Carne doliente/De sacrificio/La llaga al aire
LA LLAGA AL AIRE
—¡Es una perdida! decía la gente al ver cruzar por las calles del pueblo, siempre á altas horas, su gentil silueta que se recortaba en las penumbras. Y tiene hijos grandes, y es enferma, y no se cuida, y contagiará á los que esten á su lado, y....
Ella á esas horas iba á un baile plebeyo. A uno de esos piringundines de campo á donde concurren verdaderos amadores del arte en busca de buenas compañeras, de sujetos para realizar su placer, el placer de la danza que es también un ritmo, porque hay poetas de la danza, como los hay del pincel, como los hay del verso, como los hay de la música. Y ella era una musa. Jamás en el pueblo había memoria de que cuerpos como el suyo hubieran pisado un salón de academia. Ese armazón era hecho para el baile. Había que verla con un acompañante diestro. La concurrencia, se detenía á admirarla. Mecíase airoso su cuerpo, entregado, en absoluto, como en un arrobamiento, como en una abstracción, al compás de una habanera ó de un tango, supremas síntesis de la voluptuosidad popular; ora, con gracia felina, arrastrábase quebrando en la más compadre milonga que hayan visto ojos de criollo; ya se alzaba, ágil, en el giro vertiginoso de un vals y era un ovación la que se oía al cruzar como con alas por el salón hecho cancha para que se luciese la moza: ó bien, con la intención aviesa de la hembra humana, en el requiebro de un gato, de un pericón, ó de una zamba exhibía, provocante, el busto, erguidos con altivez los senos que parecían querer libertarse rompiendo la prisión del escote.
Asistíamos al baile acompañados del médico y de otra persona amiga que deseaban hacernos conocer todas las peculiaridades de la pequeña población.
Vamos á llevarlo esta noche á presenciar un curioso espectáculo, habíanme dicho. Y cumplían su palabra.
Estabamos en la gran sala ó galpón. Muchas parejas, mucho ruido y gran movimiento. De pronto una aclamación. Los danzarines se detienen. Era ella, la reina. Llegaba sola, como siempre. Cien brazos se tienden. Ella sigue sin prestar atención, sin dar vuelta la cara, una vez siquiera, hacia el mostrador que se alza, allá, en el fondo. Llega y llama resuelta. Pide. Se le alcanza un vaso lleno. Lo apura de un sorbo, gira sobre sus talones y se cuelga del primer brazo que encuentra á mano. Se diría que ella iba allí como quien realiza un deber. Al enfrentarse á nosotros no puedo menos de lanzar una exclamación.—¡La bailarina está enferma! Lleva una venda, fina y fuerte, en el rostro. Tras la venda he sospechado algo horrible.—Un cáncer.... me dice el médico. Ocho meses de vida, apenas. Es enferma mía...
—¿Y porqué aquí, entonces?
El médico sonrie amargamente. Es su trabajo, agrega. Baila á tanto la pieza, como las otras. Con eso la infeliz mantiene á los hijos. Y, antes de que yo viniera á la localidad, pagaba al médico... Baila como nadie y la buscan á pleito. Pero no la quieren para otra cosa... Se diría que el dolor, que el hambre, le han enseñado.
—¡Vaya unos maestros de baile! digo formulando, mentalmente, la tragedia.
En ese preciso momento la cancerosa lucía sus habilidades en medio de la sala, circuida por casi toda la concurrencia. Nos acercamos á contemplarla. Era un delirio. Jamás danzante alguno puso mas entusiasmo en su tarea. Se emborracha bailando! dice un curioso á nuestro lado. Barajamos la frase en el aire. La intuición popular habia acertado, como siempre. Ébria de dolor aprendió á bailar. ¡Y ahora se embriagaba bailando para olvidar el dolor!
No sé porque cuando, al terminar la pieza, ella pasó ante nuestro grupo, moviéndose todavía con cadencia, recordé la figura de aquellos condenados que, haciendo contorsiones raras, marchan hacia el suplicio cantando locas canciones.