperas?


Dime: ¿Bajo la nada de los cielos,

alguna noche la tormenta impía

cayó sobre el juncal, y entre los velos

de la niebla, sin vida tus polluelos

flotaron sobre el agua... al otro día?

¿Por qué ocultas ahora la cabeza

en el rincón del ala entumecida?

¡Oh, cuán solos estamos! Ves, ya empieza

a anochecer: Qué iguales nuestras vidas...

Nuestra desolación... Nuestra tristeza.


¿Por qué callas? La tarde expira, llueve,

y la lluvia tenaz deslustra y moja

tu acolchado plumón de raso y nieve,

¡huérfano soy...!

La garza no se mueve...

y el sol, ha muerto entre su fragua roja.



Mi tumba[editar]





Cuando yo expire, a la empinada sierra

transportad mi cadáver y en la cumbre,

no lo arrojéis debajo de la tierra,

sino encima... del sol bajo la lumbre.


Donde me cante el impetuoso viento

sus largos deprofundis y mi caja

mortuoria sea un risco, el firmamento

mi capilla y la nieve mi mortaja.


En donde para honrar el mustio rastro

de lo que fui, cuando en la vida estuve,

tenga por cirio funeral, un astro

y por incienso místico, una nube.


Donde para que rabien los humanos

que arrastran sus envidias por el suelo,

me devoren, en vez de los gusanos,

los buitres y las águilas del cielo.



Oro en polvo[editar]





¡Quién fuera mariposa!

Flor del aire, luciente y fugitiva;

envidio esa existencia temblorosa,

que siempre en pago de la miel que liba,

deja un polvo de oro en cada rosa.



Resurrecciones[editar]





Algo se muere en mí todos los días;

del tiempo en la insonora catarata,

la hora que se aleja, me arrebata

salud, amor, ensueños y alegrías.


Al evocar las ilusiones mías,

pienso: «¡Yo, no soy yo!» ¿Por qué,

insensata,

la misma vida con su soplo mata

mi antiguo ser, tras lentas agonías?


Soy un extraño ante mis propios ojos,

un nuevo soñador, un peregrino

que ayer pisaba flores y hoy... abrojos.


Y en todo instante, es tal mi desconcierto,

que ante mi muerte próxima, imagino

que muchas veces en la vida... he muerto.



Un diagnóstico[editar]





En el sucio rincón de una taberna

fría y desmantelada,

semejante á una lóbrega caverna,

Jorge, el más distinguido camarada,


una noche lluviosa nos decía

furioso, hecho una sopa:

«Tres meses há que á la adorada mía

le jure no tomarme ni una copa.


Ella, en cambio postrándose de hinojos,

con un amor profundo

juróme, por las niñas de sus ojos,

serme fiel y constante en este mundo.


Y esta noche, ¡Dios mío! en que apretura

¡me he visto y en qué potro!

A esa mujer, a quien soñé tan pura,

¡la he encontrado besándose con otro!


Más, no importa; vosotros compañeros,

que sabéis que yo pago

la infamia, como pocos caballeros,

mi juramento cumpliré: ¡Ni un trago!»


¡Y al decir esto, en su pestaña rubia,

brilló una gota clara,

una gota, que luego fue una lluvia,

que rodó largo tiempo en su cara!


y era verdad: en más de treinta días

no habíamos logrado,

e todas nuestras tristes alegrías,

hacer beber al noble enamorado.


Más, de pronto, el buen Jorge, irguióse

altivo,

dióse un golpe en la frente

y exclamo, –á su pesar–, ¿Para qué vivo?

Si ¡ella! ¡mintió... salud! ¡Dadme...

aguardiente!


¿La copa alzó, brindó por el dios Baco,

lanzó una carcajada?

y rodó, por el suelo, como un saco

rígido y mustio el joven camarada.

Grande fue la sorpresa...En un momento

estuvo en nuestros brazos

al ver tal explosión de sentimientos

en aquel corazón, hecho pedazos,


–¡Un medico! gritamos; por ventura

un médico pasaba,

entró, tocóle el pulso con premura

y en tanto que á su faz, ínfulas daba,


exclamó alegremente: –«¡Esto no es cosa!

¡Nada!... ¡Pobre muchacho!

Que le traigan café, mientras reposa,

y lo dejen dormir. ¡Esta borracho!»–



Al mar caribe[editar]





«Aquí estás, a mis plantas, tembloroso,

tendida al ronco viento la melena

blanca y azul; tu aliento de coloso

alza hasta mí la movediza arena.


Y te oigo respirar, monstruo gigante,

que a los siglos atado te estremeces

con estremecimientos de bacante.


Ya que al fin a mis ojos apareces,

inmensamente triste,

con tus espumas níveas y tus olas

que de púrpura y oro el sol reviste,

voy a contarte mi secreto a solas».


Así le dije al mar y con sentida

voz, le conté el desastre de mi vida.


Y al conocer mi negra desventura,

–«¡Hombre! –exclamó con dolorido acento–

soy grande, pero más es tu tormento;

soy hondo, pero más es tu amargura».


Y en el propio momento,

en que bajaba la tiniebla oscura

y yo... como un espectro me alejaba,

a merced de una ráfaga de viento,

me pareció que el monstruo sollozaba.



Aún[editar]





Mil veces me engañó; más de mil veces

abrió en mi corazón sangrienta herida;

de los celos, la copa desabrida,

me hizo beber hasta agotar las heces.


Fue en mi vida, con todos sus dobleces,

la causa de mi angustia –no extinguida–

aunque, ¡pobre de mí! toda la vida

su mentiroso amor... pagué con creces.


Los tiempos han pasado; ya su boca

no me da sus caricias, no me abrasa

el fuego de sus ósculos de loca;


y sin embargo mi pasión persiste...

pues, cuando a veces por mi senda pasa,

¡me alejo mudo, cabizbajo y triste!



Castigo[editar]





Dos puñales agudos

templados al fuego,

yo quisiera clavarte en los ojos,

azules y grandes rincones del cielo;

sacar los puñales

¿después, los terribles puñales de acero,

y ver en tus cuencas vacías y oscuras

resbalar dos raudales sangrientos?

Y ver los abismos

helados y negros,

que á través del cristal de esos ojos

(extintos á tiempo)

volcaron desdenes y rayos de ira

¡en estos los míos de lágrimas llenos!...

Ventanas obscuras en donde se asoma

Mi espíritu enfermo.


Quiero castigarlos

con castigo eterno,

sólo por haberle negado á mi noche

¡su luz, siendo limpios y ardientes luceros!

Quiero ver tu alma

Entonces en esos

rincones azules, de pronto trocados

¡en dos agujeros!


Pero más quisiera clavarte esos ojos

puñales de fuego

por ver un eclipse,

¡¿qué trágico eclipse? un eclipse de cielo!



Deshielo[editar]





Nunca mayor quietud se vio en la muerte;

ni frio más glacial que el de esa mano

que tú alargaste al expirar, en vano

¡y que cayó en las sabanas, inerte!


¡Ah... yo no estaba allí! Mi aciaga suerte,

no quiso que en el trance soberano,

cuando tú entrabas en el hondo arcano,

¡Yo pudiera estrecharte... y retenerte!


Al llegar, me atrajeron tus despojos;

cogí esa mano espiritual y breve

¡y la junte á mis labios y á mis ojos!...


