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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
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... debiendo usted contener esa columna a todo trance.
Dios gde. á usted.


La sombra de un arrayán gigantesco oscurecía aquel párrafo. Transcurrió un silencio que sólo turbaba con su respiración el caballo del chasque. El lector, deletreando un poco, gruñó la firma en tono siniestro: Martín Güemes. Luego, arrugando el papel con violencia y seguido por el otro, se perdió entre los follajes.

Habíanse encontrado en la boca de una quebrada que caía á un valle entre dos cumbres. Al fondo, una nube montaba el horizonte color de grafito que festoneaban rizos de luz. En su centro anchos colores desleídos como lavazas de tintorero revelaban al sol. La base revertía una florescencia de copos que rodaban perezosamente soltándose á manera de lurtes. Una esfumación azul marcaba depresiones entre esos relieves, iluminados por vívidas platas y cítricos lustres sobre los cuales pestañeaban descoloridos relampagueos. Poco duraron semejantes visos, pues el sol poníase ya. Los vapores engrosaban de abajo, fundiéndose en una inflación de algodones. Por un momento el cúmulo, crenado como un artificio arquitectónico, fantaseó en el horizonte un espejismo de inmensos mármoles.

La cinta cerúlea del crepúsculo espadañábase como la cola de un pavo real sobre el firmamento enternecido de rosa, por el cual subía la nube avivando su relampagueo. Semejante tormenta pesaba en la atmósfera como un derrumbe de pirámides. Fermentando polen trascendía la fronda. Una exasperación de vida la encantaba, aturdiendo con el chisporroteo de sus cigarras y haciendo ganguear a los sapos en los fangales.

Así que anochecía, iba amarilleando la nube, ardido su seno por leves fogonazos. Casi absorbida ya en el crepúsculo, invadiéronla tonos morados, y la masa entera livideció al resaltar aquéllos en heces de añil. Sombreose todavía; advino á plúmbea. Brotó de atrás un nuevo copo, culminando sobre su opacidad como un grumo. Más y más desvanecíanse los relieves, que sólo algún relámpago destacaba con fugaz iluminación. El silencio aumentaba al pardear las tinieblas que los árboles absorbían como enormes esponjas. El cénit pintábase de nubarrones, titilando entre ellos sobre una opacidad de aluminio, como gotas de agua las estrellas. Una lechuza pasó chistando. Y á poco la tormenta se fundió del todo en la noche.


Los montoneros habían atisbado por la quebrada el arribo de una fuerza española que acampó en el valle. Rodeada de centinelas, ni encendía fuego ni disponía sus carpas á pesar de la tormenta próxima, preparándose á la tempestuosa velada con una zozobra que no trataba de ocultar.

Noche más ó menos, al fin regresaban. Desde que dejaron á Jujuy en un continuo combate, no correspondían con su cuartel general. Muchos sucumbieron; mas los restantes volvían con algún ganado conforme á su misión. Su único objetivo lo constituía la ciudad, pues las partidas, en incansable ejercicio, les espigaban los flancos. Poco antes de llegar á ese campamento, la hostilidad habíase multiplicado. Fuera de las emboscadas con sus repentes á sable y lazo, de golpe se les declaraba el desierto.

Recorrían leguas y leguas sin oír un rumor humano Las noches transcurrían en la mayor quietud; pero al amanecer, no bien emprendían su jornada, bajo el talón del último hombre prendía un incendio. Por el frente operaba la misma invisible tenacidad. Pedrones derrumbados cerraban las angosturas. Falsas pistas llevaban á engañosos prados donde el garbancillo envenenaba a las bestias. Carroñas de animales y aun de hombres inficionaban las aguadas; los manantiales cavados adrede, cegaban á su paso, viéndose obligados á practicar cacimbas en sus arenas para beber sin peligro. Cierta noche voló una carreta de pólvora, incendiando el parque. Explorada la campiña, sólo descubrieron un brazo quemado, que el consejo de guerra condenó á la horca como un reo.

