Carlos VI en la Rápita : 26

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Desperté sosegado y sin ningunas ganas de reír. Sentada junto al lecho, había Donata recostado en éste su cabeza y parecía dormir profundamente. Las ideas que me asaltaron en aquel rato de sedación suave, fueron desconsoladoras. Pensé que me había dejado llevar de la imaginación al encarecer desmedidamente la hermosura de Donata. Aunque es muy propio de poetas sublimar el semblante, el color y las líneas corpóreas de la mujer amada, entiendo que hice un derroche abusivo de comparaciones poniendo el cielo en los ojos de la mía, en su boca todas las gracias y en su cuerpo no sé qué ideales paganos de perfectísima gentileza. La miré bien, dormida, y si en efecto, no puedo menos de reconocer que es una linda hembra, también reconozco que hay no poca distancia desde sus atractivos a la perfección de nuestra madre Eva, o a la de las diosas gentílicas, con quienes en mis arrebatos de amor propio la he comparado. Me propuse rectificar en la primera ocasión oportuna aquel juicio mío inflado de hipérboles optimistas, y así lo hago, manifestando a los señores de Beramendi que rebajen un poquito mi poética descripción de la Erhimo aragonesa.

Pues de las observaciones que aquella noche hice ante Donata dormida, pasé a revolver en mi mente recuerdos de lo que ella me había contado días antes referentes a su niñez y crianza. En Alcoriza, tierra de Teruel, nació la que por especiales motivos románticos llamo mi odalisca, y fue su padre el sacristán de la iglesia principal del pueblo. Con sutil discreción, me dijo que el sujeto que ante el mundo se llamaba su padre le tenía ella por tal en concepto putativo, y que el verdadero progenitor era persona de más categoría. A la muerte del sacristán (acaecida cuando Donata no pasaba de los cinco años), quedó su mujer de sacristana, porque así lo dispuso el generoso párroco, hombre de opinión y de buena presencia, y en todo lo que no fuera servicio litúrgico de altar desempeñaba la viuda las mismas faenas del difunto. Ved aquí cómo creció la chiquilla en aquella vida sacristanesca. A su madre ayudaba en el barrido de la iglesia y capillas, en alimentar las lámparas de aceite, en lavar las imágenes, y desnudarlas o vestirlas cuando era menester, en disponer los altares para el diario y las funciones mayores. De aquí que estuviera la odalisca tan versada en las cosas del culto y fábrica, y en los ritos de cada festividad.

Así llegó a ser mocita. Me contó que miraba mucho por ella el buen cura, y que la guiaba paternalmente por los caminos de la virtud y de la honestidad, dándole además la instrucción rudimentaria de leer, escribir, y contar un poquito. Por desgracia, al cumplir Donata los diez y ocho abriles, falleció el bendito señor, dejándola sin más amparo que el de la madre; y menos mal que ambas continuaron en el albergue y oficio sacristanil, por tolerancia del nuevo cura. Era éste un bravo mocetón, furibundo carlista, gran cazador, rumboso, jovial. Sin duda no tuvo a la moza por saco de paja, porque quiso estrecharla más en su servicio y compañía, llevándola a la propia vivienda. Luchó la madre contra este propósito del superior jerárquico, y de la lucha vinieron disgustos, y la intervención de otro curita joven, de un próximo pueblo. En resolución, la sacristana hubo de poner en salvo de aquellas disputas a su querida hija, y no halló medio mejor que remesarla al señor Arcipreste don Juan, varón de grandísimo crédito y autoridad en aquel territorio. ¿Fue remitida Donata como alumna o pupila de un colegio, o como criatura torcida que necesita de un maestro y corrector que la enderece? Esto no supo decírmelo mi amada. Ya me lo explicaría mejor al proseguir la historia de su vida... ¡triste vida desarrollada en un medio sombrío, sotanesco!

Las reflexiones que me sugirió el ensayo biográfico de Donata, reproducido en mi memoria, las contaré cuando Dios quiera. Hoy tengo que reanudar el cuento de aquella noche, diciendo que Donata despertó cuando yo me hallaba en lo más intrincado de mis reflexiones. La pobrecilla mostró un interés muy vivo por mi descanso. Quería que durmiese más, o que en su compañía, charlando de íntimas y dulces cosas, repusiese mi espíritu del susto de la tragedia. Con buen acuerdo, nada me habló de la monstruosa ficción legal política y religiosa que levantaba en mi alma oleaje de terror y de ira. Lo que me dijo fue para mí de gran alivio; en sus palabras vi la expresión fiel del pensamiento. La esclava Erhimo, redimida por mí, puede tener, y tiene sin duda en su mente, todo el mazorral tenebroso que daba de sí la singular crianza que me contó ella misma; pero es buena, hay en su alma un fondo de rectitud y ternura, sobre el cual puede fundarse una regeneración espiritual con auxilio del tiempo.

