Carlos A. Cifuentes: La Iglesia en Chile. Conferencia General de Área (Ciudad de Santiago, Chile. Junio de 1977)

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LA IGLESIA EN CHILE. POR CARLOS A. CIFUENTES. CONFERENCIA DE ÁREA EN LA CIUDAD DE SANTIAGO DE CHILE de Carlos A. Cifuentes


Junio de 1977. Sesión General

Mis queridos hermanos y amigos de la Iglesia, siento un profundo agradecimiento por la oportunidad de estar ante vosotros en esta ocasión tan solemne y sagrada para nosotros, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Quiero agradecer a nuestro Salvador Jesucristo el haber enviado hasta este lejano país a su representante y Profeta, nuestro amado presidente Spencer W. Kimball. Tengo la absoluta certeza de que esta tierra será bendecida en sus últimos rincones por haber puesto sus pies en ella, un Profeta verdadero del Señor.

Como consecuencia de la visita a nuestro país, de nuestro guía espiritual y las demás autoridades Generales de la Iglesia, cada hombre, cada mujer y cada niño chileno, vamos a sentir las bendiciones de Dios.

También en otras oportunidades hemos gozado de la inspiradora influencia del presidente Kimball. Su primera visita a este país la realizó en calidad de miembro del Consejo de los Doce Apóstoles en el año 1959, esto es, en los albores de la organización de la Iglesia en Chile.

Sería interesante mencionar algo referente al desarrollo y progreso de nuestra Iglesia en este país. En el año 1851, arribaron a Valparaíso los dos primeros misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los élderes Parley P. Pratt y Rifus Alien, los que se trasladaron hasta la ciudad de Quillota, donde, desde el cerro que se encuentra en el centro de la ciudad, el élder Pratt dedicó en oración esta tierra para la predicación del evangelio restaurado. Desafortunadamente, por razones ajenas a su voluntad, debieron regresar a su país de origen sin lograr su propósito.

En septiembre del año 1956 –esto es, más de 100 años después– llegaron a Chile, procedentes de la entonces, misión Argentina, los dos misioneros que habían de empezar de nuevo la sagrada misión de predicar el evangelio, ya en forma permanente, a la gente de este país. Dos meses después, se unían a la Iglesia, por medio del bautismo, los primeros seis miembros chilenos. Desde ese momento, con dos misioneros, seis miembros y un lugar de reunión, se formaba la primera unidad con que nuestra Iglesia iniciaba su progreso en nuestro país, el cual había de ser constante. Poco tiempo después, se establecían nuevas unidades en las ciudades de Viña del Mar y Concepción, donde muchas familias de esos lugares se unieron al pueblo del Señor por medio del bautismo.

En el año 1961, esto es, cinco años después, se organizaba la primera Misión de la Iglesia en Chile, hasta entonces dependiente como distrito de la Misión Argentina. Para esa fecha, predicaban el evangelio en el país, 65 misioneros y 1.200 miembros repartidos en las diferentes ciudades del mismo, y algunos de los hermanos locales ya ocupaban cargos de responsabilidad y de liderazgo dentro de la organización de la Iglesia.

Desde esa fecha, el crecimiento geográfico de la Iglesia comenzó a aumentar en forma sorprendente, comenzándose a oír en muchas otras ciudades y pueblos, de la doctrina mormona. En el año 1972, se organizaba en Santiago, con aproximadamente 4.000 miembros, la primera estaca, vale decir, una unidad de la Iglesia dirigida totalmente por miembros chilenos. Aquello marcó el principio de una era de progreso y posibilidades para hombre y mujeres buenos, que deseaban compartir el privilegio de trabajar en la obra del Señor en este país.

En la actualidad, después de solamente 20 años de labor permanente, tenemos en chile 110 unidades (Esto es, 110 lugares en que se ha establecido firmemente la Iglesia), repartidas en tres misiones y siete estacas, con 600 misioneros, de los cuales 250 son chilenos, y una cantidad de más de 30.000 miembros. Lo significativo es esto, es que el 97% de las unidades de la Iglesia son dirigidas por miembros chilenos que desempeñan diversos oficios en la vida; y es común ver dirigiendo congregaciones a médicos, abogados, ingenieros, mecánicos, empleados, choferes o albañiles. Ninguno de ellos recibe salario por su trabajo en la Iglesia; los misioneros tampoco reciben salario.

Actualmente, la vitalidad de la Iglesia en todas partes del país es sorprendente, y a través de los años, su labor nunca ha sido perturbada, porque siempre ha mantenido los principios por los cuales fue establecida en Chile, esto es, el predicar el evangelio de salvación por medio de la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión y el don del espíritu Santo.

Esta es nuestra Iglesia en Chile, y digo nuestra, porque ella se ha convertido en lo más importante de nuestras vidas y entendemos que nosotros somos una parte vital dentro de ella. Estamos contentos con el progreso alcanzado, pero no estamos satisfechos, pues aún queda mucho por hacer en esta tierra escogida para nosotros, los Santos Chilenos.

Sabemos con seguridad que son muchos los lugares donde hay hombres y mujeres que desena cambiar y mejorar su vida, que necesitan saber de la relación exacta qué existe entre ellos y Dios. Sí, hay muchos seres en este país que todavía no encuentran la respuesta a las tres preguntas más impresionantes que el hombre pueda hacerse, a saber, “¿De dónde venimos?” “¿Por qué estamos aquí?”, y “¿Hacia dónde vamos?”. Hay muchos seres que no entienden la razón del nacer ni la razón de la muerte, Hay muchos hombres, jefes de hogar, que no saben cuáles son sus deberes espirituales hacia su familia, y no lo pueden saber porque nadie se la preocupado de enseñárselos.

Nosotros, los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, estamos deseosos de compartir, como familia, con otras personas, el conocimiento que tenemos al respecto. Como miembros de la Iglesia y como chilenos, deseamos que el evangelio restaurado por profetas una a este país desde las áridas tierras del norte hasta las frías regiones del sur, como lo une nuestra gran Cordillera de Los Andes. Amo a mi país y deseo para él lo mejor que poseo, y lo mejor que poseo, es el conocimiento del evangelio.

Yo sé que Dios vive, sé que Jesucristo, su hijo, vive. Sé que todos nosotros somos hijos de Dios y que tenemos la promesa de volver a su presencia por medio de nuestra obediencia a sus leyes y mandamientos. –Y todo os dejo, en el nombre de Jesucristo ¡Amén!–

Élder Carlos Cifuentes

Representante Regional de los Doce.

Junio de 1977.

Fuente: La Iglesia en Chile 3.0. - GFDL.pdf (Commons)