Carne doliente/De amor/Cruz
CRUZ
I
Había guerreado en guerras bravas donde se cubrió de sangre. Sangre enemiga dijeronle sin que él supiera nunca porqué. Peleaban los caudillos disputándose prebendas sobre el suelo de la patria recien nacida y allá iban los pobres muchachos de campo arrastrados por las levas, á doblegarse bajo las penurias del campamento gaucho, á rendirse bajo el sol sangriento de los combates, fuertes y heroicos como ayer en los choques de donde brotara la independencia americana,—pero ya sin conciencia, como arrastrados por un impulso ciego hacia la matanza y el esterminio. Así se hizo soldado.
Niño, arrancado de las faenas campestres, no conoció otra vida que la infecunda y ajitada del cuartel. Antes de manejar bien el lazo, aprender á arriar una tropa, ordeñar una vaca y esquilar una oveja, se le llevó junto al fogón militar, se le ató al cinto el sable homicida y se le prendió en el ojal de la chaqueta la divisa de un caudillo, el cacique politico del pago, señor moderno, no de horca y cuchillo como los del feudo antiguo pero si de bota y espuela, facon al cinto, poncho á la rastra y cinta azul en el sombrero de ala ancha y requintado en la nuca.
Después, cuando el caudillaje fué vencido, dominado por el político urbano—el gaucho de ciudad transformado en elegante de levita y galera de felpa—el muchacho, ya hecho al ambiente del miliciano pampa, continuó su vida infecunda enganchándose en el ejercito de la nación formado con todos los rezagos de las montoneras semi-bárbaras.
Entonces tuvo sus primeros amores, sintiéndose ligado á otro destino. Allá, en sus correrías de bruto armado, en el intervalo de los encuentros á lanza, dando un alto al crimen, esparció sus caricias de tenorio rural entre chinas conquistadas, tomadas al asalto como enemigos ó seducidas por sus encantos de joven guerrero. Fueron luces fugaces, pasiones de una hora dispersadas por el vendabal que les empujaba, por la ola de fuego asesino que les envolvía. Luego, en la ciudad, en medio del burdel frecuentado por la soldadesca borracha y pendenciera, él acababa de realizar su primer idilio....
Mucho de ingenuo en el alma, pese al sinsabor y el trajín pasados, dábale aspecto de niño grande, fácil de rendirse al halago y suavidad mujeril. Y se rindió con armas y bagajes al afecto de una manceba de popular haren, entre la sonrisa maliciosa y los dicharachos irónicos de compañeros al parecer más espertos en lides de esta especie. Ella le quiso, le deseó con todo el impetu de una naturaleza primitiva, recien despertada dijerase apesar del forzado ejercicio á que sometiera su cuerpo el infamante negocio.
II
Del burdel salió la pareja á hacer nido en un rincón del suburbio. Ella tenía sus ahorros, dolorosos ahorros obtenidos en el tráfico agostador.
Un día le habló tan tierna, tan suave, tan cariñosamente sobre su vida de soldado exigente y disoluta que le impedía dedicarle á ella todas sus horas como lo reclamaba, ardientemente, su sangre de amante joven, que él se sintió vencido y resuelto. Dejaría el servicio. ¿Para qué continuar en ese calvario lento y embrutecedor? Ya estaba cansado. Después de diez años de brega no tenía un cobre ni una jineta envidiable. Siempre le olvidaban y él estaba ofendido, herido en su orgullo. Por otra parte eran tan convincentes las palabras de ella....
—Yo seré tuya, así, hasta el sacrificio; tuya sola y para siempre, sin esperar de tí otro pago que el del cariño. Dejá el cuartel, como yo dejé el vicio y vivamos para querernos. Si podés y querés trabajarás algún día. Mientras tanto yo tengo para los dos. Descansá y quereme mucho, como yo á vos.
Así hablaba la amante criolla, grande en su querer como una leona que envolviera á un cachorro en un abrazo ahogador.
Un poco por pereza, por afan enfermizo de descanso, por esa especie de ciego y fatal impulso hacia el amodorramiento, hacia la indiferencia por todo lo que fuera ejercitar la propia iniciativa, impulso adquirido en el ambiente del cuartel; otro poco por dejadez instintiva, por falta de energía para resistir á aquella seducción ejercitada tan hábil y amorosamente, él se entregó sin mayores aspavientos, no porque dejara de comprender su situación de sostenido ante ella, sino porque el acto se realizaba con tanta expontaneidad, tan impetuosa y sinceramente, que le pareció una crueldad rebelarse. Ella no daba, pedía exijiendo. Y él dió, se dió todo entero, tal como era, dejándose absorver, quemar por el calor de aquel afecto avasallante, sin cálculo, enorme y dominante, que no admitía una vacilación, ni una duda, ni un escrúpulo de conciencia.
