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Carne doliente/De pueblo/Un alzao

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UN ALZAO

Soy de los correntinos, es cierto. Yo vine en un grupo como de cincuenta. Nos embarcaron de balde, diciéndonos que ibamos para la gran capital donde nos pagarían una barbaridá por un trabajo de nada. Yo, á la verdá, dibe bueno, primero porque estaba cansado de la vida perra que hacemos, allá en el campo, nosotros los pobres criollos. Y después, tambien, por que me gustaba salir á conocer lo que pasaba por estos mundos tan lindos al parecer.

Francamente, la cara del gringo que nos contrataba no era como para dar confianza á nadie, pero como yo sabía que el hábito no hace al monje, y como también conosco cara de angelitos capaces de matar á la madre; y como sé otras muchas cosas que ahora me callo porque quiero, me embarqué no más, largándome con viento fresco para caer aquí, á esta gran ciudá, donde ustedes me tienen más embromado que nunca, y rabiando como una vibora porque nos han engañado, mareándonos como á perdices.

Imajinense que nos dijeron que veníamos para un trabajo muy liviano, muy fácil, y que nos pagarían lo que quisieramos porque aquí no había gente desocupada. Y bueno. Llegamos y -¿qué se creen ustedes?-nos cargaron con bolsas de setenta kilos, mesmito como á burros, y vean, no es mentira, yo estoy medio deslomado, tengo las carnes reventadas y casi no puedo moverme. El primer día trabajamos once horas. Como no estamos acostumbrados á este trabajo, cargabamos mallas bolsas y los capataces nos retaban. ¡Jué pucha! ¡que estrilo! Y lo pior de todo es qué enseguida no más supimos que nos habían traido para que reemplazaramos á otros trabajadores alzados en huelga porque tenían sus motivos. Después, uno de ellos, más ladino que un loro enseñado, nos hizo ver que nosotros no debíamos seguir en los buques porque perjudicabamos la causa de todos. Al principio no le hicimos caso pero al día siguiente volvió y, como el hombre era simpático y sabia hablar lindo, algunos le escuchamos. Entonces un capataz quiso echarlo. Él le contestó de mala gana y se tomaron en palabras. Después vino la policía y se lo quiso llevar. Fué cuando nos indignamos porque el hombre no había hecho nada malo, según nosotros, sino decir sus ideas. Y eso no se le puede prohibir á nadie, que yo sepa. Pero se lo llevaron no más sin dar razones y balaqueando sobre no se qué clase de libertades...

En el primer momento me dió risa más bien, pero en seguida se me subió la vergüenza á la cara y dije fuerte que el extranjero estaba en su derecho y que era un abuso tratarlo así aunque no fuera del páis.

Y aura van á ver cosa linda. El mismo capataz ó patrón, yo no sé, me amenazó tambien con la policia y dijo que con todos harían lo mismo si nos descuidabamos..... ¿Saben ustedes lo que hice yo entonces? Pues ahí no más me bajé la manga de la camiseta, me le paré frente á frente y, lleno de corage, le grité cuatro verdades, dejé el trabajo y me largué á la calle pensando, más que nunca, en que el extranjero tenía razón y que el vigilante que lo llevaba era tambien algún otro pobre diablo, algún otro pobre correntino engañado, como nosotros con el trabajo, con el uniforme y la lata.....