Mas, fuera de los rebeldes, batallaba con su exuberancia el bosque. Ya eran las parásitas de traidora profusión, ya las telarañas que obstruían el camino columpiando tarántulas como bellotas. Y semejante opulencia aun los embelesaba. Las tripas de fraile alegraban tuberculosos leños con sus auriculares espiras pintadas á la acuarela. Tal soto profundizaba intimidades de salón en frescuras de vergel. Oíase á ratos el golpeteo de las nueces que los monos cascaban; bruscamente enmudecía todo, y momentos después una alharaca inmensa se propagaba por la fronda.

Volaban entonces damasquinados loros, urracas de terciopelo celeste y crema, carpinteros de moño carmesí que tijereteaban el aire á grandes aletadas; y á pesar de vida tan profusa, aquellos bosques amenazaban con la sed. Las jornadas transcurrían sin un manantial. Al principio, cabe las sierras nevadas, los carámbanos de plata azulosa ó de sacarino blancor, suministraban arroyos; pero después, trenzados éstos en ríos, faltaba todo recurso. Desesperábanlos al par cáfilas de bichos. Piques que excavaban en los pies enconosas pústulas, garrapatas cuyos escozores enfurecían hasta la demencia. Y después de todo aquel martirio, las tercianas, acrecentando la calamidad, filtraban en las carnes su consuntivo estrago. Aquella derrota tantalizaba la muerte con la pertinacia de un suicidio.

Muchos hombres llevaban por todo uniforme la gorra, pues la chamarasca se comía calzado y traje. Cadaverizábalos la penuria con rictus macabros. Los semblantes componíanse de una barba hirsuta y un trozo de atezado pellejo que agujereaban dos ojos semejantes á cisternas. El silencio constituía la dignidad de su contraste.

Luego, abundaban otra vez las partidas, siempre gambeteando asechanzas á deshora y al desparramo. Sólo que ya se advertía su escasez de pólvora, pues la correría aniquilábalas también. Flaqueaban los caballos visiblemente y esto era lo que amohinaba más. La escasez de pertrechos no era cosa, pues la suplían peñascos y garrotes; pero la de caballos paralizaba todo a pesar de cualquier decisión. Los chasques corrían á pie avituallándose de coca; para la sed conocían ojos de agua ocultos y las raíces de yacán la suministraban; mas la movilidad de aquel juego que demolía al español sin combatir, reclamaba á la continua caballos de refresco. Tan lo comprendía el enemigo, que se llevaba de trofeo sus patas.

Como las herraduras no iban sino de Tucumán, daban lo despeado por perdido. Los lomos cavados de mataduras no sufrían ni las jergas; los corvejones plagados de alifafes se doblaban con dolorida impotencia. Casi á pie, llevando la tropa enancada, acababan de abastecerlos con una yeguada arisca y un oficio patriótico en que se les encarecía el amor á la libertad...

Pero ni mansos bastaban aquellos seiscientos animales á las partidas concentradas allí. Apremiaban su acción remitiéndoles baguales y reiterando la consabida postdata: "á todo trance". Bonita situación. Con seiscientos animales no alcanzaban á montar ochenta hombres. Para mejor, por no denunciarse con las humaredas habían ayunado. Decidiose un consejo de guerra y los jefes entablaron la discusión, previa orden de que nadie fumase.


Lo noche, entretanto, sobrealzaba sus enormes paredes. De cuando en cuando un relámpago abrazaba en su amplitud oscilante los lindes del panorama. Cerros y bosques traslucían en la sulfúrea iluminación, oyéndose un rato después rumor de tráfagos enormes.

Más se acidulaba el falsete de los grillos. Una ráfaga perdida difluyó tibiezas. En la cima del cúmulo palpitaba sin cortarse una azulosa luminosidad, indicando viento. Abajo, la nube se empreñaba, transparentando, como un tumor sus venas, guías de fuego; mientras su cima reptaba con lentitud vermicular. Los relámpagos se desteñían, vigorizando las siluetas en una flotación visionaria. Después la noche, como un portón que bruscamente empujado reacciona en sus goznes, cerrábase de nuevo.

Todavía brillaba al opuesto lado una estrella. Si antes de salir la luna, los nubarrones cenitales se unían, aguacero seguro. No en balde la víspera aulló tanto el aguará...