Y en ella, al ver, mi llanto que corría,

pensé que aquella mano, hecha de nieve,

¡de mi boca al calor...se derretía!



En el cementerio[editar]





Cuando todos se alejaron de la blanca tumba

aquella,

donde sola, muda y fría

¡se quedaba ella... ella...!

¡La adorada muerta mía!


Al ver toda su hermosura

para siempre desligada

de mi vida

y escondida

en la callada

sepultura,


con terrible voz, que aún oigo, grité:

«Muerte despiadada,

díme, ¿toda su belleza tornaráse en polvo?

Díme,

para el sér que implora y gime,

al final qué queda entonces de esta trágica

jornada».


Pero nadie respondía;

sólo el eco repetía

el final de aquella frase: ¡nada...! ¡nada...!

¡nada...! ¡nada...!



En la barca[editar]





¿No me hables esta noche; sólo ansío

que me beses y abraces con locura;

que se junte tu labio con el mío;

que mis brazos opriman tu cintura

y que cierres los ojos? ¡tengo frío!


No me hables esta noche ¡oh mi adorada!

Yo sólo quiero en medio del reposo,

el ardor de tu carne sonrosada,

el roce de tu mano delicada

¡y el ámbar de tu aliento capitoso!


¡Así!... ¡junta mi cuerpo con el tuyo!...

¡Así!... ¡tiembla, mujer, como la ola

que riza el viento!... ¿Mira: oscura y sola

está la noche? ¿Mira: ni un cocuyo

nos alumbra? ¡no me hables... Lola... lola!


¡Háblame ya; no más... abre los ojos!

y vosotras, pasad, horas tranquilas,

mientras ella revive mis antojos,

con el murmullo de sus labios rojos

¡y con el fuego azul de sus pupilas!



Himno a la aurora[editar]





Celestial mariposa

de alas tenues y grandes

teñidas de oro y rosas:

tú, que en el amplio cielo,

tras del enorme boa de los Andes

¡alzas el blando y luminoso vuelo!


¿De qué jardín sublime

vienes, divina mariposa? Dime,

¿en qué sidéreo broche

libas la miel que te alimenta? ¿Acaso

tus luengas alas de luciente raso,

batiste en los jardines de la noche?


¿En qué flores de luces infinitas

Saciaste tus anhelos?

¿Tal vez en las radiantes margaritas

que se abren en los surcos de los cielos?


¿Ya que los horizontes

llenos de luz y galas

y derramas en mar, valles y montes

todo el dorado polvo de tus alas?


¡Celestial mariposa!

Vén, y tus remos en mis sienes posa;

desciende al pobre mundo

de tu verjel profundo,

antes de que en los giros de tus vuelos,

¡te quemes en la antorcha de los cielos!



Lejos (Cardos y lírios)[editar]





De cuando en cuando, un hálito de fuego,

llega hasta mí y el corazón me abrasa;

quema mi frente pensativa y pasa

como un aroma por mis labios, luego.


¿Pierde entonces mi espíritu el sosiego

y huye de mí? los ámbitos traspasa

y llega hasta la verja de tu casa

donde escuche al partir... t´último ruego!


Aquel, «¡No me abandones!» que dijiste

con tus labios pegados á mi boca,

la postrera mañana en que me viste.


Y lleno de dolor, comprendo al punto,

que aquel hálito ardiente que me toca,

es el alma de aquel... beso difunto!



Nana[editar]





Su pupila, que embriaga y centellea,

deja en mi corazón como ígneo rastro,

no el fulgor diafanísimo del astro,

sino el fulgor siniestro de la tea.


Sin embargo la adora. Luz febea

trasudan sus contornos de alabastro;

y yo, á sus pies, frenético, me arrastro

como el reptil que en el jaral babea.


¡En dónde estabas Dios, que no pudiste

detener á esa pálida criatura

en camino tan áspero y tan triste!


¡Si casta fue, puesto que fue tu hechura,

por qué la abandonaste! ¿y la hiciste,

la hiciste acaso para verla impura?



Resonancias[editar]





¡Trueno!... Enorme alarido

de la negrura desgarrada, fiera

voz del gran nubarrón, que, suspendido

de azul, mancha la infinita esfera:

¡yo aplaudo tu estallido!


Hijo del rayo torvo, d´ese inicuo

devastador que ciegamente mata

con su visaje lúgubre y oblicuo

cuando el ciclón su cólera desata:

¡tu fragor me enajena y me arrebata!


¿De qué caverna del abismo sales?

De qué confín remoto

vienes y á que rincones siderales

¿llevas tu inmensa voz de terremoto?


Tu largo y poderoso tableteo,

que asorda el horizonte,

no me infunde pavor, sino deseo

de ver tu carro bronco y giganteo

¡despeñarse y rodar de monte en monte!


Atambor soberano

del gran combate negro

de los hondos azules:

de cielo y océano:

¡cuando te oigo, me alegro!


Cuando atraviesas los rugosos tules

de las nubes plomizas,

semejantes á lívidos montones

de apretadas cenizas,

rotos por los soberbios aquilones

del rayo entre las ráfagas rojizas,

gozo tanto al oírte,

como la ola que la espuma esmalta

y muge y corre y se encabrita y salta

¡sin que le importe la traidora sirte!


Al escucharte gozo,

porque tu voz es signo de bonanza;

nada importa el destrozo

¡mientras brille el fanal de la esperanza!


Tu voz, pasma y aterra,

¡pero á mi no!... ¿Pues sé que tras la lluvia,

como tras los estruendos de la guerra,

la dulce mies del pan? será más rubia

¿Y el hombre? ¡algo mejor sobre la tierra!



Silencio santo[editar]





Trepaba el dulce Redentor, la cumbre

del Gólgota, agobiado por el peso

de la infamante cruz.

La muchedumbre

le cercaba.

De pronto, sonó un beso

en el semblante lívido del justo,

y el que le dio aquel beso, así le dijo

al Nazareno: «augusto

Señor, si está en tu mano,

(pues eres de dios hijo)

secar el océano

y convertir la tierra en humo vano

¿por qué no calmas tu pesar prolijo?


¿En donde están tus rayos y t
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= A mi madre =





<poem>

Todavía el Dolor ara en su frente;

se humedecen sus ojos todavía;

sus ojos, ¡ay! donde también el día

radió como en las cumbres del oriente.


Huyen las tempestades de mi mente

cuando los dedos de su mano fría,

se hunden, temblando, en la melena mía

y amorosos la erizan blandamente.


Ella es el astro de mi noche eterna:

su limpia luz, en mi interior, se expande

como el lampo del sol en la caverna.


Yo la adoro. La adoro sin medida,

con un amor como ninguno, grande:

grande a pesar de que me dio la vida.



Astro del alma[editar]





En la ojera profunda,

fría y amoratada,

que de mi muerta madre idolatrada

el ya rígido párpado circunda,

la postrimera lágrima estancada

vive y la yerta cavidad inunda.


Y esa lágrima quieta

allí, sola y brillante,

como un vivo diamante

entre un cáliz marchito de violeta,

copia, como un espejo,

los confusos contornos de la alcoba

de la muerta, que duerme ante el reflejo

de un cirio, sobre un lecho de caoba.


Estoy solo... con ella;

un deseo tenaz mi mente azota:

pongo mis labios en la gota aquélla

y me bebo la gota.

Hoy esa gota en mi alma es una estrella.



Ave gris[editar]





¿De la pared la escala suspendida?

