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Carne doliente/De pueblo/Corazón

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CORAZÓN

Tiempo de huelga. Dolor obrero flotando en el ambiente caldeado de las asambleas, sobre las cabezas altivas, en las frases vibrantes de indignación y de justicia, evocadoras de cuadros y escenas donde la vida miserable de la familia productora se destaca con colores de tragedia; en el taller, en la calle, en el salón público y en la cárcel; frente al torreón moderno de la fortaleza capitalista, entre el tumulto ciudadano, chocando pechos desnudos contra sables homicidas; en el tugurio triste, resistiéndose contra el hambre de la prole mártir; en todas partes, en fin, porque en todas partes está encendida la fiebre de la lucha actual, en que se debaten la sombra del error pasado y la aurora esplendorosa de las edades de gloria por venir.


Escenario: el río, un rincón de playa del Plata dulce, arenoso y turbio. Personajes: un niño, dulce también como sus aguas, inquieto como sus ondas, cabecita de oro, luciendo al sol; y un hombre forjado en yunque, atleta de cuarenta años, músculos de hierro, ojos francos de mirar fijo, frente altiva, ademán brusco. Tarde templada. Luz,color, vida en el aire estremeciéndolo todo.

El niño interroga al hombre.

-¿Dime, tú trabajas en casa, verdad, en el taller de papá?

-Hasta hace tres dias, si; dice el hombre. Hoy no.

-No ¿y por qué? ¿Ya no puedes ó no quieres? ¿Eres haragán también tú? ¿Te has ido con los de la huelga?

-¿Te interesa mucho saberlo?

-¡Eh! á mí no ¡qué diablos! ¿Que puede importarme? Prefiero pescar. ¿Me ayudas? Aquí tengo anzuelo y caña. ¡Mira cuanto hilo! Y el niño alarga al hombre un gran ovillo, cien metros lo menos. Hazme un aparejo ¿quieres? Así sacamos más. Te traeré en que sentarte y trabajas. Y en dos brincos llegase hasta una gran piedra distante como diez metros. De allí grita: ¡Eh! ¿sabes? No puedo con ella. Ven tú.

Maquinalmente el hombre avanza. El atleta piensa. Va hacia el niño llevando en sus manos hilo y anzuelos. Cuando llega hasta la piedra, el niño está ya sentado sobre ella y dice:

-Estoy cansado, trabaja de pié un ratito y después te la doy Yo te ayudaré también. Tendré el ovillo mientras tú vas atando los ganchos. ¡Ah! ¿Sabes de lo que me acuerdo? Del dia aquel en que tú, en el taller, me hiciste un barquito de fierro. Pesaba mucho y se undía en el agua. Yo lo probé y no servía. ¿Por que me negañaste? Se torcía y se inundada en seguida.

Charlatán de por sí, el niño y alborotado por los recuerdos, iba á seguir hablando, cuando el hombre, tomándole en sus brazos, le sorprendió así:

-A ver, contestamé y pronto. ¿Cual es tu mayor deseo? Hoy, ahora mismo ¿qué pedirías á quien pudiera colmar tu ambidión, dártelo todo?

-El niño se quedó mirándole asombrado pero no confuso.

—Mira, le dijo, yo, ahora ¿sabes? ¿todo lo que quisiera? es poco lo sé pero no importa. Ya he pensado muchas veces en eso.

-¿En qué? dijo el hombre.

-¿En qué? En eso, pues, de que tú hablas, en mi mayor deseo. Yo quisiera ¿sabes? ser el dueño, el patrón del río.

El hombre se quedó mudo un rato y el niño, viéndole así, le azuzó diciendo:

-Pero ¿y qué? ¿Te parece poco? ¿No tiene patrón el río?

El atleta reprimió un impulso. Después.

-¡No, pero lo tendrá! ¡Y el aire, y la luz, la lluvia, el sol, la vida, todo! ¡Lo tendrá, lo tendrá! Y, sin mirar de nuevo al niño, huyó como un loco. De quedarse le hubiera aplastado con la misma piedra que le sirviera de asiento.

Esa noche, en la asamblea obrera, pronunció tres discursos. Solo así pudo el atleta dar curso á la violencia que la frase del niño despertara en su ser. Al pronunciarla él le hubiera estrangulado. Se salvó huyendo y fulminando desde la tribuna incendiaria á todos los enemigos presentes y futuros. Antes de dormir un pensamiento le apesadumbró momentáneamente: haber engañado al niño cuando le hizo el barquito...