Carlos VI en la Rápita : 11

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No sé qué habría dado yo en aquel instante por poseer el árabe, para expresar de corrido y sin ningún tropiezo todo lo que se me ocurría. Pero por mis pecados, ni yo era capaz de sostener conversación tan importante con secreteo al través de una puerta, ni de lo que decía Erhimo llegaba a mi entendimiento más que alguna que otra frase suelta: «Bab-el-lahmala, Maimuna mala... yo mucho padecer».

No era esto poco. Como pude, evocando todo mi saber arábigo, logré decirle que abriese la puerta, y desde dentro vino una retahíla de la cual pude entresacar estas palabras: llave... dormida Maimuna... miedo... Bab-el-lah despierta... Yo traduje que aunque la esclava dormía, no osaba quitarle la llave, porque la negra, que es muy mala, estaba despierta... Propuse yo entonces que abriera por la noche. «De noche no... Miedo...El Nasiry...» fue su respuesta... En efecto: buena la armábamos si el amo nos sorprendía... «Mañana» dijo ella claramente, y yo repetí: «mañana». Quería yo hablar a todo trance, y no pudiendo decir lo que debía, conforme a las circunstancias y al desarrollo lógico del diálogo, me lancé a la descarada emisión de lo que sabía, viniera o no a cuento.

Con esta idea, traje a mi feliz memoria un Prontuario de la conversación hispano-árabe, donde adquirí mis primeros conocimientos de esta hermosa lengua, y escogiendo ante todo una sarta de adjetivos y nombres usuales que en Tetuán me aprendí de memoria, y aplicándolos a mi interlocutora invisible, los fui metiendo con voz melosa por el agujero de la llave. Véanse estos ejemplos: «Eres dulce, Erhimo, como la miel, gallarda como la palmera, azul como el cielo; eres rosa y clavellina; eres jardín de delicias, y no hay estrella como tus ojos». Luego, sin darme reposo, enjareté las cláusulas lisonjeras y amables que sabía: «A tu lado vuelan los instantes»... «Me alegro mucho de que estés buena con toda tu familia»... «¡Qué hermoso día hace!»... «Vámonos de paseo»... ¡Y era de noche!

No me salió mal la prueba de mi Prontuario, porque Erhimo, tomando por espontánea la frase última, me dijo con sollozo: «Yo pasear no... soy esclava...» y luego siguió con una larga relación en que pude pescar palabras sueltas como: «El Nasiry... Allah... veneno... zapatero... dinero... dolor de muelas... libertad... jumento... ojo...». Nada en limpio saqué de tal galimatías; mas por no estar callado ni parecer que no entendía, solté esta frase, que era de las más fijas en mi memoria: «¿Estás segura de lo que dices?». Ella entonces habló de nuevo con más calor y viveza, como repitiendo y ampliando sus anteriores razones. Yo le solté otros conceptos de mi Prontuario: «Me sorprende el saberlo... ¡Cuánto me afligen tus desgracias!».

En resolución, el jugo que yo sacaba de nuestro coloquio era que Erhimo me pedía que la libertase, y naturalmente yo le daba a entender que no deseaba otra cosa. Firme en mi idea, le dije: «No ambiciono más que tu felicidad... Sólo vivo para ti». Bien clara llegó a mi intelecto la expresión de su gratitud: «¿Cómo pagarte tan gran beneficio?». ¡Al fin nos entendíamos! Ya me fueron fáciles las preguntas: «¿Cuándo, gacela...? ¿Estarás dispuesta, ensueño de los ángeles? ¿Dónde te espero?». Y ella me soltó nueva tarabilla con más presteza que antes. Por mucha atención y cuidado que puse, no cogí más que estos vocablos desengarzados del rosario de su charla: «Ojo... zapatero... adiós... libertad... buen Confusio... agradecimiento... veneno...Maimuna... carta... puerta... salida... noche...». Y otra vez repitió, hasta tres veces: «Carta, noche, puerta». No podía ser más claro: me escribiría una carta, la cual asomaría por debajo de la puerta, cuando la sosegada noche derramara su obscuridad en el patio. Dio suaves golpecitos en la madera, los cuales sentí como blanda caricia en mi corazón enamorado, y dijo hasta cinco veces adiós... Oí el dulce pisar de sus chancletas, retirándose escalones arriba.