¡y al pie de la pared... tú y yo, mi vida!


En la triste y desierta

soledad de los ámbitos azules,

como una novia muerta,

la blanca luna entre nevados tules.


¡Silencio, ni un ruido,

mudo el viento en los árboles, dormido!


Tú, mustia y temblorosa,

como el pétalo casi desprendido

del cáliz de una rosa.


¿Después? las explosiones

del amor, tanto tiempo comprimido,

¡en nuestros anhelantes corazones!


¡El vértigo!... ¡Los éxtasis profundos!...

debajo de la noche y de los mundos!

Luego... un ave cruza

el aire, que nos mira y lanza un grito:

una enorme lechuza,

que se pierde en el lóbrego infinito.


Tú, que huyes asustada;

yo, ¿qué subo la escala y luego? ¡nada!


Hoy ha cambiado todo,

¡oh niña, y de qué modo!


El espantoso olvido

como pájaro lúgubre e inquieto,

en la noche de tu alma se ha cernido.


¡Sabes que soy discreto

y que nunca hablaré de tu secreto!


Más, no sabes, ignoras,

¡cuán amargas y tristes son mis horas!


¡No sabes que me río

y que me estoy muriendo, á pesar mío!

Más no importa; que cante

de alegría tú nuevo y dulce amante.


De tu honor ostentando los tesoros

hoy por la senda de tu amado cruzas,

porque sabes muy bien... que hablan los

loros,

¡pero no las lechuzas!



De cabeza[editar]





Va cayendo, cayendo en el abismo

de la noche sin fin, el ángel reo;

del espacio profundo en el mutismo

se escucha su satánico aleteo.


Nada detiene al trágico querube

en su descenso del eterno día;

¡nada!... ¡nada!... ¡ni un astro, ni una nube!

¡Sola siempre la bóveda vacía!


Los siglos al pasar, y los milenios

secaron en su mente el fuego sacro;

mas, lleva de su cráneo entre los senos,

de su vil rebelión, el simulacro.


Por eso, al traspasar los universos,

como agotado por feroz instinto,

con el torvo mirar de los perversos,

torna los ojos al edén extinto.


Y amenaza los cielos y los mundos

su recia mano que la rabia crispa,

y salta de sus ojos furibundos

del odio insano, la incendiaria chispa.


¡Mas, nada altera su caída, nada!

Y en medio de la sombra, el gran proscrito,

con la cabeza formidable, horada

¡la silenciosa paz del infinito!



Dulce veneno[editar]





¿Luego me dijo:? Aun cuando mi alma

anhele

la virtud y odie la maldad y el vicio,

ya ves, mi triste corazón se duele,

al contemplar el hondo precipicio

á donde el hado sin cesar me impele.


Con mi carga de amor y desconsuelo

voy á un próximo fin, paso entre paso,

rueda mi llanto hasta mojar el suelo

y miro dulcemente hacía mi ocaso

al ver la muda impavidez del cielo.


¡Ah, sí acortar pudiera a jornada!

Es tan dura y tan grande mi fatiga,

mi senda tan oscura y desolada,

¡que quisiera morir!... Hoy nada, nada

fuera de ti, mi corazón mitiga!


¡Y yo te estoy matando!... ¡Oh, sí! mis besos

¿te envenenan? en largo paroxismo

quedas tras tus eróticos excesos;

cuando en mi boca están tus labios presos,

¡tu boca está en la boca de un abismo!»


¿Yo exclamé: «Morir quieres? En el seno

tú, mi cabeza, al espirar, coloca;

¿y después? si es verdad que es un veneno

de tu boca la miel, yo también peno,

¡mátame con la miel que hay en tu boca!»


Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,

transfigurada, y llena de ternura

puso en mi labio el suyo, hecho de rosa,

y en una tregua larga y silenciosa,

¡lloramos de dolor y de ventura!



En el salón[editar]





En tu melena, de la noche habita,

temblaba una opulenta margarita

como un astro fragante entre la sombra;

de pronto, con tristeza,

doblaste la cabeza

y rodó la alta flor sobre la alfombra.

Sin verla diste un paso

y la flor destrozaste blandamente

con tu escarpín de refulgente raso.

Yo, que aquello miraba, de repente,

con angustia infinita,

al ver que la tortura deliciosa

se alargaba de aquella flor hermosa,

con voz que estrangulaba mi garganta

dije á la flor ya exánime y marchita:

«¡¿Quién fuera tú? dichosa margarita,

¿Para morir así? bajo su planta!»



Fulminado[editar]





¡Vibras, rayo! La muerte va contigo;

tronchas el árbol y huye tu reflejo;

las aves lloran al frondoso amigo;

¿cómo no han de llorar al árbol viejo

que les dio sombra y bienestar abrigo?


¡Salta el rayo en la nube! Alfanje de oro,

raja el ámbito negro y atraviesa

el abismo; desciende á la dehesa

y hundese en el testuz del viejo toro.


Tras el brusco esplendor del meteoro,

del verde llano á la montaña espesa

el trueno pasa retumbando!... Y cesa

de la borrasca el fecundante lloro.


El huracán, terrible y altanero,

cierra sus fauces lúgubres; ya nada

se mueve. En el cenit brilla un lucero.


Y desde la llanura dilatada,

sube, como un reproche lastimero,

¡la gran lamentación de la vacada!



La gran tristeza[editar]





Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta,

sobre un lúgubre páramo tendida;

a trechos, de algas lívidas cubierta,

ni un árbol, ni una flor, todo sin vida,

todo sin alma en la extensión desierta.


Un punto blanco sobre el agua muda,

sobre aquella agua de esplendor desnuda

se ve brillar en el confín lejano:

es una garza inconsolable, viuda,

que emerge como un lirio del pantano.


¿Entre aquella agua, y en lo más distante,

esa ave taciturna en qué medita?

No ha sacudido el ala un solo instante,

y allí parece un vivo interrogante

que interroga a la bóveda infinita.


Ave triste, responde: ¿Alguna tarde

en que rasgabas el azul de Enero

con tu amante feliz, haciendo alarde

de tu blancura, el cazador cobarde

hirió de muerte al dulce compañero?


¿O fue que al pie del saucedal frondoso,

donde con él soñabas y dormías,

al recio empuje de huracán furioso,

rodó en las sombras el alado esposo

sobre las secas hojarascas frías?


¿O fue que huyó el ingrato, abandonando

nido y amor, por otras compañeras,

y tú, cansada de buscarlo, amando

como siempre, lo esperas sollozando,

o perdida la fe... ya no lo esperas?


Dime: ¿Bajo la nada de los cielos,

alguna noche la tormenta impía

cayó sobre el juncal, y entre los velos

de la niebla, sin vida tus polluelos

flotaron sobre el agua... al otro día?

¿Por qué ocultas ahora la cabeza

en el rincón del ala entumecida?

¡Oh, cuán solos estamos! Ves, ya empieza

a anochecer: Qué iguales nuestras vidas...

Nuestra desolación... Nuestra tristeza.


¿Por qué callas? La tarde expira, llueve,

y la lluvia tenaz deslustra y moja

tu acolchado plumón de raso y nieve,

¡huérfano soy...!

La garza no se mueve...

y el sol, ha muerto entre su fragua roja.



Mi tumba[editar]





Cuando yo expire, a la empinada sierra

transportad mi cadáver y en la cumbre,

no lo arrojéis debajo de la tierra,

sino encima... del sol bajo la lumbre.


