Carlos VI en la Rápita : 03

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Carlos VI en la Rápita
Capítulo III
 de Benito Pérez Galdós


Tetuán, mes de Adar.- Pienso que esto que escribo no tendrá lectores... Mi amigo ilustrísimo, el marqués de Beramendi, me ha dicho mutatis mutandis: «Desengañado Juan, si no quieres referir cosas de guerra, refiere cosas de paz; si te repugnan los asuntos públicos, ya sean militares, ya políticos, cuéntame los tuyos, que en muchos casos las historias de hombres aislados y sueltos cautivan más que las de tribus o naciones. Con sinceridad lo digo: las aventuras de cualquier español voluntarioso, enamorado y poco sufrido, me saben a historia general más que las acartonadas narraciones de batallas, o de tumultos populares que alteran la tranquilidad de la Puerta del Sol y calles adyacentes». Esto me dijo en la última carta que de él recibí... ¿Cuándo? Paréceme que ha pasado un siglo... En derredor de mi memoria revolotean como palomitas mis recuerdos, queriendo volver al palomar abandonado... Pienso que llegó a mis manos la última carta del Marqués cuando acampábamos junto a la Aduana del Río Martín... Pasaron días y días sin que me entrasen ganas de seguir la senda literaria que mi amigo me marcaba, hasta que una mañana, sin saber de dónde venía tal impulso de mi movediza voluntad, me sentí historiador de mí mismo, y agarré el primer cálamo que en las judías estancias del Mellah encontré.

Escribo sin saber a dónde irán a parar estas crónicas. Ignoro si serán leídas por muchos, o tan sólo por el desocupado Beramendi, que como hombre rico se permite curiosidades superfluas y entretenimientos sin ningún fin práctico. Sé que guarda papeles mil, escritos por hombres o mujeres extravagantes; que reúne cartas amorosas, sin excluir las más ridículas, y que a todo amigo que sale de viaje le pide una relación sincera de cuanto ve y padece en galeras y paradores. Hace colección de confidencias de locos o criminales, ya sean escritas para la familia, ya con el fin de solicitar una publicidad que difícilmente encuentran. Pues allá te van también mis confidencias, ¡oh, Pepito ilustre!, sin que sea mi ánimo darte en ellas un modelo de discreción, ni tampoco enseñanza para los que gusten de aprender en las vidas ajenas el régimen de la propia. Serán mis escritos, como yo, desordenados, ahora discretos, ahora desvanecidos en estrafalarios ensueños o en caprichosas divagaciones. A falta de método, hallarás en ellos sinceridad, y el prurito constante de no recatar de la publicidad, si por acaso la hubiere, los pensamientos más recónditos.

Sigo contando. Invitáronme aquel día Rinaldi, Alarcón y el pintor francés Iriarte a visitar al General en Jefe en su campamento. O'Donnell había cambiado la blanda ociosidad del palacio de Ersini, en el centro más laberíntico de Tetuán, por la estrechez de una tienda, rodeado de sus tropas, que aún sueñan con mayores triunfos. Acampa el Caudillo fuera del pueblo, en la primera vega que se encuentra conforme salimos por Bab el-aokla, ahora Puerta de la Reina. Otro campamento hay por la parte del Oeste, camino de Bu-Sfiha y en él están Prim y Zabala, el cual, restablecido de su dolencia, ha vuelto a campaña. Aunque extremaron sus halagos para llevarme consigo, no quise bajar a los campamentos. Díjome Alarcón que aquel día se celebraba la primera conferencia para tratar de la paz, y que habían venido unos morazos muy elegantes con poderes del Emperador. Ni con el incentivo de ver moros bonitos lograron seducirme. Les acompañé hasta la salida de la ciudad, y me volví a la Kaisería, donde también yo tenía mis paces que ajustar, o sea un tratado de alianza comercial con dos argelinos que traficaban en Gibraltar y Marsella, hombres de gran diligencia y despejo, a quienes conocí antes de la ocupación, y me habían mostrado simpatía y confianza.