Quedé yo embelesado y atónito del júbilo que me causaron la ilusión de amor y mi singular charla equívoca con Erhimo, dulcísimo coloquio, aun sin saber yo fijamente lo que habíamos dicho y tratado. Pero de la confusión del lenguaje sobresalía un hecho; y era que la mora, prendada de mi donosura, que contemplado había desde las altas rejas, quería que yo la sacase de su esclavitud, y conmigo la llevase a la civilización y a la Cristiandad. Esto me vanagloriaba, me volvía loco, y mis escrúpulos por traicionar la hospitalidad de El Nasiry se disiparon con la idea de que sacaba un alma de las tinieblas a la luz... Tan encendida estaba mi mente con mi cercano triunfo de enamorado y de catequista, que salí de la casa y me lancé al enredo de las calles morunas, para derramar en ellas mi alegría, mi ilusión, mi éxtasis... Molinillo era mi pensamiento imaginando con giro febril la hermosura de Erhimo. ¡Qué ojos obscuros, entornados, flechantes al resguardo de las grandes pestañas, decidores de mil secretos del amor de los ángeles y del de los humanos!... ¡qué risueña y regalada boquita!... ¡qué cabellos sedosos, negros, destinados a mayor encanto cuando los humedeciera el agua del bautismo!... ¡qué talle flexible y pegadizo, imitador de la serpiente en sus ondulaciones, y qué cuerpo, en fin, imitador de la gacela en su agilidad voladora! ¡Vaya unos andares y un revuelo de hurí, como las que cantan y retozan en el paraíso musulmán!... Pero no: ¡atrás Mahoma y sus ritos mentirosos! Reunía yo en mi pensamiento las dos esencias de amor y religión, y quería ser en una pieza el galán dichoso amado por Erhimo, y el sacerdote que vertiera en su cabeza el agua salvadora. ¡Doble triunfo y alegría dos veces inefable!

Llegada la noche, me metí en casa, donde tuve la suerte de cenar solo. Francamente, en tal noche me habrían sido penosas la presencia y mirada de El Nasiry. Entre la moral mahometana y la mía española no había concordia ni avenencia. Con sólo pasar de una raza a otra, el mal se trocaba en bien y el pecado en virtud. Mejor era que no habláramos. Los hechos hablarían... Pues señor: en cuanto quedó anegada en sombras la casa, cerrada la puerta, Ibrahim recogido a lo hondo del segundo patio, y todo en silencio, ya no pensé más que en vigilar la puerta por cuyo hueco inferior, Oriente rastrero de mi dicha, había de aparecer el sol de la anunciada carta... Pasaron horas de febril expectación. Mi ansiedad era juguete del tiempo, y éste un envidioso de las delicias de mi aventura. Como no tengo reloj, ni hay en aquel maldito pueblo torres de iglesia que con campanadas marquen las horas, no podía yo precisar el tiempo transcurrido: sólo sabía que los minutos remedaban la longitud de los años. Acabadita mi auscultación de la puerta, esperando en ella rumor de pasos o siseo, volvía yo a lo mismo... Poco tiempo estaba lejos de las maderas que eran la síntesis de todo el Universo. Creía que si me alejaba por dos o tres segundos, haría esperar a Erhimo... Por fin, a una hora que sin duda era de las correspondientes a la madrugada, saltaron a mi oído los anhelados rumores. Fue susurro no más del aliento de la odalisca, que me dijo: «Confusio, toma la carta». Sentí el roce del papel pasando de dentro afuera. Al mismo tiempo, la mora, adelgazando más su voz, me echó por el agujero de la llave un adiós seguido de expresiones medrosas, que traduje libremente de este modo: «No puedo estar aquí, buen Confusio: el menor ruido sería mi perdición. Lee la carta y haz lo que te digo...». Se retiró escalera arriba. Oí un paso blando de pie desnudo.

