Carne doliente/De amor/Cadenas
CADENAS
I
Era ella fuerte y altiva. Y nadie, hasta entonces, habíale hecho abdicar de su fiereza. ¿Como iba á explicarse, pues, el dominio ejercido sobre este ser superior por aquel vulgar hombre, aquel rudo capitán de barco, vicioso, disoluto, cruel siempre que se hallaba bajo la acción del veneno, humilde y lamentablemente bajo cuando la depresión física le invadía? De alta y fornida figura, era el marino bellamente varonil, es cierto, pero sin ninguno de los demás atractivos que parecían necesarios para servir de compañero de vida á una mujer tan admirablemente dotada como lo era aquella Laura, ave errante y libre, á quien por casualidad encontrara al llegar de arribada á un puerto mejicano.
¡Ay! ella misma no podía explicárselo. Aquel hombre se había adherido á su vida como el dolor á la carne. Y no podía desprendérselo. Así, cuando, desesperada, como una vaga impulsiva, á raíz de una escena brutal en que el borracho la golpeaba, ella salía huyendo de un lugar cualquiera, allá, á través del mundo, la sombra del barco de Carlos,—tétrica sombra,—iba siempre implacable, siguiendo al «transatlántico» en cuya velocidad Laura pusiera, momentáneamente, su destino. La encontraba para pedirle perdón y besarla de rodillas, tan servil é indigno, pasado el exceso, como indómito y terrible en la borrasca.
—¿Qué quieres de mí? decíale ella entonces. Separémonos de una vez, para siempre. Será mejor para tí y para mí. Esta gimnasia destruye demasiado. No podremos resistir. E insistía invariablemente. Llegó á suplicar: «¡Por tí! ¡Por mí!»
—Moriremos juntos. Prométemelo, argüía el marino.
Vivaz, ardiente, febricitantemente. ¡cuando quieras! contestábale Laura, entreviendo el descanso. Pero no se atrevía, ¡El muy cobarde!
Al fin, la mujer triunfaba en ella y el perdón, compasivo y noble, aparecía en sus labios, que un gesto de dolor contraía amargamente.
Pero la escena, uniforme y feroz, se repetía al poco tiempo. La acción del veneno era la misma bajo todas las latitudes. Y la altivez y la fuerza de Laura volvían á rodar por la alcoba, cuyos tapices manchaban los vómitos del ebrio. ¡Oh, noches de amor y vino en que él, rabioso, mordía sus carnes, las carnes palpitantes de sus senos frescos, como frutas maduras que calmaran los ardores de un sediento! ¡Oh, noches de placer y dolor en que él rugía y ella, sollozante, tragábase sus lágrimas de vergüenza, mientras continuaba escuchando, como una obsesión ya, las frases consoladoras de Carlos: «moriremos juntos, prometémelo!...»
—¡Eres cobarde, Carlos! ¡No has de atreverte nunca! ¡Hiere! ¡Que el vino y la sangre deben hacer buena mezcla!
Cuando ella hablaba así, mirándolo fijo y firme, él sentía, allá en lo hondo de su ser, algo que le daba frío. ¡La mirada era tan firme y tan fija!...
—Es que, si tu no lo haces, adviértelo bien, díjole una noche, yo...
Cortándole las palabras, el pretendió someterla como otras veces, y, loco, delirante, levantó su mano.
Ella sintió que un vértigo le arrebataba. Atajó el golpe del bárbaro; subió á la altura del hombro el puñal morisco que le sirviera de corta papel, lo hizo cruzar, rápido, frente á los ojos de Carlos, y llena de ansias, lo hundió, hasta el anillo de oro, en pleno pecho blanco y velludo.
—¡Te lo prometí! Si mueres, partiremos juntos.—Y del cuerpo caído y sangriento arrancó el arma.
Altiva y fuerte, Laura volvía por su fiereza.
Escasa tarea hubo para la justicia. Aquel borracho, hermoso como un dios, tenía también su dignidad. Por eso, cuando ella declaraba la verdad, toda la verdad del crimen, Carlos, desde su cama triste, hacía recaer sobre él toda la culpabilidad del acto. La herida era obra de sus propias manos. Y ella, inocente.
II
Bella, tranquilla, llena de sol y aire tibio y vivificante, era la tarde en que Laura se dirigía, por última vez, hacia el hospital neoyorkino donde Carlos convalecía.
—Lo prometí y lo hubiera cumplido. Si morías, no hubieras partido solo. Pero tu cobardía nos separa. Si tú hubieras dado el golpe, á estas horas... En fin, tu te salvas y yo parto. «¡Good bye!»
Por primera vez ella le hablaba á Carlos en su idioma. ¡Y con qué palabras!
—«¡Good bye!»—repitió el marino como un autómata, en un tono que parecía decir: «sobre el mundo mi barco no volverá á encontrar tus huellas».
Y aquel «¡good bye!» repetido en aquel instante, tornábase aún más trágico que la puñalada de Laura y el gemido de Carlos en la noche infausta, porque era la síntesis final de un poema triste, del poema triste de aquellos dos seres hechos de pasión y dolor.
III
Afirmada en su fiereza, al franquear las puertas del hospicio, Laura pensaba que aquella noche, al herir, no había herido á «su» hombre, sino á «un» hombre. No amaba ya. He ahí todo. Por eso la rebelión que allí fué castigo. Contra el ultraje, la puñalada. Veía sangre en sus manos y se decía melancólica: el amor no supo verterla. Indudablemente, no amaba ya...