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Carne doliente/De amor/Resurrección

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RESURRECCION

I

Cuando él iba muy borracho, como esa noche, ella lo desnudaba. Le sacaba la ropa á tirones y rezongando. Después, ya con su hombre en casa, acostada á su lado, la pobre muchacha rememoraba el pasado.

Lo había conocido una noche en el harem popular donde ella hacía de odalisca. Llegó sólo, en momentos que un bárbaro la golpeaba con el aplauso de un grupo de compañeros. ¡No podía olvidar la escena aquella! El se paró ante el grupo, lanzó un reto audaz al agresor y la escudó con su cuerpo. Hubo lucha. A pesar de su audacia, no pudo imponerse sin esfuerzo. Le vieron solo y creyeron fácil dominarle. Era pequeño de cuerpo y sin exterioridades que le hicieran aparecer temible, pero resultó que el alfeñique aquél tenía músculos de acero y un valor personal que excedía á toda ponderación. Atropelló con tal ímpetu, que la pandilla se vió arrollada en el primer instante. En medio del tumulto, á traición, le hirieron. Cayó con la cabeza rota. Se levantó, sintióse herido, bañó sus manos en la sangre que le cubría la cara y, ciego de coraje, azotó con ellas.

Lo evocaba así siempre, lleno de sangre, altivo, loco, arremetiendo contra el montón de cobardes, defendiéndola como un héroe, cayendo y levantándose con más brío cada vez, hasta poner en fuga á la pandilla.

Esa noche se había quedado. Ella, temblando, le lavó la herida y le dió muchos besos. Él se reía de su hazaña como si se tratara de algo que no debiera extrañar á nadie. Esto le daba ante los ojos de ella mayor realce y hacía que su figura creciera en su imaginación.

Por la mañana, cuando quiso irse, ella le pidió que volviera pronto. Él se lo prometió. Pasaron días. ¡Cómo sufrió durante la espera! No se perdonaba el no haber averiguado su nombre. ¡Y pensar que no se le había ocurrido siquiera preguntarle dónde vivía! ¡Que bruta era! ¡Le había tratado casi como á los demás, como á uno de tantos, sin darle, quizás, más de lo que diera á otros! ¡No podía perdonárselo, no se lo perdonaría nunca!

Cuando él volvió, al cabo de muchas noches, ella experimentó la más grande de las alegrías á que podía aspirar en su cautiverio.

Tuvo su nombre y su dirección. ¿Por qué no había de dárselos? ¿Qué mal podía traerle aquello? Nada más natural que ella supiera quién era y adónde vivía. Él no se resistió. En realidad le halagaba el interés que ella demostraba por su persona.

Después el harem popular fué teatro de un verdadero idilio.

—No te creo, solía decir él.

—Tampoco yo, en tu caso, creería. Pero es así. ¿Por qué no hemos de querer nosotras también? Y más que ellas, porque hemos sufrido más.

—Pero ¿por qué te emborrachas? No quiero verte así ¿sabes?—le dijo una noche. Y la pobre muchacha, la asilada de prostíbulo, le dió consejos morales.

—Si no me emborrachara no vendría á verte—contestó él sombrío.—Escucha ¿quieres salir de aquí? ¿Quieres que yo te lleve?—agregó después dulcificando el gesto.

Ella nada dijo, quedando como abatida. Esperaba, más bien dicho presentía aquello, pero no tan pronto, tan de improviso. El placer que le causara la proposición, se exteriorizó en sus facciones de una manera extraña. Tal como si un dolor la hubiera anonadado.

Él, sin comprenderla, se exasperó.

—Si no quieres, bueno. ¡Quédate en la cloaca! Al fin y al cabo....

Sin dejarle terminar la frase ella se echó á su cuello. Lloraba á mares. Sobre el pecho del hombre se deshizo en lágrimas.

Al día siguiente se marchaban juntos, bajo la mirada infame del rufián que murmuraba contra él.


Muchos buenos y malos días transcurrieron.

Él trabajaba para sostener la casa, pero de noche regresaba borracho.

Y los consejos y las súplicas de ella resultaban inútiles. Era bueno pero no la atendía. Y su naturaleza degeneraba por horas.

—¡Qué hacer!—decía ella cuando él iba muy borracho, como esa noche. Y se pasaba en vela rememorando el pasado.

II

Al día siguiente tenía formada su determinación. Mientras almorzaba se paró frente á él y le dijo muy seria:

—Si otra noche vuelves así yo me voy ¡te lo juro!

Era tan enérgico el tono, tan resuelto el ademán de ella, que él la miró asombrado.

—¿Te vas? ¿Te vas? ¿Y á donde? Iba á echarle en cara su proceder, pero se detuvo.

—Bueno, si no quieres, me dejas. ¡Volveré á la cloaca! Al fin y al cabo...

Fué como un tiro. No se le había ocurrido que pudiera suceder eso. ¿Volver allí, ella? ¿Y por qué no si había estado tanto tiempo?

Sin terminar de almorzar se fué al trabajo. Ella le esperó como siempre.

Llegó la noche y él no quiso salir.

Así una semana.

No había duda. Ella lo regeneraba.

III

Una tarde, la tarde de un día de fiesta, charlaban amablemente sobre la vida futura. Vivían tranquilos, porque él ya no se emborrachaba. De pronto ella se acordó de sus padres y se le nublaron los ojos. Todavía había en ellos mucha tristeza. Cuando estos recuerdos la asaltaban, él permanecía mudo. Temía interrumpirla con alguna observación banal.

—No los veré más, dijo ella,

—¿Quién te lo impide? dijo él.

—¿Quieres saber una cosa?—Y se levantó.—Tóma y lee.

La carta empezaba así: «No creemos en lo que nos dices; tú has muerto para nosotros. No te acuerdes que tienes padres. No reconoceremos jamás á una perdida como tú...»

No continuó. Iba á romper la carta, colérico. Ella le cogió el brazo.

—¿Qué quieres? dijo. Tampoco tú creías Acuérdate...