Carne doliente/De esperanza/Mis maestros
MIS MAESTROS
I
-¿Quiere usted un pitillo, señorito? Todos los trabajos deben acompañarse con un poco de humo...
Y mientras lía tabaco de la petaca bordada, con gracia y sorna andaluza mi maestro en horticultura comienza á darme lecciones.
-Mire usted: estas plantas van á dar papas así, como el puño. Pero hay que arrimarles tierra con fuerza y tesón. Dóme usted. Voy á enseñarle.
Mi maestro ha guardado su petaca y con el cigarro en la boca, echando humo en grandes nubes, penetra en el cantero en cuyo centro estoy azada en mano.
-Aprenda, señorito. Y con una energía que nadie hubiera sospechado en su cuerpo fino, puro nervio y músculo, hunde la azada en tierra. Con cuatro grandes golpes que se dirían exactamente iguales, rápidos y seguros, ha formado una montaña alrededor del tallo del tubérculo, que, bajo la cúspide de aquella, desaparece dejando sólo asomar fuera de tierra la copa de la planta.
-Va á sofocarla, me atrevo á decirle al ver las proporciones diminutas á que quedan reducidos los hace un momento gallardos gajos.
-¡Quiá! ¡No diga usted! Si esto es la vida para ellas. Con la tierra así conservan las raíces frescas. Y ahora aunque no llueva en un mes... Ya verá como sale el fruto abundante aquí no más, cerquitita de la mano, que la tierra está muy movida, muy labrada, Ansina en cuanto arañe usted una poquita siquiera ya siente la mano llena...
II
Indudablemente al hablar en tal forma el maestro sentía una voluptuosidad, un placer especial, como si en realidad estuviera en ese momento saboreando el generoso producto.
-¿Dígame y en qué proporción produce esta semilla?
Se ve que el maestro no puede ahora contestar categóricamente porque hace un gesto, un mohin extraño de duda. Después: eso, según y conforme. Hay casos. Yo, por ejemplo, en la cosecha anterior sombré trescientos kilos y recogí diez mil, es decir cinco. porque, naturalmente, sembraba á medias con el dueño del campo. Pero el resultado no es siempre el mismo. Otras veces no he obtenido ni la tercera parte. Eso cuando no he sembrado al viento, quiero decir para el diablo... Y cruzó por su frente una racha pesimista.
-¿Cómo así?
-Sí, pues, cuando la tierra me ha pagado con ingratitud el trabajo; cuando la mucha lluvia me ha echao á perder la semilla, pudriéndola.
-Claro, esas son contingencias que no pueden preveerse, digo mirando al maestro arrugar el ceño.
-Es que sembrar aquí es casi lo mismo que jugar á la lotería. Porque cuando no es el exceso de agua, son las heladas traídoras, ó, es la seca. ¿Se acuerda del mes pasado? Las quintas se perdían que era una pena. Después llovió; cayeron cuatro gotas y fué para peor. La tierra se puso como una estopa. No hay, pues, más que aguantar, tener paciencia, señorito. Ya irá aprendiendo cosas buenas. Pero no hay que desmayar por eso. Llegan años que valen por diez. Y entonces todo es color de rosa y sucede lo propio que en los cuentos... -Bueno, vaya lo uno por lo otro ¡qué diantre! exclamo tratando de sacudir aquella onda melancólica que ha hecho presa del maestro, y pretendiendo, ingenuamente à la verdad, infundir en su ánimo lo que sin duda posible él posée en dosis infinitamente mayor que yo: la esperanza.
A todo esto, y con la ayuda de otra azada, maestro y discípulo hemos terminado la tarea de arrimar tierra á las papas.
III
-¿Y ahora, maestro?
-¿No está usted fatigado?
-Absolutamente.
-Entonces, á puntear aquí. ¡Vengan las palas!
Hace siete años que nadie toca esta tierra. Sobre ella han crecido yuyos con ímpetus gigantescos. Ha habido que abatirlos á golpes de guadaña. Ahora dará principio el trabajo de punteo, el más fuerte de todos los necesarios para preparar el lecho que ha de recibir la semilla.
Y los hierros cortan raices, entran en tierra y cavan, cavan empujados por un brazo joven y fuerte y por otro, sino tan vigoroso más diestro, más ejercitado, más hecho a la labor ruda y continuada. A pesar de ello puede decirse que esta vez, maestro y discípulo marchan á la par.
Hace calor. El sol está alto aún y se se trabaja sin reparo, pues el monte, á quién el astro mira de frente, se encuentra á nuestras espaldas. Se suda. Las gotas, no siempre cristalinas, cubren las frentes y ruedan por los rostros. Cuando llegan á la boca incomodan. Son salobres como el agua del mar. No hay para que esforzarse en demostrar que la brega es grande. Claro: como que maestro y discípulo se hallan empeñados en la obra de dar vuelta á la tierra!....
Ya está la lonja de terreno dividida en panes. La pala ha entrado por todos lados. poniendo al sol las raíces de los pastos que servirán de excelente abono cuando entren en descomposición, se sequen y puedan mezclarse con el humus.
-En cuanto llueva, díceme el maestro, estos terrones se hincharán como esponjas. Después, de un solo golpe, con los hierros, los haremos añicos y, con el rastrillo, polvo. ¡Y eche usted semilla entonces! ¡Por mi salud que no se pierde ni una!
¿Y la seca, maestro? ¿Y la mucha agua que pueda caer? ¿Y todo lo demás que también puede venir?
El maestro me mira como absorto en un pensamiento profundo. Después sonrie. Se ve que ha encontrado la solución.
-Bien, señorito, entonces se siembra de nuevo. Lo principal es tener preparado el terreno y este lo estará pronto. Mañana quizá...
Y continuamos la labor.