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Carne doliente/De pueblo/La asamblea huelguista

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LA ASAMBLEA HUELGUISTA

La asamblea huelguista rumoreaba. El éxito de los discursos pronunciados había sido enorme. De repente un grito estentóreo cortaba los aires y, cruzando el salón, como una flecha, iba á clavarse en los oidos de todos los compañeros que repetían el grito con la suma de fuerza acumulada, por excelentes pulmones, durante muchos años de silencio lacayuno. Y era algo así como un despertamiento el claro de luz interior que se revelaba en los rostros de aquellos hombres, reunidos con el fin de encontrar la forma de obtener la derogación de una ordenanza municipal que los perjudicaba. Esta ordenanza imponía al gremio cocheril de la gran ciudad el pago de un nuevo impuesto, con el agravante de que se les exigía el uso de una libreta y de un retrato, exactamente como á los rufianes y prostitutas. ¡Era un colmo!

Había que protestar, bravamente, contra esta vejatoria imposición sostenida por el capricho, la terquedad, de un pobre ente ensoberbecido, intendente fantoche que no vio nunca más allá de la punta de sus entecas narices.

-¡Abajo la libreta! ¡Abajo el retrato!

Y sobre la mesa de la comisión organizadora de aquel movimiento cayeron, hechas pedazos, en blanca lluvia de papel, los pequeños libros acompañados del negativo revelado, que días antes un grupo de conductores recogiera en la oficina respectiva. Nuevos aplausos estruendosos y nuevos gritos estentóreos conmovieron la atmósfera de la sala. Pero algo había en el semblante de aquellos hombres que expresaba lo inexpresable. Algo que era así como el gesto de disgusto de una vaga aspiración no satisfecha; algo que el observador sagaz podía traducir por el reflejo de una idea en embrión, gesta inconsciente de un pensamiento no concretado todavía, casi no formulado aún, en gérmen, que esperaba un rayo de sol que lo fecundara, una caricia de luz que, en la placa cerebral, lo fijara definitivamente.

Por eso al aparecer, fuera de la tribuna oficial, el orador revolucionario, hubo un momentáneo silencio anunciador de cosa, en realidad no esperada, pero, si, instintivamente presentida.

-Seré breve. No he venido aquí con la única intención de aumentar el número de los que gritan, comenzó el orador.

-¡Abajo la libreta! ¡Abajo el retrato! interrumpió alguien.

-No tengo libreta que romper, ni retrato que borrar, continuó frio, impasible, casi glacial, con voz tan severa que atrajo de golpe la profunda atención de los huelguistas. Todos vosotros, estoy seguro de ello, habreis roto la libreta y borrado el retrato; pero también, estoy seguro de ello, conservais la librea. ¡Abajo la librea! debería ser, pues, la voz que saliera, impetuosa, de vuestro labios, como fruto de una idea bien madurada en vuestras huertas intelectuales. Mientras no tengais el corage de destrozarla ¿para que afanaros en romper aquello que no representa si no la parte más superficial, el detalle más mínimo de la verdadera cuestión, del único problema? ¡Que haya un artículo de menos en vuestro reglamento no quiere, no, decir que dejeis de ser sirvientes, que dejeis de ser lacayos! El asunto está, entonces, en dejar de ser sirvientes, en dejar de ser lacayos. Eso representa, para mi, destrozar la librea.

Algo más arguyó el orador revolucionario en pró de esta idea, y en medio de una intranquilidad elocuente,-esta vez el vocablo es irreemplazable,-dió término á sus palabras.

Al poco rato la asamblea pensativa se disolvía en silencio.