Ofrecieron incorporarme a sus negocios, tomando de mí, no capital que no poseo, sino el trabajo asiduo, la fidelidad y mi conocimiento de la lengua española, dándome una participación por de pronto exigua, pero que luego iría creciendo, creciendo... ¡Dios me valga!... el mazzal soñado por mi Perla no era un espejismo nebuloso, sino una realidad que a la mano se nos venía, cosa tangible, sonante y sabrosa. «¡Oh Yohar -pensé-, no verás el rostro descarnado de la pobreza!...». Pues ello era que mis amigos Djar y Ben Sulim se proponían extender sus negocios a Málaga y Cádiz, y desde aquí penetrar hasta el corazón de Andalucía, que es Sevilla la grande, la graciosa, orgullo y regocijo del Padre Eterno.

Imaginad mi júbilo cuando los argelinos me propusieron tomarme, no diré por socio, sino por auxiliar de las granjerías que iban a emprender en España. Introducirían directamente los magníficos tafiletes, dátiles, miel, madera de alerce y otros artículos. Necesitaban una cabeza española que les guiara en los senderos de la vida peninsular, y como tenían de mi entendimiento una opinión harto favorable, por lo que habían oído a El Nasiry, creyeron haber encontrado el hombre de aptitudes para el caso. A las ideas que iban ellos expresando, me anticipaba yo saltando por encima de sus razones y sugiriéndoles nuevas ideas de ignorados negocios pingües que en España podrían realizar, y encareciéndoles la sutileza y probidad con que yo les ayudaría en la multiplicación de sus ganancias. Por de pronto, yo multiplicaba mis ilusiones y las hinchaba desmedidamente, dejando correr mi fantasía con ímpetu semejante al de la famosa lechera. Ya era yo comerciante. Me estrenaba como dependiente; pronto sería socio; establecido después por mi cuenta con capital propio, en pocos años me vería bien acomodado, pudiente, rico... ¡Como hay Dios, que así había de ser!

Loco salí de la tienda de los argelinos, y todos los caminos parecíanme largos para volver a mi tugurio, ansioso de contarle a Yohar tales bienandanzas. Ya veíamos venir el suspirado maizal... ya se disipaban los temores de pobreza vil... ya teníamos abierto un camino de bienestar, si estrechito en su primer trozo, luego ancho y florido... ¡Y qué asustada y cuidadosa estaría la pobrecita Perla esperándome, pues aquel día, por mis dilatadas conversaciones con los de Argel, regresaba yo al nido dos horas más tarde de lo regular!... Pero su inquietud tendría remedio instantáneo en el alegrón que yo le llevaba. Ya me imaginaba yo su júbilo y los extremos que haría para manifestarlo, pues es mujer que nunca pone discretos límites a la expresión de sus sentimientos. De seguro se lanzaría con ardor al juego de volatines y atletismo, haciendo alarde de su extraordinaria fuerza y agilidad; daría vueltas de carnero en nuestro camastro; remontaría sus remos inferiores pisoteando el techo, quizás abriendo en él un boquete; andaría con las palmas de las manos; imitaría a la serpiente y al cocodrilo, sin olvidar el furioso estruendo de platos y almirez para sorprender y aterrorizar a la vecindad... Todo esto pensaba yo corriendo hacia mi vivienda, y en mitad del Zoco me encontré a Esdras el borriquero, que del Mellah salía. Lo mismo fue verme, que tirarse del asno y acudir a mí con solícita premura.

«Goi -me dijo-: sé que a tu tierra te tornas... Yo te ruego dejarme ir contigo... por si allá topo más mejor fortuna. Español bueno aquí... allá buen gentío español. Aflójame tu voluntad, goi, y llévame...».

-¿Sabes ya que me dedicaré al comercio, que iré a Gibraltar, a España? -dije, sorprendido de que aquel desdichado conociera el nuevo camino que la suerte me abría.

