Carne doliente/De pueblo/Un número
UN NÚMERO
Después de la huelga, que esa vez fué un nuevo fracaso para los obreros, tres quincenas habían pasado sin que, al igual de la mayoría de sus camaradas, Luis Robles, conductor de tramways desde hacia cinco años en la empresa «Metropolitana», encontrara donde ganarse el pan del día.
Inútilmente habíase ofrecido hasta de peón albañil, recorriendo de punta á punta las calles febriles de la ciudad egoísta.
-No hay trabajo, amigo... Aún tengo gente de sobra. Otro día será.
Y así todos. Parecía que los capataces y encargados trasmitido se hubieran la frase de orden.
-¿Qué hacer? decíase Luis Robles, cruzándose de brazos como un vencido, cuando sintió agitarse en su mente una idea al parecer salvadora.
En la otra empresa, en «La Nueva», él sabía que necesitaban personal. Pero tenía forzosamente que presentarse á ella con recomendación y con nombre falso.
-Pedir la recomendación tenía á quien pero lo segundo le repugnaba. ¡Tener que ocultar su nombre como un ladrón cualquiera y para pedir trabajo! Era un colmo.
Las empresas, para defenderse, decían, del mal personal, tenían establecido un convenio. según el cual pasábanse listas en que constaban los nombres y señas individuales de los empleados despedidos por cada una. Por ese mismo convenio se comprometían á no dar trabajo á ningún obrero que se encontrara en tales condiciones.
A pesar de la repugnancia que el caso le inspiraba, Luis Robles se decidió después de llegar á una conclusión terrible. Se dijo: entre morir ó mentir, mentir. Y resuelto á ello acudió á su protector.
-Tiene usted que presentarme á la compañia con nombre falso. Y explicó detalladamente el motivo.-Es una vergüenza ¿verdad, señor?
-No hay otro medio contestó el protector que era todo un hombre. Por lo demás usted tiene el derecho de hacerse llamar con el nombre que más le guste ó le cuadre. ¿Cómo quiere llamarse usted? ¿Juan, Pedro, Antonio?
Sin darse cuenta contestó Robles: así está bien señor, como Vd. dice.
El protector lo miró. En seguida tomó la pluma y escribió, repitiendo: Juan Pedroantonio....
El otro se apercibió. No puede ser así, señor. Esos son tres nombres juntos. Falta el apelativo.
Mire usted, dijo el protector.
El otro leyó. Bueno, presenteme no más. Así me llamo. Y Juan Pedroantonio, al día siguiente de presentarse en la empresa, tuvo trabajo.
Por la noche, al dejar el servicio, se le avisó que debía presentarse á la gerencia á primera hora. ¿Para qué? se dijo Robles. Y arrugó el ceño.
Al día siguiente fué. Un agente de policía secreta le esperaba en la oficina junto con el gerente. Luis Robles conocía al sabueso porque un camarada había sido ya su víctima.
-¿Es él?
―Si.
-¿Luis Robles?
-Puedo asegurarlo.
-Efectivamente está en lista.
-Usted ha sido un huelguista de la otra empresa.
Es verdad, contestó Robles, con una tranquilidad aparente que hizo cambiar de postura al sabueso.
—¿Por qué ha venido usted á engañar á la empresa dando un nombre que no es el suyo?
-Pero, señor gerente, digame ¿concibe usted, en realidad, que pueda yo tener algo mio? Vamos á cuentas. Dice usted: un nombre que no es el suyo. Muy bien. Esto quiere decir entonces que yo tengo un nombre, que es mío. ¿No es asi? Bueno. Suponga usted, ahora, que yo soy dueño de una moneda de cobre. ¿Estamos? Si. Pues bien, suponga usted que á mí se me ocurra tirar á la calle esa moneda. ¿Tenía derecho? ¿Podía hacerlo? Sí. Pues, exactamente: yo he tirado mi nombre á la calle, porque era mío y he hecho con él lo que con la moneda.
-Eso no puede hacerse. Es un delito condenado por las leyes. ¡Ya verá usted!
-¡Lo vé! contestó Robles. Y se le nubló la frente. ¿No le decía?
—¿El qué?
-Que yo no tengo nada, señor. ¡Ni nombre, siquiera!... Pero ahora reclamo un número.
-¿Un qué?
-¡Un número, he dicho!....
Y lo abrió de una puñalada.