Donde me cante el impetuoso viento

sus largos deprofundis y mi caja

mortuoria sea un risco, el firmamento

mi capilla y la nieve mi mortaja.


En donde para honrar el mustio rastro

de lo que fui, cuando en la vida estuve,

tenga por cirio funeral, un astro

y por incienso místico, una nube.


Donde para que rabien los humanos

que arrastran sus envidias por el suelo,

me devoren, en vez de los gusanos,

los buitres y las águilas del cielo.



Oro en polvo[editar]





¡Quién fuera mariposa!

Flor del aire, luciente y fugitiva;

envidio esa existencia temblorosa,

que siempre en pago de la miel que liba,

deja un polvo de oro en cada rosa.



Resurrecciones[editar]





Algo se muere en mí todos los días;

del tiempo en la insonora catarata,

la hora que se aleja, me arrebata

salud, amor, ensueños y alegrías.


Al evocar las ilusiones mías,

pienso: «¡Yo, no soy yo!» ¿Por qué,

insensata,

la misma vida con su soplo mata

mi antiguo ser, tras lentas agonías?


Soy un extraño ante mis propios ojos,

un nuevo soñador, un peregrino

que ayer pisaba flores y hoy... abrojos.


Y en todo instante, es tal mi desconcierto,

que ante mi muerte próxima, imagino

que muchas veces en la vida... he muerto.



Un diagnóstico[editar]





En el sucio rincón de una taberna

fría y desmantelada,

semejante á una lóbrega caverna,

Jorge, el más distinguido camarada,


una noche lluviosa nos decía

furioso, hecho una sopa:

«Tres meses há que á la adorada mía

le jure no tomarme ni una copa.


Ella, en cambio postrándose de hinojos,

con un amor profundo

juróme, por las niñas de sus ojos,

serme fiel y constante en este mundo.


Y esta noche, ¡Dios mío! en que apretura

¡me he visto y en qué potro!

A esa mujer, a quien soñé tan pura,

¡la he encontrado besándose con otro!


Más, no importa; vosotros compañeros,

que sabéis que yo pago

la infamia, como pocos caballeros,

mi juramento cumpliré: ¡Ni un trago!»


¡Y al decir esto, en su pestaña rubia,

brilló una gota clara,

una gota, que luego fue una lluvia,

que rodó largo tiempo en su cara!


y era verdad: en más de treinta días

no habíamos logrado,

e todas nuestras tristes alegrías,

hacer beber al noble enamorado.


Más, de pronto, el buen Jorge, irguióse

altivo,

dióse un golpe en la frente

y exclamo, –á su pesar–, ¿Para qué vivo?

Si ¡ella! ¡mintió... salud! ¡Dadme...

aguardiente!


¿La copa alzó, brindó por el dios Baco,

lanzó una carcajada?

y rodó, por el suelo, como un saco

rígido y mustio el joven camarada.

Grande fue la sorpresa...En un momento

estuvo en nuestros brazos

al ver tal explosión de sentimientos

en aquel corazón, hecho pedazos,


–¡Un medico! gritamos; por ventura

un médico pasaba,

entró, tocóle el pulso con premura

y en tanto que á su faz, ínfulas daba,


exclamó alegremente: –«¡Esto no es cosa!

¡Nada!... ¡Pobre muchacho!

Que le traigan café, mientras reposa,

y lo dejen dormir. ¡Esta borracho!»–



Al mar caribe[editar]





«Aquí estás, a mis plantas, tembloroso,

tendida al ronco viento la melena

blanca y azul; tu aliento de coloso

alza hasta mí la movediza arena.


Y te oigo respirar, monstruo gigante,

que a los siglos atado te estremeces

con estremecimientos de bacante.


Ya que al fin a mis ojos apareces,

inmensamente triste,

con tus espumas níveas y tus olas

que de púrpura y oro el sol reviste,

voy a contarte mi secreto a solas».


Así le dije al mar y con sentida

voz, le conté el desastre de mi vida.


Y al conocer mi negra desventura,

–«¡Hombre! –exclamó con dolorido acento–

soy grande, pero más es tu tormento;

soy hondo, pero más es tu amargura».


Y en el propio momento,

en que bajaba la tiniebla oscura

y yo... como un espectro me alejaba,

a merced de una ráfaga de viento,

me pareció que el monstruo sollozaba.



Aún[editar]





Mil veces me engañó; más de mil veces

abrió en mi corazón sangrienta herida;

de los celos, la copa desabrida,

me hizo beber hasta agotar las heces.


Fue en mi vida, con todos sus dobleces,

la causa de mi angustia –no extinguida–

aunque, ¡pobre de mí! toda la vida

su mentiroso amor... pagué con creces.


Los tiempos han pasado; ya su boca

no me da sus caricias, no me abrasa

el fuego de sus ósculos de loca;


y sin embargo mi pasión persiste...

pues, cuando a veces por mi senda pasa,

¡me alejo mudo, cabizbajo y triste!



Castigo[editar]





Dos puñales agudos

templados al fuego,

yo quisiera clavarte en los ojos,

azules y grandes rincones del cielo;

sacar los puñales

¿después, los terribles puñales de acero,

y ver en tus cuencas vacías y oscuras

resbalar dos raudales sangrientos?

Y ver los abismos

helados y negros,

que á través del cristal de esos ojos

(extintos á tiempo)

volcaron desdenes y rayos de ira

¡en estos los míos de lágrimas llenos!...

Ventanas obscuras en donde se asoma

Mi espíritu enfermo.


Quiero castigarlos

con castigo eterno,

sólo por haberle negado á mi noche

¡su luz, siendo limpios y ardientes luceros!

Quiero ver tu alma

Entonces en esos

rincones azules, de pronto trocados

¡en dos agujeros!


Pero más quisiera clavarte esos ojos

puñales de fuego

por ver un eclipse,

¡¿qué trágico eclipse? un eclipse de cielo!



Deshielo[editar]





Nunca mayor quietud se vio en la muerte;

ni frio más glacial que el de esa mano

que tú alargaste al expirar, en vano

¡y que cayó en las sabanas, inerte!


¡Ah... yo no estaba allí! Mi aciaga suerte,

no quiso que en el trance soberano,

cuando tú entrabas en el hondo arcano,

¡Yo pudiera estrecharte... y retenerte!


Al llegar, me atrajeron tus despojos;

cogí esa mano espiritual y breve

¡y la junte á mis labios y á mis ojos!...


Y en ella, al ver, mi llanto que corría,

pensé que aquella mano, hecha de nieve,

¡de mi boca al calor...se derretía!



En el cementerio[editar]





Cuando todos se alejaron de la blanca tumba

aquella,

donde sola, muda y fría

¡se quedaba ella... ella...!

¡La adorada muerta mía!


Al ver toda su hermosura

para siempre desligada

de mi vida

y escondida

en la callada

sepultura,


con terrible voz, que aún oigo, grité:

«Muerte despiadada,

díme, ¿toda su belleza tornaráse en polvo?

Díme,

para el sér que implora y gime,

al final qué queda entonces de esta trágica

jornada».


Pero nadie respondía;

sólo el eco repetía

el final de aquella frase: ¡nada...! ¡nada...!

¡nada...! ¡nada...!



En la barca[editar]





¿No me hables esta noche; sólo ansío

que me beses y abraces con locura;

que se junte tu labio con el mío;

que mis brazos opriman tu cintura

y que cierres los ojos? ¡tengo frío!