Sobre un descampado no distante del boquete donde se hallaban, los caballos, presintiendo la lluvia, tranqueaban despacito, olían el suelo juntas las cabezas, como hablándose. A algunos relumbrábanles los ojos con la extraviada tranquilidad de una llamita bajo el agua. Sesenta jinetes al paso, rondaban el rodeo. Distribuidos en parejas, marchaban incesantemente, á la inversa unos de otros, hasta sus respectivos puntos de partida, haciendo ronda cruzada por lo tormentoso de la noche. Pena de la vida si se escapaba un animal, pues el enemigo dormía allá cerca. Los otros, al abrigo de las matas, en voz baja discurrían.

Los caballos cubiertos de ludias y esparavanes sucumbían a rodo, esto era lo cierto. Como que algunos llevaban más de dos años de soba. Quién los vio y quién los veía! Un lobuno bragado en el que se boleaba avestruces bajo el freno; un peceño frontino, un ruano limpito como una niña...

Recordaban las hierras con sus calenturas de combate, las domas con sus lujos de vigor y sus corcovos cortando el aliento como zampaduras en agua fría. Y en la pelea — los buenos animales — cómo les placía la pólvora y qué lindo se armaban: el ojo de avizora furia, de azogada vivacidad la oreja; como tronera de hornaza las narices, el freno nadando en espuma; tremulantes los encuentros, la enjuta canilla imanada en brío, y todo su ser en potencia de expansión entre las espuelas.

Acobardaba verlos cuando caían heridos y los despenaban degollándolos por economía de pólvora. Contaban de una yegua á la cual se le cayeron las lágrimas, claritas como de niño...

Medio ceceando secreteaban aquello á la noche. La sombra creciente les empuñaba el corazón. Enumeraban las prendas de los animales con fraternal orgullo, describiendo al menudeo sus manchas, sus pelajes, como quien recuerda el último traje doméstico de una hermana recién casada. Y los defectos: tal espantadizo, cual lunanco; uno de vasadura caldeada, otro arisco de abajo y corcoveaba por un soplo en la verija... Y los servicios: trasnochadas por adelantársele al lucero con una serenata; cruzadas de frontera procurando suerte, lejos de la autoridad hostil, apeándose á la tardecita en la raya, del pago para lagrimear inclementes desconsuelos.

Aquellas reflexiones prolongaban el relato de una tragedia. Distinguíase vagamente los ademanes del protagonista que narraba. Mató en buena ley, lo proscribieron y aislose matrereando por las travesías, llegando a las poblaciones para oír voz de gente cada cuatro ó seis semanas. La soledad lo depravó inveterándole el arregosto de la sangre. Por una libra de yerba llegó a degollar pasajeros; y si esquivó las persecuciones, lo debía á su caballo, un cojudo pangaré enseñado como una persona que lo despertaba á relinchos y lo escudaba con su cuerpo. Desenfrenado, dirigíalo á palmadas y con las piernas. Un grito lo desbocaba, otro lo contenía, y aunque goloso de aguardiente, desde una vez que estando bebido lo hizo probar, se conservaba modelo.

Él en persona lo tusaba con su facón, no mezquinándole atavíos; él habíalo adiestrado á usanza toba, cabalgándolo sólo por la derecha, de modo que no se dejaba por la otra mano. Desde luego, á nadie más servía; y esto, en caso de sorpresa, lo salvaba.

Casi con reverencia atendían al narrador, porque lo consideraban el más baqueano durante las noches sobre todo. Nictálope por lo payo, este albinismo realzaba sus condiciones. Así sus manos pecosas cuya epidermis de afrecho blanqueaba en las tinieblas, iban redondeando la narración con movimientos autoritarios.

La plática seguía. Ya con todo deshecho, los hombres sin comer, los caballos no comiendo sino espuela y rebenque, no valía la pena sacrificarse. A esto llegaban! Con el enemigo á discreción y ellos en la impotencia. Mejor era acabar de una vez, despenar toda la mancarronada. Así había que pagarles ¡infelices! cuando cada uno merecía por lo menos un despacho de sargento!...


Grandes relámpagos lavaban el horizonte. Un trueno reventó con claridad insólita su rotundo borbollón de erres y eles. Abajo, como si lo repercutiera, farfulló un iracundo palabreo. Los jefes altercaban. El hombre de por la tarde divergía, pringando de juramentos su discurso. Replicaban los otros con la carestía de menesteres, y el cuchicheo gargarizaba gruñidos.