La desesperación que me acometió al volver a mi cuarto, no la comprenderás, ¡oh, lector mío!, si no te digo que me encontré sin luz y sin fósforos, por habérseme olvidado decir a Ibrahim que me dejase bujía y con qué encenderla. Forzosamente había de esperar a que la luz solar me alumbrase la lectura del divino mensaje, el cual era un papel escrito por todo un lado y la mitad de otro, doblado y sin cierre ni sobre. Me llené de paciencia, me tumbé vestido y dormí algunos ratos, sin soltar de mi mano el papel, que aún emboscaba en la obscuridad sus misteriosos caracteres. Despierto con la claridad matinal, advertí que la carta se componía de confusos garabatos escritos con tinta roja. ¡Nueva desesperación! Arábigos eran los caracteres, pero trazados por mano tan inexperta, que su interpretación habría sido un problema para cualquier práctico, para mí no digamos... No acertaré a expresar cuánto me estorbaba lo negro, diré mejor, lo rojo de aquellos trazos. Repasados tres o cuatro veces los torcidos renglones, creí descifrar estas voces: «burro, ojo, zapatero, libertad, etc...». En lo escrito, lo mismo que en el habla de la bella Erhimo, no pescaba yo más que algunos vocablos de los muchos que en aquel confuso mar nadaban, cual minúsculos, inquietos pececillos.

Pero yo buscaría un buen entendedor que lo tradujese y desentrañase, aunque los garfios, rabillos y puntos trazados por la mora fuesen obra del mismo diablo. Entretuve dos horas largas de la mañana en escribir todo lo pasado de mi aventura, mientras llegaba la parte de ella escondida aún en los senos del tiempo, y que sin duda habría de ser la más interesante. Terminando estaba ya mi trabajo del día, cuando me quitó la luz de la ventana una sombra que en ella se interpuso. Era El Nasiry, que me saludó en esta forma: «Allah sea contigo, amable Confusio. ¿Estás escribiendo? Pues acaba pronto, hijo, que hoy tenemos mucho que hablar... y que hacer». Concluyo, pues así me lo manda el amo, diciendo que en este instante entra El Nasiry en mi aposento, y que en su rostro y ademán creo notar una cierta gravedad en él desusada, y ante la cual se pone en guardia mi espíritu, armándose de todas sus facultades agresoras y defensivas. Aunque al pronto su vista me causó algún temblor, luego me fortalecí. Ya no tiemblo; espero...

Adiós, amigos. Hasta otra, que será donde Dios quiera, o en el amenísimo Valle de Josafat.

Cádiz, Marzo.- ¿Pensáis que he venido acá con la ideal Erhimo? ¿Pensáis que me ha lanzado El Nasiry, tirándome como pelota de un lado a otro del Estrecho?... Esperad un poco; dejadme tomar el hilo de mi relato en el punto mismo en que el renegado Ansúrez me obligó a romperlo. Entró, como dije, y viéndome limpiar mis plumas, que por algún tiempo habrían de estar ociosas, me soltó este jicarazo: «Recoge tu equipaje y dispón tu persona, que ha llegado la hora de embarcarte. Llamo equipaje a tu ropa interior, lavada o por lavar, que puedes envolver en un pañuelo grande; a lo que traes sobre tu cuerpo, y a los papeles que has escrito, todo lo cual en corto tiempo puede ser prevenido. ¡Feliz el hombre que viaja con tanto alivio de bagaje como los pájaros!».