No me hables esta noche ¡oh mi adorada!

Yo sólo quiero en medio del reposo,

el ardor de tu carne sonrosada,

el roce de tu mano delicada

¡y el ámbar de tu aliento capitoso!


¡Así!... ¡junta mi cuerpo con el tuyo!...

¡Así!... ¡tiembla, mujer, como la ola

que riza el viento!... ¿Mira: oscura y sola

está la noche? ¿Mira: ni un cocuyo

nos alumbra? ¡no me hables... Lola... lola!


¡Háblame ya; no más... abre los ojos!

y vosotras, pasad, horas tranquilas,

mientras ella revive mis antojos,

con el murmullo de sus labios rojos

¡y con el fuego azul de sus pupilas!



Himno a la aurora[editar]





Celestial mariposa

de alas tenues y grandes

teñidas de oro y rosas:

tú, que en el amplio cielo,

tras del enorme boa de los Andes

¡alzas el blando y luminoso vuelo!


¿De qué jardín sublime

vienes, divina mariposa? Dime,

¿en qué sidéreo broche

libas la miel que te alimenta? ¿Acaso

tus luengas alas de luciente raso,

batiste en los jardines de la noche?


¿En qué flores de luces infinitas

Saciaste tus anhelos?

¿Tal vez en las radiantes margaritas

que se abren en los surcos de los cielos?


¿Ya que los horizontes

llenos de luz y galas

y derramas en mar, valles y montes

todo el dorado polvo de tus alas?


¡Celestial mariposa!

Vén, y tus remos en mis sienes posa;

desciende al pobre mundo

de tu verjel profundo,

antes de que en los giros de tus vuelos,

¡te quemes en la antorcha de los cielos!



Lejos (Cardos y lírios)[editar]





De cuando en cuando, un hálito de fuego,

llega hasta mí y el corazón me abrasa;

quema mi frente pensativa y pasa

como un aroma por mis labios, luego.


¿Pierde entonces mi espíritu el sosiego

y huye de mí? los ámbitos traspasa

y llega hasta la verja de tu casa

donde escuche al partir... t´último ruego!


Aquel, «¡No me abandones!» que dijiste

con tus labios pegados á mi boca,

la postrera mañana en que me viste.


Y lleno de dolor, comprendo al punto,

que aquel hálito ardiente que me toca,

es el alma de aquel... beso difunto!



Nana[editar]





Su pupila, que embriaga y centellea,

deja en mi corazón como ígneo rastro,

no el fulgor diafanísimo del astro,

sino el fulgor siniestro de la tea.


Sin embargo la adora. Luz febea

trasudan sus contornos de alabastro;

y yo, á sus pies, frenético, me arrastro

como el reptil que en el jaral babea.


¡En dónde estabas Dios, que no pudiste

detener á esa pálida criatura

en camino tan áspero y tan triste!


¡Si casta fue, puesto que fue tu hechura,

por qué la abandonaste! ¿y la hiciste,

la hiciste acaso para verla impura?



Resonancias[editar]





¡Trueno!... Enorme alarido

de la negrura desgarrada, fiera

voz del gran nubarrón, que, suspendido

de azul, mancha la infinita esfera:

¡yo aplaudo tu estallido!


Hijo del rayo torvo, d´ese inicuo

devastador que ciegamente mata

con su visaje lúgubre y oblicuo

cuando el ciclón su cólera desata:

¡tu fragor me enajena y me arrebata!


¿De qué caverna del abismo sales?

De qué confín remoto

vienes y á que rincones siderales

¿llevas tu inmensa voz de terremoto?


Tu largo y poderoso tableteo,

que asorda el horizonte,

no me infunde pavor, sino deseo

de ver tu carro bronco y giganteo

¡despeñarse y rodar de monte en monte!


Atambor soberano

del gran combate negro

de los hondos azules:

de cielo y océano:

¡cuando te oigo, me alegro!


Cuando atraviesas los rugosos tules

de las nubes plomizas,

semejantes á lívidos montones

de apretadas cenizas,

rotos por los soberbios aquilones

del rayo entre las ráfagas rojizas,

gozo tanto al oírte,

como la ola que la espuma esmalta

y muge y corre y se encabrita y salta

¡sin que le importe la traidora sirte!


Al escucharte gozo,

porque tu voz es signo de bonanza;

nada importa el destrozo

¡mientras brille el fanal de la esperanza!


Tu voz, pasma y aterra,

¡pero á mi no!... ¿Pues sé que tras la lluvia,

como tras los estruendos de la guerra,

la dulce mies del pan? será más rubia

¿Y el hombre? ¡algo mejor sobre la tierra!


Esta es la versión para imprimir de Cardos y lirios.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada




A mi madre[editar]





Todavía el Dolor ara en su frente;

se humedecen sus ojos todavía;

sus ojos, ¡ay! donde también el día

radió como en las cumbres del oriente.


Huyen las tempestades de mi mente

cuando los dedos de su mano fría,

se hunden, temblando, en la melena mía

y amorosos la erizan blandamente.


Ella es el astro de mi noche eterna:

su limpia luz, en mi interior, se expande

como el lampo del sol en la caverna.


Yo la adoro. La adoro sin medida,

con un amor como ninguno, grande:

grande a pesar de que me dio la vida.



Astro del alma[editar]





En la ojera profunda,

fría y amoratada,

que de mi muerta madre idolatrada

el ya rígido párpado circunda,

la postrimera lágrima estancada

vive y la yerta cavidad inunda.


Y esa lágrima quieta

allí, sola y brillante,

como un vivo diamante

entre un cáliz marchito de violeta,

copia, como un espejo,

los confusos contornos de la alcoba

de la muerta, que duerme ante el reflejo

de un cirio, sobre un lecho de caoba.


Estoy solo... con ella;

un deseo tenaz mi mente azota:

pongo mis labios en la gota aquélla

y me bebo la gota.

Hoy esa gota en mi alma es una estrella.



Ave gris[editar]





¿De la pared la escala suspendida?

¡y al pie de la pared... tú y yo, mi vida!


En la triste y desierta

soledad de los ámbitos azules,

como una novia muerta,

la blanca luna entre nevados tules.


¡Silencio, ni un ruido,

mudo el viento en los árboles, dormido!


Tú, mustia y temblorosa,

como el pétalo casi desprendido

del cáliz de una rosa.


¿Después? las explosiones

del amor, tanto tiempo comprimido,

¡en nuestros anhelantes corazones!


¡El vértigo!... ¡Los éxtasis profundos!...

debajo de la noche y de los mundos!

Luego... un ave cruza

el aire, que nos mira y lanza un grito:

una enorme lechuza,

que se pierde en el lóbrego infinito.


Tú, que huyes asustada;

yo, ¿qué subo la escala y luego? ¡nada!


Hoy ha cambiado todo,

¡oh niña, y de qué modo!


El espantoso olvido

como pájaro lúgubre e inquieto,

en la noche de tu alma se ha cernido.


¡Sabes que soy discreto

y que nunca hablaré de tu secreto!


Más, no sabes, ignoras,

¡cuán amargas y tristes son mis horas!


¡No sabes que me río

y que me estoy muriendo, á pesar mío!

Más no importa; que cante

de alegría tú nuevo y dulce amante.


De tu honor ostentando los tesoros

hoy por la senda de tu amado cruzas,

porque sabes muy bien... que hablan los

loros,

¡pero no las lechuzas!



