Carlos VI en la Rápita : 02

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Carlos VI en la Rápita
Capítulo II
 de Benito Pérez Galdós


Segunda semana de Adar.- Se alejaron hablando de mí, bien lo conocía yo, y a mayor distancia volvieron a detenerse y a mirarme. Riomesta unió al rencoroso mirar un gesto de amenaza, extendiendo el rígido brazo hacia mi humilde persona. Desaparecieron, dejando en mí una sensación de ansiedad expectante. Toda la tarde, antes y después de abandonar a mis amigos, estuve muy metido en cavilaciones. Asaltaban sucesivamente mi espíritu presagios de distintas calamidades, y mi excitada memoria reproducía con maligna insistencia hechos observados en mi propia casa dos y tres días antes. No he dicho aún, por no tener ocasión de ello, que mis vecinas me habían informado de las visitas que a Yohar hizo Riomesta algunas tardes, hallándome yo ausente. Ignoraban lo que hija y padre habían hablado, por ser el camaranchón inaccesible a la curiosidad de ojos y oídos; pero veían salir al viejo bufando, con temblor de la mandíbula inferior y de su barba hirsuta. Luego encontraban a la blanca mujer deshecha en lloriqueos, y algún día viéronla rasgar con fiero impulso un pañuelo de fina seda con que su seno cubría. Interrogada por mí sobre el particular, Yohar me contó que su padre la reprendía y amenazaba, negándole todo auxilio de dinero mientras viviese conmigo... Verdad parecía esto; mas no era, según mi entender, la verdad completa. Algo más había, sin duda, que en el pensamiento de mi amada quedaba como en expectación medrosa, no sin que lo dejasen transparentar sus ojos dormilones y aun la tersa blancura de su frente.

Debo decir que no ha desmentido Yohar ni un solo día la inclinación amorosa que la trajo a mi lado, ni ha dejado de ser tierna, dulce, firme y encendida en su afecto. Sólo para mí vive, como yo para ella, y en sus cálculos de futura existencia habla como si nuestros destinos fuesen inseparables, y nuestras almas no supieran romper su armonía venturosa. En los azarosos días, antes y después de la ocupación de Tetuán por los españoles, el ánimo de Yohar era de una igualdad encantadora; ninguna privación ni molestia lo abatían; ningún contratiempo apagaba en sus labios la franca sonrisa con que iluminaba mi existencia y la suya... Instalados en la casucha del Mellah, porque nuestro menguado peculio no nos consentía mejor vivienda, nos avenimos a la estrechez, y extremando la conformidad, llegamos a encontrar delicioso aquel escondrijo y hasta muy favorable a la salud. Burlándonos de las molestias, concluíamos por soportarlas y aun por creerlas buenas: la sal de las bromas y la dulzura del amor, alternadas en el tiempo sin espacio de hastío entre una y otra, nos sazonaban la vida en tal manera, que no ambicionábamos vida mejor.

Cuando nos faltaba qué comer, porque Simi no había logrado vender el puñadito de aljófar que a nuestro sustento destinábamos cada semana, Yohar distraía y engañaba nuestra inanición con humoradas donosas. Algunas mañanas, en los ratos que mediaban entre un despertar alegre y un desayuno de inaudita frugalidad, hacía volatines sobre las enjalmas y tapices del camastro, y elevando sus extremidades inferiores de inmaculada blancura, daba pataditas en el techo; o bien se deslizaba por un hueco alto del tabique medianero entre la alcoba-sala y el comedor-cocina, no más grandes que un confesionario de mi tierra, realizando el prodigio de adelgazar su cuerpo hasta lo increíble, y de imitar las ondulaciones de la culebra. Y alguna vez, cuando se me pegan las sábanas, suele despertarme armando en la próxima cocina un pavoroso ruido de platos vacíos, imitando el que hacen los duendes o diablillos que invaden las viviendas abandonadas. Me maravilla la destreza de manos de Yohar, que mezcla con estos ruidos el de una pandereta y furibundos toques de almirez.

Un sábado, bien lo recuerdo, cuando comíamos la excelente adafina con que nos obsequió Mazaltob, tuvo mi Yohar el mal acuerdo de reiterar tardíamente sus primeras instancias para que yo abrazase su ley. Con negativa tan terminante había yo rechazado sus proposiciones en los días que bien puedo llamar nupciales, que no creí volviese a mentar semejante asunto. Y no sólo habíamos convenido en que yo no cambiara de religión, sino que ella se mostró cautivada del Cristianismo y deseosa de abrazarlo, para que nuestra común fe bendijera el himeneo de nuestras almas. Había yo empezado a instruirla en los misterios dogmáticos de mi fe, así como en la dulce moral de Cristo, y veía con gozo su adaptación fácil a los nuevos ritos, y el calor y entusiasmo con que recibía mis lecciones. ¿Por qué de la noche a la mañana dejaba entrever repugnancias de su abjuración, y me proponía que fuese yo el que diera el atrevido paso para llegar a la igualdad o armonía de nuestras creencias?

