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Carne doliente/De sacrificio/Margarita Criolla

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MARGARITA CRIOLLA

I

Así, al pasar,—como quien compra frágil juguete de niño en el bazar más cercano,—triste y hermosa flor de miseria, tomóla él aquella noche para aspirar su perfume.

Pasajero, poco persistente, falto de fuerza intensiva, como el deseo momentáneo que le arrastrara, consideró nuestro héroe el aroma de aquella margarita, que cruzaba, fresca y luciente aún, pero perdiendo una hoja cada día por los bulevares porteños.

—¡Todas eran iguales! pensaba él cuando en el gabinete reservado del café elegante, entre sorbo y sorbo de brebaje ardiente, acercaba sus labios de efebo, torpes y exigentemente jóvenes, á los dóciles y ejercitados de la manceba comprada.

—¡Todas eran iguales! Entonces ¿por qué había de proceder con ella en forma distinta á la que usara con otras? Terminó, pues, de darla besos y—como siempre, eso si ¡pobre muchacha!—pagóselos en buen oro contante y sonante.

Antes de separarse ella, como otras muchas, contóle cosas muy tristes en las que él no puso gran atención, á pesar de que la voz femenina adquiriera, más de una vez, el tono de las grandes sinceridades. Y cuando ella insistió en la orfandad de su vida, en su dolor sin consuelo, en su pena sin tregua, él no hizo otro gesto que el acostumbrado para todas estas emergencias, de las cuales se desea salir apresuradamente, tal como cuando en la calle os detiene un desgraciado con la mano tendida. Si tenéis dáis, para poder continuar, libre de obstáculos dolorosos, vuestro camino. ¡Fuera interrupciones! Estáis de prisa, la vida es corta y apenas si hay tiempo para ocuparos en los asuntos más personales.

El buen muchacho no tenia amor; no podía darlo, pues. Y, como estaba de prisa, siguió su marcha ante la vagabunda que desde entonces tuvo un poco más de sombra en los ojos, más palidez en los labios y allá, en el fondo de su ser intimo, un montón más de amargura.

II

La ví al comenzar esta primavera. Seguía vendiendo sus gracias pero no á él. ¡A él nunca! díjome un día. A no ser que... ¡Oh, que rayo de esperanza vi iluminar su rostro! ¡Cómo miró en la noche creyendo penetrar en las obscuridades de su suerte! No es concebible virginidad más ingenua que la revelada por aquellos ojos ¡Pobrecita! Miró y creyó en el fantasma.

A no ser que... Esto equivalía á decir: «á él nunca ó para siempre». Estaba perdida. Él, por vanidad ó porque sí, la gran razón, se dejó querer. Claro está que ella no exigió promesas, ¡Qué había de exigir la infeliz mendiga de cariño! Y amó ciega, loca, con fuerza única.

La arrastrada, la perdida, la perra de lupanar fué, después, un ejemplo de limpieza de cuerpo y de gentileza de espíritu de índole tan elevada que bien pudiera aprovechar á más de una coquetuela frívola é inocua de esas que abundan en los salones lujosos.

Pero ella daba lo que no podían retribuirle. Él no la comprendía, ni podía, ni quería, en último término, comprenderla. ¡Oh, dolor!

III

Asi las cosas, un día ella despertó con un pensamiento.

Estaba sola y triste. Más, mucho más, que cuando se ofrecía en las calles al primer transeunte. Hacía tres días que el amante faltaba. ¿Qué hacer? Recorrió de un solo vistazo retrospectivo toda su terrible vida pasada y lanzando al porvenir una sonda enorme no pudo llegar al fin. ¡Tan profundo era y tan negro! ¿Qué hacer? volvía á repetirse. Tenía en sus manos la sábana de hilo fino que había enjugado sus lágrimas de tres noches. Acariciaba el tejido con cierta fruición inconsciente cuando sus ojos se detuvieron en un soporte de hierro que sobresalía de la pared como un palmo. ¿Morir? pensó. ¡Y por qué nó, si era tan cil! Hizo el nudo y se colgó. El hilo fino y suave de la sábana arrugó, levemente, el cuello limpio y blanco ¡Lirios! ¡Lirios! ¡Lirios!


Esa tarde, los diarios daban la nueva. Uno de ellos decía en su sección policial: «La muchacha de vida alegre N. N. ha sido encontrada muerta en su habitación. Se supone un crimen por robo. La autopsia del cadáver será hecha hoy por el doctor X.» Ni una palabra más.

De esta manera la prensa anodina de la época que alcanzamos daba cuenta á sus lectores de uno de los poemas de amor y desesperanza más grandes en que se hayan visto envueltas las almas de hoy.