De cabeza[editar]





Va cayendo, cayendo en el abismo

de la noche sin fin, el ángel reo;

del espacio profundo en el mutismo

se escucha su satánico aleteo.


Nada detiene al trágico querube

en su descenso del eterno día;

¡nada!... ¡nada!... ¡ni un astro, ni una nube!

¡Sola siempre la bóveda vacía!


Los siglos al pasar, y los milenios

secaron en su mente el fuego sacro;

mas, lleva de su cráneo entre los senos,

de su vil rebelión, el simulacro.


Por eso, al traspasar los universos,

como agotado por feroz instinto,

con el torvo mirar de los perversos,

torna los ojos al edén extinto.


Y amenaza los cielos y los mundos

su recia mano que la rabia crispa,

y salta de sus ojos furibundos

del odio insano, la incendiaria chispa.


¡Mas, nada altera su caída, nada!

Y en medio de la sombra, el gran proscrito,

con la cabeza formidable, horada

¡la silenciosa paz del infinito!



Dulce veneno[editar]





¿Luego me dijo:? Aun cuando mi alma

anhele

la virtud y odie la maldad y el vicio,

ya ves, mi triste corazón se duele,

al contemplar el hondo precipicio

á donde el hado sin cesar me impele.


Con mi carga de amor y desconsuelo

voy á un próximo fin, paso entre paso,

rueda mi llanto hasta mojar el suelo

y miro dulcemente hacía mi ocaso

al ver la muda impavidez del cielo.


¡Ah, sí acortar pudiera a jornada!

Es tan dura y tan grande mi fatiga,

mi senda tan oscura y desolada,

¡que quisiera morir!... Hoy nada, nada

fuera de ti, mi corazón mitiga!


¡Y yo te estoy matando!... ¡Oh, sí! mis besos

¿te envenenan? en largo paroxismo

quedas tras tus eróticos excesos;

cuando en mi boca están tus labios presos,

¡tu boca está en la boca de un abismo!»


¿Yo exclamé: «Morir quieres? En el seno

tú, mi cabeza, al espirar, coloca;

¿y después? si es verdad que es un veneno

de tu boca la miel, yo también peno,

¡mátame con la miel que hay en tu boca!»


Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,

transfigurada, y llena de ternura

puso en mi labio el suyo, hecho de rosa,

y en una tregua larga y silenciosa,

¡lloramos de dolor y de ventura!



En el salón[editar]





En tu melena, de la noche habita,

temblaba una opulenta margarita

como un astro fragante entre la sombra;

de pronto, con tristeza,

doblaste la cabeza

y rodó la alta flor sobre la alfombra.

Sin verla diste un paso

y la flor destrozaste blandamente

con tu escarpín de refulgente raso.

Yo, que aquello miraba, de repente,

con angustia infinita,

al ver que la tortura deliciosa

se alargaba de aquella flor hermosa,

con voz que estrangulaba mi garganta

dije á la flor ya exánime y marchita:

«¡¿Quién fuera tú? dichosa margarita,

¿Para morir así? bajo su planta!»



Fulminado[editar]





¡Vibras, rayo! La muerte va contigo;

tronchas el árbol y huye tu reflejo;

las aves lloran al frondoso amigo;

¿cómo no han de llorar al árbol viejo

que les dio sombra y bienestar abrigo?


¡Salta el rayo en la nube! Alfanje de oro,

raja el ámbito negro y atraviesa

el abismo; desciende á la dehesa

y hundese en el testuz del viejo toro.


Tras el brusco esplendor del meteoro,

del verde llano á la montaña espesa

el trueno pasa retumbando!... Y cesa

de la borrasca el fecundante lloro.


El huracán, terrible y altanero,

cierra sus fauces lúgubres; ya nada

se mueve. En el cenit brilla un lucero.


Y desde la llanura dilatada,

sube, como un reproche lastimero,

¡la gran lamentación de la vacada!



La gran tristeza[editar]





Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta,

sobre un lúgubre páramo tendida;

a trechos, de algas lívidas cubierta,

ni un árbol, ni una flor, todo sin vida,

todo sin alma en la extensión desierta.


Un punto blanco sobre el agua muda,

sobre aquella agua de esplendor desnuda

se ve brillar en el confín lejano:

es una garza inconsolable, viuda,

que emerge como un lirio del pantano.


¿Entre aquella agua, y en lo más distante,

esa ave taciturna en qué medita?

No ha sacudido el ala un solo instante,

y allí parece un vivo interrogante

que interroga a la bóveda infinita.


Ave triste, responde: ¿Alguna tarde

en que rasgabas el azul de Enero

con tu amante feliz, haciendo alarde

de tu blancura, el cazador cobarde

hirió de muerte al dulce compañero?


¿O fue que al pie del saucedal frondoso,

donde con él soñabas y dormías,

al recio empuje de huracán furioso,

rodó en las sombras el alado esposo

sobre las secas hojarascas frías?


¿O fue que huyó el ingrato, abandonando

nido y amor, por otras compañeras,

y tú, cansada de buscarlo, amando

como siempre, lo esperas sollozando,

o perdida la fe... ya no lo esperas?


Dime: ¿Bajo la nada de los cielos,

alguna noche la tormenta impía

cayó sobre el juncal, y entre los velos

de la niebla, sin vida tus polluelos

flotaron sobre el agua... al otro día?

¿Por qué ocultas ahora la cabeza

en el rincón del ala entumecida?

¡Oh, cuán solos estamos! Ves, ya empieza

a anochecer: Qué iguales nuestras vidas...

Nuestra desolación... Nuestra tristeza.


¿Por qué callas? La tarde expira, llueve,

y la lluvia tenaz deslustra y moja

tu acolchado plumón de raso y nieve,

¡huérfano soy...!

La garza no se mueve...

y el sol, ha muerto entre su fragua roja.



Mi tumba[editar]





Cuando yo expire, a la empinada sierra

transportad mi cadáver y en la cumbre,

no lo arrojéis debajo de la tierra,

sino encima... del sol bajo la lumbre.


Donde me cante el impetuoso viento

sus largos deprofundis y mi caja

mortuoria sea un risco, el firmamento

mi capilla y la nieve mi mortaja.


En donde para honrar el mustio rastro

de lo que fui, cuando en la vida estuve,

tenga por cirio funeral, un astro

y por incienso místico, una nube.


Donde para que rabien los humanos

que arrastran sus envidias por el suelo,

me devoren, en vez de los gusanos,

los buitres y las águilas del cielo.



Oro en polvo[editar]





¡Quién fuera mariposa!

Flor del aire, luciente y fugitiva;

envidio esa existencia temblorosa,

que siempre en pago de la miel que liba,

deja un polvo de oro en cada rosa.



Resurrecciones[editar]





Algo se muere en mí todos los días;

del tiempo en la insonora catarata,

la hora que se aleja, me arrebata

salud, amor, ensueños y alegrías.


Al evocar las ilusiones mías,

pienso: «¡Yo, no soy yo!» ¿Por qué,

insensata,

la misma vida con su soplo mata

mi antiguo ser, tras lentas agonías?


Soy un extraño ante mis propios ojos,

un nuevo soñador, un peregrino

que ayer pisaba flores y hoy... abrojos.


Y en todo instante, es tal mi desconcierto,

que ante mi muerte próxima, imagino

que muchas veces en la vida... he muerto.