Pasados unos días, en plena festividad de Purim, creí haber convencido a Yohar. Derramó tiernas lágrimas; su viva imaginación me siguió por los espacios del idealismo cristiano, y cuando estaba conmigo en la zona más alta, cayó de improviso, expresando así la sincera verdad de sus deseos: «Oye tú, mi Yahia: ¿no percatas que ha de enfurecerse el Dío cuando vea que troco mi ley y me jago cristianica? Dejarme has como so, y tú lo mesmo con tu Jesuscristo. Onde por ello diremos a casarnos a Gilbartal, y allí moraremos, tú mercador, yo señora polida y esponjada de ropa... A casarnos por lo inglés, Yahia, y a ser ricos con cuenta grande de doblas, doros y fluses».

Ya me había manifestado Yohar, con vaga ensoñación de grandezas, sus deseos de vida europea, conservando la fe judaica. No se borraba de su memoria el recuerdo de unas señoras hebreas de Gibraltar que poco antes de la guerra recalaron en Tetuán, deslumbrando con su riqueza y lujo. Vestían trajes europeos de formas extravagantes y de colores vivos; cargaditas iban de alhajas; derrochaban la plata menuda, y aun el oro, en el auxilio de los judíos indigentes. Fueron por muchos días admiración y comidilla de todo el vecindario del Mellah... Un barquito muy cuco, propiedad de un inglés millonario, las había traído de Tánger al Río Martín, y en este punto se reembarcaron para recorrer toda la costa septentrional del continente hasta Damieta o Alejandría. Dejaron tras sí una estela luminosa en el pensamiento de las hebreas pobres, y en las ricas un dejo de admiración que fácilmente en envidia se trocaba. Mi Yohar, según pude entender, no era la menos dañada en su espíritu por aquellas fugaces visiones de opulencia y de lo que ella creía la suma elegancia. Desviada de tales pensamientos por el arrebato amoroso, a ellos volvía, con la remisión de aquella dulce fiebre, y trataba de conciliar el querer y el presumir, forjándose una ilusión de vida en que la comodidad y riquezas se fundiesen con el amor del pobre Yahia.

No hay que decir que yo, con mis sutilezas retóricas, traté de apartar a la blanquísima hembra de aquellas manías. Discutíamos, y al parecer mis pensamientos vencían y dispersaban los suyos, sin que por esto pudiera declararme vencedor. Creía yo haber tomado la plaza, y ésta me mostraba al siguiente día sus muros inexpugnables; que las mujeres dejan tomar al hombre la fortaleza de su espíritu, y al instante de nuevo la levantan con los mismos caprichos y tenaces deseos. Yo le argüía con lógica incontestable; demostrábale que, abandonados de su padre Simuel, no teníamos esperanza de riqueza ni aun de bienestar mediocre; que nuestra salida del atolladero era un pasar modestísimo, trabajando los dos en cualquier oficio, o en un menudo comercio. Conciliáramos ante todo nuestras conciencias, dando solución práctica al intríngulis religioso, y después podíamos allegar en Europa el pan de cada día, seguros de que la protección de Dios no había de faltarnos. Sobre estas ideas pasaba ella volando con las irisadas alas de su vana superstición. Confiaba loca y ciegamente en la suerte, que los judíos llaman mazzal; creía en el súbito hallazgo de tesoros, en la emergencia de un cúmulo de circunstancias u ocasiones providenciales para enriquecernos de la mañana a la noche, en la teatral aparición de genios o diablillos que caían del cielo o brotaban de la tierra para ofrecernos con su protección todos los bienes del mundo. Ferviente devota de la suerte, terminaba nuestras disputas con el expresivo refrán hebreo: Daca un cagada de maizal y tírame a las fondongas de la mar.

Fácil es comprender, por lo dicho, que el problema vital me inquietaba cada día más, y que pensaba seriamente en plantar los jalones de nuestra existencia definitiva. Los recursos para subsistir, representados por puñados de aljófar que cada día iban mermando, pronto se extinguirían. La vida en Tetuán se hacía imposible: era forzoso pasar el Estrecho y establecernos en tierra europea, donde hallaríamos fácilmente cualquier arbitrio para ganar el sustento. Lo más próximo, lo más hospitalario, era sin duda el Peñón, aquel pedazo de tierra híbrida y cosmopolita que aún tiene algo de España, algo más de Inglaterra, y mucho de los vecinos países africanos. En aquel solar anclado en el Océano, viven en santa paz la libertad, el comercio, el contrabando, y en busca del bienestar andan allí de la mano todas las religiones.

