Carne doliente/De esperanza/El bravo trabajador
EL BRAVO TRABAJADOR
I
-¡Maldita seca! Y mientras el rostro del labrador se dirige á lo alto en un gesto de desafío y de amenaza, una racha cálida cruza azotándole y envolviéndole en una nube de polvo convertida, á poco andar en remolino de fuego.
Para hacer un trasplante el bravo trabajador ha tenido ese día que abrir á hachazos la tierra. Sobre las fauces abiertas ha arrojado, á chorros, el agua fresca sacada del modesto pozo primitivo á fuerza de músculo y paciencia. Como esponjas, los grandes terrones han absorbido el líquido, todo el líquido. Después los grandes terrones se han saturado, se han ablandado para, por fin, deshacerse vencidos por la caricia húmeda y convertirse en lecho fecundo dispuesto á recibir á la pequeña planta empezada á formarse en el almácigo.
¡Pobres plantas! Apretadas, estrujadas, constreñidas por la tierra que los rayos del sol apelmazan y agrietan de trecho en trecho, se han ido poniendo tristes y amarillentas ante la presencia del bravo trabajador impotente, que las mira agostarse con la amargura en los ojos y la protesta próxima á estallar en los labios.
II
Amanece. Un rayo de sol, como un dardo ígneo, atraviesa la quinta de este á oeste. Un latigazo, en la mejilla del labrador, hubiera producido el mismo efecto. Hoy el sol sale para él como un castigo. En la huerta vecina chirría el eje del molino á viento cuya rueda gira, como en un vértigo, al capricho de las ondas calientes. ¡Allí tendrán verdura! No perderán la cosecha porque el pozo semi-surgente no ha de agotarse antes que llueva y el molino extrae de la misma entraña terrestre el agua que el espera, inutilmente, de lo alto...
El bravo trabajador defendería aún sus sembrados de la seca, pero esa noche ha agotado el pozo, el misero manantial que nunca surge para el pobre sino de la primera napa, y el pequeño depósito se le ha ido todo en el trasplante de esa mañana. ¿Que hacer?
Entonces el bravo trabajador se cruza de brazos como un derrotado frente á los sembrados tristes y amarillentos que él continuará mirando languidecer con la amargura en los ojos y la protesta, ahora muda pero latente en todo su ser rebelado contra la fatalidad y la injusticia.
¿Previsor? Sí. Lo había sido puesto que, á costa de muchas privaciones en sus comodidades, él había reunido, un año antes, los ahorros suficientes para adquirir la maquinaria salvadora. Pero los ahorros se fueron junto con el cadáver de la pobre viejecita, de la buena abuela que adoraba las plantas y las flores y á quien consumió la fiebre cuando estas perdían todos sus tonos vivos.
Pese al recuerdo triste y al dolor presente el bravo trabajador, rodeado de la compañera y de los hijos, espera, espera, el agua benéfica que caerá quizá mañana devolviendo á la huerta sus colores,