Un diagnóstico[editar]





En el sucio rincón de una taberna

fría y desmantelada,

semejante á una lóbrega caverna,

Jorge, el más distinguido camarada,


una noche lluviosa nos decía

furioso, hecho una sopa:

«Tres meses há que á la adorada mía

le jure no tomarme ni una copa.


Ella, en cambio postrándose de hinojos,

con un amor profundo

juróme, por las niñas de sus ojos,

serme fiel y constante en este mundo.


Y esta noche, ¡Dios mío! en que apretura

¡me he visto y en qué potro!

A esa mujer, a quien soñé tan pura,

¡la he encontrado besándose con otro!


Más, no importa; vosotros compañeros,

que sabéis que yo pago

la infamia, como pocos caballeros,

mi juramento cumpliré: ¡Ni un trago!»


¡Y al decir esto, en su pestaña rubia,

brilló una gota clara,

una gota, que luego fue una lluvia,

que rodó largo tiempo en su cara!


y era verdad: en más de treinta días

no habíamos logrado,

e todas nuestras tristes alegrías,

hacer beber al noble enamorado.


Más, de pronto, el buen Jorge, irguióse

altivo,

dióse un golpe en la frente

y exclamo, –á su pesar–, ¿Para qué vivo?

Si ¡ella! ¡mintió... salud! ¡Dadme...

aguardiente!


¿La copa alzó, brindó por el dios Baco,

lanzó una carcajada?

y rodó, por el suelo, como un saco

rígido y mustio el joven camarada.

Grande fue la sorpresa...En un momento

estuvo en nuestros brazos

al ver tal explosión de sentimientos

en aquel corazón, hecho pedazos,


–¡Un medico! gritamos; por ventura

un médico pasaba,

entró, tocóle el pulso con premura

y en tanto que á su faz, ínfulas daba,


exclamó alegremente: –«¡Esto no es cosa!

¡Nada!... ¡Pobre muchacho!

Que le traigan café, mientras reposa,

y lo dejen dormir. ¡Esta borracho!»–



Al mar caribe[editar]





«Aquí estás, a mis plantas, tembloroso,

tendida al ronco viento la melena

blanca y azul; tu aliento de coloso

alza hasta mí la movediza arena.


Y te oigo respirar, monstruo gigante,

que a los siglos atado te estremeces

con estremecimientos de bacante.


Ya que al fin a mis ojos apareces,

inmensamente triste,

con tus espumas níveas y tus olas

que de púrpura y oro el sol reviste,

voy a contarte mi secreto a solas».


Así le dije al mar y con sentida

voz, le conté el desastre de mi vida.


Y al conocer mi negra desventura,

–«¡Hombre! –exclamó con dolorido acento–

soy grande, pero más es tu tormento;

soy hondo, pero más es tu amargura».


Y en el propio momento,

en que bajaba la tiniebla oscura

y yo... como un espectro me alejaba,

a merced de una ráfaga de viento,

me pareció que el monstruo sollozaba.



Aún[editar]





Mil veces me engañó; más de mil veces

abrió en mi corazón sangrienta herida;

de los celos, la copa desabrida,

me hizo beber hasta agotar las heces.


Fue en mi vida, con todos sus dobleces,

la causa de mi angustia –no extinguida–

aunque, ¡pobre de mí! toda la vida

su mentiroso amor... pagué con creces.


Los tiempos han pasado; ya su boca

no me da sus caricias, no me abrasa

el fuego de sus ósculos de loca;


y sin embargo mi pasión persiste...

pues, cuando a veces por mi senda pasa,

¡me alejo mudo, cabizbajo y triste!



Castigo[editar]





Dos puñales agudos

templados al fuego,

yo quisiera clavarte en los ojos,

azules y grandes rincones del cielo;

sacar los puñales

¿después, los terribles puñales de acero,

y ver en tus cuencas vacías y oscuras

resbalar dos raudales sangrientos?

Y ver los abismos

helados y negros,

que á través del cristal de esos ojos

(extintos á tiempo)

volcaron desdenes y rayos de ira

¡en estos los míos de lágrimas llenos!...

Ventanas obscuras en donde se asoma

Mi espíritu enfermo.


Quiero castigarlos

con castigo eterno,

sólo por haberle negado á mi noche

¡su luz, siendo limpios y ardientes luceros!

Quiero ver tu alma

Entonces en esos

rincones azules, de pronto trocados

¡en dos agujeros!


Pero más quisiera clavarte esos ojos

puñales de fuego

por ver un eclipse,

¡¿qué trágico eclipse? un eclipse de cielo!



Deshielo[editar]





Nunca mayor quietud se vio en la muerte;

ni frio más glacial que el de esa mano

que tú alargaste al expirar, en vano

¡y que cayó en las sabanas, inerte!


¡Ah... yo no estaba allí! Mi aciaga suerte,

no quiso que en el trance soberano,

cuando tú entrabas en el hondo arcano,

¡Yo pudiera estrecharte... y retenerte!


Al llegar, me atrajeron tus despojos;

cogí esa mano espiritual y breve

¡y la junte á mis labios y á mis ojos!...


Y en ella, al ver, mi llanto que corría,

pensé que aquella mano, hecha de nieve,

¡de mi boca al calor...se derretía!



En el cementerio[editar]





Cuando todos se alejaron de la blanca tumba

aquella,

donde sola, muda y fría

¡se quedaba ella... ella...!

¡La adorada muerta mía!


Al ver toda su hermosura

para siempre desligada

de mi vida

y escondida

en la callada

sepultura,


con terrible voz, que aún oigo, grité:

«Muerte despiadada,

díme, ¿toda su belleza tornaráse en polvo?

Díme,

para el sér que implora y gime,

al final qué queda entonces de esta trágica

jornada».


Pero nadie respondía;

sólo el eco repetía

el final de aquella frase: ¡nada...! ¡nada...!

¡nada...! ¡nada...!



En la barca[editar]





¿No me hables esta noche; sólo ansío

que me beses y abraces con locura;

que se junte tu labio con el mío;

que mis brazos opriman tu cintura

y que cierres los ojos? ¡tengo frío!


No me hables esta noche ¡oh mi adorada!

Yo sólo quiero en medio del reposo,

el ardor de tu carne sonrosada,

el roce de tu mano delicada

¡y el ámbar de tu aliento capitoso!


¡Así!... ¡junta mi cuerpo con el tuyo!...

¡Así!... ¡tiembla, mujer, como la ola

que riza el viento!... ¿Mira: oscura y sola

está la noche? ¿Mira: ni un cocuyo

nos alumbra? ¡no me hables... Lola... lola!


¡Háblame ya; no más... abre los ojos!

y vosotras, pasad, horas tranquilas,

mientras ella revive mis antojos,

con el murmullo de sus labios rojos

¡y con el fuego azul de sus pupilas!



Himno a la aurora[editar]





Celestial mariposa

de alas tenues y grandes

teñidas de oro y rosas:

tú, que en el amplio cielo,

tras del enorme boa de los Andes

¡alzas el blando y luminoso vuelo!


¿De qué jardín sublime

vienes, divina mariposa? Dime,

¿en qué sidéreo broche

libas la miel que te alimenta? ¿Acaso

tus luengas alas de luciente raso,

batiste en los jardines de la noche?


¿En qué flores de luces infinitas

Saciaste tus anhelos?

¿Tal vez en las radiantes margaritas

que se abren en los surcos de los cielos?