-Lenguas todas del Mellah cuentan que te vas y no güelves, ca en el Marroco no tienes vivires apañados.

-Cierto es, Esdras, que aquí no hallamos buen vivir, y debemos ausentarnos.

Díjome entonces que él se sentía mercachifle, y que la mala suerte le condenaba a ganarse la vida con su borrico en tan mísero estado... En España, trabajando conmigo en la compra y venta de ropa vieja, que él sabía remendar y poner como nueva, ganaríamos mucha cuenta de plata. Mi alegría me hizo benévolo, inclinándome a la protección de los desvalidos: le prometí hacer en su provecho cuanto pudiera, y no le entretuve más tiempo, porque la impaciencia me abrasaba.

Pocos pasos me separaban ya de mi nido. A él corrí desalado... Al entrar en la sucia calle que se decora con el épico nombre de Numancia, vi frente a la puerta de Simi, que era mi puerta, un grupo de judías, las cuales, en cuanto me vieron llegar, se encararon conmigo saludándome con una exclamación lúgubre, que me dejó helado. «¡Guay de ti, Yahia! ¡El Dío se apiade del coitadico Yahia!». Así gritaban, manoteando en forma semejante a los aspavientos de duelo que hacen aquí las mujeres ante los difuntos. Pensé que un gran infortunio había ocurrido durante mi ausencia, y en mi interrogación ansiosa no acerté a pronunciar más que el nombre de Yohar. Antes de responderme concretamente, repitieron su clamor doloroso: «¡Ay, mi corazón, mi corazón!... ¡Ay, mi cordojo grande! ¡Ay, qué extremación de desdicha!». Angustiado y loco, no sabía yo qué decir. Sin duda, mi Yohar había muerto. ¿Dónde estaba?... Corrí a besar su cadáver... «No te endolores más de cuenta, Yahia -me dijo Mazaltob poniéndome en el pecho las palmas de sus manos-. Sábete que Yohar no es muerta, sino ida...». «Ida es de tu casa esa perra», gritó Simi ronca de ira.

¡Ay de mí! Entre todas me cogieron y me llevaron al patinillo de Mazaltob. Más muerto que vivo estaba yo, y no podía valerme. Comprendí el funesto caso; la verdad penetró en mí con lívida claridad. «¿Pero es cierto que Yohar se ha ido de mí?... ¿que mi Perla me abandona?».

-Cierto es como la luz de Adonai -replicó la hechicera-. Asosiégate, goi, y aflójate de rabia, que agora es ocasión de que te apersones con virtud que ella no tiene. Tú sodes bueno y barragán; ella, una puerca fidionda.

La hermana mayor de Simi, llamada Hanna, vendedora de ropa vieja, me trajo un pañuelo grande, de frágil tela llena de zurcidos, y con gravedad sacerdotal me dijo: «Coge este lienzo que para nada vale ya, y rásgalo con fuerza para desafogar tu ira. Con los pedazos te lavarás el rostril de las lágrimas que derrames, y así quedarte has sosegadico de tus entrañas». Obedecí a la hebrea en lo de rasgar la tela, lo que hice de un tirón con verdadera furia. Luego les pedí explicaciones. «Contadme, referidme todo. ¿Se ha ido por su propia voluntad, o vino su padre a llevársela por fuerza?».

En vez de referirme sucintamente lo sucedido, Simi rompió en maldiciones contra Yodar. «Le venga el mal de la cabra, cuerno, sarna y barbas». Y la feroz Hanna, rasgando por su cuenta otro lienzo grande, que no era más que un pingajo corcusido, gritó: «¡Hija de la baranid-dah enconada!». Esta maldición es de tan feo sentido que no puedo traducirla. Comprendiendo Mazaltob antes que las otras mi situación de ansiosa incertidumbre, inició la referencia clara de los hechos: «Vinieron por ella su padre Riomesta y El Nasiry. Tirándola del brazo se la llevaron. Ella hizo semblanza de desgana y salió lloricosa...». «Mas era compostura de mentira -dijo Simi-, que yo le caté los ojos bien secos cuando jacía que ploraba, y sus ahijidos eran someros de la boca, y no le salían del jondo». Y Hanna prosiguió: «Ya lo tenían amasado el padre y la hija en el forno de sus codicias... Ya estaba tratado, de días luengos atrás, casarla con un sephardim de Constantinopla, que tiene casa en Gilbratal, Natham Papo Acevedo, de mucha fazenda y compra-venta de fierro».