A Gibraltar, pues, dirigí mis propósitos, discurriendo la granjería en que más fácilmente podíamos Yodar y yo ejercitarnos. Pensé que el comercio de fruta no tiene hoy la extensión debida, por la indolencia de estos pobres berberiscos, y me sentí con ánimos para darle mayor vuelo. La campiña de Tetuán es pródiga en rechazamos frutas, aun en aquellas partes de la tierra más descuidadas de la mano del hombre. Las naranjas de Quitan, dulces y finas, han aprendido ya el camino del mercado de Gibraltar; no así los exquisitos y olorosos melocotones de Hal-lila, que por criarse a mayor distancia de Río Martín, no aciertan a salir en busca del dinero. ¿Por qué no he de ser yo quien abra una vía fácil a tan rico producto, agregando a él las peras Misque o moscateles, que por su extrema delicadeza no se avienen con la lentitud del transporte, y las uvas de Dar Murcia, que, según dicen, en ninguna región de Europa tienen semejante?

Pensando en esto, mi fantasía me lleva más allá de los límites de ambición de un humilde mercader, y con los ensueños comerciales empalmo los agrícolas, imaginando que el cultivo del algodón en parte del valle de Tetuán y en los términos de Beni Saidy Beni Madán crearía incalculable riqueza... ¿Verdad que me parezco a los políticos proyectómanos de mi patria, que amenizan los ocios de la oficina engrosando ilusiones, fabricando porvenires, o construyendo emporios con materiales de cifras mentirosas, y amañadas premisas de aptitudes falsas o de fertilidades de fantasía...? No: déjeme yo de algodones y monsergas, y aténgame al modesto trajín de comprar fruta por poco precio para venderla como pueda, engañando al infeliz consumidor que me caiga por delante.

Combatía yo la testarudez y las limitadas nociones de Yodar con medios persuasivos de indudable eficacia: eran éstos la rica ideación europea, el lenguaje castellano usado por mí con gallardía teórica, y variedad abundante de vocablos y locuciones. El hablar mío la subyugaba, y sus ideas rutinarias, expuestas con dicción tosca, mísera, como un instrumento roto y destemplado, eran reducidas a polvo por mis ideas. Fáciles triunfos alcanzaba yo diariamente en nuestras disputas; mas llegó un punto en el cual mi argumentación para ella rica y fascinadora, mi lenguaje armonioso, mi dicción pura, que en sus oídos sonaba como arte lírico de cadencias musicales, no causaban efecto sensible, y eran como los ruidos de la lluvia o del viento. Convencido yo de que nuestra situación no tenía salida venturosa, y de que habíamos de sucumbir si no luchábamos bravamente por la existencia, traté de inculcarle la idea cristiana de la conformidad con las adversidades, de la tribulación como fundamento de la verdadera alegría y de la paz del alma. Si la pobreza y el trabajo eran nuestra única solución, debíamos afrontar el infortunio con ánimo sereno, y hacer de él el amigo y el tutor de nuestras almas. Evocando todo lo que yo había leído en libros místicos y ascéticos, hice la apología de la pobreza; demostré a Yodar que admitida y agasajada en nuestros corazones la certidumbre del no poseer, hallamos en ella un bien positivo que fácilmente se trueca en la mayor riqueza; acabé por asegurarle que la suma carencia es al fin la suma posesión de todos los bienes, y que de la tristeza y del abandono surge, como el día de la noche, el mayor regocijo de las almas bien templadas. Todo esto dije y argumenté, desplegando las facultades que me ha dado Dios; pero mi opulenta retórica, mi verbo armonioso con líricos arrebatos, no hicieron en ella más impresión que si le hablara en lengua chinesca.

¡Aceptar la pobreza, más aún, amarla, y alegrarse de ser pobre! Esto no entraba en el cerebro de Yodar ni con escoplo y martillo... Vi que la penetración de mis ideas era estorbada por una capa de egoísmos atávicos, obra lenta y formidable de la especie, reproduciéndose en moldes iguales al través de cien generaciones. Por primera vez, Yodar se reía de mis bellos discursos, holgándose de no sacar de mi poética prosa ninguna substancia. Suspendí al cabo mis sermones, dándome a pensar con qué ligaduras podría sujetar a la Perla si nuestros destinos nos llevaban efectivamente a vida rigurosa y austera... Mas no tuve tiempo de coordinar nuevos planes, porque Dios precipitó sobre mí sucesos sorprendentes y desgraciados, que pusieron en dispersión mis ideas, y aplastaron, literalmente, mi voluntad.

De esto escribiré otro día... Lo que es hoy, fatiga y tristeza paralizan mi mano cuando intento coger la pluma.



Carlos VI en la Rápita de Benito Pérez Galdós

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