—Sin caballos!...

—...ni pólvora...

—¡Estamos...

Tronó por segunda vez, y el nasardo del trueno completó la frase barbotando una blasfemia. Muy lejos, en el fin del río de sombra que era la quebrada, se oyó el alerta sucesivo de las escuchas españolas. La tormenta se descolgaba pantalleando sus resplandores; y urgía una solución, pues con los truenos desasosegábanse mucho los animales, y el pavor de las yeguas paridas aumentaba la inquietud. Por dos veces ya, la caballada habíase aprontado á la fuga, dando el anca al viento, los padrillos al frente, las yeguas viejas detrás; y los hombres, dominados, tuvieron que ceder un poco, estirando la ronda, aunque el rodeo remolineaba más y más, y difícilmente le doblarían la punta por tercera vez. Si los animales blancos atraían con su pelaje alguna centella, se armaría la gorda.


Precisamente acababa de convenirse que el primer rayo diera la señal. Cesó el chirrío de los insectos, indicando la inminencia de la borrasca. Un picante frescor adelgazaba el ambiente y empezaba ya á gotear. Los baguales tumulteaban con mayor violencia, mas esto convenía ahora. Pronunciábase en huracán el viento; y apenas pasó en un remolino su primer polvareda, cuando en la llamarada de un rayo el aire se rasgó como una recia gasa.

Restalló un chubasco de azotes, dos mil cuatrocientos cascos partieron, y entre silbos flagelantes y clamores que los insurrectos palmeándose la boca trocaban en ululatos, precipitose la manada rajando la tierra, anudando en el boquete su torbellino.

Entró así en la noche, se volvió nube, fantasma á poco, rodó cuesta abajo hacia la muerte, peinándole las crines el ventarrón de la fuga, corcoveándole encima la tempestad, mientras el griterío azuzaba á los animales enloquecidos de horror ante ese abismo que les aullaba á la grupa. Estrechados por los taludes del desfiladero, monteando al azar la res gorda, laceradas sus costillas por los tremendos zarpazos del matorral y dominado á trechos su oleaje de lomos por la erección de potentes cogotes — huían resoplando por sus ollares un alma oscura, arisqueando en la carrera cuyo esfuerzo descuajaba sus cuadriles, acollarados en el ímpetu común que como vena de bronce los enhebraba.

La noche abría ante ellos una abismante brecha, rebotábales el suelo sus pedernales, cañoneaba sus ecos la sierra, y sobre el tropel de los cascos que atabaleaban trabajando la ruina, el trueno rodaba su badajo en la campana negra del cielo.

Embarazada por el estupor de un despertar entre relámpagos, la tropa apenas se apercibía, cuando el desfiladero vomitó su huracán. Como una grande ala avanzó aquello, desviado sobre la hacienda por los tiros que al tanteo estallaron, hendió a inmensas coces, tumbó centinelas y bagajes, aventó el ganado en su barredura que atronaba al unísono con el vendaval. La falda de vocerío aumentaba el espanto, pues eso rodaba con la fatalidad de un bloque. Pasó nublándose de polvaredas ante el enceguecido vivac, temblando el suelo bajo su aluvión de patas, se sumergió en la noche...

Sólo quedaban al enemigo, en sobresaltado grupo, las mulas de la artillería.

Pavorosas clarinadas, órdenes, truenos, carreras de sombras, tiroteos que reventaban en la oscuridad, componían aquel trágico desenlace. Y á la luz de un relámpago que flotó sobre los árboles como una gran sábana, los godos contemplaron una imprevista peripecia.

La masa se encabritó allá en el fondo contra las colinas que cerraban el valle; giró, reemprendiendo la embestida entre costaladas y desmelenamientos indómitos. A través del aguacero que arreciaba, hubiérase dicho una lanzadera tejiendo el desastre en la urdimbre de la lluvia. Las descargas, regulares ahora, salteáronla en grupos; pero las mulas restantes huyeron con ellos.

Y recién notaron que de ese alboroto no surgía una orden, que ni un brazo culminaba sobre esa uniformidad, que ningún albedrío la gobernaba. La tierra, salpicada de bultos negros, sudaba sangre. Sobre el campo aun removido de trotes, cerníase el olor flavo de las bestias dominando al de la pólvora.