Y he aquí que Mazaltob me trajo té caliente aromatizado con nana, y que los primeros buches de la tónica bebida calmaron un tanto mis irritados nervios... Siguió la hechicera ilustrando con interesantes pormenores la historia que había empezado Hanna: «Hoy tiene Riomesta en su casa envita; él mismo fue esta mañana al matadero a degollar un pato graso; a luego compró en la tienda de Saddi un cazolito de pimento y otro de aceitunas curadas; aína, entre Simuel y la criada Mesooda pusieron a asar el pato... Ha días que Mesooda jace jaleas muchas, y dolces, pastas riales, y almibres ricos de todo dulzor... Oyí que ponen otrosí un grande pez que trujo de Río Martín el borriquero Esdras, y lo asarán en cazolón con manteca, citrón y especias de olor... Pondrán aguardente y licor fino de rosa... en canecos de vidro... Todo esto será para envitar al novio Papo Acevedo, que llegó anoche... Da Riomesta a su hija dote valoroso, sacos muchos de doblones y plata en un cofre holgón...».

Y Hanna, con voz de sibila, prosiguió: «Farán la boda en el mes de Siwan, pasada la vegilia de Schabuot. Haberán gallinas muchas, licores finos de la Francia, olivas gordas del Andalus, seis carneros fritos para sesenta envitados, tortas blancas y pretas, y una corambre de vino. Será boda roidosa con vigolines y vigüelas, mósica de dulzor y alborotos... pues ainda tocarán tambora y almireces...».

Y otra de aquellas bíblicas tarascas, llamada Reina, gorda y crasa, ceñido el rostro con dos lienzos blancos, el uno haciendo barbuquejo, el otro turbante, clamó con voz semejante a la de las plañideras que se alquilan para los funerales: «Guau, guau... ¿Qué es de ti, mancebo adolorado? ¿Perdiste tu coima? Tómate agora buen caldo, y quédate riyendo de ella; no la endereces llanto ni te asofoques de lamentación, que ya ella no es blanca, sino preta, preta de su maldad. Quítate del corazón el celo, y no te membres del melindre con ella, que es una perraniscaliá. Guau, guau. Fuese con otro; déjala, y no te deplores. Blancura de leche no tiene ya, sino sombra de noche escura... Agora la ves desmayada con Papo Acevedo. Ríyete, y gózate de verte liberado y desenvolvido de esa puerca».

Y dijo Hanna la ropavejera: «No invidies a Natham Papo, que él no tendrá ventura con Yohar, sino potra y quebradura, y tú serás gozón y bonito barragán de otras más garridas».

Y dijo Simi: «Beberás leche de camella, que es de virtú, y te zajumarás con olores y jumos de nana, y con esto y con el semah, que yo te colgaré del pecho, se te ha de quitar la secura de tu meollo, y el celo de Yohar, que es tu mal, mal de hombre mujerado, y la fiel se te golverá miel».

No puedo negar que las vociferaciones de aquellas estantiguas calmaban mi pena y me abrían horizontes de consuelo; extraño fenómeno, que no he podido explicarme. Por último, la hechicera Mazaltob, que en cierto modo solía poner en su conducta y en su lenguaje unas briznas de filosofía práctica, me acarició y popó con maternal dulzura diciéndome: «No te apenes, hijo, y repárate de ese cordojo. Ya me has uyido mil veces que si Moseh morió, Adonai quedó». Con esto quería significar que debemos mirar serenos el paso de las desdichas temporales, fijando los ojos del alma en lo inmutable y eterno.



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