¿Ya que los horizontes

llenos de luz y galas

y derramas en mar, valles y montes

todo el dorado polvo de tus alas?


¡Celestial mariposa!

Vén, y tus remos en mis sienes posa;

desciende al pobre mundo

de tu verjel profundo,

antes de que en los giros de tus vuelos,

¡te quemes en la antorcha de los cielos!



Lejos (Cardos y lírios)[editar]





De cuando en cuando, un hálito de fuego,

llega hasta mí y el corazón me abrasa;

quema mi frente pensativa y pasa

como un aroma por mis labios, luego.


¿Pierde entonces mi espíritu el sosiego

y huye de mí? los ámbitos traspasa

y llega hasta la verja de tu casa

donde escuche al partir... t´último ruego!


Aquel, «¡No me abandones!» que dijiste

con tus labios pegados á mi boca,

la postrera mañana en que me viste.


Y lleno de dolor, comprendo al punto,

que aquel hálito ardiente que me toca,

es el alma de aquel... beso difunto!



Nana[editar]





Su pupila, que embriaga y centellea,

deja en mi corazón como ígneo rastro,

no el fulgor diafanísimo del astro,

sino el fulgor siniestro de la tea.


Sin embargo la adora. Luz febea

trasudan sus contornos de alabastro;

y yo, á sus pies, frenético, me arrastro

como el reptil que en el jaral babea.


¡En dónde estabas Dios, que no pudiste

detener á esa pálida criatura

en camino tan áspero y tan triste!


¡Si casta fue, puesto que fue tu hechura,

por qué la abandonaste! ¿y la hiciste,

la hiciste acaso para verla impura?



Resonancias[editar]





¡Trueno!... Enorme alarido

de la negrura desgarrada, fiera

voz del gran nubarrón, que, suspendido

de azul, mancha la infinita esfera:

¡yo aplaudo tu estallido!


Hijo del rayo torvo, d´ese inicuo

devastador que ciegamente mata

con su visaje lúgubre y oblicuo

cuando el ciclón su cólera desata:

¡tu fragor me enajena y me arrebata!


¿De qué caverna del abismo sales?

De qué confín remoto

vienes y á que rincones siderales

¿llevas tu inmensa voz de terremoto?


Tu largo y poderoso tableteo,

que asorda el horizonte,

no me infunde pavor, sino deseo

de ver tu carro bronco y giganteo

¡despeñarse y rodar de monte en monte!


Atambor soberano

del gran combate negro

de los hondos azules:

de cielo y océano:

¡cuando te oigo, me alegro!


Cuando atraviesas los rugosos tules

de las nubes plomizas,

semejantes á lívidos montones

de apretadas cenizas,

rotos por los soberbios aquilones

del rayo entre las ráfagas rojizas,

gozo tanto al oírte,

como la ola que la espuma esmalta

y muge y corre y se encabrita y salta

¡sin que le importe la traidora sirte!


Al escucharte gozo,

porque tu voz es signo de bonanza;

nada importa el destrozo

¡mientras brille el fanal de la esperanza!


Tu voz, pasma y aterra,

¡pero á mi no!... ¿Pues sé que tras la lluvia,

como tras los estruendos de la guerra,

la dulce mies del pan? será más rubia

¿Y el hombre? ¡algo mejor sobre la tierra!



Silencio santo[editar]





Trepaba el dulce Redentor, la cumbre

del Gólgota, agobiado por el peso

de la infamante cruz.

La muchedumbre

le cercaba.

De pronto, sonó un beso

en el semblante lívido del justo,

y el que le dio aquel beso, así le dijo

al Nazareno: «augusto

Señor, si está en tu mano,

(pues eres de dios hijo)

secar el océano

y convertir la tierra en humo vano

¿por qué no calmas tu pesar prolijo?


¿En donde están tus rayos y tus truenos,

que sobre tántos míseros sayones

no arrojas? Sus malvados corazones

más que de ira, de ignorancia llenos,

¿por qué no arrancas ó los tornas buenos?

¿A qué el dolor que enerva y asesina?»

Y el Cristo, esa blancura ensangrentada,

que todas nuestras almas ilumina,

como un muerto calló:

No dijo nada augusto



¡Abandonado![editar]





Solo, como un espectro por el mundo

iba, cuando me hallaste y me dijiste:

«¡Refúgiate en mis brazos, hombre triste.

Soy tuya, Soñador Meditabundo!»


Y fuiste mía; sin embargo hoy hundo

la frente en la almohada en que pusiste

tu cabecita núbil... y en que oiste

la serenata de mi amor profundo,


y ya no estás allí. La marejada

del mal, con golpe aleve y tremebundo

te arrojó al lupanar... ¡Desventurada!


Y hoy, mientras haces tú comercio inmundo,

yo prosigo como antes mi jornada,

solo, como un espectro por el mundo.


Silencio santo[editar]





Trepaba el dulce Redentor, la cumbre

del Gólgota, agobiado por el peso

de la infamante cruz.

La muchedumbre

le cercaba.

De pronto, sonó un beso

en el semblante lívido del justo,

y el que le dio aquel beso, así le dijo

al Nazareno: «augusto

Señor, si está en tu mano,

(pues eres de dios hijo)

secar el océano

y convertir la tierra en humo vano

¿por qué no calmas tu pesar prolijo?


¿En donde están tus rayos y tus truenos,

que sobre tántos míseros sayones

no arrojas? Sus malvados corazones

más que de ira, de ignorancia llenos,

¿por qué no arrancas ó los tornas buenos?

¿A qué el dolor que enerva y asesina?»

Y el Cristo, esa blancura ensangrentada,

que todas nuestras almas ilumina,

como un muerto calló:

No dijo nada augusto



¡Abandonado![editar]





Solo, como un espectro por el mundo

iba, cuando me hallaste y me dijiste:

«¡Refúgiate en mis brazos, hombre triste.

Soy tuya, Soñador Meditabundo!»


Y fuiste mía; sin embargo hoy hundo

la frente en la almohada en que pusiste

tu cabecita núbil... y en que oiste

la serenata de mi amor profundo,


y ya no estás allí. La marejada

del mal, con golpe aleve y tremebundo

te arrojó al lupanar... ¡Desventurada!


Y hoy, mientras haces tú comercio inmundo,

yo prosigo como antes mi jornada,

solo, como un espectro por el mundo.


us truenos,

que sobre tántos míseros sayones

no arrojas? Sus malvados corazones

más que de ira, de ignorancia llenos,

¿por qué no arrancas ó los tornas buenos?

¿A qué el dolor que enerva y asesina?»

Y el Cristo, esa blancura ensangrentada,

que todas nuestras almas ilumina,

como un muerto calló:

No dijo nada augusto </poem>



¡Abandonado![editar]





Solo, como un espectro por el mundo

iba, cuando me hallaste y me dijiste:

«¡Refúgiate en mis brazos, hombre triste.

Soy tuya, Soñador Meditabundo!»


Y fuiste mía; sin embargo hoy hundo

la frente en la almohada en que pusiste

tu cabecita núbil... y en que oiste

la serenata de mi amor profundo,


y ya no estás allí. La marejada

del mal, con golpe aleve y tremebundo

te arrojó al lupanar... ¡Desventurada!


Y hoy, mientras haces tú comercio inmundo,

yo prosigo como antes mi jornada,

solo, como un espectro por el mundo.