-¿Pero ha llegado el vapor? -exclamé no hallando mejor disimulo de mi perplejidad-. El vapor no ha llegado, El Nasiry.

-Ha llegado anoche, y partirá hoy a las doce, a menos que tú lo eches a pique llenándolo de malos pensamientos -afirmó el renegado con firmeza, que me desconcertó más de lo que yo estaba.

-¡A las doce! Pues aún falta mucho tiempo.

Y él, con autoridad incisiva que no dejaba lugar a protestas, me ordenó que hiciera mi menguado envoltorio, y le siguiese sin vacilación ni excusas. Y como para suavizar la aspereza de su despotismo, sacó la bolsa judaica, y la sopesó haciendo sonar las monedillas. No puedo negar que el metálico ruido desarmó un tanto mi resistencia. Perezoso, fui recogiendo y empaquetando mis cosas, mientras el renegado añadía razones que me movieron más a obedecerle. «Sabrás -me dijo- que tengo prisa por embarcarte, porque esta tarde he de partir para Tetuán, ya de arrancada con toda mi familia».

-¿Ya?... ¿A Tetuán? ¿Pues qué... hay ya paces entre España y Marruecos?

-Paz venturosa firmaron ayer O'Donnell y Muley El Abbás. Todo Tánger lo sabe, menos tú, que no vives en la realidad, sino en el mundo de los ensueños tontos y falaces... Es raro que el hombre que se llamó Predicante de la Paz, no se alegre ahora de verla declarada y ajustada por dos pueblos hermanos... hermanos digo, y no es para que te asustes y pongas esa cara de idiota... ¿Qué piensas? ¿Ahora sales con que quieres guerra, y que sigan rompiéndose el bautismo y la circuncisión Marruecos y España?

-No, no: guerra no quiero, sino paz. La paz es mi elemento... En la paz desarrolla mi espíritu sus... no sé cómo decirlo... sus ideales doctrinas... Estoy contento de que no haya más guerra. Cuéntame... Pero no... Antes dime... dime por qué te vas a Tetuán tan de improviso, con toda tu reata de chiquillos y mujeres.

-Hijo mío, estoy en el aprieto de llegar pronto a Tetuán, y un día más que tarde podría traerme desdicha grande. No cabe más dilación, ahora que la paz me abre el camino de mi casa... Pues sabrás, pobre Confusio, que tengo enferma gravemente a una de mis esclavas, la más cariñosa, buena y apacible. Meses ha fue aquejada de un humorcillo que primero se le manifestó en el oído, luego en el cuello. Este achaque menoscabó grandemente su hermosura, por causa del sarpullido y del olor nada grato. Terribles dolores en dientes y muelas le quitaban el sueño, y de resultas de ello, la magnífica dentadura, que era como ringlera de perlas, quedó deslucida por caérsele algunas piezas de las más visibles. Lo que ha sufrido la pobre no puedes imaginártelo... Apareció luego el humorcillo en las piernas, con lo que se deslució aquel cuerpo de estatua, aquella piel que superaba en tersura y suavidad, puedes creérmelo, al más fino raso y al terciopelo más pulido. Con ungüentos preparados de las curanderas que aquí tenemos, se logró atajar el humorcillo en partes del cuerpo bajo y alto, donde más se estragaba y descomponía la belleza. Pero de pronto, cátate que aparece el maleficio en el ojo izquierdo, cebándose en uno de aquellos dos soles de su cara, que sólo con el del cielo podrían ser comparados, ¡ay!... En parte tan delicada, nada han podido los remedios de acá, y ya la tengo, si no irremediablemente tuerta, a punto de serlo para toda su vida, que es la mayor desolación que podrías imaginar en el vergel de aquel rostro de hurí.

Oí esta relación entre espantado y receloso, dudando si admitirla como verdadera, o si debía diputar a El Nasiry por el más redomado guasón de todo el orbe cristiano y mahometano.



Carlos VI en la Rápita de Benito Pérez Galdós

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