Reproduzco sus expresiones, que creo interesantes: «Mira, Confusio, mientras tú dormías, yo he llorado... he llorado como San Pedro cuando, al oír cantar el gallo, cayó en la cuenta de que había negado a su Maestro. A ti, que eres mi maestro, te he negado yo diciéndote lo que no debía decirte. ¡Ay!, yo no debí defender al Arcipreste, ni meterme en músicas de si la Causa es mejor o peor que otras Causas... Verás por qué estuve yo tan impertinente y tan fuera de lo que soy. En la Catedral me arrimé a un gran corrillo que formaron en la capilla de San Rufo unos señores sacerdotes y media docena de mujeres, o señoras, que todo podían ser, de las que están allí mañana y tarde engolfadas en la santidad. Sea esto santidad verdadera, o turris burris, como dice don Juanondón, ello es que en mi pobre cabeza metieron todo lo que iban diciendo, y cuando me recogiste venía yo trastornadica...».

-Tu principal defecto -le dije- es que el último que llega te hace suya, Donata.

-Pues tenme siempre en tu influencia -respondió besándome las manos-, y si me quieres como yo a ti, Confusio mío, no me dejes ni un momento de tu poder... Yo te pido perdón de lo que pensé y dije, y no quiero ser sino al modo que a ti te plazca... Esclava soy desde que nací, y de unos a otros dueños he pasado; ahora soy esclava tuya. No me has comprado con dinero, sino con tu amor, y en el amor tuyo quiero vivir siempre.

Bastaron estas tiernas declaraciones, que del corazón le salían en hermoso torrente, para que yo me calmase de aquel estado de malquerencia y enojo de todas las cosas. A tal estado llegué por el terror de la ejecución de Ortega, que en mi espíritu se desató el fiero pesimismo. Ver morir a un hombre en aquella forma de glacial justicia sin entrañas, era bastante motivo para que se ajaran ante mis ojos todas las formas del mundo que me rodea, entre ellas la misma Donata, cuya belleza rebajé despiadado con cierto furor iconoclasta. Mas lo que a la madrugada me dijo, y el hechizo de su ternura y arrepentimiento, la repusieron en mi adoración, y si no recobró la ideal hermosura de los días románticos, quedó restaurada lo suficiente para ser una hembra muy distante de la vulgaridad.

Por la mañana subió a mi camaranchón el castrense don Jesús. Mis primeras palabras, contestando a su saludo, fueron para suplicarle que no me hablase de la intentona, ni de ningún tema que con la cosa pública tuviera relación. «¡Pues, hijo, no está usted poco incomunicado con el mundo! -me dijo risueño-. ¿De modo que no quiere saber que se ha encontrado la pista del falso Monarca y del falso Príncipe?... Sí... ya saben hasta los perros que Montemolín y su hermano están en Ulldecona, muy agazapaditos en un convento de monjas...». No pude sustraerme al interés de estas noticias. Sintiéndome gradualmente animado, me vestí y arreglé para sacudir la tristeza y volver a la vida normal... Poco después estaba yo en la cocina, donde supe por Polonia que don Higinio había convidado a comer a su amigo, el marino atlético, que en brazos lo sacó de las apreturas del gentío momentos después de la ejecución. Ambos estaban en el comedor con el Capitán, éste leyendo periódicos de Madrid, don Higinio haciendo cigarros de papel en una maquinilla.

Allá me fui tratando de dar a mi espíritu algún esparcimiento, y saludé con afecto al marino, deseando mostrarle mi simpatía. Al verle en pie, para corresponder a mi saludo, admiré su arrogante figura y la ruda belleza del rostro en que habían escrito sus rigores el viento y el sol. «Paréceme usted un gladiador de mar -le dije-, y tan lucida y airosa es su facha, señor mío, que le dan a uno ganas de llamarle Neptuno». A mis galanterías dio esta contestación, que me dejó atónito: «No me llamo Neptuno, sino Diego Ansúrez, para servir a ustedes».

Con ardientes expresiones mías estalló la anagnórisis, que así llaman los retóricos al reconocimiento de personajes. Era de los míos. No pude decirle: «¡oh padre, oh hermano!» como es de cajón en las anagnórisis; pero le dije: «Soy muy amigo de su padre de usted, Jerónimo Ansúrez... de su hermana Lucila, que es, mejorando lo presente (por allí andaba Polonia trasteando en el aparador), la mujer más guapa del mundo; de su hermano Leoncio, armero habilísimo; de su hermano Ruy, pensionado en Bélgica por el marqués de Beramendi para perfeccionarse en la música, y por fin, conozco y estimo grandemente a su glorioso hermano Gonzalo, que de España se pasó a Marruecos y de Cristo a Mahoma, y hoy es un caballero poderoso llamado El Nasiry».