III
La nueva vida, fácil y sin acción, á la que se encontraba tan bien preparado, fuélo llevando, insenciblemente, á una molicie denigrante. No tenía fuerzas sino para consumir en aquella pasión que lo envilecía porque lo rebajaba como hombre.
El lo comprendió casi instintivamente. Entonces quiso reaccionar. Buscó trabajo algo en que ocuparse. Ella lo estimuló también; primero debilmente, mas tarde con imperio. ¿Trabajar? ¿Pero en qué? Recien caía en la verdad. Él no sabía hacer nada, nunca había hecho nada, jamás podría hacer nada. Durante su existencia no había aprendido otra cosa que á manejar un sable: y eso era no haber hecho nada... Y hoy era necesario.
La vida empezó á hacerse dificil. De los ahorros aportados por ella al nido no quedaban ni recuerdos. Con la última dolencia de él, que se había hecho delicado, terminó la última moneda.
Aplacado el ardor la vida comenzó á hacerse monótona. La leona amorosa de ayer no tenía para el abrazo el mismo calor ni el mismo impetu. Él sintió el desvío pero la necesidad le hizo hacer buena cara. Siguió perdiendo en vergüenza y exijió de ella cosas que antes le hubieran repugnado. Hoy nó. Y ella cedió, entregándose de nuevo al comercio infame por espiritu de abnegación, por instinto de sacrificio. La reflección vino más tarde.
IV
Hemos de separarnos le dijo ella un día en que él tuvo una exigencia desmedida. Tuvo en la frase triste é irreparable del rechazo la misma enerjía que otrora para pronunciar la que hubo de ligarlos tan fuerte como temporalmente.
Él la miró con ojos que expresaban algo más que disgusto.
—¿Irte de mi lado? ¡Vos! ¿Y después de todo esto?
Le pareció tan extraño el caso que contuvo la explosión de su cólera como quien no está seguro de lo que oye.
—Esta existencia no puede prolongarse así, continuó argumentando la mujer.
—Vos dirás que no pero yo no pienso lo mismo. ¡Vos sos mía y de nadie más!
Ella sonrió tristemente como diciendo: tuya sí, mientras te quise. Hoy no....
—¡Si te vas te mato!
Y la amenaza cayó sobre ella envuelta en rayos de odio.
Ante la idea de la separación cruzó, veloz, por el cerebro del hombre, la idea homicida. Irse ella, abandonarlo así, significaba para él la muerte. Madre y amante que en mitad del camino le dejaba sin amor que es fuego, desamparado y triste como una cosa de la que ya no se necesita, ya no se quiere y se echa al arroyo, á la primera zanja que se encuentra.
V
—¡Si te vas te mato!
Ella no había creido en la terrible amenaza. Acostumbrada estaba al dolor y al castigo y el temor no fué nunca su consejero.
No amaba, no quería yá, aquel hombre había dejado de ser una necesidad para ella y por eso hoy no titubeaba. Con el mismo valor, con la misma entereza que ayer para obtener cariño, arrostraba el peligro para rechazar lo que no le exijía su naturaleza.
VI
Hoy no vuelvo le había dicho aquella mañana, la más triste de aquellas dos vidas.
Él guardó silencio mirándola como miraría un condenado á quien le leyera su sentencia de muerte.
Haciendo estaba sus preparativos últimos cuando él se acercó resuelto.
—¡Mirá, por última vez, quedáte!
Y fijó en ella sus ojos como dos carbones ardiendo en fuegos desconocidos.
Sin hacerle caso, como quien oye una queja inútil, la mujer respondió con una frase banal y compasiva.
Fué la chispa. Después estalló el incendió. Como tu tigre clavó sus garras en los brazos de la mujer que se estremeció toda entera sin poder hablar.
—¡Perra, tomá!
Y la puñalada honda, traidora y cruel, no tanto como el insulto, abrió el seno moreno, generoso y luciente. Y el arma cayó una, dos, tres veces....
—¡Mía y de nadie más!.....
Era la última puñalada. En ella él había puesto todo su amor....