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Carne doliente/De amor/¡Así!

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¡ASI!

I

Cien veces había clamado en las reuniones de amigos contra el derecho de muerte que se abrogaban los hombres sobre las amantes infieles y traidoras. Cien veces había yo oído de sus labios la altisonante palabra de protesta gesticulada entre arrebatos un tanto líricos pero preñados de argumentos.

El derecho del hombre, decía, ejercitado en detrimento de la libertad femenina, está solo en su fuerza de bruto. Ella, la fuerza, le ciega. Si razonara un instante, si fuera capaz de meditar un segundo en medio de los relámpagos de su cólera producida por su orgullo herido, por su vanidad ultrajada, desaparecerían para siempre los actos de violencia indignos, injustos, bárbaros y repugnantes con que se han manchado las generaciones que nos han precedido y se siguen manchando las presentes.

Y por ese tenor, amontonando ejemplos probatorios, llegaba á afirmar, incontestablemente, la falta de equidad en las relaciones de los sexos, relaciones en las cuales el hombre llevaba siempre la mejor parte, puesto que él era, al fin y al cabo, ayer como hoy, el dueño y señor, el amo en la casa, el dominador en todas partes.

La cuestión económica era, naturalmente, para él, la que obstaculizaba aun la independencia verdadera de la mujer, constituyendo el principal lazo, la mas fuerte ligadura esclavizadora. Sin independencia económica no sería posible nunca obtener la verdadera libertad de los sexos reclamada, imperiosamente, por la razón y la vida.

Claro está que se consideraba un libertado del prejuicio en boga. Estaba unido libremente á una hermosa mujer que le acompañaba en la vida como una alma gemela alentadora y llena de bondad, algo así como un espíritu hermano, lleno de dulzura, que le alegraba las horas dándole, en cariño, todo lo que exigía su ardiente naturaleza.

La verdad era que al contemplarles juntos nadie hubiera pensado que tan pronto aquel dogmático teórico iba á ser puesto á prueba en una forma tan decisiva.

En sus libres relaciones de amor, él afirmaba, habían sido excluidos el engaño y la falsía, ya que la más libérrima voluntad precediera aquella unión. Desde que ningún interés mezquino había hecho presión sobre aquellos dos seres mal podían los convencionalismos ni las fórmulas falsas y antinaturales inmiscuirse para nada en sus destinos. Se habían deseado, se querían y basta.

De esto deducíase, lógicamente, que si mañana, por una causa no prevista pero no por esto imposible de acontecer, cesara aquel amor, la misma libertad que los uniera sería la que debiera separarlos.

Nunca él hizo alusión á la posibilidad de esta circunstancia como si, pese á sus ideas al respecto, un vago temor le atara la lengua. El temor no era de advertirse, mucho más si se tiene en cuenta que la circunstancia podía ser prevista por cualquiera dados los antecedentes expuestos. El caso era de aquellos que se encuentran fuera de toda discusión. La solución del problema, en caso de plantearse, estaba resuelta de antemano.

II

—Yo no debo engañarte. No debo, no quiero; aparte de que no habría objeto en ello.

La voz de la compañera vibraba en su garganta con un timbre algo extraño. Era una voz serena si, pero cargada de emociones. Salía la frase como envuelta en un efluvio doloroso aunque resuelto.

El aire tibio de la tarde estival que penetraba por la ventana entreabierta del comedor alegre, daba mayor fuerza á la expresión haciéndola más penetrante y aguda.

—No debes engañarme... si... no quieres... pero ¿por qué hablas así?...

La frase terminó en un ruego. La pregunta parecía decir: si no hablaras te lo agradecería. La sospecha de algo grave, de algo muy triste, irreparable y muy angustioso, cruzó por el cerebro del hombre amante, del compañero cuya vida—¡oh, ahora lo sentía como á través de una adivinación súbita!—estaba toda entera en la voluntad de aquella mujer.

Ella, sin dar á conocer que sus ojos penetrabran en la sombra del drama que agitaba el espíritu del hombre, continuó impertérrita:

—La libertad que nos unió separará nuestros cuerpos. Ya no soy tuya...

El le tapó la boca, como queriendo evitar la confesión completa que lo heria en lo más hondo.

La cabeza triste de la mujer se dobló sobre la mano del hombre.

—Si quieres, prosiguió ella, seremos siempre amigos. ¿Por que no?...

—¿Por que no? repitió el hombre maquinalmente. Y se abismó en su pena.

Después, en nombre de aquel amor embargante, pidió, casi exigiendo, que no le abandonara así, tan de improviso, tan repentinamente. Él sufría, ella lo sabía, lo veía; debía hacerlo, no por obligación, sí por cariño.

Ella formuló una promesa, un débil consuelo en frase breve. Esperaría.

Como un rayo estalló de pronto en él algo parecido á la cólera. Apesar de aquella franca declaración se consideró engañado y los celos terribles estallaron, tan terribles y grandes como el mismo afecto que le embarazaba.

Tuvo entonces exigencias que ella resistió, exponiendo las mismas ideas que el propagaba. La mujer las aprovechaba todas en favor de su resolución. Su voluntad era esa hoy como ayer fué la de atarse á su suerte. ¿Podía él impedirlo? ¿En nombre de qué ley, de qué razón, de qué fuerza? ¡No, no, y no! El también estaba fuera de la verdad, de la vida. ¿Cómo podía exigir de ella lo que, en caso análogo, hubiera repudiado en otros?

La escena terminó brutalmente, perdiendo el hombre en razón lo que ganara en violencia.

—¿Sería, al fin, como los demás?... Él mismo era quien se formulaba la pregunta. Y tuvo vergüenza de hacer lo que hacía.

III

Tres días habían pasado, tres días de dolor, de dudas horribles, de sombras martirizantes. El hombre razonaba pero no se entregaba á su destino.

En la mañana del cuarto día un hecho sospechado lo sacó de quicio. Ella recibió una carta perentoria cuyo texto quizo ocultar.

—¿Para qué? le dijo. Por él mismo lo hacía. Debía partir y él no indagar más. Dejarla, en una palabra, ejercitar su voluntad sin ponerle un obstáculo.

—¿Dejarla? Pero eso era resignarse al sacrificio, entregarse al dolor, á la desesperación, al martirio.

Tuvo otro ímpetu y corrió hacia la mujer.

—¡Dáme esa carta!

—Tómala.

—......

—Bueno... ¿Y ahora?...

—¡Ahora te quedas!

—¿En nombre de qué?

—¡De mi fuerza!

Ella rió nerviosa, agitada, casi con estruendo.

Y él viéndolo todo, abarcando en una gran mirada la inmensidad de su desastre, resolvió su destino con sus propias manos. Le asió el cuello, el cuello blanco y sin mácula, y, moderno Otelo, la ahogó sobre el sofá del comedor alegre, impregnado de aire tibio.

—¡Así! ¡Así! ¡Después yo! ¡No tengo razón! ¡Ya sé! No tengo razón pero te mato! ¡No importa! ¡No tengo razón, no tengo razón! ¡Ya sé! ¡No importa! ¡Asi! ¡Así! ¡Después yo!...