No menos asombrado que yo, el Ansúrez de mar me pidió con interés febril noticias de todo el familiaje que nombré. De Lucila sabe que ha enviudado y que posee hacienda pingüe; de su padre recibió carta hallándose en Vinaroz en el mes de diciembre último; con Gonzalo no se cartea; pero sabe por Jerónimo que está bueno y vive en grande, con sinfín de mujeres, y valimiento en la corte del Sultán. Dile yo cuenta de mi amistad con El Nasiry, y de lo que es y supone en aquel Imperio, quedando él y los que nos escuchaban maravillados de tan portentosa metamorfosis. Don Higinio, el Capitán y el Castrense mismo, no ocultaban sus ganas de vestirse a lo moro, de hablar el árabe, de tener provisión de hermosos caballos y un rebaño de lindas mujeres sumisas. Buena cosa es la poligamia, matrimonio múltiple sin suegras... Después de responder a las preguntas del celtíbero de mar, tocome preguntar a mí, y lo hice pidiéndole informes de su hermano Gil o Egidius, que vaga por estas tierras. Contestome que, gracias a Dios, no anda ya Gil en trotes de bandolero: de otras granjerías vive, no muy honradas que digamos, pero menos expuestas a dar contra la justicia y a tropezar con el presidio.

«Por estos pueblos de la costa andaba con el compañero valenciano que le ha enseñado esa industria -nos dijo-. En Hospitalet nos encontramos un día, y le eché los tiempos...: '¡Ah, tunante, si no te marchas de esta tierra donde te conocen y puedes ser descubierto, yo te haré salir a puñetazos!'. Pasaron a Falset; de allí al Priorato, donde ganaron mucho dinero, según oí, y ahora están hacia Mequinenza sacando todo el jugo a su negocio... Veo que están ustedes llenos de curiosidad por saber en qué negocio trabajan esos pillos, y van a quedar satisfechos sin demora. Mi hermano Gil es agudo como el hambre, vivo como la pólvora, de rostro muy moreno, el labio un poco grueso, los ojos como endrinas. Con un gorro encarnado, unas bragas azules, chaquetón o balandrán con botones de moneditas y adorno dorado, se hace un empaque como el de esos griegos o turcos que vemos en los muelles de Marsella y de Génova. En los puertos levantinos aprendió el valenciano la industria que luego enseñó a Gil, enseñándole también a mascullar la lengua turquesca o tunecina que habla toda la pillería marinera del Mediterráneo. ¡Y qué industria se traen los caballeros! Ello es vender cositas piadosas de Tierra Santa, que llevan en un carro grande como una casa, donde viven y hacen su comida, con lo que, a más de darse mucho tono, ahorran el gasto de posada... En cuanto llegan a un lugar, paran el coche en medio de la plaza, y con grandes voces, en catalán o castellano chapurrado, según los pueblos, llaman a la gente, y mi hermano, que tiene gran despejo para sermonear, larga una plática pregonando la santidad y la virtud de la mercancía. Acuden las mujeres como moscas, oyen aquellos disparates, y ya las tienen ustedes trastornadas. La ignorancia, el poco seso y la beatería caen en el garlito; empieza el compra y vende, y antes se cansarán ellos de coger dinero que ellas de dárselo por las baratijas milagrosas... ¡Y que no es floja la tarifa de precios! Las piedrecitas del Monte Sinaí, donde Dios le dio a Moisés las Tablas, se venden al peso, por adarmes, y valen dos, dos y medio, y tres reales: en relicario con cristal, valen seis y ocho reales. Las botellas de agua del Jordán, para lavar los ojos enfermos, u otra parte del cuerpo en algún caso, varían, según el tamaño, de siete a doce reales, y lo mismo los rosarios de huesos de aceitunas del Getsemaní. Las hierbas del mismo huerto son a precios convencionales, y quien las quiera del propio sitio en que posó sus pies y rodillas Nuestro Señor, ya tendrá que pagar un pico. Las que están cogidas en el ruedo de aquel sitio sagrado, van valiendo menos, conforme se alarga la distancia; y las llamadas rosas de Jericó, que son al modo de unas escobitas para rociar agua bendita, se pagan caras, pues es cosa que estiman mucho las embarazadas, y mujeres hay tan ciegas de fanatismo, que no paren a gusto si no les dan la rosa... Para el completo engaño de la gente, llevan esos pillos testimoniales de cada cosa: son papeles escritos en arábigo, y traducidos al español por un monje que acredita la procedencia del género, y luego firman y dan fe priores, abades, y hasta cónsules mismamente. Todo es falso; pero tan bien apañado, que la filfa parece verdad: las mujeres enloquecen, los hombres aflojan los cuartos, los curas bendicen, los alcaldes toleran, y los malditísimos charlatanes se van a otro pueblo cargados de dinero, sin más trabajo que ir recogiendo por el camino las piedrecitas del Monte Sinaí».



Carlos VI en la Rápita de Benito Pérez Galdós

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